
Las casas no se estiran
Bellabrida está cerrada por las fiebres y la crecida se llevó el puente. Doña Casilda Mansilla ha muerto, y su testamento llega al juzgado con una oblea nueva y un renglón de más. Aristide Valmont tiene que dictaminar si esa línea es suya, y tiene que hacerlo desde la otra orilla del río, con lo que cruza los martes y los viernes en la cesta del correo. El lector recibe los mismos papeles el mismo día que él: un croquis, seis declaraciones que nadie pudo acordar y una fotografía.
Las casas no se estiran
Capítulo 1
I
El puente de Sardón se había partido por el segundo ojo, y lo que quedaba de él era un estribo de piedra con tres arbustos creciéndole encima. Aristide Valmont lo estuvo mirando un rato largo desde la orilla. Por debajo, el río bajaba pardo y sin ruido, que es como bajan los ríos cuando llevan tierra. Por arriba, a la altura de un hombre, cruzaba de orilla a orilla una pasarela de sogas y tablas, con un pasamanos de cuerda a un solo lado y una cesta de mimbre colgada de una anilla en la mitad justa del vano.
—Eso aguanta a un hombre y un saco —dijo la mujer que le llevaba la maleta—. Dos hombres, no.
—No tengo intención de cruzarlo, madame.
—Ni aunque la tuviera. Del otro lado está la pareja, y del otro lado están las fiebres.
Se llamaba Amadora y era la dueña de la fonda, la última casa antes del río y la primera que se veía llegando de Sarnia. Le dio el cuarto de arriba. Tenía una ventana estrecha y, por ella, nueve kilómetros de valle cerrado y un camino que subía hasta un pueblo al que él no podía subir.
Arriba del todo se distinguían cuatro tejados y el campanario, y más a la izquierda, un poco apartada de los demás, una casa larga con la fachada al mediodía. A aquella distancia era una mancha clara y nada más. Valmont la estuvo mirando hasta que se le cansaron los ojos.
—¿Aquello es Bellabrida?
—Aquello es. Doscientas almas y cinco muertos. —Dejó la maleta encima de la cama y se quedó en la puerta—. Usted no es de aquí.
—No, madame.
—Ni de Sarnia.
—Tampoco.
—Se le nota en la manera de acabar las palabras —dijo ella—. Las acaba todas. Aquí nadie acaba nada.
—Soy de Neuchâtel, que está en Suiza y no le interesa a nadie. —Valmont dejó el sombrero encima de la maleta—. Llevo treinta años fuera y ya solo se me nota en eso y en que soy demasiado educado. Aquí lo van a tomar por otra cosa.
—Aquí lo van a tomar por cura.
—Sería la primera vez.
Amadora se fue a hacer el fuego. Valmont deshizo la maleta despacio, que era lo único que tenía que hacer hasta el correo. Puso los cuatro libros en la repisa. La lupa y el metro de tela, encima de la mesa; la caja de los lápices, al lado de la lupa. Después enderezó el cuadro de la pared, que estaba torcido hacia la derecha, y se quedó mirándolo sin verlo. Era una lámina de un barco. En treinta años de listas había subido a molinos, a andamios, a pozos y a dos barcos. Siempre le habían dejado tocar la cosa de la que tenía que hablar. Aquella era la primera vez que le encargaban una a nueve kilómetros.
Se lavó las manos, se las secó, se las volvió a secar con el pañuelo que llevaba en el bolsillo de arriba y bajó a esperar el correo.
El correo cruzaba los martes y los viernes. Lo traía un chico de Bellabrida hasta la mitad de la pasarela y lo dejaba en una cesta atada a la cuerda. Desde la orilla de Sardón tiraban de la cesta con una soga. Después el saco se abría en una artesa. Los pliegos se colgaban después de una cuerda de tender, con una pinza de madera cada uno, sobre una lata de azufre y formol que no se apagaba en toda la tarde, y allí se quedaban sus dos horas largas. Al cabo de las dos horas el papel salía amarillento y con las tintas corridas por los bordes. El olor se quedaba en las manos hasta la noche.
El secretario del juzgado de primera instancia de Sarnia se llamaba Abundio Pampín, tenía treinta y dos años y consideraba todo aquello un trastorno personal.
—Esto en tiempo normal se resuelve en una mañana —dijo, descolgando los pliegos uno a uno—. Se sube usted a la casa, mira lo que tenga que mirar, firma el dictamen y se vuelve a comer a Sarnia.
—Y en este tiempo, ¿cuánto se tarda?
—En este tiempo se tarda lo que tarda el correo. —Pampín le puso la primera hoja delante—. Martes y viernes, señor Valmont. Todo lo que usted pida el martes le llega el viernes, y todo lo que pida el viernes le llega el martes. Y el día treinta se levanta el cordón y esto se acabó.
—¿Y qué pasa el día treinta?
—Que el juez procesa a quien tenga que procesar y usted y yo nos vamos a casa.
La primera hoja era el oficio del juzgado, escrito a máquina, con dos dobleces y el sello corrido por el formol.
Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Sarnia. — Testamentaría de doña Casilda Mansilla Berdún, vecina de Bellabrida, fallecida el nueve del corriente.
Habiéndose presentado en este Juzgado testamento ológrafo atribuido a la causante, e impugnado por su sobrino don Nicasio Mansilla, que sostiene no estar escrito en su totalidad por la testadora, se designa perito calígrafo a don Aristide Valmont, de las listas de este Juzgado, a fin de que dictamine si el documento está escrito y firmado todo él por una sola y misma mano, o si presenta intervención de mano ajena.
Se le advierte que del resultado de su dictamen depende la validez del testamento, y que, declarado nulo éste, la sucesión se abriría intestada a favor de los sobrinos carnales de la causante, don Nicasio y doña Feliciana Mansilla, en cuanto parientes más próximos.
Se le encarece la mayor brevedad, dadas las circunstancias sanitarias.
—La mayor brevedad —leyó Valmont en voz alta—. ¿Eso lo ha escrito usted?
—Eso lo he escrito yo. —Pampín no se disculpó—. El juez quiere el informe el viernes.
—El juez quiere el informe antes de que yo vea la casa.
—El juez no puede ver la casa, señor Valmont. Ni usted, ni yo, ni el obispo. Aquí de lo que se trata es de una letra, y la letra la tiene usted encima de la mesa.
Y era verdad que la tenía. El testamento venía en un pliego de papel de barba doblado en cuatro. Estaba escrito por las dos caras, con una letra grande e inclinada y de mucha presión, de las que agujerean el papel en las tildes. Valmont lo puso contra la luz de la ventana antes de leerlo. Después lo leyó.
En Bellabrida, a primero de noviembre.
Yo, Casilda Mansilla Berdún, viuda de don Casimiro Sárdoma, estando enferma pero en mi cabal juicio, escribo esto de mi mano para que valga de testamento. No necesito notario para decir lo que es mío.
Dejo la casa grande, el molino y los prados de la Vega a las Hermanas de la Consolación, con la condición de que pongan en este pueblo una cama y un médico, que llevamos cuarenta días muriéndonos sin ninguno. Si en dos años no lo han puesto, que vuelva todo a quien la ley diga, y allá ellas con su conciencia.
Dejo a Gaudencio Quirós, mi hortelano, la casa de abajo con su huerta, para él y para quien él quiera después. Él sabe por qué y no tiene que darle cuentas a nadie, y asimismo los dos (2) prados de la Vega que llaman de arriba, por lo bien que me ha servido.
Dejo a Benilde Ozores lo que hay en el arca de la cocina y treinta duros.
A mi sobrina Feliciana le dejo mi reloj de oro y las gracias.
A mi sobrino Nicasio no le dejo nada, porque ya se ha cobrado en vida y él lo sabe.
Esto es lo que quiero y está escrito todo de mi puño.
Casilda Mansilla Berdún
Valmont acercó la mesa a la ventana y puso el pliego de manera que la luz le entrara de lado. Así se ven los surcos del trazo, que es lo primero que hay que mirar y lo último en lo que se fija la gente. Sacó la lupa. Se estuvo con ella media hora larga, sin decir nada, recorriendo renglón por renglón y volviendo atrás dos y tres veces. Pampín se calentaba las manos en la lumbre y miraba llover. No llovía. Miraba la ventana.
—Hay dos manos —dijo Valmont al fin.
—Ya lo sabíamos.
—Usted lo sospechaba, que no es lo mismo. —Le dio la vuelta al pliego y se lo tendió contra la luz—. Mire aquí. Toda la carta está escrita con una pluma vieja. Deja la tinta cargada al empezar el trazo y seca al soltarlo. Toda la carta, menos un renglón. El renglón de los prados lo ha escrito una pluma nueva, con menos presión y más tinta. Por eso se ha corrido más con el formol que los de arriba y los de abajo. La mano que lo hizo imita bastante bien las letras. Copia mal los espacios.
—¿Y con eso basta?
—Con eso basta para un tribunal, si el que lo dice sabe explicarlo.
Pampín se apartó de la lumbre. Sacó un cuaderno pequeño de tapas negras y lo abrió, y la cosa fue tan rápida que Valmont entendió que llevaba el cuaderno preparado desde Sarnia.
