Primero baja el candil

En el lagar hay una regla de octubre que nadie explica: primero baja el candil y después el hombre, y nunca solo. La noche en que Mercedes vuelve después de veintitrés años, baja sola. Aristide Valmont había llegado la víspera a tasar la casa y se queda porque la bodega no cuenta la misma historia que la familia.

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Contenido
  1. 01I
  2. 02II
  3. 03III
  4. 04IV

↑ Inicio del relato

Primero baja el candil

Capítulo 1

I

El olor llegó antes que la casa. Era un olor dulce y espeso, de fruta caliente, y venía cuesta arriba con el aire de la tarde. Aristide Valmont hizo el último kilómetro despacio, con la maleta en una mano y el sombrero en la otra. Llegó a la cancela del lagar de Anzuela a las cuatro y media. Sudaba de una manera que le pareció impropia de octubre.

Un hombre grande estaba en el patio descargando cestas de una galera. Tenía las manos moradas hasta la muñeca y no se las limpió para saludarlo.

—Usted será el tasador.

—Aristide Valmont, para servirle a usted.

—Higinio Reinares —contestó, y le señaló la casa con la barbilla—. Mi mujer le enseñará el cuarto. Le advierto que estos tres días esto es un desastre y que nadie va a atenderle como es debido.

—No he venido a que me atiendan, monsieur. He venido a contar cubas, y para eso me basta con una silla y una vela.

Higinio lo miró de arriba abajo, sin ninguna prisa.

—¿Cómo me ha llamado?

—Monsieur. Es «señor» en mi lengua y se me escapa desde hace treinta años. Soy de Neuchâtel, que está en Suiza y no le interesa a nadie.

—A mí llámeme Higinio.

—A usted le llamaré como usted quiera.

El hombre asintió una vez. Por primera vez pareció considerar que aquel señor bajo y ancho pudiera servir realmente para algo.

—Pues las cubas están abajo —dijo—. Y abajo bajo yo primero, que es como se hace aquí desde siempre.

El lagar de Anzuela era una casa de piedra de dos alturas, con el corral pegado al costado. Llevaba doscientos años haciendo vino y ninguna reforma desde la guerra. Valmont dejó la maleta, sacó el cuaderno y se pasó las dos horas siguientes detrás de Higinio, anotando pacientemente con un lápiz en la mano.

Contó once cubas de roble en la nave del lagar, y la prensa de viga, y los dos pilones de piedra, y anotó después la superficie de la era, el estado del tejado y las dos yuntas que quedaban en la cuadra. Y al final de todo, Higinio descorrió una tranca de madera y abrió una puerta que había debajo de la escalera exterior.

—La bodega —anunció.

Salió del hueco una vaharada dulce que a Valmont le llenó materialmente la boca de saliva. Abajo, en la oscuridad, algo trabajaba incansablemente: un rumor continuo y menudo, como de lluvia dentro de una lata.

—¿Eso qué es?

—El mosto. Está hirviendo. —Higinio encendió un candil de la alcayata y bajó dos escalones con él por delante, y solo después bajó él—. Este año hierve como no lo he visto nunca. Septiembre ha venido caliente y el fruto entró con mucho azúcar.

Eran ocho escalones de piedra, y abajo el suelo era de tierra apisonada, dura y barrida, y el aire pesaba de una manera que Valmont no supo nombrar y que atribuyó naturalmente al olor. Había cuatro cubas grandes empotradas en la pared del fondo. Encima de cada una, la tapa levantada y una espuma parda que subía y se rompía sola. El ruido allí abajo era mucho más fuerte que arriba.

—Huele a bendito —dijo Valmont—. Le confieso que no había estado nunca en una bodega en plena faena.

—Huele a dinero. —Higinio levantó el candil hacia el techo—. Ahí tiene usted la cuba grande, que es de mil doscientos cántaros y es la única que vale algo. Las otras tres son viejas.

Valmont fue midiendo con el metro de tela y anotando metódicamente, y de paso miró lo que suele mirar: el suelo, las esquinas y las paredes. En la pared del corral, a la altura de la cintura, había un agujero cuadrado del tamaño de un pañuelo.

—¿Y esto para qué sirve?

—La tronera. Por ahí entra el aire del corral. Sin aire aquí abajo no se puede ni estar.

—Ya…

Valmont acercó la mano al agujero y la mantuvo allí un momento. Después se limpió los dedos con el pañuelo, aunque no se los había manchado con nada. Anotó tronera, corral y no dijo más.

