Nadie cuenta mirando

El Ropero de Caridad de Tornellosa son cuatro señoras, once años de jueves y una colcha de ochenta y una rosetas de ganchillo que acaba de ganar el premio de la Diputación. Una denuncia sin firma llega al juzgado: dice que la colcha está comprada en un taller y que las mil pesetas se cobraron con engaño. El juzgado precinta la sala y manda a un perito a dictaminar quién hizo esa labor. No hay muerto, no falta nada y nadie ha forzado ninguna puerta. Pero en la colcha hay ochenta y una rosetas y en la sala hay cuatro pares de manos.

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Contenido
  1. 01I
  2. 02II
  3. 03III
  4. 04IV

↑ Inicio del relato

Nadie cuenta mirando

Capítulo 1

I

El coche de línea paró en la plaza de Tornellosa a las once y media y bajaron dos hombres. Uno era alto y joven y llevaba una cartera de cuero debajo del brazo. El otro era bajo y ancho, con un bigote entrecano muy cuidado, y se quitó el sombrero para bajar aunque no hacía sol.

En la fuente había cuatro mujeres con los cántaros llenos y ninguna se movió. En Tornellosa sabían a qué venían aquellos dos desde el martes.

—Es ahí enfrente —dijo el joven—. El pósito. La sala baja se la tiene cedida el ayuntamiento al Ropero desde antes de la guerra.

—¿Y a quién hay que pedirle permiso, monsieur Uceda?

—A nadie. Traemos un oficio del juzgado.

—Eso no es lo mismo que un permiso —dijo Valmont—. A mí me gusta pedirlo de todas maneras, y además tardo menos.

Don Marcial Uceda era secretario del juzgado de primera instancia de Nébeda. Llevaba cinco años firmando papeles debajo de otros. Aquella mañana le habían dado un oficio, un perito y un coche, y se le notaba en la manera de andar.

—Le advierto que aquí nos van a recibir francamente mal.

—Nos van a recibir muy bien —contestó Valmont—. Mal es lo que nos van a hablar después.

La sala baja del pósito era larga y fresca, con dos ventanas altas y el suelo de baldosa roja. En el centro había una mesa de tablero de castaño, de las de amasar. Encima estaba la colcha. Ocupaba la mesa entera y caía un palmo por los cuatro lados. Era blanca, de ochenta y una rosetas de ganchillo cosidas unas con otras, nueve por nueve, y estaba puesta de manera que la luz de las dos ventanas le entraba por el largo. En aquella sala, donde no había más que una alacena, un banco y una estampa de la Virgen, parecía una cosa impropia, como un pastel en una cuadra.

Junto a la mesa había cuatro sillas de anea y un brasero de picón. Una chica de diecinueve años entró en ese momento por una portezuela del fondo, con el braserillo de cobre en un trapo y la cara vuelta para no respirar el humo, y metió las ascuas debajo de la mesa sin mirar a nadie.

—Jacinta —dijo una voz—. Los señores primero.

La que había hablado era una mujer de sesenta y tantos, seca y bien peinada, con un luto viejo y un broche de azabache. Se levantó del banco y le tendió la mano a Uceda y no a Valmont, que era el que tenía el sombrero en la mano.

—Micaela Loriga, viuda de Sandoval. Presidenta del Ropero de Caridad de esta villa.

—Aristide Valmont, madame, para servirle a usted.

—¿Madame?

—Es «señora» en mi lengua, y se me escapa desde hace treinta años. Soy de Neuchâtel, que está en Suiza y no le interesa a nadie.

Doña Micaela lo miró el tiempo justo para dejar claro que lo había oído.

—Aquí eso lo van a tomar por otra cosa.

—Lo sé, madame. Suelo aprovecharlo.

Doña Micaela no supo qué contestar a eso y decidió no contestar.

—Usted es el que viene a decir si mentimos.

—Yo vengo a decir cómo está hecha una colcha. Lo otro no es cosa mía y además no sabría.

Se lo quedó mirando un segundo más de lo cortés. Después señaló a las otras tres con la mano abierta, como se presenta a la familia en un entierro.

—Rosenda Ayerbe. Cándida Berzosa. Paulina Cobos. Somos cuatro y lo somos desde hace nueve años.

Rosenda era la más alta y la única que se levantó a saludar. Cándida dijo buenas tardes desde la silla y volvió a lo suyo. Paulina se limpió las manos en el delantal antes de darle la suya, y tenía una mano seca y fuerte y unas uñas cortadas al ras.

Doña Micaela las fue señalando con la barbilla, por el orden en que se sentaban.

—Rosenda y Cándida son de aquí de siempre —añadió—. Paulina vino viuda de fuera hace veinte años y entró en el Ropero a los nueve. No tiene aquí familia ninguna y ha sido la que más ha trabajado de las cuatro, y eso lo digo yo delante de quien sea.

—Siéntense ustedes —dijo doña Micaela—. Jueves es día de Ropero y hoy va a ser día de Ropero, aunque venga el juzgado. Jacinta, el chocolate.

—Son las doce menos cuarto, señora.

—He dicho el chocolate.

Uceda abrió la cartera encima del banco, porque en la mesa no había sitio, y sacó dos pliegos. Se puso de pie para leer. Valmont se quedó sentado y dobló las manos.

—Es preceptivo que las interesadas conozcan el tenor de la denuncia —dijo Uceda—. La leo entera.

—Léala entera —dijo doña Micaela.

—«Al señor juez de primera instancia de Nébeda. La colcha con que el Ropero de Caridad de Tornellosa ha ganado el premio de la Excma. Diputación no la han hecho las señoras que firman el acta. Está comprada y pagada en un taller de fuera, y las mil pesetas se han cobrado con engaño. No acuso a ninguna en particular, porque las cuatro firmaron y las cuatro cobraron, y donde hay cuatro firmas hay cuatro culpas iguales. Esa colcha la han hecho manos de fuera. Mírese la del medio. Una persona que lo sabe y no quiere dar su nombre.»

En la sala no dijo nadie nada durante un rato largo. Se oía el picón.

—¿Y eso se admite? —preguntó Rosenda—. ¿Un papel sin firma?

—Se admite el papel, no la firma. El juzgado no procede contra ustedes por lo que diga un anónimo, señora. Procede porque son mil pesetas de fondos provinciales, y eso hay que mirarlo aunque lo diga un anónimo.

—Ya.

—Y por eso está aquí el señor perito. Él dictamina sobre la labor y el juzgado dictamina sobre lo demás.

—Sobre la labor —repitió doña Micaela.

—Sobre la labor, madame —dijo Valmont—. Yo no tengo autoridad ninguna sobre las personas, y me parece muy bien que no la tenga. Me la dan sobre las cosas, y solamente desde que hay un pleito. Llevo treinta años diciendo por qué se quemó una casa o por qué se cayó un andamio, y le aseguro a usted que una cosa miente mucho peor que un cristiano.

—Y mientras tanto, ¿qué pasa con mayo? —preguntó Cándida, sin levantar la vista.

—Mayo es la Exposición Regional de la capital —le explicó doña Micaela a Valmont, como si contestarle a Cándida fuera cosa de mala educación—. La colcha va allí con las otras premiadas de la provincia. Y va con su acta, que la tengo yo firmada desde marzo: nombre, apellidos y vecindad de las cuatro que la hemos hecho, porque el reglamento lo pide así y porque para eso la hemos hecho.

Uceda buscó algo en la cartera y no lo encontró.

—El acta se imprime en el catálogo —dijo—. Yo he visto el del año pasado.

—Se imprime en el catálogo y sale además en la revista de labores, con el retrato. Vienen ellos con su máquina, nos ponen a las cuatro detrás de la colcha y aquello lo lee media España. —Doña Micaela dijo el nombre de la revista con mucho cuidado, como se dicen los nombres que a uno le impresionan—. «El Hogar y la Aguja». Sale en junio.

Jacinta trajo el chocolate en una bandeja y lo dejó en el banco, y las cuatro lo cogieron sin dejar de mirar la mesa. Doña Micaela fue la primera que volvió a coger la labor. Después Rosenda, y después Cándida, y la última Paulina. A los dos minutos las cuatro estaban tejiendo, que era lo que hacían todos los jueves desde hacía once años, y Valmont dejó de existir para ellas naturalmente, sin que ninguna tuviera que decidirlo.