—Pues dígamelo en tres líneas y lo llevo mañana.
—No.
—¿Cómo que no?
—Digo que no, monsieur Pampín. —Valmont dejó la lupa encima de la mesa, muy derecha, paralela al borde—. Antes de eso quiero saber una cosa. Ese renglón regala dos prados a un hombre. ¿Quién es ese hombre?
—Gaudencio Quirós, el hortelano de la casa. Cincuenta y dos años.
—¿Y?
Pampín consultó el cuaderno, aunque tampoco necesitaba consultarlo.
—Y estuvo tres años en el penal de Ocaña por un hombre que apareció muerto de un tiro en una cacería, hace veinticuatro años. Y es el que bajó el sobre por la pasarela y lo puso en la mesa del juzgado el día doce. Y es el único de esa casa a quien el papel, tal y como está, le da algo que valga dinero.
Valmont no contestó enseguida. Se sacó el pañuelo del bolsillo de arriba, se limpió los dedos uno por uno y se los miró después, como si se los hubiera prestado alguien.
—¿Sabe leer?
—Firma. Leer, poco.
—Entonces no escribió él ese renglón.
—Nadie ha dicho que lo escribiera él —dijo Pampín—. Con que se lo mandara escribir a otro ya tiene falsedad en documento, y si además resulta que la señora se murió con prisa, tiene usted la otra cosa. El juez lo tiene claro y el pueblo lo tiene clarísimo.
—El pueblo siempre lo tiene clarísimo. —Valmont dobló el pliego por sus dobleces antiguos, sin inventarse ninguno—. Yo he firmado otras veces informes como el que usted me pide. Sobre una casa quemada, por ejemplo. Un informe mío cabe en tres líneas y pesa lo que pesa un hombre.
—No le entiendo.
—Es que no me estoy explicando. —Se guardó el pañuelo—. ¿Qué más hay en el saco?
Había más. El saco del martes traía nueve piezas y Pampín las había ido colgando por orden, como la ropa, con una pinza de madera cada una. Olían todas igual. Valmont se limpió los dedos antes de descolgar la siguiente y volvió a limpiárselos después, y Pampín tuvo la delicadeza de no decir nada.
Había tres cartas de la muerta. El juzgado las había recogido en la casa para tener con qué cotejar la letra. Valmont las leyó en el orden en que venían atadas.
Nicasio: he recibido tu carta y no pienso contestarte a lo del arriendo. Los prados de la Vega dan lo que daban en tiempo de tu tío y no dan un real más, y si a ti te han dicho otra cosa en Sarnia es porque en Sarnia se miente hasta para saludar. Serán unas cuatrocientas o así, con el año bueno. No me vuelvas a escribir hasta Navidad. Tu tía, Casilda.
Señor don Lino: llevo cuatro días esperándole y usted no sube. Ya sé que tiene once casas y dos piernas. Yo no le pido que me cure, que a mi edad eso es tontería, le pido que suba y que lo vean subir, que la gente de aquí se muere sobre todo de que no suba nadie. A mí me sacan a la solana a que me dé el sol hasta que se va, y desde la solana se ve todo el valle. Se ve el camino, se ve el puente roto y se ve quién sube y quién no sube. Suba usted el jueves. Casilda Mansilla.
Querida Ramira: estoy mala, pero mala de las de cama, no de las de sillón. Aquí nadie me dice nada y yo lo sé todo. Feliciana me lava y me peina y me pone derecha, y en once años no me ha dicho una palabra que no fuera sí señora. Ya ves qué descanso. Dale un beso a tu hija y no vengáis, que esto no es sitio. Casilda.
—Escribía bien —dijo Pampín.
—Escribía muy bien. —Valmont puso las tres cartas una al lado de otra—. Y fíjese usted en una cosa: no hay un solo número en ninguna de las tres. Cuatrocientas o así. Once casas. Treinta duros. Once años. Esta señora ha escrito cifras toda su vida con letra, como se hacía antes, y no ha puesto un guarismo ni cuando hablaba de dinero.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Todavía no lo sé. —Volvió a alinear las cartas, aunque ya estaban alineadas—. ¿Qué es lo último?
Lo último eran dos papeles pequeños. El primero era la diligencia del secretario municipal de Bellabrida. Decía que el día doce, a las once de la mañana, se había recibido de mano de Gaudencio Quirós, hortelano, pliego cerrado con oblea al parecer reciente. Que el portador dijo contener la última voluntad de su señora. Y que él no lo había abierto ni sabía abrirlo.
El segundo era el bando de la Junta de Sanidad. Estaba impreso en papel malo, de los que chupan la tinta, y llevaba los cuatro artículos numerados y una firma ilegible al pie. Habían pegado uno igual en la puerta de la fonda y otro en el pretil del puente. Valmont ya se lo sabía de memoria, pero lo leyó otra vez, que es distinto de saberlo.
1.º — Queda cerrado el paso al término de Bellabrida. El correo cruzará los martes y los viernes y será fumigado en la orilla de Sardón.
2.º — Nadie beberá del pozo del pueblo, que queda cegado. El agua se tomará de la fuente alta y se hervirá.
3.º — Producida defunción, se dará parte al practicante de la Junta y se procederá al enterramiento con cal antes de veinticuatro horas.
4.º — Se quemarán el jergón, la ropa de la cama y las prendas del enfermo, y se lavará con lejía el cuarto donde éste haya estado.
Valmont leyó el cuarto artículo dos veces y lo dejó encima de los demás.
—Monsieur Pampín, voy a pedirle una cosa que le va a parecer una tontería.
—Ya me lo espero.
—Quiero un plano de la casa.
Pampín se quedó con la pluma en el aire.
—¿Un plano? Señor Valmont, a la señora no la mató una casa. Lo que hay aquí es un renglón.
—El renglón está dentro de un sobre, y el sobre estuvo esa noche dentro de una casa, y esa noche la señora se murió. —Valmont se levantó y se acercó a la ventana. Desde allí, con la luz de las cinco, se veía el camino subiendo entre las peñas y, muy arriba, cuatro tejados y un humo—. Quiero la planta baja, el piso alto, las puertas, las ventanas y las escaleras. Con medidas, si es posible. Y quiero saber dónde dormía cada uno de los que estaban en la casa la noche del ocho.
—Eso hay que pedirlo el viernes y llega el martes.
—Pues pídalo el viernes.
El secretario lo anotó, resoplando.
Abajo, en la cocina de la fonda, tres hombres de Sardón llevaban un rato discutiendo lo de la casa de los Mansilla. Lo discutían con esa seguridad que da no haber estado. Uno decía que al presidiario lo iban a bajar atado. Otro decía que atado no, que esposado, y que a ver quién le cruzaba la pasarela. Valmont los oía perfectamente desde la mesa.
Pampín llegó al final de la lista y levantó la cabeza.
—Ahora que caigo, va a haber un problema.
—Dígame.
—Que ahí arriba, dibujar, lo que se dice dibujar, solo sabe uno —dijo Pampín—. El maestro.
Se fue con el último coche a Sarnia. Valmont subió a su cuarto, encendió la vela y volvió a extender los nueve pliegos encima de la cama, por orden de llegada, como los había colgado el secretario. Después se asomó. En el valle no había ninguna luz, ni en el camino, ni en la casa larga de arriba, porque en los pueblos con cordón se ahorra hasta el petróleo. Solo se veía, muy abajo, el resplandor de la lata del azufre, que seguía ardiendo sola en la orilla.
Las casas no se estiran
Capítulo 2
II
El viernes llovió de verdad y el correo llegó mojado. Hubo que secarlo antes de fumigarlo y fumigarlo antes de leerlo. Hasta las seis de la tarde no estuvieron los pliegos encima de la mesa. Eran catorce. Pampín había subido de Sarnia en el coche de línea, con las botas empapadas y de un humor bastante peor que el del martes.
—Le advierto una cosa antes de que empiece —dijo—. He tenido que ir a buscar esto a la orilla con un paraguas, y el juez me ha preguntado dos veces por su informe.
—¿Y usted qué le ha dicho?
—Que el perito quiere un plano. —Se sentó y estiró las piernas hacia la lumbre—. El juez se ha reído. Me ha dicho que si también quiere usted una banda de música.
—Dígale que con el plano me arreglo.
Encima de todo venía una nota del secretario municipal de Bellabrida, un tal Ventura Doiro, escrita con una letra pequeña y apretada de las que ahorran papel. Valmont la leyó despacio y después la leyó en voz alta, porque le pareció que era la pieza más importante del saco y quería oírla.
Señor Valmont: como aquí nadie puede salir de su casa ni juntarse con nadie, he hecho lo que se me ocurrió. Pasé por debajo de la puerta de cada uno un pliego con las preguntas de usted, dije que volvía a las dos horas, y a las dos horas volví y lo recogí por el mismo sitio. Ninguno ha visto lo que escribió el otro, ni ha podido, porque las casas están apartadas y el que sale se lo lleva la pareja. Se los mando en el orden en que los recogí. El maestro me pidió papel de más para el dibujo y se lo di.