Cuando salieron, Higinio volvió a poner la tranca en la puerta.

—¿La cierran ustedes siempre?

—Siempre. Aquí abajo no entra nadie más que yo, y en esta época del año entro lo justo.

Mercedes Reinares apareció a las siete, cuando Valmont estaba en la cocina pasando las cuentas a limpio. Entró sin llamar, con un libro de tapas de hule debajo del brazo, y lo puso encima de la mesa delante de él.

—Usted es el perito. Yo soy la hermana que se fue.

—Encantado, madame.

—Mademoiselle, y da igual. —Se sentó enfrente y abrió el libro por una página doblada—. Le voy a ahorrar a usted una semana. La cuba grande dio el año pasado ochocientos veinte cántaros. En el libro de ventas figuran seiscientos noventa. Faltan ciento treinta cántaros y no están en ninguna parte.

—Eso es una cuestión de los libros, madame, y yo he venido a tasar. ¿Por qué me lo cuenta usted a mí?

—Porque usted es el único de esta casa que no me debe nada y a quien no le debo yo. Y porque alguien de aquí dentro está robando.

Lo dijo con una voz educada y clara, sin levantarla lo más mínimo, y en la puerta de la cocina Efrén Bidaurre se quedó parado con dos capachos al hombro.

—Diga usted mi nombre, si es que lo va a decir —pidió el capataz, muy tranquilamente.

—Todavía no lo he dicho, y me parece a mí que tampoco hace ninguna falta.

—Pues dígalo o cállese, que llevo aquí doce años.

—Doce años —repitió Mercedes— es exactamente el tiempo que llevo yo sin poner un pie en esta casa. No me venga con antigüedades.

Efrén se marchó sin contestar. Mercedes cerró el libro y se quedó mirando la puerta vacía, y a Valmont le pareció que aquella mujer estaba muy cansada debajo del abrigo bueno.

Cenaron a las diez, cuando los vendimiadores se hubieron ido al pueblo, y fueron finalmente siete a la mesa. Sabina Ozcoz sirvió y comió de pie la mitad del tiempo. Bruna Reinares, la menor, hablaba de la capital y de un colegio donde daba clase, y corregía a su hermano cada vez que decía mal un nombre, con una paciencia de maestra que a Valmont le pareció lo más cruel de aquella mesa. Doña Práxedes, que era hermana del padre muerto y tenía setenta y dos años, comía muy despacio y parecía no escuchar nada.

—El reparto es sencillo —observó Bruna—. Tres partes iguales. Lo dice el testamento y no hay más que hablar.

—El reparto es sencillo en un papel —contestó Higinio—. Aquí no hay tres partes. Aquí hay una bodega, y una bodega partida en tres no es nada.

—Yo no quiero la bodega —dijo Mercedes—. Yo quiero mi tercio en dinero.

—Mi tercio en dinero —repitió Higinio muy despacio, con el tenedor quieto—. Y de dónde sale.

—De vender.

Nadie dijo nada durante un rato bastante largo. Sabina recogió el plato de su marido, que estaba entero, y se lo llevó sin preguntarle.

—¿Y el número que ponga el señor nos obliga? —preguntó Sabina desde el aparador.

—Los obliga a los tres, madame. Ustedes firmaron un perito tercero delante del abogado el mes pasado, y lo que yo escriba no lo discute nadie.

—Lo que él escriba es lo que cobra cada uno —dijo Mercedes—. Tú estabas delante, Higinio.

—Yo estaba delante.

—Monsieur Valmont, ¿usted cuánto tarda? —preguntó Bruna.

—Cuatro días, si nadie me estorba. Mañana quisiera pasar la mañana entera en la bodega. Con luz y sin prisa. Necesito medir las cubas por dentro y quiero ver el suelo.

Doña Práxedes levantó despacio la cabeza del plato, por primera vez en toda la cena.

—En octubre no se baja a la bodega —dijo.

Bruna se rio y le puso la mano en el brazo a su tía.

—Tía, el señor no va a bajar a bailar.

—En octubre no se baja —repitió la anciana—. Lo decía mi hermano y algo sabría. Primero baja el candil y después el hombre, y si el candil se apaga, se sube uno y se calla. Y nunca solo.

—Bajará conmigo y con luz —zanjó Higinio—. Como bajo yo y como bajaba mi padre, y no se hable más.

Y se habló inmediatamente de otra cosa. Valmont había enderezado el salero de la mesa sin darse cuenta. Se limpió las manos con el pañuelo y no dijo nada. En aquella casa, la única persona que había sonreído con la boca cerrada era la mujer que pensaba vender.