Se levantó y dio dos vueltas a la mesa despacio.

Los cuatro ganchillos eran distintos y las cuatro maneras también. Doña Micaela tenía uno de plata con el mango labrado, y se le veía tejer de lejos, con el codo alto. Cuando se le acabó el hilo hizo un nudo, cortó los dos cabos a un dedo y los dejó por el revés sin más ceremonia.

—Para eso es el revés —dijo, sin que nadie le hubiera preguntado.

Rosenda tejía pegada a la ventana con un ganchillo de acero gastado de treinta años de uso, afilado como un punzón. No hacía nudos. Cuando acababa un ovillo enhebraba una aguja y cosía el cabo por el revés, con seis o siete puntadas, y lo remataba. Tardaba el triple y no le importaba en absoluto: lo hacía invariablemente así, ovillo tras ovillo, desde antes de que naciera la mitad del pueblo.

Cándida usaba uno de hueso, amarillo. Cosía el cabo con aguja igual que Rosenda, pero lo cortaba al ras, tan al ras que el revés de sus rosetas parecía el derecho.

Paulina tejía con un ganchillo de madera, de los baratos, y era la que más deprisa iba de las cuatro. Valmont estuvo tres vueltas mirándole las manos y no le vio hacer nada con los cabos. Se acercó.

—Perdone usted, madame. ¿Dónde pone el hilo nuevo?

—Dentro.

—¿Dentro de qué?

—Del punto. —Paulina le enseñó la roseta por el revés, a un palmo de la cara—. Se mete el cabo viejo y el nuevo dentro de la cadeneta y se teje encima de los dos, y cuando lleva uno tres vueltas ya no hay manera de encontrarlos. No hay nudo, no hay costura y no se ve. Mi madre decía que una labor se acaba cuando no se sabe por dónde se empezó.

—Eso no lo sabe hacer nadie más en esta provincia —dijo Rosenda desde la ventana.

—Eso se hace despacio y ya está.

Valmont se limpió los dedos con el pañuelo, aunque no había tocado nada, y volvió a su silla.

—Señoras, ¿me permiten una pregunta de ignorante? ¿Esta colcha la han hecho ustedes cuatro y nadie más?

—Nosotras cuatro —dijo doña Micaela—. Dos años de jueves. Y las que faltan de casa, porque aquí se viene con la tarea hecha y aquí se cose y se charla.

—¿Cada una hacía las suyas en su casa?

—Cada una las suyas en su casa, y el jueves se traen y se cosen a la colcha. ¿Cómo quiere que se haga, si somos cuatro?

—No lo sé, madame. Por eso pregunto.

—Pues ya lo sabe.

Cándida habló por primera vez sin levantar la vista.

—Veinte rosetas cada una.

—Veinte y una tú —dijo Rosenda.

—Veinte.

Se quedó la cosa ahí. Uceda escribía en su pliego y el picón sonaba de vez en cuando debajo de la mesa.

—Y, por curiosidad —dijo Valmont—, ¿a ustedes les gusta?

Fue como si hubiera abierto una puerta.

—A mí no me gusta el festón del ángulo de abajo —dijo Rosenda enseguida—. Quedó corto y se nota, y ya no tiene arreglo.

—El festón está bien —dijo doña Micaela.

—Está corto. Y la del medio tira a marfil.

—La del medio tira a marfil con esta luz —dijo doña Micaela—. Esta sala tiene la luz que tiene.

—Tira a marfil con la luz que sea. Es medio tono, pero es.

—Se lavaría aparte, hija. Una roseta que se lava sola y se seca al sol, sale así.

—Y por el revés tiene los pelos fuera —dijo Cándida.

Se rieron las tres. Paulina no.

—¿Los pelos? —preguntó Valmont.

—Los cabos, señor. Que están largos y sin cortar. —Cándida se encogió de hombros—. Una colcha se mira por el derecho, pero por el revés se conoce quién la ha hecho. Y esa está sin rematar.

—Eso no lo ve nadie en una exposición —dijo doña Micaela.

—No lo ve nadie, pero está.

Jacinta pasó por detrás con un barreño de agua y doña Micaela le cortó el paso con el ganchillo de plata.

—¿Y eso?

—Es para el hilo nuevo de mayo, señora, que dijo usted que se fuera lavando.

—Que se vaya lavando el de mayo, no el de aquí. —Se volvió a Valmont con la paciencia de quien explica lo mismo por cuarta vez—. El hilo crudo encoge en la primera colada, señor perito. Aquí las rosetas se lavan antes de coserse a la colcha. Si no, le entra a usted el agua de julio y se le queda la labor como un pañuelo.

—¿Cuánto encoge?

—Medio centímetro en una roseta como esa, y en una colcha entera es un dedo por vara. Pregúnteselo a cualquiera.

—Se lo pregunto a usted, que es la que manda.

A doña Micaela aquello le sentó bien y no lo disimuló.

Rosenda dejó la labor en el regazo.

—Lo que yo quiero saber es qué se contesta a ese papel.

—No se contesta nada —dijo doña Micaela.

—Se contesta que es mentira.

—Se contesta cuando hay a quién. Un anónimo no tiene cara, Rosenda, y contra lo que no tiene cara no se pleitea. Si nosotras salimos ahora a decir que es mentira, mañana lo sabe la provincia entera, y el año que viene no nos manda la Diputación ni un carrete de hilo ni una vara de bayeta. Los pobres de este pueblo no comen de nuestra honra.

—La provincia entera lo sabe ya. En Nébeda me lo preguntaron el sábado en el mercado.

—Pues peor.

—Yo quiero que venga aquí el que lo ha escrito y que me mire a mí las manos —dijo Rosenda, y le tembló un poco la voz—. Que me las mire despacio y que diga delante de mí, y delante del señor juez si hace falta, que yo he comprado una labor en un taller. Treinta años cosiendo para los pobres de este pueblo, y ahora resulta que compro.

—Nadie ha dicho eso de ti.

—Ha dicho eso de las cuatro. Donde hay cuatro firmas hay cuatro culpas iguales, ha dicho.

—Rosenda.

—Y además no hace falta ver para tejer —dijo Rosenda—. Eso que quede claro aquí y delante del juzgado. Al ganchillo se cuenta con los dedos, no con los ojos. Ocho vueltas son ocho vueltas y se saben por el pulgar.

Nadie le había hablado de ver ni de ojos. Doña Micaela abrió la boca y la volvió a cerrar. Cándida miró un momento a Rosenda y después a su propia labor. Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar y estuvo callado el tiempo suficiente para que resultara incómodo.

En ese silencio, Paulina Cobos se levantó, se acercó a la esquina de la mesa y le dio la vuelta a un palmo de colcha. Se quedó mirando el revés, en el centro, donde las rosetas se cosen unas con otras. Después bajó el paño otra vez y se lo alisó con la palma. Al volver a su silla miró a Cándida. Cándida no levantó la cabeza.

Paulina se sentó, se metió la mano en el bolsillo del delantal y la dejó allí un momento antes de volver a coger el ganchillo.

—¿Decía usted algo, madame? —preguntó Valmont.

—No, señor. Digo que esta colcha nos ha costado dos años.

—Eso sí lo puedo yo certificar, y sin mirar.

A las siete se puso el sol detrás de la iglesia y Uceda sacó el lacre. Estuvo un cuarto de hora de rodillas en el suelo, con una vela y la cinta cruzada, y lo hizo escrupulosamente, porque era el primer precinto que ponía él solo. Después leyó el acta en voz alta, porque era preceptivo leerla.

—«En la villa de Tornellosa, a dieciséis de abril, ante mí, don Marcial Uceda, secretario del Juzgado de primera instancia del partido de Nébeda, se procede al precinto de la sala baja del pósito de esta villa, en la cual queda depositada la labor objeto de las presentes diligencias. La sala tiene dos puertas, que quedan cerradas y lacradas con el sello de este juzgado, y de las llaves se hace entrega de una al que suscribe y de otra a doña Micaela Loriga, viuda de Sandoval, presidenta de la entidad depositaria, que responde de ella.»