—Esto no lo mejora nadie —dijo Valmont—. ¿Usted sabe lo que tiene aquí, monsieur Pampín? Tiene seis personas que han contestado a las mismas preguntas el mismo día, a la misma hora, sin poder mirarse a la cara ni ponerse de acuerdo en una sola coma. Eso en un juzgado no se consigue ni encerrando a los testigos.
—Y usted, con seis papeles, va a saber quién mató a la señora.
—Yo con seis papeles voy a saber en qué no pueden estar todos equivocados.
El dibujo venía aparte, en dos hojas de papel de barba unidas con una tira de engrudo. Era un trabajo aplicado. Tenía el título arriba, subrayado dos veces, y al pie una firma con su rúbrica. Se notaba que el hombre había disfrutado haciéndolo. Valmont lo puso en el centro de la mesa y le quitó de encima la lupa y el tintero, para que no le hicieran sombra.
CROQUIS DE LA CASA DE LOS MANSILLA, levantado a instancia del Juzgado por don Amaranto Lastra, maestro nacional de esta villa. Advierto por delante que lo hago a ojo y de memoria, que no soy delineante, y que las medidas son las que a mí me parecen.
PLANTA BAJA. — Portal, con la puerta grande al mediodía. A mano derecha del portal, la cocina, con su fogón, su alacena y la salida al patio. A mano izquierda, la sala. Detrás de la sala, la despensa. Al fondo del portal, la escalera de subir, de madera y con su vuelta. Debajo de la escalera, el cuartito de las herramientas. A la fachada dan dos (2) ventanas, la de la sala y la de la cocina.
PISO ALTO. — La escalera desemboca en un pasillo. Al pasillo dan, a mano izquierda, mi cuarto; enfrente, el cuarto de doña Feliciana; y al fondo, el de Benilde. El pasillo termina en tabique.
Al otro lado de ese tabique está el cuarto de la señora, que es el mayor de la casa y tiene a la fachada dos (2) ventanas. A ese cuarto no se entra desde el pasillo. Se entra por el descansillo de la panera, que es donde duerme Gaudencio Quirós y donde está la escalera de mano de subir al desván.
FONDO DE LA CASA: veinticuatro pies, tanto abajo como arriba. FRENTE: treinta y ocho.
Es cuanto puedo decir y lo firmo. — A. Lastra.
Pampín lo miró por encima del hombro de Valmont y silbó una vez, muy bajo.
—Pues ya está.
—¿Ya está el qué?
—Que al cuarto de la señora, esa noche, solo se podía entrar por donde dormía el presidiario. —Se apartó de la lumbre—. Lo escribe el maestro, que no gana nada, y lo escribe sin que nadie se lo pregunte. Señor Valmont, esto lo lee el juez el lunes y el martes tenemos auto.
—Es probable.
—¿Usted no lo ve?
—Yo veo un dibujo muy bien hecho. —Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar y se quedó callado bastante más tiempo del que a Pampín le resultó cómodo—. Vamos a leer lo demás, que para eso ha venido usted con las botas mojadas.
Las declaraciones venían por el orden en que las había recogido el alguacil. Valmont las separó del resto y las puso en fila delante de él, sin leerlas todavía. Era una manía suya de toda la vida: mirar primero los papeles como objetos y luego como escritos. Uno era de carta, con el borde azul. Otro, de estraza. Otro, de cuaderno de escuela. Dos venían en pliego doblado por la mitad y uno en media cuartilla. Seis personas encerradas en seis casas, cada una escribiendo en lo que tenía a mano.
La primera era de la sobrina, con esa letra redonda y sin prisa que dan los colegios de monjas.
A lo que se me pregunta: la noche del ocho me acosté a las diez y media, después de dejar a mi tía acomodada y de darle el vaso. Dormí de un tirón y no oí nada en toda la noche, y bien sabe Dios que si hubiera oído algo habría ido corriendo, porque llevo once años levantándome a lo que sea. Duermo pared con pared con ella, de manera que la oigo hasta respirar. A las siete y media entré a verla y estaba ya fría. Llamamos al señor Carbajosa, que vino enseguida, y él dijo lo que era. Mi tía llevaba seis días con la fiebre y no quiso que se avisara a nadie. — Feliciana Mansilla.
—Pared con pared —dijo Valmont.
—Eso es un modo de hablar.
—Es un modo de hablar muy raro para dos cuartos que tienen un tabique y un pasillo entero por medio. —Puso la hoja al lado del croquis, encajándola en el borde—. Siga usted, que vamos bien.
La segunda era del maestro. Ocupaba dos caras enteras. Estaba escrita con una pluma nueva, de las que reparten la tinta con generosidad, y con los márgenes tan iguales que parecían medidos.
A lo que se me pregunta: llevo cinco (5) años en esta escuela y tres (3) realquilado en la casa, desde que el techo de la escuela se vino abajo con las nieves y el Ayuntamiento no ha tenido a bien repararlo. Pago mi cuarto puntualmente. La noche del ocho me acosté a las diez, como todas las noches, y no volví a levantarme hasta las siete. No oí nada. La señora era una mujer de carácter y a mí me trataba con toda consideración, aunque no me dejara nada en su testamento, cosa que no me ofende, pues no era yo nadie para esperarlo. En cuanto al dibujo que se me pide, lo he hecho lo mejor que he sabido, advirtiendo que no soy delineante. Quedo a disposición del Juzgado para cuanto se me mande. — Amaranto Lastra, maestro nacional.
—Un hombre servicial —dijo Pampín.
—Un hombre que contesta a tres cosas que no se le han preguntado. —Valmont dejó la hoja al lado de la anterior—. Le han preguntado dónde estuvo. Él cuenta dónde estuvo, lo que paga, lo que no hereda y lo poco que se ofende.
La tercera era de la cocinera. Estaba escrita en un papel de estraza, en mayúsculas, sin un solo punto y con las palabras tan juntas al final del renglón que se montaban unas encima de otras.
YO NO SALI DE LA COZINA EN TODA LA NOCHE QUE ESTUBE DESPIERTA CON EL DOLOR DE LAS PIERNAS Y DEJE LA LUMBRE PRENDIDA A LAS TRES SONO LA MADERA DEL CORREDOR QUE SUENA SIENPRE Y PENSE YA ESTA LA SEÑORA LEBANTADA QUE NO DUERME Y ME QUEDE QUIETA POR NO SUBIR QUE CON ESTAS PIERNAS NO SUBO A LAS OCHO BAJO DOÑA FELIZIANA DIZIENDO QUE SE ABIA MUERTO Y YO NO HE COJIDO NADA DE ESA CASA NUNCA. BENILDE OZORES.
Valmont leyó aquello tres veces seguidas. La primera se rio. La segunda se quedó serio. La tercera se levantó, dio la vuelta a la mesa y se quedó de pie al otro lado, mirando el croquis desde arriba, con las dos manos en el respaldo de la silla.
—¿Qué pasa?
—Que esta mujer termina negando un robo que nadie le ha imputado —dijo—. Eso es una cosa. Y hay otra.
—¿Cuál?
—Que a las tres de la mañana sonó la madera del corredor.
Pampín volvió a mirar el dibujo. Lo miró con atención, siguiendo con el dedo el pasillo, el tabique, el descansillo de la panera y las dos ventanas del cuarto de la señora.
—Aquí no hay ningún corredor.
—En este papel, no.
La cuarta declaración era del párroco, don Cipriano Neira, y venía escrita en un pliego doblado por la mitad, con la letra despacio y las líneas rectas del que está acostumbrado a llenar libros.
Cumplo con lo que se me pide. A doña Casilda la vi por última vez el día primero, que era todos los santos, y la vi sentada al sol en el corredor, tapada con la manta, porque ella decía que en la cama se moría antes. Aquel día me dijo que había escrito de su mano lo que quería que se hiciera con lo suyo y que ya estaba tranquila. No me dijo lo que había escrito y yo no se lo pregunté. El día nueve, a las once de la mañana, me avisaron y le di sepultura a la una, con cal, en la parte nueva. Sé que el bando dice veinticuatro horas y que no se cumplieron. Lo hice por lo que hay aquí y no por otra cosa, y de ello he dado cuenta a quien tenía que dármela. El asiento del libro lleva fecha del diez y esa es la única falta que tengo que confesar en este asunto. — Cipriano Neira, párroco.
—Otra vez el corredor —dijo Pampín.
—Otra vez, y con la señora sentada en él. —Valmont alineó la hoja con las tres anteriores—. Y fíjese en lo que ha hecho el cura: le han preguntado por una noche y él ha confesado por su cuenta una infracción de fecha que nadie iba a mirar nunca.
—¿Y eso qué significa?
—Que en esa casa, esta semana, todo el mundo está confesando el pecado pequeño. —Se sentó otra vez—. Es lo que hace la gente cuando tiene miedo de que le pregunten por el grande.
La quinta era del practicante, y era la más corta de todas.
Aviso recibido a las ocho y diez del día nueve. Certifiqué la defunción a las ocho y media. Causa: fiebre tifoidea, con seis días de proceso. Es el quinto caso mortal de este foco y llevo once casas a mi cargo, sin ayudante y sin coche. Si el Juzgado quiere más detalle, que mande a alguien a hacer mi trabajo dos semanas. — Lino Carbajosa, practicante de la Junta.