Antes de subir se cruzó en el pasillo con Nieves, la hija de Higinio. Tenía once años y llevaba un gato debajo del brazo, como se lleva un fardo.

—Buenas noches, mademoiselle.

—Buenas noches. —La niña le enseñó el animal—. ¡Este no baja!

—¿Y adónde es que no baja, mademoiselle?

—A la bodega. Se sienta arriba del todo y se queda allí y no baja aunque le tires una cosa. Es tonto.

—Es muy posible —dijo Valmont— que ese animal sea el único listo de esta casa.

La niña se rio y se fue corriendo, y él subió a acostarse. Desde su ventana se veía el corral, y en el corral un montón de sarmientos, y detrás la sierra, negra ya. Estuvo un rato con la ventana abierta escuchando el rumor del mosto, que se oía perfectamente desde allí, y después la cerró porque hacía frío.

A las seis y media de la mañana lo despertó una mujer gritando en el patio.

Cuando bajó, ya estaban todos. Mercedes Reinares estaba tendida boca arriba en el suelo del lagar, entre la prensa y los capachos. Llevaba el abrigo puesto y los zapatos puestos. Tenía las manos abiertas a los lados del cuerpo, con un anillo en la izquierda y un relojito de pulsera en la muñeca. Tenía la cara muy oscura y los labios de un color que no era ningún color.

Valmont se puso en cuclillas a su lado y no la tocó.

El suelo del lagar era de losa, y estaba seco y barrido, y en toda la nave no se veía un puñado de tierra suelta, ni junto a la prensa ni debajo de los capachos. Los tacones de los zapatos de Mercedes traían tierra. La espalda del abrigo, desde los hombros hasta la cintura, traía tierra. En el bolsillo izquierdo asomaba un monedero de piel. Y el bolsillo derecho del abrigo estaba vuelto del revés, colgando como una lengua.

—¿Quién la ha encontrado?

—Yo. —Bruna estaba pegada a la pared, con las dos manos en la boca—. A las seis menos cuarto. Bajé a poner el café y la vi ahí, igual que está ahora.

—¿La ha movido usted de sitio? ¿Le ha tocado usted la ropa?

—No la he tocado. No he sido capaz de tocarla, monsieur, se lo juro.

Higinio estaba de pie a tres pasos, sin abrigo, con la camisa de la víspera y las botas puestas. No había abierto la boca desde que Valmont bajó al patio, y tenía la cara del color de la ceniza.

El doctor Loza llegó a las ocho y media en una motocicleta, y tardó veinte minutos largos en decir nada. Era un hombre joven, de la capital, y se veía que estaba haciendo memoria de cosas que había estudiado y no había visto nunca.

—No hay herida —declaró por fin—. No hay golpe en la cabeza. No tiene señal ninguna en el cuello, y eso se lo digo seguro, porque es lo primero que he mirado.

—¿Y de qué ha muerto entonces, doctor? Dígamelo usted como se lo diría a un colega.

—Se ahogó. —Loza se pasó la mano por la nuca, visiblemente incómodo—. No hay otra manera de decirlo. Esta mujer se ahogó, y no hay agua, ni cuerda, ni tiene nada en la boca.

—Siga usted, se lo ruego.

—Tiene tierra debajo de las uñas. Las ocho uñas de delante. —El médico levantó una manga y la volvió a dejar—. Y tiene dos moraduras debajo de los sobacos, una en cada lado, y la costura del hombro descosida. A esta mujer la han arrastrado tirándole de los brazos.

—¿Antes o después?

—Después. —Loza cerró el maletín—. Después seguro, y no me pregunte usted cuánto después, porque no lo sé. Yo esto no lo firmo, monsieur. Esto que suba la Guardia Civil.

Higinio Reinares se dio la vuelta y salió del lagar. Se apoyó en el pilón del corral, y desde dentro se le oyó vomitar durante un rato largo. Sabina salió inmediatamente detrás de él con un paño. Nadie hizo ningún comentario. A todo el mundo le pareció que era lo que le tocaba hacer a un hermano, y siguieron mirando el suelo mientras el hombre grande vomitaba en el corral de su propia casa.

Valmont salió al patio y estuvo un momento mirando la puerta que había debajo de la escalera exterior.

La tranca estaba puesta. Estaba puesta por fuera, atravesada en sus dos hierros, igual que la había dejado Higinio la tarde anterior delante de él.