—¿Y las ventanas? —preguntó doña Micaela.

—Están a tres metros y dan a la plaza, señora.

—Digo por decirlo. Ponga usted que yo lo he preguntado.

Uceda lo puso. Las cuatro firmaron por orden de antigüedad y Jacinta recogió las tazas.

Valmont no firmó nada. Llevaba desde las cinco con una cinta métrica de sastre y una hoja de papel cuadriculado, midiendo rosetas de una en una y anotando metódicamente dos números en cada cuadro, y no había abierto la boca en dos horas. Le había dado tiempo a cuarenta y tres de las ochenta y una: las dos filas de arriba, la de abajo y la columna del medio. Cuando acabaron con el lacre estaba en la esquina de la mesa con la hoja a un palmo de la nariz, contando por lo bajo.

—Señor Valmont —dijo Uceda—, hay que salir.

—Un momento, monsieur. —Dobló la hoja en cuatro y se la guardó—. Señoras, yo les agradezco mucho la tarde y el chocolate, y mañana vendré a molestarlas otra vez. Antes quisiera decirles una cosa, porque me parece que tienen derecho a oírla de mí y no de otro.

—Dígala —dijo doña Micaela.

—Esta colcha la han hecho cinco personas.

Rosenda se quedó con la taza a media altura. Cándida cerró la mano encima del ganchillo de hueso. Doña Micaela se levantó del banco muy despacio, como se levantan las presidentas, y en la sala solo se oyó el picón apagándose debajo de la mesa.

—Señor —dijo—, somos cuatro.

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Nadie cuenta mirando

Capítulo 2

II

El viernes por la mañana Uceda quitó el lacre de la puerta grande y lo volvió a poner a las siete de la tarde, y entre una cosa y otra Aristide Valmont midió ochenta y una rosetas de ganchillo. El jueves había medido cuarenta y tres y le habían bastado para hablar de más. Ahora había que medirlas todas, en orden y por escrito, porque lo que se dice en una sala se olvida y lo que se firma en un papel va a un tribunal.

Trabajó de pie. La mesa le llegaba a la cintura y la hoja cuadriculada la sujetó con el tintero. De cada roseta tomaba dos medidas, el diámetro mayor y el menor. Una roseta cosida a otras siete tira de sus lados y nunca es redonda del todo. Anotaba invariablemente los dos números y una letra. La letra era para el empalme, y tenía cuatro: N de nudo, C de cosido y cortado largo, R de cosido y cortado al ras, y D de dentro.

El procedimiento era el de siempre y lo tenía aprendido de las tasaciones de maquinaria. Primero el inventario, después la medición, y la interpretación al final y nunca antes. Una roseta de ganchillo es una circunferencia mal cerrada. El número que sirve no es el diámetro, sino la diferencia entre los dos. Valmont le encontró la utilidad a la tercera roseta, casualmente. La tensión de una mano se conserva en el hilo como la letra se conserva en una firma.

A las once entró doña Micaela con la llave en la mano y se quedó al otro lado de la mesa, mirándolo como se mira a un hombre que hace algo inútil en casa de uno.

—¿Va a estar así todo el día?

—Todo el día y parte de mañana, madame. Son ochenta y una.

Traía además una silla de su casa, que dejó junto a la puerta y no usó en toda la mañana.

—Ochenta y una que yo he contado más veces que usted.

—No lo dudo. Yo no las cuento: las mido. Es un oficio más tonto pero da menos disgustos.

Doña Micaela dio la vuelta a la mesa muy despacio y se paró en el centro, y le puso a Valmont un dedo encima de la hoja para que levantara la cabeza.

—Mire usted esa. La del medio. —Y como él no dijo nada, insistió—: Esa es la mejor de todas, señor perito. Ocho vueltas, ni un punto de más ni uno de menos, y los picos le salen todos iguales. Cuando la cosimos, Rosenda dijo que esa debía ir en el centro, y en el centro está.

—¿Y de quién es?

—De alguna de nosotras será, digo yo.

—Eso es lo que estoy haciendo, madame. Averiguar de quién es cada una, que es una cosa que no se le ocurre a nadie hasta que hace falta.

Se quedaron callados los dos. Valmont dejó la cinta encima de la mesa, se limpió los dedos con el pañuelo y enderezó el tintero, que estaba torcido respecto del borde.

—Madame, ¿me permite una pregunta que no es de la labor?

—Si es de dinero, ya la esperaba.

—Es de dinero.

Doña Micaela se sentó en el banco. Tardó en hablar y cuando habló lo hizo mirando la estampa de la Virgen.

—Las mil pesetas no están en la caja.

—¿Desde cuándo?

—Desde el veintidós de marzo, que fue el día que las trajo el recadero de la Diputación. Las cogí yo esa tarde y hay un papel firmado de mi mano dentro de la caja, que dice lo que cogí y cuándo lo voy a devolver. Puede usted leerlo cuando quiera, y el señor juez también.

—¿Puedo preguntarle en qué las empleó?

—En una cuenta de la botica de mi marido, que lleva nueve años muerto y catorce debiendo. —Se alisó la falda—. Me la reclamaron por tercera vez en marzo y esta última con papel sellado. Iba a reponerlas con la cuestación de mayo, que da siempre setecientas u ochocientas, y con lo que saqué de doce madejas de hilo del armario, que también las vendí yo y también está apuntado.

—¿Lo saben las otras tres?

—No lo sabe nadie más que usted y el que escribió ese anónimo, si es que lo sabe. —Levantó la barbilla—. Y ahora dígame usted una cosa, señor. ¿Eso que le he contado tiene algo que ver con que esta colcha la hayamos hecho nosotras o no?

Valmont pensó en las tres cosas que sabía desde el jueves y en el orden en que las había ido sabiendo.

—No, madame. No tiene nada que ver.

—Pues por eso no lo había dicho.

Jacinta entró a las doce con un cubo y un trapo, y Valmont la dejó fregar un rato antes de hablarle. La chica limpiaba deprisa y mal, y miraba la colcha de reojo cada vez que pasaba por su lado.

—Mademoiselle, ¿usted lleva mucho aquí?

—Tres años, señor. Desde que se murió mi padre.

—¿Y los jueves está usted siempre?

—Los jueves y los lunes. Los jueves por el chocolate y los lunes a limpiar. —Escurrió el trapo—. Y no he tocado el armario del hilo.

—No le he preguntado por el armario.

—Me lo va a preguntar. Me lo ha preguntado ya todo el mundo.

—Entonces se lo pregunto: ¿ha tocado usted el armario del hilo?

—Lo que sobra, señor. Los cabos y los ovillos empezados que ya no valen para una labor de estas. —Lo dijo tranquilamente, sin bajar la voz y sin mirarlo—. Con eso le hice a mi hermana una toquilla y unos patucos. Si eso es robar, pues es robar, pero de lo que sobra.

—¿Y doña Micaela lo sabe?

—Doña Micaela sabe todo lo que le conviene saber.

Valmont anotó dos palabras en su hoja y no dijo nada más de aquello. La chica recogió el cubo. Al llegar a la puerta se volvió.

—Señor, eso que dicen de la del medio, que tira a marfil.

—Diga.

—Sería un ovillo de la partida vieja. En el armario hay de dos partidas y la de antes de la guerra está más amarilla. Se coge uno y no se mira, y luego pasa lo que pasa.

—Es una buena explicación —dijo Valmont—. Es la segunda buena explicación que oigo para lo mismo, y eso es una de más.

Jacinta no entendió y se fue. Valmont oyó el cubo golpear en los escalones del portal y después no oyó nada más. Se quedó solo en la sala hasta las cuatro, con el ruido de la cinta métrica y el de la pluma.

A las cuatro llegó Rosenda Ayerbe, que era la única de las cuatro que venía sin que la llamaran. Traía su labor en una bolsa de hule y se sentó en su sitio de la ventana, que era el sitio donde daba la luz hasta las seis.

Valmont estuvo un rato midiendo cerca de ella, sin hablar. Después arrastró una silla y se sentó enfrente.