—Este está furioso —observó Pampín.
—Este está cansado, que se le parece mucho. —Valmont se limpió los dedos con el pañuelo—. Y no dice en ningún sitio que subiera al cuarto.
La sexta y última venía en un papel distinto, de cuaderno de escuela, y la letra era otra vez la del cura.
Escribo yo lo que dice Gaudencio Quirós, que me lo ha pedido por no saber él hacerlo de corrido, y va firmado por él con su mano al pie.
Dice que la señora le dio el sobre cerrado el día primero por la tarde, en el corredor, y que le dijo: esto al juzgado de Sarnia cuando yo falte, y no lo abras, que no te va a hacer falta abrirlo. Dice que lo llevó once días en la faltriquera y por la noche debajo de la cabeza, en la panera, y que no lo abrió. Dice que la noche del ocho durmió como todas las noches y que no oyó nada, y que él de noche no oye porque está sordo del lado izquierdo desde el penal. Dice que el día doce bajó por la pasarela y lo entregó.
Y dice que ponga aquí, con estas palabras, que la señora le prometió una vez que cuando ella faltara él no tendría que pedirle nada a nadie, y que eso es todo lo que él sabe y todo lo que él quería.
Gaudencio Quirós (su firma)
Nadie dijo nada durante un rato. Fuera seguía lloviendo. En la cocina, abajo, alguien movía cacharros con esa calma de las casas donde no ha pasado nada.
Valmont volvió a poner la hoja del hortelano encima de la mesa y la alisó con el canto de la mano, dos veces, aunque no tenía ninguna arruga. Era el único de los seis que no había escrito de su puño. Era también el único que no había explicado nada de sí mismo.
—Es el único que no ha confesado nada —dijo Valmont al fin.
—Es el único que no tiene que confesar. Lo tiene todo encima ya. —Pampín recogió su cuaderno y empezó a hacer la lista de la semana, que era una costumbre suya—. Vamos a ver, señor Valmont. Con el papel en pie, la casa y los prados son de las monjas y la sobrina se queda con un reloj. Con el papel caído y el hortelano procesado, queda bien claro quién es el malo de esta historia y nadie pregunta nada más. Y el que puso el renglón, quienquiera que sea, le ha hecho a los dos sobrinos un regalo de ochenta mil pesetas.
—¿Ochenta mil?
—Los prados de la Vega, el molino y la casa. Don Nicasio Mansilla ya los tiene tasados. —Sacó del bolsillo un telegrama del día anterior y lo dejó encima de la mesa sin ninguna ceremonia—. Y ya los tiene medio vendidos, que es peor. Este hombre me escribe todos los días.
Valmont no tocó el telegrama.
—Monsieur Pampín, tráigame el pliego del bando del martes.
—¿Para qué?
—Porque quiero mojarlo.
Lo mojó. Puso el bando encima de la artesa, le echó por encima medio vaso de agua, lo dejó un minuto y después lo colgó al lado de la lumbre. Las tintas se corrieron por los bordes exactamente igual que en el testamento, exactamente igual que en las seis declaraciones, y el papel quedó amarillo y con el mismo olor. Valmont lo estuvo mirando hasta que se secó.
—Se acabó una duda —dijo—. La tinta corrida del renglón no prueba nada. Todo lo que cruza ese río sale así.
—Yo eso ya se lo había dicho.
—Usted me lo había dicho. Ahora lo sé, que no es igual.
Amadora subió a retirar los vasos y se quedó, como se quedaba siempre, con la bandeja apoyada en la cadera. Aquella mujer tenía la virtud de enterarse de todo sin preguntar nada.
—¿Es verdad que van a bajar al hortelano?
—Eso dicen en la cocina, madame.
—Pues mal hecho. —Pasó el trapo por la mesa, esquivando los pliegos con mucho cuidado—. A ese hombre lo conozco yo desde antes del penal. Y la señora se murió de lo que se está muriendo todo el mundo allá arriba este mes.
—¿Usted ha tenido gente en el pueblo?
—A mi cuñada. Veintiún días con la fiebre, señor, veintiuno, y salió. Todavía tuvo humor de pedir un caldo el último. —Se cambió la bandeja de lado—. Eso es lo malo que tiene esto: que no se lleva a nadie de golpe. Los va gastando. Dos semanas, tres semanas, y la casa entera oyéndolos por la noche.
Se fue con los vasos. Valmont se quedó un momento con la vista en la puerta. Después recogió los pliegos de uno en uno y los fue poniendo en su montón, y el croquis lo dejó el último y encima de todos.
—Le voy a pedir una cosa más para el martes.
Pampín cerró los ojos un momento antes de abrir el cuaderno.
—Usted dirá.
—Quiero el inventario que se hizo cuando murió el marido, hace catorce años. Quiero el inventario que levantaron el día doce al sellar la casa. Y quiero la lista de la Junta con los enfermos del pueblo, con el día que cayó cada uno y el día que se murió el que se murió.
—Eso son tres cosas.
—Son tres papeles, y los tres están escritos ya. No hay que ir a buscarlos a ninguna parte.
—¿Y el dibujo? —dijo Pampín, señalándolo con la barbilla—. El dibujo no le vale.
—El dibujo me vale muchísimo. —Valmont lo enderezó un poco, que estaba torcido respecto al borde de la mesa—. En esta casa hay seis personas que no han podido hablar entre ellas, y dos de ellas nombran un corredor. Una vieja de setenta y un años se sentaba en él a tomar el sol y una cocinera con las piernas malas lo oye crujir a las tres de la mañana. —Se apartó de la mesa—. Es la única habitación de la casa que no está dibujada.
Las casas no se estiran
Capítulo 3
III
En la pared de su cuarto, sujetos con chinchetas, estaban los catorce pliegos del viernes, puestos en tres filas. Valmont llevaba dos horas delante de ellos cuando llegó el correo, y había dormido poco. El martes había amanecido despejado y helado, y a las nueve ya se veía el humo de Bellabrida subiendo recto, que es señal de frío. Allá arriba también se levantaba la gente.
La tanda del martes traía cuatro piezas y pesaba más que las dos anteriores juntas.
La primera era el inventario que se levantó a la muerte de don Casimiro Sárdoma, catorce años atrás. Tenía nueve caras escritas por las dos manos, con la letra de un escribano de los de antes. Valmont lo leyó entero, sin saltarse un renglón, tardando en ello cuarenta minutos. Pampín se aburrió a los diez.
…Ítem, la casa principal de la villa, de treinta y ocho pies de frente y veinticuatro de fondo, de mampostería y sillar en las esquinas, con su corredor de madera al mediodía en el piso alto, cubierta de losa, en buen estado de conservación. — Ítem, el molino de abajo, con su rodezno y dos piedras. — Ítem, los prados llamados de la Vega, de arriba y de abajo… — Ítem, seis vidrieras al mediodía en el piso alto, con sus contras. — Ítem, doce cubiertos de plata, una salvilla, dos candeleros, una jarra, un juego de café de doce piezas, una naveta, un rosario con engarce de plata…
—Ya está el corredor —dijo Valmont—. Escrito por un escribano, hace catorce años, cuando aquí no había nada que tapar.
—Un corredor no es una habitación.
—Un corredor no es una habitación y, sin embargo, se puede andar por él. —Pasó el dedo por el renglón—. Seis vidrieras al mediodía en el piso alto. Una vidriera es una hoja de ventana, monsieur Pampín. Dos hojas por ventana. Eso son tres ventanas.
—El maestro dibuja dos.
—El maestro dibuja dos.
Valmont cogió un lápiz y escribió aquella cuenta en el margen del inventario, en números pequeños, y después la tachó y la volvió a escribir más abajo. Era la primera vez en una semana que se permitía estropear un documento del juzgado.
La segunda pieza era el inventario del día doce, hecho al sellar la casa. No lo había escrito un escribano, sino el alguacil Ventura Doiro, con su letra pequeña y su costumbre de ahorrar papel. Era mucho más corto que el otro y mucho más triste. Las listas de las casas donde acaba de morirse alguien lo son siempre.
En el piso alto. — Cuarto de la señora: cama de hierro sin jergón ni ropa, que se quemó por orden de la Junta; mesilla; palangana; un arca vacía; dos sillas; un reloj de sobremesa parado. — Cuarto de doña Feliciana: cama, cómoda, imágenes. — Cuarto del maestro: cama, mesa, libros, tintero y papel. — Cuarto de Benilde: cama y baúl.
En el corredor. — Seis ganchos de cortina, sin cortina. No se halla la estera de esparto que consta en el inventario anterior, ni la cortina de lienzo crudo del mismo. Dicen que se quemó todo con lo demás.
En la sala. — Dos candeleros. No se hallan la salvilla, la jarra, la naveta, cuatro cubiertos ni el rosario con engarce, que constan en el inventario de la testamentaría.
Pampín leyó aquello dos veces y dio un golpe en la mesa con la palma abierta.
—¡Ahí está! ¡Le han vaciado la plata a la vieja!