Se limpió las manos con el pañuelo, muy despacio, y no dijo una palabra.

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Primero baja el candil

Capítulo 2

II

El sargento Olarra subió de Solmena a las doce del mediodía con dos números y una carpeta de hule, y en veinte minutos tenía prácticamente tomada la casa.

Era un hombre de cincuenta años, con la cara curtida y las manos muy grandes. Tenía la costumbre de repetir la última palabra del otro antes de contestarle, y a Valmont le pareció que aquello no era torpeza, sino un modo bastante hábil de ganar tiempo.

—¿Y usted qué pinta aquí?

—Perito judicial, sargento. De lista. Aquí me han nombrado para la división de la herencia.

—Ya. —Olarra lo miró el tiempo justo—. De la lista del juzgado de Solmena he leído yo informes suyos. Quédese si quiere, y quédese callado.

Puso a los dos números en las dos puertas, se sentó a la mesa de la cocina y empezó por Higinio.

—¿A qué hora se levantó usted?

—A las seis.

—A las seis. ¿Y a qué hora se acostó?

—A las once y media, con todos.

—¿Y en el medio?

—En el medio dormí, sargento. Llevo veinte días de vendimia y me acuesto como se acuesta un saco.

Olarra escribió aquello lentamente y sin levantar la cabeza, y Valmont, que estaba de pie junto a la ventana con el cuaderno de tasación en la mano, comprendió que el sargento tenía ya una idea y que la idea le gustaba.

—Duerme usted muy bien para lo que tiene encima.

—Tenía encima una vendimia. Ahora tengo encima otra cosa.

—Su hermana quería vender esta casa.

—Mi hermana quería su parte en dinero. Es distinto, y usted lo sabe igual que yo.

—Es distinto. —Olarra levantó por fin los ojos—. ¿Y cuánto vale la parte?

—Eso pregúnteselo al señor, que para eso lo han traído.

—Se lo pregunto a usted.

—No lo sé, y le voy a decir por qué no lo sé. Nunca he tenido dinero, sargento. He tenido cubas, y una cuba no se parte por la mitad.

Cuando salió, Higinio tuvo que apoyarse un momento en el marco de la puerta. Le temblaban las manos y las llevaba abiertas, como si le estorbaran. Olarra lo miró marcharse con mucho interés.

—Ahí lo tiene usted —comentó—. Ese hombre pierde la casa y gana un pleito con la muerte de una mujer. A mí, con eso, ya me sobra.

—Ahí tengo a un hombre que ha vomitado esta mañana y que no ha comido en todo el día —contestó Valmont—. Todavía no sé de qué es la señal, sargento, y hasta que lo sepa prefiero no ponerle nombre.

Valmont encontró a Efrén Bidaurre en el corral, cargando capachos vacíos, y se quedó un rato mirándolo trabajar antes de decir nada. Después sacó el pañuelo y se limpió las manos.

—Ciento treinta cántaros —dijo.

El capataz siguió cargando.

—Son unas seis mil pesetas al precio de este año —continuó Valmont—. No es una fortuna. Es lo bastante para que un hombre haga tonterías por la mañana temprano.

—¿Usted es tasador o es guardia?

—Soy perito, monsieur, y a un perito le pagan por contar las cosas y por no creerse lo que le cuentan. Y esta mañana he contado una tranca puesta por fuera en una puerta que ayer cerró el señor Higinio delante de mí. ¿Quién la ha vuelto a poner?

Efrén dejó los capachos en el suelo. Estuvo un momento mirando la sierra, con las manos en los riñones, y cuando habló lo hizo secamente, sin ninguna emoción, igual que si diera un parte de trabajo.

—La puse yo. A las seis y cuarto de la mañana.

—Cuéntemelo usted despacio, se lo ruego.

—Salí a enganchar y vi la puerta de la bodega abierta de par en par. Abierta del todo, con la tranca tirada en el suelo. —Se encogió de hombros—. Y yo llevo dos inviernos sacando vino de la cuba grande y vendiéndolo en Solmena, y la señorita Mercedes lo había cantado en la cocina la noche antes, delante de usted, y yo lo oí desde la puerta. Pensé que alguien había bajado a mirar.

—¿Y usted qué hizo?

—Poner la tranca y marcharme a por los vendimiadores. Para tener la mañana.

—¿No miró usted dentro?

—No miré. —Por primera vez levantó la voz—. Si yo llego a mirar dentro, monsieur, ahora mismo no estaríamos hablando de esto. Estaría ella en el suelo y yo dando voces.