—Madame, necesito que me haga usted un favor de oficio.

—Usted dirá.

—Tengo que coser una muestra y no veo bien de cerca para enhebrar. ¿Me enhebra usted esta aguja?

Le tendió la aguja y un cabo de hilo blanco. Rosenda los cogió. Se puso de espaldas a la ventana, buscó la luz, cambió de postura y lo intentó cuatro veces. A la quinta le temblaba la mano.

—Hoy tengo el ojo cansado.

—Sí, madame.

—Es de la costura de anoche. Estuve hasta muy tarde con una camisa.

—Sí, madame.

Rosenda dejó la aguja en la mesa lentamente, como se deja una cosa que ya no se va a coger más. Estuvo un rato largo con las manos quietas encima de la bolsa de hule.

—Cataratas —dijo finalmente—. Las dos. El médico de Nébeda me lo dijo en noviembre y me dijo que para el año que viene, con suerte, veré bultos.

—¿Y lo sabe alguien?

—Lo sabe mi hermano, que es el que me lleva a Nébeda. Aquí no lo sabe nadie.

—¿Puedo preguntarle por qué?

—Porque en cuanto lo sepan, esto se acaba. —Señaló la mesa con la barbilla, y la señaló bien, sin buscarla—. Yo no tengo marido ni tengo hijos ni tengo más que esto, señor. Los jueves. Y el día que doña Micaela sepa que no veo, me sentará en el banco a devanar ovillos y a Cándida le parecerá muy bien y a Paulina también, y me traerán el chocolate a mí primero, que es lo peor de todo.

—¿Y las rosetas de este invierno?

Rosenda tardó en contestar.

—Ocho me han salido mal. Lo sé sin que usted me lo diga. Las he tocado después y las conozco: una vuelta apretada y la otra floja, y el pico torcido. Las cosí yo a la colcha en enero y no dije nada. —Levantó la cara—. Eso es lo peor que he hecho en mi vida, y ahora viene un papel sin firma y dice que la hemos comprado.

—Madame, lo que usted me cuenta no lo voy a poder callar si me preguntan bajo juramento.

—Ya lo sé.

—Pero le puedo prometer que no lo voy a decir antes de tiempo, y que si lo digo, lo diré delante de usted y no por detrás.

—Con eso me basta —dijo Rosenda—. Y ahora déjeme usted que le enhebre la aguja, que a la sexta me sale.

A la sexta le salió. Valmont le dio las gracias y se guardó la aguja en el chaleco. Después estuvo media hora midiendo rosetas junto a la ventana sin dirigirle la palabra. Le pareció que aquella mujer agradecería más la compañía que la conversación. Las ocho rosetas del invierno estaban repartidas por el tercio bajo de la colcha y se conocían al tacto, como ella había dicho. La tensión se le iba dentro de la misma vuelta. Apretaba al principio y aflojaba al llegar al pico, y el dibujo perdía la simetría por un lado solo.

Cándida Berzosa entró a las seis, contestó a nueve preguntas con veintitrés palabras y se fue a las seis y media. Dijo que había hecho veinte rosetas y que las hacía en su casa por la noche. Dijo que el hilo lo cogía del armario los jueves y que el dibujo se lo sabía de memoria. Dijo que no tenía nada más que decir. En ningún momento dijo una sola cosa que no fuera verdad, y Valmont lo anotó así en la hoja, con dos palabras suyas: no miente, calla.

Cuando se quedó solo con Uceda, antes del lacre, Valmont sacó la denuncia y la puso encima del banco.

—Monsieur, ¿usted ha leído muchos anónimos?

—Algunos.

—¿Y cómo suelen ser?

—Sucios —dijo Uceda—. El que escribe un anónimo va a por alguien. Da nombres, cuenta vidas, mete a la mujer del alcalde. Este no.

—Este no. Este tiene una cosa que a mí me quita el sueño, y es que no acusa a ninguna de las cuatro. —Valmont puso el dedo en el renglón—. «Donde hay cuatro firmas hay cuatro culpas iguales.» Mire usted qué manera tan rara de repartir. El que ha escrito esto podía haber dicho un nombre y no lo ha dicho, y sin embargo sabe muchísimo de esta casa.

—Será que no sabe cuál de las cuatro fue.

—Puede. O será que sí lo sabe.

Uceda lo miró sin entender del todo y cerró la cartera. El lacre de aquella tarde lo puso más deprisa que el del jueves y le salió mejor.

Aquella noche cenó en la fonda con el secretario y no hablaron del asunto. Valmont durmió mal, como dormía siempre en las camas de las fondas. A las seis ya estaba despierto. Repasó de memoria la disposición de la sala, la altura de las ventanas y la distancia de la mesa a cada una de las cuatro sillas de anea.

El sábado a media mañana estaban las cuatro en la sala, porque doña Micaela había decidido que el sábado también era día de Ropero mientras durase aquello. Valmont acabó las últimas nueve rosetas, se sentó en el banco y estuvo un rato pasando la hoja de un lado a otro, contando por lo bajo.

—Señoras, una pregunta de trámite. ¿De dónde salió el dibujo de esta colcha?

—Lo trajo Cándida —dijo doña Micaela—. Hace dos años, cuando decidimos hacer una labor grande. Trajo una roseta de muestra y nos gustó a las cuatro.

—¿Y usted de dónde lo sacó, madame?

Cándida no levantó la vista de la labor.

—De unas monjas de Nébeda.

—¿De cuáles?

—De las Hermanitas de la Piedad. El asilo. —Dio dos puntos—. Allí lo hacen así desde siempre.

Doña Micaela dejó la labor en la mesa. Las otras dos no la dejaron.

—¿Y usted aprendió allí?

—Yo lo vi allí.

Valmont asintió y no preguntó más. Dobló la hoja, se levantó y se puso el sombrero, que era la manera que tenía de anunciar que iba a decir algo que no le gustaba a nadie.

—Señoras, les digo lo que voy a hacer, porque a mí me parece de mala educación que se enteren por otro. Mañana domingo subo a Nébeda y voy a ese asilo, a ver esas rosetas y a hablar con quien las hace. Y el lunes, con licencia del juzgado, descoso la roseta del centro de esta colcha y me la llevo a Nébeda en el bolsillo, para ponerla al lado de las de allí y verlas juntas encima de una mesa.

—¿Descoser? —dijo doña Micaela—. ¿Va usted a estropear la colcha?

—Voy a soltar cuatro costuras, madame, y las vuelve a coser después quien las cosió, y no se conoce. Es eso o llevarme la colcha entera a Nébeda en un carro, y eso sí que no lo consiento yo.

En la sala hacía calor. El brasero llevaba encendido desde las nueve y nadie había abierto las ventanas.

—Ha dicho usted una cosa antes —dijo Paulina Cobos.

Era la primera vez que hablaba en toda la mañana, y lo hizo sin levantar apenas la voz. Tenía la labor en el regazo y las dos manos quietas encima.

—¿Cuál, madame?

—Ha dicho «la roseta del centro». Como si ya supiera que esa es la que no es.

—He dicho la del centro porque es la que se nombra en el papel del juzgado —contestó Valmont—. Yo todavía no sé nada. Sé lo que miden ochenta y una rosetas y sé cómo remata cada una de ustedes el hilo, que es una cosa que ustedes hacen sin pensarla desde hace cuarenta años y que no se puede cambiar aunque se quiera.

Desdobló la hoja cuadriculada encima de la mesa, de manera que la vieran las cuatro. Había cuatro columnas de números con una letra al lado de cada uno. Debajo de todo, apartada, había una fila sola con un número y una letra.

—Aquí están las ochenta. Se reparten en cuatro montones y cada montón es una mano: la mano de usted, madame, y la de usted, y la de usted, y la de usted. Llevan ustedes dos años tejiendo lo mismo y no se han salido de su medida ni medio centímetro. Y aquí abajo está la del centro, que no cae en ningún montón.

—Cae en el mío —dijo Rosenda.

Se hizo un silencio incómodo. Rosenda tenía las manos abiertas encima de la bolsa de hule.

—Mis rosetas de este invierno están mal, señor, y usted lo sabe y yo también. Me salen anchas y me salen estrechas. ¿Cuánto mide la del medio?