—Le han vaciado la plata a la vieja —repitió Valmont, sin levantar la voz.
—Cuatro cubiertos, la salvilla, la jarra, la naveta y el rosario. Eso no lo quema ninguna Junta de Sanidad. Eso ha salido por la puerta.
—Ha salido por la puerta poco a poco, y no la noche del ocho. —Valmont apartó la silla y se quedó de pie detrás de ella—. Una persona que roba la plata de golpe se lleva los doce cubiertos. Aquí faltan cuatro de doce, y falta la naveta, y falta un rosario. Eso no es un robo, monsieur Pampín, eso es un sueldo.
—Pues ya tenemos a alguien robando en esa casa.
—Tenemos a alguien robando en esa casa desde hace tiempo, y eso hay que mirarlo. ¿Dónde se vende la plata por aquí?
—En Sardón no, desde luego.
Se lo preguntaron a Amadora esa misma tarde, que para eso estaban en su fonda. Amadora estaba desplumando un pollo y contestó sin levantar la vista, como se contesta a lo que se sabe de sobra.
—Sube un chamarilero de Sarnia cada mes, señor. Para en esta casa y come aquí. Compra cobre, plata y santos viejos.
—¿Y las casas de allá arriba le venden?
—Las casas de allá arriba le venden todas y ninguna lo cuenta. —Tiró una pluma al fuego—. De los Mansilla bajaba la sobrina, hasta octubre, que se cerró esto. Una vez al mes, con el bolso, y siempre pesaba menos a la vuelta.
—¿Eso lo sabe usted o se lo figura?
—Lo sé porque le he servido el café a los dos en la misma mesa. —Amadora se volvió por fin—. Y no lo he contado nunca, que aquí cada uno se arruina como quiere.
Subieron otra vez con el inventario. Valmont lo puso encima de la mesa, se quedó de pie delante de él con las manos a la espalda y esperó a que el secretario se sentara.
—Una vergüenza de familia —dijo—. Es lo que va a ver todo el mundo en este papel, y es lo que hay. Ahora míreme usted el renglón de arriba.
—¿Cuál?
—El del corredor.
Pampín lo miró. Tardó un poco.
—Seis ganchos sin cortina —leyó—. Y falta una estera. Bueno, ¿y qué? Han quemado media casa. Lo dice ahí: se quemó todo con lo demás.
—Léame usted el artículo cuarto del bando.
El secretario no tuvo que buscarlo, porque lo tenía en el mismo montón y porque llevaba una semana leyendo aquel papel todos los días.
—Se quemarán el jergón, la ropa de la cama y las prendas del enfermo, y se lavará con lejía el cuarto donde éste haya estado.
—El cuarto donde éste haya estado —dijo Valmont—. La señora llevaba seis días en la cama. En esa casa hay un solo cuarto donde estuvo la enferma, y del cuarto quemaron lo que había que quemar, que está escrito ahí arriba: el jergón y la ropa. Nadie manda quemar la cortina del corredor. Nadie manda quemar una estera de esparto que lleva catorce años en el suelo de un sitio por donde se pasa. —Se apoyó en el respaldo de la silla—. Y sin embargo alguien las quemó, y no lo hizo a escondidas, porque lo cuenta como la cosa más natural del mundo: dicen que se quemó todo con lo demás.
—A lo mejor les entró el miedo y quemaron de más.
—A lo mejor. —Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar—. Es la primera explicación razonable que oigo esta semana, y le doy a usted las gracias por ella. Vamos a ver si aguanta.
Valmont estuvo un rato largo con los dos inventarios abiertos uno al lado del otro, pasando del de hace catorce años al del día doce y volviendo atrás. Es un trabajo lento y no se parece en nada a lo que la gente imagina. Consiste en leer dos listas de cosas y esperar a que una de ellas te diga lo que le falta. Afuera se oía el río.
La tercera pieza era el cuadro de la Junta de Sanidad, en una hoja doblada tres veces y con una columna torcida, porque el que la copió no era hombre de hacer cuadros.
FOCO DE BELLABRIDA. — Relación de casos mortales.
Ramiro Cela, 44 años. Primeros síntomas, 9 de octubre. Defunción, 30 de octubre. Veintiún días. Aurora Vieites, 12 años. Primeros síntomas, 14 de octubre. Defunción, 1 de noviembre. Dieciocho días. Manuel Cela, 7 años. Primeros síntomas, 16 de octubre. Defunción, 5 de noviembre. Veinte días. Josefa Roade, 68 años. Primeros síntomas, 21 de octubre. Defunción, 6 de noviembre. Dieciséis días. Casilda Mansilla, 71 años. Primeros síntomas, 3 de noviembre. Defunción, 9 de noviembre. Seis días.
Nota del que suscribe: en los tres primeros he corregido la fecha de los primeros síntomas conforme a lo que me han declarado las familias, por no constar bien en mi primer parte. — L. Carbajosa.
Valmont puso el dedo debajo de la última línea y lo dejó allí.
—Seis días.
—Los otros son más largos —admitió Pampín—. Pero es una mujer de setenta y un años, señor Valmont. Los viejos se van antes.
—La de sesenta y ocho tardó dieciséis. La niña de doce tardó dieciocho. —Levantó el dedo—. Y mire usted lo que hace aquí el practicante: se toma la molestia de avisar de que ha corregido tres fechas. ¿Por qué se toma esa molestia un hombre que está furioso y no tiene tiempo?
—Porque es un ordenado.
Valmont tardó en contestar. Se acercó a la ventana y estuvo un rato mirando el humo del pueblo, que a esa hora de la tarde ya no subía recto. Después volvió a la mesa y puso el dedo encima de la nota del practicante, en la línea de las tres fechas corregidas.
—Porque tiene miedo de que alguien le haga esta misma cuenta y le pregunte por qué sus enfermos empezaron todos a ponerse malos el día siguiente de llegar él al pueblo. —Valmont apartó el cuadro—. Este hombre nos ha estropeado los números por vanidad, no por otra cosa. Con lo cual la única fecha que sirve es la que no ha tocado, y es la de la señora, porque de esa no había parte anterior que corregir.
La cuarta pieza era la más delgada de todas y venía sola, sin sobre. Era la certificación de antecedentes penales de Gaudencio Quirós Baldomir, de cincuenta y dos años, natural y vecino de Bellabrida. Tres años y un día. Homicidio por imprudencia. Una cacería en la braña de los Mansilla, hacía veinticuatro años. Un hombre muerto de un tiro en el vientre. Y una escopeta que, según la sentencia, era la del procesado.
—¿La escopeta era suya? —preguntó Valmont.
—Eso dice.
—Un hortelano con escopeta propia.
—En los pueblos todo el mundo tiene escopeta.
—En los pueblos todo el mundo tiene escopeta y casi nadie tiene la del amo. —Valmont volvió a leer la hoja—. ¿De quién era la braña?
—De don Casimiro Sárdoma.
—¿Y quién cazaba en ella aquel día?
Pampín se quedó con el cuaderno abierto y no escribió nada.
—Eso no lo dice.
—No, no lo dice. —Valmont dejó la certificación al lado del testamento, de manera que los dos papeles se tocaban por el borde—. Y ahora léame otra vez lo que la señora le dejó a este hombre en su testamento, y léamelo despacio, que ya sé que se lo sabe de memoria.
—La casa de abajo con su huerta, para él y para quien él quiera después. Él sabe por qué y no tiene que darle cuentas a nadie.
—Él sabe por qué. —Valmont se quedó mirando el renglón—. Esa mujer estaba pagando una deuda de hace veinticuatro años, monsieur, y la pagó con la letra justa para que el que la cobrara no tuviera que explicarle nada a nadie. Y a continuación, en el mismo renglón, alguien le añadió dos prados. Dos prados que nadie le había prometido.
—O que se los prometieron también.
—Entonces estaríamos ante el hombre más mal pagado y peor escrito de esta provincia. —Valmont apartó la certificación de antecedentes—. ¿Qué hora tiene?
—Las doce y media. ¿Por qué?
—Porque hay ruido abajo.
Había ruido abajo desde hacía un cuarto de hora: sillas, botas y una voz que daba órdenes sin levantarse. Habían llegado dos guardias con un sargento de Sarnia y estaban comiendo en la cocina. Amadora les servía con una cara que Valmont no le había visto en ocho días. El auto lo traía el sargento en un sobre grande. A las dos de la tarde, en la orilla del río, Pampín se lo leyó a Valmont en voz alta, porque el sargento no tenía ninguna intención de dárselo a un perito.
Procesamiento y prisión provisional contra Gaudencio Quirós Baldomir, por falsedad en documento, y a resultas de lo que arrojara la instrucción sobre las circunstancias de la muerte de doña Casilda Mansilla Berdún.
—El juez ha decidido no esperar a su dictamen —dijo Pampín, y se le notaba que la frase le había costado un rato prepararla—. Dice que con lo que hay basta para procesar y que el dictamen ya vendrá.
—El juez tiene razón en lo primero.
—¿Y en lo segundo?
—En lo segundo también, por desgracia. —Valmont miraba la pasarela—. Un informe mío sirve para condenar a un hombre. Ya lo ha visto usted. Lo que no sirve es para soltarlo.