—¿Y no le pareció raro que la puerta estuviera abierta?

—Me pareció malo para mí. Que es distinto de raro.

Valmont anotó cuidadosamente la hora en el cuaderno, debajo de la superficie de la era.

—Le van a colgar a usted el robo, monsieur Bidaurre.

—El robo es mío y no lo voy a negar. Que me lo cuelguen y en paz.

—Una cosa más. ¿Vio usted a alguien en el patio a las seis y cuarto?

—No vi a nadie. Estaba la casa cerrada y no había luz en ninguna ventana. —Volvió a cargarse los capachos—. La señorita Bruna dice que bajó a las seis menos cuarto a poner el café. Pues la cocina estaba a oscuras cuando yo pasé por delante.

Doña Práxedes recibía en su cuarto, sentada en una butaca de orejas, con una manta de cuadros sobre las rodillas y las manos encima de la manta.

—Usted es el que mide.

—Yo soy el que mide, madame. Y hoy quisiera medir una cosa que no está en el inventario. ¿Por qué se fue su sobrina de esta casa hace veintitrés años?

La anciana estuvo callada tanto rato que Valmont pensó que no le había oído.

—Pregúntele usted a las otras dos —dijo al fin—. Le van a dar dos respuestas distintas y ninguna de las dos es la buena, y las dos se las creen.

—¿Y la buena, madame?

—La buena me la llevo yo, hijo. —Se le movió la manta sobre las rodillas—. Mi hermano Cosme tenía tres cosas: esta casa, un genio muy malo y una hija que salió a él. De las tres, la que le importaba era la casa, y no me haga usted hablar más de un muerto que era mi hermano.

Sabina Ozcoz dio la suya en la cocina, sin dejar de pelar.

—Se fue detrás de un hombre. Como se van todas.

—¿Qué hombre?

—Un mozo del tonelero, que andaba aquí con las cubas. Un tal Tobías. —El cuchillo no se detuvo—. Ella tenía veintiún años y aquí no se hablaba de otra cosa en tres pueblos. Se fue y no volvió a escribir, ni por el entierro de su madre.

—¿Y el mozo?

—El mozo se ahogó aquel mismo otoño en el pilón del corral, con dos palmos de agua. Y no me pregunte usted más, que yo entonces no era de esta casa y todo lo que sé me lo han contado.

Bruna dio la suya en el pasillo, de pie, con los brazos cruzados.

—Se fue porque mi padre la echó. —Hablaba deprisa y muy claro, como en clase—. Mi padre era un hombre que no perdonaba una cosa dos veces, y aquella noche hubo una escena en el patio, y a la mañana siguiente Mercedes ya no estaba.

—¿Usted la vio marcharse?

—Yo tenía quince años y me tuvieron encerrada en mi cuarto. —Se le movió la boca de una manera rara—. Si le sirve de algo, monsieur, yo llevo veintitrés años sabiendo que aquella noche pasó algo y que en esta casa nadie lo va a decir nunca.

—¿Y usted lo sabe?

—Yo sé mi parte, y mi parte no le sirve a usted para nada.

—Permítame que sea yo quien decida eso, mademoiselle.

—Permítamelo usted a mí, que es mi parte —contestó Bruna, y se marchó pasillo adelante sin dar ninguna explicación.

A media tarde, Valmont estaba midiendo la pared del corral por la parte de fuera, con la cinta sujeta en un clavo, cuando notó a alguien detrás.

—¿Le ayudo?

Era Nieves. Traía el gato debajo del brazo, todavía.

—Me hará usted un gran favor. Sujete usted aquí y no se mueva.

La niña sujetó la cinta con las dos manos y una seriedad verdaderamente enorme.

—¿Es verdad que a mi tía la mató alguien?

—Todavía no lo sé. ¿A usted qué le parece?

—A mí me parece que no la conocía nadie. —Cambió el peso de un pie al otro—. Vino el jueves y se murió el sábado. Yo solamente hablé con ella una vez.

—¿Y de qué hablaron ustedes?

—Del olor. Me preguntó si me gustaba y le dije que a mí ese olor me pone mala.

Valmont dejó de escribir.

—¿Le pone a usted mala?

—El año pasado estuve mala ocho días. —Lo dijo con orgullo, como quien enseña una cicatriz—. Vomité y me dolía muchísimo la cabeza, y vino don Fermín y dijo que era del olor y que me sacaran al campo. Y me sacaron y se me pasó.

—¿Y este año?

—Este año no, porque mi madre…

—Nieves.