—Once y siete —dijo Valmont—. Y las de usted, desde enero, de once y medio a doce y ocho.

—Pues ya está. Esa es mía y no hay más que hablar. La hice yo en un mal día, y ahí se acaba la colcha de cinco personas y el anónimo y todo.

Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar y estuvo callado más tiempo del que resultaba cómodo. Después le dio la vuelta a la hoja y le puso el dedo encima de la fila de abajo, en la letra.

—Madame, esta tiene nudo.

Rosenda lo miró sin pestañear.

—Yo no he hecho un nudo en treinta años.

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Nadie cuenta mirando

Capítulo 3

III

El asilo de las Hermanitas de la Piedad estaba a la salida de Nébeda. Era un edificio de ladrillo de dos plantas, con un huerto detrás y una tapia baja. Valmont llegó el domingo a las cuatro, después de misa mayor y antes del rosario. Era la única hora en que allí se podía hablar con alguien.

Le abrió una monja pequeña y vieja que se llamaba sor Basilisa y que llevaba cuarenta y un años en la casa.

—Usted es el señor del juzgado.

—Soy un perito, hermana. No es lo mismo y a mí me parece mejor.

—Aquí ha venido esta mañana un guardia a preguntar por lo mismo, y no le hemos dicho nada porque no sabíamos nada. Pase usted.

La sala de labores estaba en el primer piso y daba al huerto. Era una habitación larga con ocho ventanas. Había catorce mujeres sentadas en dos hileras y todas tejían. No hablaba ninguna. Valmont se paró en la puerta con el sombrero en la mano.

—Hermana, ¿todas estas señoras son…?

—Ciegas, nueve. Las otras cinco ven algo. —Sor Basilisa entró delante—. Aquí se hace punto, ganchillo y encaje de bolillos, y lo que sale se vende por los pueblos y en la feria de Nébeda. De eso comemos, señor. La caridad da para el ladrillo y las labores dan para el puchero.

—¿Y hacen ustedes rosetas?

—Hacemos rosetas desde antes de que yo entrara.

Lo llevó a una alacena del fondo y abrió las dos puertas. Dentro había cajas de cartón apiladas, y dentro de las cajas había rosetas blancas atadas en mazos de a docena con una hebra.

Valmont pidió permiso y sacó una docena. Las puso encima de la mesa, en fila, y estuvo un rato mirándolas sin tocarlas. Después les dio la vuelta a todas, una por una.

Las doce tenían los cabos largos por el revés, sin cortar.

—Hermana, ¿esto es de la casa?

—¿El dibujo? De la casa. Se le llama la roseta de ocho, porque son ocho vueltas, y aquí se enseña en la primera semana. Lo trajo una hermana de Salamanca en tiempos de mi madre y ya no se ha hecho otra cosa.

—¿Y lo sabe mucha gente?

—Lo sabe todo el que haya pasado por esta casa. —Sor Basilisa cerró la alacena—. Que han sido muchas en cuarenta años, señor. Aquí hubo asilo de ciegas y hubo también casa de corrección de mujeres hasta hace quince años, cuando lo pasaron todo a la capital. Dos escaleras, dos puertas y el mismo patio. Y en el patio se hacía labor, que era lo que había.

—¿Las mismas rosetas?

—Las mismas. Las de arriba por gusto y las de abajo por condena, pero las mismas.

Lo dijo tranquilamente, sin darle importancia, porque para ella no la tenía, y le señaló a Valmont la segunda hilera de mujeres.

—Y a la que usted viene a ver es aquella.

Engracia Berzosa tenía sesenta y un años y estaba sentada al lado de la penúltima ventana. Tejía deprisa y con las manos bajas, a la altura del regazo, y no levantó la cara cuando se acercaron. Llevaba el pelo recogido y un mandil azul.

—Engracia, este señor viene de Tornellosa.

—De Tornellosa viene mi hermana los primeros de mes.

—Viene por una labor, no por su hermana —dijo sor Basilisa—. Yo los dejo, que a las cinco es el rosario.

Valmont acercó una silla y se sentó enfrente, a un paso. Es la distancia a la que se sienta uno cuando quiere que le oigan bien y no quiere que le toquen.

—Madame, me llamo Aristide Valmont y soy perito del juzgado de Nébeda. ¿Puedo hacerle unas preguntas mientras usted trabaja?

—Trabajando oigo mejor —replicó.

—¿Cuántas rosetas hace usted al día?

—Once o doce. Trece si el día es largo. —El ganchillo no se le paró ni una vez—. Antes hacía dieciséis, pero ahora tengo el hombro malo.

—¿Y cómo sabe usted cuándo acaba una vuelta?

Engracia se rió por lo bajo, como se ríe uno de una pregunta de niño.

—Porque se acaba, señor. Son ocho piquitos y son diez puntos entre pico y pico, y eso se cuenta con este dedo. —Levantó un momento el pulgar sin soltar la labor—. Nadie cuenta mirando. Los ojos son para las señoras que van deprisa y luego tienen que deshacer.

—¿Y no se equivoca usted nunca?

—En el número no. En el número no me he equivocado en cincuenta años, porque el número se sabe por el dedo y el dedo no se cansa ni se distrae.

—¿Y en qué se equivoca?

—En el hilo —dijo Engracia—. Cuando me dan un ovillo de otra caja y nadie me lo dice, yo tejo con lo que me ponen en la mano. Después viene sor Basilisa y me dice que esa ha salido de otro color, y yo la deshago si ella quiere. Pero la mano no sabe de colores.

Valmont se quedó callado. Al otro lado de la sala, una de las mujeres de la primera hilera contaba en voz alta y muy bajita, para ella sola.

—Madame, ¿usted sabe lo que hace su hermana con estas rosetas?

—Las vende. Por los pueblos, en las ferias y en las casas buenas, que es donde pagan sin regatear. —Y lo dijo con el orgullo con que se dice una cosa que a uno le ha costado—. Doce años lleva. Con eso paga lo mío aquí, que son cuarenta reales al mes, y con eso he estado yo comiendo desde que se murió nuestra madre. Mi hermana Cándida no ha faltado un mes.

—¿Viene a verla?

—Los primeros de mes. Se sienta ahí donde está usted, me trae azúcar y no habla casi nada. Nunca ha hablado. De pequeña tampoco.

—¿Y le ha contado alguna vez lo de un premio?

—¿Qué premio?

—Nada, madame. Cosas mías.

—A mí nadie me cuenta nada, señor, y a mí me parece muy bien. —Dio la vuelta a la roseta terminada y la dejó en el cesto sin mirarla, y empezó otra—. Yo hago rosetas. Lo que pase con ellas después es de quien las lleva.

Valmont se levantó, le dio las gracias y le pidió permiso para llevarse una docena pagándolas. Se las cobraron a real y medio.

Volvió a Tornellosa en el coche de línea de las siete, con el paquete encima de las rodillas y sin abrirlo.

El lunes a las nueve, cuando bajaba a desayunar, el cabo Lastra estaba en el portal de la fonda con Jacinta Ordás delante y sin sombrero.

—Señor perito.

—Monsieur.

—Me llevo a la muchacha al cuartelillo, que anoche registramos su casa y ha aparecido hilo del Ropero. Hay tres ovillos empezados y una toquilla.

—¿Y eso qué le prueba a usted, monsieur?

—Eso me prueba que en esa sala entra y sale quien quiere. Y de ahí a que la colcha la trajeran hecha de fuera hay dos pasos.

—Hay más de dos, monsieur, y el primero es el que a usted le falta: quien trae una labor comprada no se gasta dos años en fingir que la hace.

—Usted dirá los que quiera cuando firme su papel —dijo el cabo—. Yo mientras tanto tengo que trabajar con lo que tengo.

Jacinta iba llorando sin ruido, de pie y muy derecha, y no dijo nada. Valmont se quitó el sombrero cuando la chica pasó por delante de él. Ella lo miró con un desconcierto que le duró hasta la esquina.

A las diez, Uceda quitó el lacre de la sala del pósito para que Valmont descosiera la roseta del centro.