Lo bajaron a las tres y cuarto. Primero cruzó el alguacil. Después, dos hombres del pueblo con una cesta. Al final, Gaudencio Quirós, que iba delante de la pareja y no atado, porque la pasarela no se cruza atado. Era un hombre grande y encorvado, con la boina puesta y una chaqueta que le venía corta. Cruzó despacio, agarrado con la mano izquierda a la cuerda del pasamanos, mirando las tablas. Del otro lado, en el alto de la orilla, se había parado a mirarlo el pueblo entero. Eran unos veinte: los que podían salir de su casa.
En la orilla de Sardón lo esperaban con las esposas. El sargento se las puso allí mismo y sin ninguna brusquedad, como se le pone la albarda a una mula que conoces de toda la vida.
Valmont estaba a diez metros y no se movió de donde estaba. Hacía siete días que trabajaba sobre aquel hombre y era la primera vez que le veía la cara. Le pareció más viejo de lo que decían los papeles, y con las manos de quien ha cavado toda su vida, y le pareció también que no tenía ninguna intención de defenderse.
—Señor Quirós.
El hombre levantó la cabeza y se volvió hacia el lado bueno.
—Dígame usted.
—¿La cortina del corredor la quemó usted?
—Yo quemé el jergón y la ropa, que me lo mandaron, y lo bajé al río en un fardo y me dio vergüenza. —Tragó saliva—. La cortina no. La cortina la descolgaron el domingo por la mañana y cuando yo subí ya no estaba.
—¿Quién la descolgó?
Los guardias ya tiraban de él. Gaudencio Quirós anduvo dos pasos y volvió la cabeza, y contestó la única cosa que había contestado en toda la semana sin que se la mandara nadie.
—Yo no la descolgué, señor. Yo esa casa la barría, no la limpiaba. Eso lo verá usted si va.
Nadie de la otra orilla se movió mientras lo metían en el coche. Estaban los veinte de arriba y estaban también, más abajo, tres mujeres que habían bajado hasta el borde del agua y que no gritaron nada. En los pueblos, a los hombres que vuelven del penal se les mira siempre como si estuvieran a punto de volver otra vez.
Se lo llevaron camino de Sarnia en el mismo coche en el que había subido el sargento. Valmont se quedó en la orilla hasta que dejó de oírse el motor. Después dijo una cosa en voz baja, en su idioma, y fue lo único que dijo en su idioma en toda aquella semana.
—On l'a déjà fait une fois.
Pampín, que estaba a su lado, se volvió.
—¿Cómo dice?
—Nada.
—No, perdone, que algo ha dicho. Dígamelo en cristiano.
—He dicho que hace frío en esta orilla. —Valmont echó a andar hacia la fonda, y no volvió a abrir la boca hasta que estuvieron dentro y con la puerta cerrada—. Monsieur Pampín, coja el cuaderno. Voy a pedirle cuatro cosas para el viernes y las cuatro le van a parecer ridículas.
—Ya estoy acostumbrado.
—La primera: una cuerda de treinta metros, de las de tender, con un nudo cada metro. Que la hagan aquí abajo, esta tarde, y que la manden mañana en la cesta.
Pampín escribió eso sin comentarlo, lo cual era, en él, una forma de protesta.
—La segunda: que el alguacil suba a la casa con dos vecinos que no sean el maestro, y que levanten otra vez el croquis, pero midiendo con la cuerda. Que los dos vecinos sean gente que ya haya pasado las fiebres, y que el señor Carbajosa dé el permiso por escrito, para que después nadie me diga que el papel se hizo saltándose el bando. Los cuartos, el fondo de la casa, el frente, y la distancia de la pared del fondo a la fachada en el piso alto. Que lo firmen los tres.
—Eso va a sentarle muy mal a don Amaranto Lastra.
—Espero que sí. La tercera: la fotografía.
—¿Qué fotografía?
—La Junta de Sanidad retrata las casas de los focos para sus informes. Lo hacen en toda España y lo harán aquí. —Valmont se sentó y acercó la vela, aunque todavía había luz—. Si hubo un difunto el día nueve, esa casa está retratada. Quiero esa placa o quiero la copia, y quiero que me digan el día y la hora en que se hizo.
—¿Y la cuarta?
—La cuarta es para usted solo. —Valmont levantó la vista—. Averígüeme quién cazaba en la braña de los Mansilla el día que a Gaudencio Quirós le cayeron tres años.
Las casas no se estiran
Capítulo 4
IV
La cuarta tanda llegó el viernes a las cuatro y era la más pequeña de todas. Tres piezas y una cuerda. La cuerda venía enrollada y con los treinta nudos contados. Volvía sucia de barro y con un cabo mojado. La habían usado de verdad.
El primer papel era el croquis nuevo. Lo firmaban el alguacil Ventura Doiro, un carretero llamado Rogelio Sanín y la mujer del herrero. No tenía dibujo ninguno: era una lista de medidas, escrita en columna, con la misma letra pequeña de siempre.
Medido con la cuerda de nudos el jueves por la mañana, en presencia de los tres que firmamos.
Frente de la casa, treinta y ocho pies. Fondo, de la pared de atrás al alero de delante: veinticuatro pies.
Piso alto, medido por dentro cuarto por cuarto, de la pared de atrás a la pared de delante: el de la señora, veinte pies. El de doña Feliciana, veinte. El del maestro, veinte. El de Benilde, veinte.
Advierto que de la pared de delante de los cuartos al alero hay cuatro pies más, que es lo que vuela el corredor de madera, y que el corredor lo tiene esta casa de toda la vida y toda la villa lo sabe.
Advierto también que al cuarto de la señora se entra por dos puertas: una que da al corredor, como los otros tres cuartos, y otra que da al descansillo de la panera. Y que del corredor se baja al patio por una escalera de madera de seis peldaños, siendo el último de piedra.
Y advierto lo último por mandarlo usted y no por gusto: en el piso alto hay tres ventanas al mediodía, y no dos.
—Cuatro pies —dijo Pampín.
—Cuatro pies.
—Veinte y cuatro, veinticuatro. —El secretario hizo la cuenta dos veces en el cuaderno, como si la aritmética fuera a portarse de otra manera la segunda—. Y el maestro dibujó los cuartos ocupando los veinticuatro.
—El maestro dibujó una casa que no existe, y la dibujó bien. —Valmont puso las dos hojas juntas—. Se sacó cuatro pies de encima. Es lo único que tenía que hacer. Con cuatro pies de menos, esa casa se queda sin corredor. Sin corredor, los cuartos no se comunican por fuera. Y sin comunicación por fuera, al cuarto de la señora solo se entra por donde dormía el hombre que ahora está en Sarnia.
—Las casas no se estiran —murmuró Pampín.
—Las casas no se estiran. Los dibujos sí.
La segunda pieza era un sobre rígido con dos cartones, y entre los dos cartones, la fotografía. La acompañaba una nota del médico de la Junta. Decía que las casas de los focos se retrataban por orden de la superioridad. Aquella se había hecho el día diez, a las doce y media.
Valmont la puso al lado de la vela, aunque entraba sol.
Era una casa larga, de piedra, con la fachada al mediodía y la puerta grande en el centro. En el piso alto, por delante de toda la fachada, corría una galería de madera con su barandilla de balaustres. Por detrás de la barandilla se contaban tres ventanas y dos puertas. En el extremo derecho bajaba al patio una escalera de madera, con el último peldaño de piedra. Al pie de la escalera había un enlosado de seis o siete losas grandes. Una de ellas era de un gris claro que no tenían las otras.
—¿Ve usted eso? —dijo Valmont.
—Veo una casa.
—Mire la losa del pie de la escalera.
Pampín acercó la nariz al cartón.
—Está más clara.
—Está fregada. —Valmont le dio la vuelta a la fotografía y volvió a ponerla del derecho—. En esa casa hay tifus, la gente no sale de sus cuartos y no se friega ni la cocina. El bando manda lavar con lejía un solo sitio, que es el cuarto donde ha estado el enfermo. Y hay una losa fregada con lejía en el patio, debajo de una escalera, a veinte metros de ese cuarto.
El secretario se sentó despacio, sin soltar el cartón.
—¿Se cayó por la escalera?
—Se cayó por la escalera o la cayeron por la escalera, y eso es una diferencia que no va a poder decidir nunca nadie, porque a esa mujer la enterraron en cal hace diecinueve días. —Valmont se limpió los dedos con el pañuelo—. Yo no voy a decir de qué murió doña Casilda Mansilla. No lo sé y no lo puedo saber. Voy a decir otra cosa, que sí sé: que no murió en su cama, que lo que se quemó de esa casa no fue lo que manda el bando, y que el papel por el que van a procesar a un hombre lo escribió alguien que vivía dentro.
La tercera pieza era media cuartilla de Pampín, escrita por él mismo en Sarnia, y la había traído sin que se la pidiera delante del sargento.