Sabina estaba en la puerta del corral con un barreño en la cadera. No había levantado la voz, pero la niña soltó la cinta como si quemara.

—Deja al señor trabajar y vete a por agua.

La niña se fue corriendo. Sabina se quedó un momento más de lo necesario, mirando el clavo donde Valmont había sujetado la cinta, y después entró en la casa.

Valmont enrolló la cinta muy despacio, se limpió las manos con el pañuelo y se quedó mirando la pared. A la altura de su cintura, tapada por un montón de sarmientos apilados contra la piedra, estaba la tronera.

Hizo abrir la bodega a las cinco de la tarde.

Bajaron Olarra, un número con una lámpara de carburo y Efrén, y Valmont detrás de todos. La puerta llevaba abierta desde el mediodía y aun así, en el tercer escalón, el olor dulce se cerró sobre ellos como una mano.

En el quinto escalón había un candil de latón tumbado de costado.

Valmont se puso en cuclillas y lo levantó delicadamente con dos dedos, por el asa. El cristal estaba entero. Lo inclinó y el aceite se movió dentro con un ruido de vaso lleno.

—Está lleno —dijo Olarra.

—Está lleno hasta arriba, sargento. Y la mecha ha ardido lo que arde una mecha en cinco minutos.

—Alguien se lo apagó.

—Alguien o algo —contestó Valmont, y lo dejó donde estaba.

En el mismo escalón y en el siguiente había tres cerillas quemadas. Estaban quemadas enteras, hasta la mitad del palo, y las tres estaban juntas.

Abajo, en la tierra apisonada, las huellas se leían como un renglón. Unos zapatos pequeños bajaban derechos hasta el fondo. Encima de ellos, pisándolos, unas botas de hombre bajaban y volvían a subir, y las de subida iban muy juntas y muy hondas de talón, con el paso corto de quien lleva peso.

Valmont las miró un rato largo, con las manos a la espalda, y no dijo nada de lo que estaba pensando. El sargento Olarra miraba las mismas huellas a su lado y respiraba por la boca.

En el poste de la escalera había una cuerda de esparto recogida en ocho. Le faltaba un palmo de estar seca: el extremo estaba oscuro, mojado y con tierra pegada.

—Sargento, ¿de quién es esa cuerda?

—De la casa —dijo Efrén desde atrás—. De ahí no se mueve nunca. Se ata uno a la cintura para bajar a limpiar las cubas por dentro, y el que baja lleva siempre a otro arriba sujetando.

Valmont bajó los tres escalones que le faltaban y llegó al suelo de la bodega, y en cuanto puso los dos pies abajo le pareció que la nave le pesaba encima. La lámpara de carburo, que arriba daba una luz blanca, ardía allí baja y amarilla. Se le puso el corazón a golpear en el cuello de una manera que le desagradó profundamente.

—Monsieur —dijo Efrén—, aquí abajo no se está.

—Un momento nada más.

Junto a la cuba grande, a dos pasos de donde debía de haber caído Mercedes Reinares, faltaba una losa del suelo.

Estaba levantada y apoyada de canto contra la pared, y al lado, en la tierra, había un escoplo de carpintero con el mango vuelto hacia arriba. En el hueco, medio enterrada y con la tapa hacia el techo, se veía una caja de hojalata del tamaño de una caja de galletas.

Valmont se agachó, y ya no se levantó tan deprisa como se había agachado.

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Primero baja el candil

Capítulo 3

III

La caja se abrió encima de la mesa de la cocina, delante de seis personas y de dos guardias, y dentro no había nada que valiera cuatro pesetas.

Había un billete de vapor de Vigo a Buenos Aires, de tercera, a nombre de Mercedes Reinares Otazu. Había otro idéntico a nombre de Tobías Ibarreta Sáiz. Los dos estaban sin picar y los dos llevaban impresa la misma fecha, que era de hacía veintitrés años. Debajo había ochocientas pesetas en billetes viejos, atadas con un cordón de zapato, y una navaja de mango de asta con las cachas gastadas.

Durante un rato bastante largo nadie tocó nada.

—Esa navaja la conozco yo —dijo doña Práxedes.

—¿De quién es, madame?

—Del chico. —La anciana no alargó la mano—. Se la vi cortar pan doscientas veces en esa misma mesa.

Olarra dio la vuelta a los billetes con un lápiz y volvió a dejarlos como estaban.

—Enterrado bajo una losa —dijo—. ¿Y a esto qué le llamamos?