Doña Micaela había venido con la llave. Estaba en la puerta con el bolso colgado del brazo y el aire de quien asiste a una operación quirúrgica de un pariente.

—¿Va a tardar mucho?

—Cuatro costuras, madame, y un cuarto de hora. Se lo devuelvo todo como estaba, salvo que la roseta se va a Nébeda en mi bolsillo y vuelve el martes.

Valmont dejó el paquete de Nébeda encima del banco, se lavó las manos en la palangana del rincón, se las secó, se puso los lentes y se inclinó sobre el centro de la mesa.

Se quedó así casi un minuto, completamente inmóvil.

Después se enderezó, dio la vuelta a la mesa entera y volvió al mismo sitio. Contó en voz alta, tocando con el dedo de arriba abajo y de izquierda a derecha, las nueve filas y las nueve columnas.

—Sigue habiendo ochenta y una.

—Claro que sí —dijo doña Micaela—. Ha estado lacrada desde el jueves.

—Sí, madame. Sigue habiendo ochenta y una. —Valmont le puso la mano encima de la roseta del centro y la dejó allí—. Y esta no es la de antes.

A doña Micaela se le cayó el bolso del brazo y no lo recogió.

En el centro de la colcha había una roseta blanca de ocho vueltas. Estaba cosida a sus ocho vecinas con puntada corta y muy limpia. No tiraba a marfil: era del mismo blanco que las otras ochenta, o casi. El hilo estaba tieso y tenía brillo. Por el revés no se le veía ni un cabo, ni un nudo, ni el sitio por donde alguien había empezado.

—Monsieur Uceda, acérquese usted y mire esto, y mírelo despacio, porque tendrá que ponerlo en un papel. ¿Ve usted los cabos?

—No hay cabos.

—No hay cabos. El jueves los había, y estaban largos, y se rieron ustedes de ellos delante de mí y delante de la presidenta. Ahora no los hay. —Le dio la vuelta a la punta de la colcha—. Y este hilo no se ha lavado nunca.

—¿Y eso cómo lo sabe?

—Por el brillo y por lo tieso que está. Pero no me crea usted a mí. Ya lo veremos todos juntos y con agua caliente, que es la única manera de que esto no sea la opinión de un señor de fuera.

Valmont cogió entonces una vela del cajón de la alacena, la encendió y se echó al suelo cuan largo era, debajo de la mesa de amasar. Doña Micaela se santiguó.

Estuvo abajo cinco minutos justos. Salió con el traje lleno de polvo y con la palma de la mano abierta, y en la palma tenía un montoncito de hilos cortos.

—Madame, ¿aquí se barre?

—Se barre los lunes por la mañana, y se friega el primer lunes de mes. Hoy no se ha barrido porque la chica está en el cuartelillo y porque estaba usted aquí con el lacre. En once años no se ha dejado de barrer un lunes.

—Aquí debajo no se barre nunca. Mire usted lo que hay: cabos de hilo de dos años. Hay hilo blanco, hay hilo crudo, hay lana parda de las toquillas del invierno pasado y hay una hebra azul. Todo revuelto y todo con polvo encima. —Volcó la mano en el banco y separó los hilos con el dedo, uno a uno—. Y no hay ni un solo cabo blanco limpio. Ni uno.

—No le entiendo, señor.

—Que alguien ha cortado ocho costuras y una roseta encima de esta mesa, y las hebras que caen al cortar no están. Se ha llevado hasta el polvo suyo. —Valmont se limpió las manos con el pañuelo—. Es la primera vez en mi vida que le encuentro a una sala el defecto de estar demasiado limpia por debajo.

Uceda miraba la puerta grande y el lacre.

—Pero el precinto está entero. Lo puse yo y está entero. Tiene el sello derecho y la cinta sin cortar.

—Sí, monsieur. Y está entero el de la otra puerta, que también lo puso usted. —Valmont señaló con la barbilla el fondo de la sala—. ¿Y esa?

Al fondo, detrás de la alacena, había una portezuela de metro y medio con el marco ahumado y sin pintar. Por ella metía todos los días una chica de diecinueve años un braserillo de cobre envuelto en un trapo.

Uceda sacó el acta de la cartera y la leyó él mismo en voz baja, moviendo los labios. Cuando llegó al renglón se le puso la cara de un color muy feo.

—«La sala tiene dos puertas» —leyó.

—Eso lo dictó usted, madame —dijo Valmont, sin levantar la voz—. Y lo dictó usted de buena fe, estoy seguro. Para usted esa no es una puerta.

—Es por donde entra el brasero —protestó doña Micaela.

—Ya lo sé.

—Es de servicio. Por ahí no entra nadie.

—Por ahí entra el brasero todos los días, madame, y el brasero no viene solo.

Se sentaron los tres en el banco, porque no había sillas suficientes y porque ninguno de los tres tenía ganas de estar de pie. Uceda escribía. Valmont sacó del bolsillo el pliego de la denuncia y lo puso a la luz de la ventana, sujetándolo por dos esquinas.

—Monsieur, ¿este papel se lo ha mirado usted?

—Es papel de barba corriente, del que se vende en cualquier parte. En el juzgado tenemos tres resmas iguales.

—Es papel de barba corriente con el corte a máquina y una raya de agua en el tercio de abajo. —Valmont fue a la alacena, cogió el libro de actas del Ropero y sacó de dentro dos pliegos sueltos. Los puso al lado—. Y es este mismo papel. Madame, ¿de dónde sale?

Doña Micaela lo miró desde el banco y tardó lo suyo en contestar.

—De una resma que compré yo en Nébeda en diciembre, para las listas del reparto de enero. Cuatro pesetas.

—¿Y dónde está la resma?

—Aquí no, porque aquí no cabe. Repartí los pliegos entre las cuatro, a veinte o treinta cada una, para que cada una hiciera su lista en su casa. —Levantó la cara—. Diga usted lo que va a decir.

—No voy a decir nada, madame. Voy a decir solamente que las cuatro socias de este Ropero tienen en su casa papel igual que este, y que eso, que parece que señala a una, lo que hace es no señalar a ninguna. Es exactamente lo que me estorba.

A las cuatro de la tarde soltaron a Jacinta Ordás, que volvió a la sala a recoger su cesta y no quiso ni mirar a nadie.

A las cinco entró el cabo Lastra con un papel en la mano y con dos hombres detrás.

—¿Doña Cándida Berzosa?

Cándida estaba en su silla, la tercera empezando por la ventana. Se levantó lentamente y dejó la labor en el asiento.

—Soy yo —murmuró.

—Tiene usted que acompañarme al cuartelillo.

—¿Por qué? —dijo doña Micaela.

—Por lo del asilo de Nébeda, señora. Esta mañana he estado allí. Esa señora tiene una hermana ciega interna en esa casa, y esa hermana hace todos los días rosetas exactamente iguales que las de esa colcha, y esa señora se las vende por los pueblos desde hace doce años. Y nadie en este pueblo lo sabía.

Nadie dijo nada. Cándida Berzosa se quitó el dedal y lo dejó encima de la labor, con cuidado, como si tuviera que volver enseguida.

—Y hay más —dijo el cabo—. La roseta que le faltaba a la colcha era de su hermana, y la roseta ya no está. Digo yo que a alguien le convenía que no estuviera.

—Ça suffit —dijo Valmont.

Lo dijo en voz baja y en su idioma, y fue lo único que dijo en su idioma en toda la semana. El cabo se volvió.

—¿Cómo dice?

—Nada, monsieur. Perdone usted. —Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar—. Llévesela usted si tiene que llevársela, que yo no soy quién. Pero anote en su papel que el perito le ha advertido a usted de una cosa: la roseta que quitaron de esta colcha es la única prueba que había contra esa señora, y quitarla no la beneficia. La hunde.

—O la salva, si no aparece nunca —replicó el cabo.

—Está usted en su derecho de pensarlo.

Se llevaron a Cándida antes del anochecer. Salió andando por su pie, entre los dos hombres, y por la plaza había gente en las puertas.

Cuando se quedaron los tres solos, Valmont recogió su cinta métrica, su hoja cuadriculada y el paquete de Nébeda, y se los puso debajo del brazo.