En la braña de los Mansilla, aquel día, cazaban don Casimiro Sárdoma y dos amigos suyos de Sarnia. Gaudencio Quirós iba de ojeador. La escopeta figura a su nombre en la causa desde el segundo día. En el primer atestado figuraba a nombre de don Casimiro y está tachado. La madre de Quirós estuvo ingresada en el hospital de Sarnia, pagada por la casa, del año siguiente hasta que murió.
Valmont leyó aquello dos veces y lo dejó boca abajo encima de la mesa, que era su manera de guardar algo.
—Monsieur Pampín, ¿usted puede hacer que el juez venga mañana a esta orilla?
—¿A esta orilla?
—A esta orilla, al pie de la pasarela, a las once de la mañana. Con el sargento y con usted. Y quiero que el alguacil tenga a esa hora, en la otra orilla, a las cinco personas que escribieron los pliegos, que son cuatro, porque la quinta está en Sarnia y la sexta está muerta. —Valmont empezó a recoger los papeles—. Y al pueblo que quiera venir, que va a venir entero.
—Señor Valmont, el juez no va a bajar a un río a gritar.
—Entonces dígale que el perito no firma el dictamen.
Pampín lo miró un momento largo. Después escribió en el cuaderno, cerró el cuaderno y se fue a coger el coche sin despedirse, que era lo más parecido a un sí que sabía hacer.
El sábado amaneció con niebla y la niebla se levantó a las diez. A las once menos cuarto ya había gente en las dos orillas.
Del lado de Sardón estaba el juez de Sarnia, un hombre pequeño y friolero con un abrigo demasiado grande. Con él, el sargento, dos guardias y Pampín con su cuaderno. También había bajado Amadora, con el mantón puesto, que dejaba la fonda sola por primera vez en cinco años.
Del lado de Bellabrida, en el alto de la orilla, había ochenta o noventa personas. El alguacil había mandado la noche antes que no bajara nadie que no estuviera citado, y a las diez y media ya estaba claro que aquello no iba a cumplirlo nadie. Don Lino Carbajosa subió dos veces a decirles que se separaran. La segunda vez se quedó allí arriba con ellos. Delante de todas, a diez metros de agua, estaban el alguacil Doiro y el cura Neira con las manos en las mangas. La cocinera Benilde se había sentado en una piedra, porque no aguantaba de pie. El maestro Amaranto Lastra llevaba abrigo negro y el sombrero en la mano. Y al lado del maestro, de luto y muy derecha, con un pañuelo a la cabeza y los guantes puestos, estaba Feliciana Mansilla.
Valmont se puso al borde del agua, con la cesta de la pasarela a su izquierda y los papeles debajo del brazo. No levantó la voz más de lo necesario. El río bajaba sin ruido y, con la niebla levantada, se oía de una orilla a otra mejor que en una sala.
—Voy a empezar por lo que no se discute —dijo—. Doña Casilda Mansilla escribió un testamento el día primero de este mes. Lo escribió de su puño, cerrado, y se lo dio a Gaudencio Quirós en el corredor de su casa, delante de nadie. El día nueve murió. El día doce ese sobre llegó al juzgado de Sarnia con una oblea nueva y con un renglón de más.
—Eso ya lo sabemos —dijo el sargento.
—Sí, señor. Y ahora voy a decir lo que no sabemos, que es más largo y más útil. —Valmont sacó el primer papel—. Ese renglón no lo escribió doña Casilda. No lo escribió un notario. Y no lo escribió Gaudencio Quirós, que no sabe. Lo escribió alguien que estaba dentro de la casa aquella noche, y esa persona está oyéndome ahora mismo.
Del lado de allá no se movió nadie. Alguien tosió atrás, en la segunda fila.
—Voy a explicar cómo lo sé, porque si no lo explico no vale nada y yo no firmo nada que no pueda explicar. —Levantó el testamento—. En este papel, la señora escribe todas las cantidades con letra. Treinta duros. Los prados de la Vega. En tres cartas suyas que tengo aquí no hay un solo guarismo: cuatrocientas o así, once casas. Esa mujer no escribió un número en su vida.
Volvió la hoja hacia la otra orilla, aunque a esa distancia nadie podía leerla, y era un gesto para el juez tanto como para ellos.
—Y en el renglón añadido dice: los dos, entre paréntesis dos, prados de la Vega. Una cifra escrita dos veces, en letra y en guarismo, como se escriben las actas y las listas de escuela.
Sacó el croquis.
—En este dibujo, hecho a ojo por un vecino de la casa, se rotula: a la fachada dan dos, entre paréntesis dos, ventanas. Y más abajo, otra vez: el cuarto de la señora tiene a la fachada dos, entre paréntesis dos, ventanas.
Sacó la declaración del maestro.
—Y en este pliego, escrito el mismo día en que se rotuló el dibujo: llevo cinco, entre paréntesis cinco, años en esta escuela y tres, entre paréntesis tres, realquilado en la casa. —Bajó el papel—. Se puede imitar una letra, señores. Con paciencia se imita muy bien. Lo que no imita nadie son sus propias costumbres, porque no sabe que las tiene.
El maestro no se movió. Tenía el sombrero en las dos manos y miraba el agua.
—Ahora la casa —dijo Valmont—. Señor Doiro, ¿tiene usted ahí la cuerda?
El alguacil levantó la cuerda de nudos por encima de la cabeza.
—Ténganla entre dos, tirante, y cuenten veinte nudos delante de toda esa gente.
Lo hicieron. El carretero cogió un cabo y el alguacil el otro. Fueron contando en voz alta hasta veinte. A esa distancia se veía muy bien el trozo de cuerda tendido en la hierba y el pedazo que sobraba, colgando.
—Veinte pies. Eso es lo que miden los cuartos del piso alto, medidos anteayer por tres vecinos. —Valmont señaló el cabo suelto—. Y ahora cuenten cuatro más, que son los que hay desde la pared de esos cuartos hasta el alero. Cuatro pies de madera volada, con su barandilla, por delante de las tres ventanas, y una escalera en la punta que baja al patio.
Miró al juez y después miró otra vez a la otra orilla.
—En el dibujo que tengo en la mano, esos cuatro pies no existen. Y sin esos cuatro pies, al cuarto donde murió esa señora solo se puede entrar por el sitio donde dormía el hombre al que ustedes tienen procesado en Sarnia. —Hizo una pausa—. Toda esta historia cabe en cuatro pies de madera.
—Un error de dibujo —dijo el juez, y fue lo primero que dijo en toda la mañana.
—Un error de dibujo que quita justo lo que hay que quitar, señoría, y que lo quita en el único papel del expediente que no puede desmentir nadie, porque los demás escribieron a ciegas. —Valmont levantó el pliego de la cocinera—. Esta mujer escribe que a las tres de la mañana sonó la madera del corredor. El señor cura escribe que vio a la señora sentada en el corredor el día primero. La propia doña Casilda escribe en una carta que la sacaban a la solana a que le diera el sol. El inventario de hace catorce años dice: casa de treinta y ocho pies de frente, con su corredor de madera al mediodía. Cuatro papeles y ninguno pudo hablar con otro.
Se agachó y sacó del sobre rígido la fotografía. La puso en la cesta de la pasarela, tiró de la soga, y la cesta se fue por la cuerda hasta la mitad del río y desde la mitad hasta la otra orilla.
—Pásensela de mano en mano —dijo—. Despacio y todos.
La fotografía tardó un cuarto de hora en dar la vuelta a la primera fila y a parte de la segunda. Nadie dijo nada mientras la miraban. Después empezaron a decirlo todos a la vez, y el alguacil tuvo que levantar el brazo dos veces.
Feliciana Mansilla no la cogió. Cuando le llegó el turno pasó el cartón a la mujer de al lado sin bajar los ojos hacia él, y después se ajustó los guantes, primero el derecho y luego el izquierdo, tirando de cada dedo.
—En esa fotografía —dijo Valmont— hay tres ventanas, hay corredor, hay escalera y hay una losa fregada al pie de la escalera. Está hecha el día diez a las doce y media, por la Junta, para un informe que no tenía nada que ver con esto. Es la única pieza de todo el expediente que no ha escrito nadie.
—¡Ese corredor lo hizo mi abuelo! —gritó un hombre desde la tercera fila—. ¡Lo sabe el pueblo entero!
—¿Y por qué no lo ha dicho nadie hasta hoy? —preguntó el juez, sin volverse.
—Porque a nadie le han preguntado por el corredor, señoría. Les preguntaron dónde durmieron, y todos contestaron la verdad. —Valmont esperó a que el alguacil bajara el brazo—. Eso es lo que tiene preguntar por debajo de una puerta: se contesta a lo que pone en el papel.
Esperó a que se callaran del todo.
—Y queda la pregunta que me han hecho ustedes cuatro veces esta semana —siguió—. Si alguien de esa casa quería que ese papel no valiera, ¿por qué no lo quemó? Un sobre se quema en dos minutos y no queda nada.
—Eso mismo —dijo el sargento.
—Porque un papel quemado es un papel que falta, y un papel que falta se busca. Don Nicasio Mansilla ya había escrito al juzgado preguntando por el testamento de su tía. El señor cura sabía que estaba escrito y lo sabía de boca de ella. —Valmont levantó el sobre vacío—. Si ese sobre desaparece, hay expediente, hay preguntas y hay una casa entera declarando durante un año. Si aparece y no vale, no hay nada de eso. No hay testamento, hereda quien manda la ley, y encima hay un culpable con antecedentes para entretener al juzgado. No se trataba de que el papel se perdiera. Se trataba de que apareciera roto.