—A esto se le llama el equipaje de una mujer que no se fue —contestó Valmont—. Lo dejó ahí hace veintitrés años y volvió a buscarlo el jueves pasado. Es lo único que ha venido a buscar a esta casa.

Bruna Reinares se levantó de la silla y salió de la cocina.

La encontró en el corral, junto al pilón, con los brazos cruzados y sin abrigo, y estuvo un rato largo a su lado sin decirle nada. Hacía frío y ya empezaba a caer la tarde sobre la sierra.

—Deme usted la carta, mademoiselle.

Bruna no se volvió.

—¿Qué carta?

—La que le sacó usted del bolsillo derecho del abrigo el sábado por la mañana. —Valmont sacó el pañuelo y se limpió las manos—. Usted bajó a las seis menos cuarto, según usted misma, y no dio un grito hasta las seis y media. Estuvo usted sola con su hermana tres cuartos de hora, mademoiselle. El bolsillo estaba vuelto del revés, y una mujer no se vuelve un bolsillo del revés para morirse.

—Podría habérselo hecho cualquiera.

—Podría. Pero el que le volvió ese bolsillo le dejó el anillo, el reloj y el monedero, de modo que buscaba una cosa concreta y sabía cuál era. En esta casa hay una sola persona que pudiera saberlo. Y esa persona no ha vuelto a dormir desde el sábado. —Se guardó el pañuelo—. Se lo pido a usted antes de pedírselo al sargento. Es todo lo que puedo hacer.

Bruna se metió la mano por dentro de la manga, sacó un papel doblado en cuatro y se lo dio sin mirarlo.

Era media cuartilla de cuaderno, con la letra grande y redonda de una niña que escribe despacio para que le salga bien.

Padre: Mercedes se va esta noche con Tobías el del tonelero. Se van en el coche de las cinco. No se lo he dicho a nadie. Bruna.

—Yo tenía quince años —dijo ella.

—Ya lo veo.

—Se la mandé al mesón de Solmena, que era donde paraba mi padre en la feria, con el chico del panadero y dos reales. —Le castañeteaban los dientes y no era de frío—. Mi padre volvió aquella noche. Y por la mañana el mozo estaba en ese pilón, ahí donde tiene usted la mano, y mi hermana se había ido.

—¿Y usted qué creyó?

—¿Qué iba a creer? Lo mismo que he creído veintitrés años. —Se le rompió la voz por primera vez—. Que mi padre lo mató, y que lo mató porque yo escribí esa carta, y que si me hubiera callado la boca aquel chico estaría vivo y mi hermana habría vuelto por Navidad.

—¿Y por qué se la quitó usted del bolsillo?

—Porque ella la había guardado. —Bruna miró por fin a Valmont, y tenía la cara de una mujer de sesenta años—. Veintitrés años en un cajón, en otro país, y la trae de vuelta. El jueves me la enseñó y me dijo: mañana hablamos tú y yo. Y el sábado estaba muerta en el suelo del lagar. Dígame usted qué habría hecho.

—Lo mismo, muy probablemente —dijo Valmont—. Y me habría equivocado igual que usted.

Doña Práxedes recibió por segunda vez aquel día, con la manta sobre las rodillas y la lámpara ya encendida.

—Siéntese usted, que esto es largo.

—Tengo toda la noche, madame.

—Fue el catorce de octubre. —La anciana lo dijo como quien da una fecha de nacimiento—. Lo encontró el mozo de mulas a las siete de la mañana, boca abajo en el pilón, con la ropa de fiesta puesta. En ese pilón hay dos palmos de agua, monsieur, y en verano ni eso.

—Un hombre se ahoga en dos palmos de agua si está sin sentido.

—Eso mismo dijo mi hermano. —Doña Práxedes se alisó la manta—. Vino don Anselmo, que era el médico de entonces y llevaba cuarenta años en el pueblo, y estuvo con el cuerpo lo suyo. Y después se levantó y dijo delante de mí una cosa que yo no he olvidado. Dijo: este chico no tiene agua en el pecho.

Valmont se quedó muy quieto.

—¿Y qué contestó su hermano?

—Le contestó que lo escribiera y que se fuera a su casa. Y don Anselmo lo escribió y se fue a su casa, porque le debía a mi hermano el arreglo del tejado y porque en los pueblos se hacen así las cosas. —La anciana levantó un dedo—. Ahogado. Ahí está escrito y ahí seguirá.

—¿Y su sobrina?