—Monsieur Uceda, ¿tiene usted autoridad para citar a las cuatro socias del Ropero mañana a las cuatro de la tarde en esta sala?

—A tres, señor. La otra está detenida.

—A las cuatro. Pídale al juzgado que la traigan del cuartelillo con un guardia detrás, que es su derecho y es mi necesidad. —Valmont se puso el sombrero—. Y tráigame usted, si es tan amable, cuatro ganchillos iguales del número tres, cuatro ovillos de la misma partida de hilo, un reloj con segundero, una palangana grande y un caldero de agua caliente.

Uceda levantó la pluma del papel.

—¿Agua caliente?

—Hirviendo no. Caliente.

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Nadie cuenta mirando

Capítulo 4

IV

El martes a las cuatro de la tarde había nueve personas en la sala baja del pósito y nunca había habido tantas.

Las cuatro sillas de anea estaban puestas en fila delante de la mesa. Encima del tablero, sobre un paño, esperaban cuatro ganchillos de acero del número tres con el papel de la tienda todavía puesto. Al lado, cuatro ovillos de la misma partida. Al lado había una palangana de loza blanca y un caldero. Uceda se sentó en el banco con la cartera abierta. El cabo Lastra se quedó de pie junto a la puerta grande y no se quitó el tricornio. Jacinta Ordás miraba desde la portezuela del fondo con el trapo en la mano. Nadie le había dicho que se fuera.

Cándida Berzosa entró la última, con un guardia detrás, y se sentó en la tercera silla, que era la suya.

—Señoras —dijo Valmont—, les pido a ustedes un favor y es el último. Van a tejer.

—¿Aquí? —dijo doña Micaela.

—Aquí, ahora, las cuatro a la vez y con el mismo hilo. Ocho vueltas, la roseta de siempre. Yo les tomo el tiempo y después la medida. ¿Les parece mal a ustedes que se haga delante de la autoridad?

—A mí me parece una payasada —dijo doña Micaela.

—Es una diligencia pericial, madame, y se llama reconstrucción. Es lo mismo que hacemos con un incendio, solamente que sin quemar nada.

—¿Y para qué sirve eso? —dijo Cándida—. Yo no voy a tejer delante de un guardia.

—Madame, va usted a tejer delante de un guardia precisamente para que el guardia lo vea.

Se hizo un silencio raro. Doña Micaela cogió el ganchillo, le quitó el papel y se lo pasó a la siguiente, y las cuatro empezaron casi a la vez.

Tardaron entre once y catorce minutos. Rosenda acabó la última y tuvo que deshacer la sexta vuelta. Cuando las cuatro rosetas estuvieron en la mesa, Valmont las midió con la cinta de sastre, las dos veces cada una, y fue diciendo los números en voz alta para que Uceda los escribiera.

—Doña Micaela Loriga, once y cuatro. Rosenda Ayerbe, doce y seis, con la sexta vuelta deshecha. Cándida Berzosa, doce y cinco. Paulina Cobos, diez y ocho.

—Eso es lo mismo que mide la mía en la colcha —dijo doña Micaela.

—Es lo mismo que mide la suya en la colcha, madame. Y lo mismo que medían las veinte suyas del jueves pasado.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó el cabo.

—Que ninguna de estas señoras se ha salido hoy de su medida de siempre. No se puede, monsieur. Una mano tiene la tensión que tiene y la conserva como la letra.

Valmont les dio la vuelta a las cuatro rosetas nuevas y las puso en fila con el revés hacia arriba.

—Y aquí está lo otro. Doña Micaela: nudo, y los dos cabos cortados a un dedo. Rosenda: cabo cosido por dentro con aguja, sin nudo, que es lo que lleva haciendo treinta años. Cándida: cosido y cortado al ras. Paulina: nada. No se ve nada. El hilo nuevo va escondido dentro del punto.

Sacó entonces del bolsillo un paquete envuelto en papel de estraza, lo abrió encima del banco y puso a la vista doce rosetas blancas atadas con una hebra.

—Esto lo compré yo el domingo en el asilo de Nébeda, a real y medio, y hay recibo. Mírenlas ustedes por el revés.

Doña Micaela cogió una, la volvió y no dijo nada.

—Nudo, y los cabos largos y sin cortar —dijo Valmont—. Las doce. Y miden entre once y seis y once y ocho.

—¿Las doce iguales? —preguntó Uceda.

—Las doce. Así teje la mano que no ve, monsieur. Cuenta por el dedo y no se equivoca nunca en el número. Y no corta los cabos porque no tiene con qué medir el ras. La del centro de esta colcha tenía nudo y medía once y siete. Era la que el jueves pasado tiraba a marfil y tenía los pelos fuera, y se rieron ustedes de ella delante de mí.

—Era de mi hermana —dijo Cándida.

—Era de su hermana, madame —confirmó Valmont.

—La cosí yo en enero. Estuve tres semanas en la cama con la gripe y no me daba el tiempo, y cogí una de las de Engracia del paquete de vender, y la cosí, y no lo dije. Eso es lo que he hecho yo. —Tenía las manos quietas encima de la falda y hablaba muy despacio—. Y llevo doce años vendiendo lo que hace mi hermana para pagarle lo suyo en esa casa, y eso tampoco lo he dicho en este pueblo, porque aquí una cosa así se cuenta de otra manera.

—¿Y por qué no lo dijo usted el jueves? —preguntó el cabo.

—Porque el jueves usted no había estado en Nébeda todavía.

Valmont levantó una mano, con mucha cortesía, y el cabo no siguió.

—Señores, vamos a lo que nos ocupa, que no es esa roseta. Esa roseta ya no está en la colcha. Vamos a la que sí está.

Descosió entonces, delante de todos, las cuatro costuras del centro. Tardó menos de lo que había dicho. Levantó la roseta blanca, la sostuvo en alto por una punta y la dejó en la palma de la mano.

—Esta apareció el lunes en el sitio de la otra. Mide diez y ocho. Por el revés no tiene ni nudo, ni costura, ni cabo, ni señal de por dónde se empezó.

Nadie miró a Paulina Cobos. Fue la circunstancia que más le llamó la atención a Valmont en toda la semana: en aquel momento, las tres que quedaban miraron todas a la mesa.

—¿Nadie dice nada? —preguntó el cabo.

—Pero una medida es una opinión, y yo no he venido a dar opiniones. Monsieur Uceda, el agua.

Uceda vertió el caldero en la palangana. Salió vapor. Valmont cogió con dos dedos una roseta cualquiera de la colcha, de las de la esquina, la echó al agua y la tuvo dentro un minuto contado en el reloj. La sacó, la escurrió, la estiró encima del paño y la midió.

—Doce y cinco antes. Doce y cinco ahora. Esta se lavó en su día, como se lavan aquí todas las rosetas antes de coserlas, porque el hilo crudo encoge en la primera colada y lo sabe cualquiera de esta sala. Lo dijo doña Micaela el jueves delante de mí, riñendo a la muchacha por un barreño.

—Lo dije —confirmó doña Micaela.

Valmont echó entonces al agua la roseta del centro. La tuvo el mismo minuto y la escurrió. La estiró en el paño y le pasó la cinta por encima, lentamente, y después se echó atrás para que la vieran los demás.

—Diez y tres. ¿Lo anota usted, monsieur secretario?

—Ha encogido —murmuró Uceda.

—Medio centímetro largo. Esta roseta no se ha lavado nunca, monsieur. Y en esta casa la roseta se lava antes de coserla, todas, desde hace once años. Luego esta no la cosió quien cose aquí. Esta roseta se tejió después. —Valmont se limpió las manos con el pañuelo—. Y esta sala estaba lacrada desde el jueves por la noche.

El cabo Lastra se separó por fin de la puerta.

—Pues entonces alguien entró —dijo el cabo, y lo dijo casi alegremente.

—Alguien entró el domingo por la noche. Por la portezuela del brasero, que no estaba precintada porque en el acta no consta como puerta.

—¿Y qué hizo?

—Cortó la roseta del centro y cosió esta en su sitio con ocho puntadas cortas. Después recogió del suelo hasta la última hebra y se fue. No forzó nada, no rompió nada y no se llevó nada de valor. —Valmont dejó la roseta encogida en la mesa—. Y ahora, con permiso de ustedes, voy a decir qué clase de persona hace eso, que es lo único que yo sé hacer.