Sacó la diligencia del secretario municipal y la leyó entera, despacio.
—Se recibe de mano de Gaudencio Quirós pliego cerrado con oblea al parecer reciente. Señores, ese hombre llevó el sobre once días encima y once noches debajo de la cabeza. Si hubiera querido abrirlo, lo habría abierto. Y si lo hubiera abierto, ¿para qué iba a volver a cerrarlo con una oblea nueva? Nadie cierra lo que puede entregar abierto. Una oblea nueva solo la pone quien necesita que el sobre siga pareciendo cerrado, y ese no es nunca el que lo lleva.
En la mitad del río, la cesta de la pasarela se movió despacio, vacía.
—Voy a decir ahora qué clase de persona estoy buscando, y quiero decirlo antes del nombre, porque el nombre es lo de menos y se les va a olvidar. —Dejó los papeles en la hierba, a sus pies—. No busco a nadie que planease esto. Aquí no hay plan. Busco a una persona que no trajo el tifus a este pueblo, ni rompió el puente, ni escribió el renglón, ni firmó el parte de defunción, ni cavó la fosa, ni mandó quemar la ropa de la cama. Todas esas cosas estaban pasando ya. Se las dieron hechas. Y las usó todas.
Nadie se movió en la otra orilla.
—Es una persona que en toda esta semana no ha puesto nada suyo en este expediente. Ni una mentira larga, ni una coartada de las que se preparan. Cuatro renglones, y solo uno es mentira. —Valmont levantó el pliego del borde azul—. Otro dice: duermo pared con pared con ella, de manera que la oigo hasta respirar. Y ése es verdad, y por eso está escrito sin pensarlo. Los dos cuartos se tocan. En el dibujo del señor Lastra no se tocan: hay un tabique y un pasillo por medio. Esa señora no había visto el dibujo. No pudo verlo. Escribió su casa tal y como es.
Del lado de allá, el maestro Amaranto Lastra se sentó en el suelo. No se desmayó ni dijo nada: dobló las rodillas y se sentó en la hierba mojada con el sombrero encima, como un hombre que lleva mucho rato de pie.
—Descarto a los demás y digo por qué, que es lo que se debe hacer —siguió Valmont—. Doña Benilde Ozores no salió de la cocina. Y en su pliego termina negando, sin que nadie se lo haya preguntado, haber cogido nunca nada de esa casa. Eso lo escribe quien acaba de coger algo, y yo no sé lo que cogió ni quiero saberlo. Lo que sé es que quien roba un cajón esa noche se queda encerrado en la cocina, que es justo lo que ella dice que hizo.
Benilde se tapó la cara con el delantal.
—Don Cipriano Neira enterró antes de las veinticuatro horas y retrasó el asiento un día para que no constara. Don Nicasio Mansilla ha vendido dos prados que todavía no eran suyos. Y Gaudencio Quirós quemó un jergón que le mandaron quemar y lo bajó al río con vergüenza. Esa señora le debía algo de hace veinticuatro años y se lo pagó en una casa con su huerta, y lo escribió de manera que él no tuviera que explicárselo a nadie. Los prados no se los dejó. Los prados se los puso encima el que quería que este papel no valiera, y por poco le cuestan a ese hombre el penal por segunda vez.
—Don Lino Carbajosa certificó una defunción sin subir al cuarto, y lleva un mes haciéndolo. No hay en esta provincia ningún hombre que lo hubiera hecho mejor con once casas y dos piernas.
—Todos ocultan algo —dijo el juez.
—Todos ocultan algo, señoría. Es lo normal. Hasta la plata de esa casa se explica sola: lleva años bajando a Sardón en un bolso, una pieza cada mes, y en esta fonda hay quien le ha servido el café en la misma mesa al chamarilero y a quien se la vendía. Eso es una vergüenza de familia y no es un asesinato. Llevo cuatro días teniendo cuidado de no confundir las dos cosas, porque una tapa a la otra igual que una cortina tapa una pared.
Levantó el inventario del día doce.
—Lo que no es normal es que alguien desinfecte un sitio donde no ha habido ningún enfermo. En el corredor: seis ganchos de cortina, sin cortina. Y falta la estera. El bando manda quemar lo del cuarto del enfermo, y del cuarto se quemó lo que había que quemar. La cortina del corredor no la mandó quemar nadie. La estera del corredor no la mandó quemar nadie. Y la losa del patio no la mandó fregar nadie.
Esperó. Del otro lado nadie dijo nada.
—Voy a contar ahora la noche del ocho, y voy a decir antes qué parte puedo demostrar y qué parte no, porque de lo contrario esto no sería un informe, sería una novela. —Valmont dejó el inventario con los demás papeles—. Puedo demostrar que el renglón se escribió con una pluma distinta y con una costumbre que en esa casa tiene un solo dueño. Puedo demostrar que la casa tiene un corredor y que alguien lo borró del único dibujo que iba a leer un juez. Puedo demostrar que se quemó lo que no mandaba quemar el bando y que se fregó una losa en un patio. Eso son los papeles y eso lo firmo.
—¿Y lo que no puede demostrar? —preguntó el juez.
—Lo que no puedo demostrar es lo que pasó entre las tres y las siete de la mañana, y no lo voy a poder demostrar nunca, porque a esa señora la enterraron con cal cuatro horas después de morirse y eso también lo mandaba el bando. —Hizo una pausa—. Yo creo que el sobre salió de la panera esa noche. Creo que se abrió con vapor en un cuarto donde había pluma, tintero y papel, que es el único de la casa que los tiene, según el inventario del día doce. Creo que doña Casilda oyó la madera del corredor, como la oyó la cocinera desde abajo, y que salió. Tenía setenta y un años, seis días de fiebre y toda la razón del mundo para salir. Creo que hubo unas palabras en ese corredor. Y creo que se cayó por esa escalera, o que se la ayudó a caer, y que estuvo cuatro horas muriéndose en su cama mientras dos personas esperaban abajo a que amaneciera para poder decir que había sido el tifus.
Nadie lo interrumpió.
—Lo último que creo es lo que menos importa y lo que peor me sabe: que nadie planeó nada de esto. Este no es un crimen pensado. Es un crimen barato.
Dio un paso hacia el agua.
—Aquella cortina la descolgó alguien el domingo por la mañana, y lo dijo delante de mí un hombre que ya estaba procesado y que no tenía nada que ganar diciéndolo. Esa mañana había cuatro personas en esa casa. Una no sube escaleras desde hace años y lo escribe ella misma. Otro es el que subió después y la echó de menos. El tercero está sentado ahí, en la hierba. —Valmont esperó—. Queda usted, madame.
Feliciana Mansilla levantó la cabeza por primera vez.
—Yo no puedo cruzar este río. El señor juez tampoco. Aquí nadie va a ponerle a usted la mano encima hoy, ni mañana, ni el día treinta. —Hizo la pausa más corta de toda la mañana—. Pero quiero que me diga por qué la descolgó, porque llevo desde el martes con esa pregunta y no me voy a ir de esta orilla sin oírla.
Feliciana Mansilla no contestó.
Se quedó un momento muy quieta, con las manos por delante, mirando no a Valmont sino a la cesta vacía que colgaba en la mitad del río. Después se volvió hacia el maestro, que seguía sentado en la hierba, y le dijo algo que en la otra orilla no se oyó. Pampín, que era joven y tenía el oído fino, dijo aquella noche en la fonda que había sido: tú tampoco sabías nada, Amaranto.
Y echó a andar cuesta arriba.
No corrió. Subió por el medio del camino, entre la gente, con el paso corto de las mujeres de luto, y los ochenta o noventa vecinos de Bellabrida se fueron apartando delante de ella conforme llegaba, sin decirle nada y sin tocarla, y volviéndose a juntar detrás.
Amadora se ajustó el mantón.
—¿Y ya está? —dijo—. ¿Se va andando?
—Se va andando —contestó Valmont—. A un pueblo de doscientas almas, con las salidas cerradas hasta el día treinta, donde le acaban de leer en voz alta lo que hizo. No hay cárcel de partido que cierre mejor que eso, madame, y le aseguro que no lo digo con gusto.
Se quedó mirando cómo subía hasta que la perdió detrás de la primera casa. Después recogió sus papeles de la hierba, los puso en orden, y la fotografía la guardó entre los dos cartones.
—Monsieur Pampín, ahora sí puede usted coger el cuaderno. El dictamen es de tres líneas y lleva esperando desde el primer martes.
—¿Y qué dice?
—Dice que el testamento de doña Casilda Mansilla está escrito y firmado de su mano, salvo un renglón que no es suyo. —Valmont se puso el sombrero—. Y que ese renglón no lo escribió el hombre a quien beneficia. Eso último no me lo ha preguntado el juzgado, pero se lo voy a poner igual.
Fin
Las casas no se estiran
¿Qué te dejó esta historia?