Fue hacia la ventana y volvió. La sala estaba en silencio.

—Empiezo por el papel del juzgado, que es donde empezó todo. ¿Monsieur Uceda, cuántos anónimos ha leído usted?

—Algunos.

—¿Y cómo son?

—Sucios. Dan nombres.

—Este no da ninguno. —Valmont levantó el pliego—. Un anónimo va siempre a por alguien. Este reparte la culpa en cuatro partes iguales y se cuida de escribirlo: donde hay cuatro firmas hay cuatro culpas iguales. Quien lo escribió quería parar una cosa. No quería hundir a una persona.

—Eso es un modo de hablar —dijo el cabo.

—Es un modo de hacer, monsieur, y aquí está tres veces. Escribe una denuncia y no señala a nadie. Corta una roseta y no deja el agujero: se sienta y teje otra para que no se note. Y con la casa a oscuras se agacha a recoger del suelo las hebras que ha cortado.

—¿Y eso qué le dice a usted?

—Yo he visto gente destruir muchas cosas, monsieur. Es la primera vez que veo a alguien destruir una y dejarlo todo arreglado detrás.

Doña Micaela tenía la mano en el broche de azabache.

—Y ahora las descarto a ustedes una a una, y les pido perdón por lo que voy a decir de cada una, porque lo voy a decir delante de todos y no hay otra manera.

»Madame Loriga: usted tenía en la caja mil pesetas que no están, y hay un papel firmado de su mano, y doce madejas vendidas. Usted quería que esta colcha fuera a la capital más que nadie en este pueblo, porque el premio le tapaba el agujero y porque la cuestación de mayo depende del ruido que haga la colcha. Usted es la única a la que este anónimo le cuesta dinero. No fue usted.

»Mademoiselle Ordás: usted se lleva el hilo que sobra, y lo dijo usted misma antes de que se lo preguntaran. Usted entra y sale por esa portezuela todos los días del año, invariablemente, con el brasero por la mañana y con el cubo por la tarde. ¿Saben ustedes lo que habría hecho ella si hubiera querido cortar una roseta? La habría cortado el viernes, y nadie habría sabido nunca que faltaba. Es la única persona de esta villa que puede estar sola en esta sala sin llamarle la atención a nadie. No fue usted, y la han tenido ocho horas en el cuartelillo.

»Madame Ayerbe: usted lleva desde noviembre sin ver, y ocho rosetas de esta colcha están mal por eso, y usted las cosió sabiendo que estaban mal. Usted es la que más miedo tenía de que un perito mirase esta labor de cerca. Pero usted no puede coser ocho puntadas cortas en un centro de colcha a la luz de una vela, ni enhebrar una aguja a la primera, y lo sabemos los dos desde el viernes. No fue usted.

»Madame Berzosa: usted metió aquí la roseta de su hermana y se calló doce años de vender su labor. Usted era la que tenía que querer que esa roseta desapareciera, y el señor cabo tiene razón en que eso salta a la vista. Pero piensen ustedes un momento. Mientras esa roseta estuvo en la colcha, era la roseta de una mujer ciega de Nébeda y no decía nada más. ¿Y en cuanto la cortaron? Se convirtió en la prueba de que alguien entró aquí de noche. A usted le han hecho un daño con eso, madame. No un favor. No fue usted.

Cándida Berzosa se llevó las manos a la cara, sin ruido.

—Queda una persona, y voy a decir de ella lo mismo que he dicho de las otras, que es lo que yo sé y nada más.

»La roseta que apareció el lunes mide diez y ocho, y en esta sala hay una sola mano que teja a diez y ocho, y la hemos visto tejer todos hace un cuarto de hora. Esa roseta no tiene por el revés ni nudo ni costura. En esta sala hay una sola mujer que sepa meter el hilo dentro del punto, y me lo enseñó ella misma el jueves pasado a un palmo de la cara, con mucha amabilidad.

»Y hay una cosa más, y es la que importa. Ese anónimo dice: mírese la del medio. El jueves pasado, en esta sala, había dos personas en el mundo que sabían que la del medio no era de ninguna de las cuatro. Una era la que la cosió. La otra era la que le dio la vuelta a la colcha, le miró el revés y después la miró a ella.

Paulina Cobos se metió la mano en el bolsillo del delantal.

—Madame Cobos —dijo Valmont—, no la saque usted todavía.

Paulina se quedó con la mano dentro del bolsillo. Tenía la cara igual que el jueves y que el viernes y que el sábado.

—Usted no quería el dinero, ni le importaba el premio, ni tenía nada contra estas tres señoras —dijo Valmont—. Usted quería que esta colcha no fuera a la capital. Y esta colcha va a la capital con un acta que lleva cuatro nombres, cuatro apellidos y la vecindad de cada una, y el acta se imprime en un catálogo, y en junio sale además el retrato de las cuatro en una revista que lee media España. Eso lo dijo doña Micaela el jueves, delante de usted y delante de mí.

»El sábado por la mañana yo avisé en esta sala de lo que iba a hacer. El domingo subía al asilo y el lunes descosía la del centro y me la llevaba allí. Esa noche había que hacer algo, y solo había esa noche.

»Y una cosa más, madame. Esa casa de Nébeda fue asilo y fue otra cosa hasta hace quince años. Por ella pasó mucha gente, y a toda le enseñaron la misma roseta de ocho vueltas en la primera semana. Usted llegó a Tornellosa hace veinte años, y aquí no le conoce nadie familia.

Paulina Cobos sacó la mano del bolsillo. Tenía dentro una roseta blanca, algo amarillenta, con los cabos largos y sin cortar, y la puso encima de la mesa, al lado de la que había encogido en el agua.

—La tengo desde el domingo —contestó—. No fui capaz de quemarla.

—Ya lo sé, madame.

—Yo no quería hacerle daño a nadie. —Se miró las manos—. Solo no quería que mi nombre saliera impreso debajo de un retrato. Eso es todo lo que yo quería, señor, y a usted le parecerá poca cosa.

—No, madame. No me lo parece.

—Veinte años llevo aquí y he trabajado más que ninguna, y en veinte años no he pedido nada ni he faltado un jueves. —Se le fue la voz un momento y la recogió enseguida—. Y en mayo me ponían a mí detrás de esa colcha con las manos así, y en junio lo veía en Nébeda todo el mundo que me conoció.

No dijo más, y Valmont no le preguntó nada, y el cabo Lastra, que había abierto la boca, la cerró.

Se la llevaron a las seis. Salió andando por su pie, con el mandil doblado en el brazo, y le dio las buenas tardes a Jacinta al pasar por la portezuela.

A Cándida Berzosa la soltaron allí mismo. Se quedó sentada en su silla un rato largo, sin saber qué hacer con las manos. Doña Micaela mandó traer papel y tintero y los puso encima de la colcha, que es donde no se ponen nunca.

—Señor secretario, siéntese usted aquí y escriba lo que le diga.

—Señora, el acta de la Exposición ya está firmada desde marzo.

—Pues se firma otra. —Doña Micaela Loriga se puso las gafas—. «Colcha de ochenta y una rosetas, labor del Ropero de Caridad de Tornellosa.» Y ahora los nombres. Micaela Loriga, viuda de Sandoval. Rosenda Ayerbe Mendía. Cándida Berzosa Otal. Paulina Cobos, y la vecindad que tenga cuando salga. Y la quinta: Engracia Berzosa Otal, acogida en el asilo de las Hermanitas de la Piedad de Nébeda, que hizo la roseta del centro.

Uceda levantó la pluma.

—Señora, son cinco autoras y la premiación fue a cuatro. ¿Qué pongo en la instancia?

—Son cinco. Póngalo usted y que lo discutan allí.

Rosenda Ayerbe se levantó de su silla y buscó la mesa con la mano hasta que la encontró.

—Yo la firmo —dijo—. Pero que me la lean antes en voz alta, que yo ya no leo.

Fin

Nadie cuenta mirando

Miss Cordial

La casa se comió la escalera

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