—Mi sobrina cogió el coche de las cinco de la madrugada, dos horas antes de que apareciera el cuerpo. —Se quedó callada—. Por eso en esta casa no se ha hablado de esto en veintitrés años. Porque ella se fue antes. Y el que se va antes ya no necesita que nadie lo acuse.

—Madame, ¿su hermano bajaba a la bodega en octubre?

Doña Práxedes lo miró como si le hubiera preguntado la hora en mitad de un entierro.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Todavía no lo sé. Hágame usted el favor.

—Mi hermano no volvió a bajar solo a esa bodega en octubre en toda su vida. —La anciana frunció el ceño—. Ni él ni nadie de esta casa. Con la luz por delante y con otro detrás sujetando, y lo justo. Lo mandó aquel mismo otoño y lo dijo una sola vez, y en esta casa una sola vez bastaba. Yo creí siempre que era por el chico, por no pisar donde… —Se detuvo—. Por respeto, vamos. Por no andar de fiesta con un muerto reciente.

—¿Y explicó él alguna vez por qué?

—Mi hermano no explicaba. Mi hermano mandaba.

A Higinio lo llamaron a la cocina a las ocho, y Valmont le pidió al sargento que le dejara empezar a él.

Puso encima de la mesa tres cosas: la cuerda de esparto, el candil de latón y su propio cuaderno de tasación abierto por la página de la bodega.

—Monsieur Reinares, en la tierra de su bodega hay dos rastros. Uno es de unos zapatos de mujer que bajan y no vuelven a subir. El otro es de unas botas de hombre del cuarenta y cuatro, que bajan con paso normal y suben con paso corto y hundiendo el talón. —Valmont giró el cuaderno hacia él—. Usted calza el cuarenta y cuatro. La cuerda tiene un palmo mojado y sucio, y hace tres días que no llueve. Su hermana tiene dos moraduras debajo de los brazos.

Higinio miraba fijamente el candil y no lo tocaba.

—Le voy a preguntar una sola cosa y le ruego que me conteste. ¿La sacó usted de la bodega?

—La saqué yo.

Sabina, que estaba en la puerta con un paño en la mano, cerró los ojos.

—Cuéntemelo usted.

—Bajé y estaba abajo, al lado de la losa, de bruces. —Hablaba mirando el candil—. Le hablé y no me contestó. Le di la vuelta y ya estaba fría de la cara. Y no la iba a dejar allí, monsieur, en el suelo, con el mosto encima haciendo ruido. La cogí por debajo de los brazos y la subí a rastras los ocho escalones y la puse en el lagar, en lo limpio.

—¿A qué hora?

—A las seis menos cuarto. Por ahí.

—A las seis menos cuarto su hermana Bruna ya estaba en el lagar con el cuerpo —dijo Valmont muy suavemente—. Y a las seis y cuarto Efrén Bidaurre encontró la puerta de la bodega abierta de par en par y la atrancó.

Higinio no contestó.

—¿Por qué no lo dijo usted el sábado por la mañana?

—Porque en cuanto se dice eso, ya está dicho todo lo demás.

Olarra se levantó de la mesa y se ajustó el correaje, y a Valmont le pareció que llevaba dos días esperando aquel momento.

—Higinio Reinares, se viene usted conmigo a Solmena.

—Sargento…

—Monsieur Valmont, este hombre pierde la casa si su hermana cobra, este hombre estuvo con el cuerpo antes que nadie, este hombre lo movió, lo cambió de sitio y lo ocultó, y este hombre me ha mentido a mí dos veces en dos días. —Olarra recogió la carpeta de hule—. Yo con eso ya no tengo que pensar más.

—Ce n'est pas possible.

Lo dijo en voz baja y casi para sí, y fue lo único que dijo en su idioma en todo el tiempo que estuvo en aquella casa.

—Hábleme en cristiano —dijo Olarra.

—Perdóneme. —Valmont se guardó el pañuelo—. Sargento, si se lo lleva usted esta noche, mañana ese hombre le firmará lo que le pongan delante. Lleva cuatro días sin dormir. Deme hasta mañana por la tarde.

—No.

Sabina Ozcoz soltó el paño y se puso delante de la puerta.

—Mi marido bajó a sacarla porque es su hermana. Eso lo hace cualquiera.

—Cualquiera lo cuenta, señora. Él no lo contó.

Valmont salió al corral mientras dentro discutían.

Estaba oscuro y hacía un frío seco. Encendió el mechero y se puso de rodillas delante del montón de sarmientos. Los fue apartando con las dos manos, sin ninguna prisa, hasta que dejó la piedra a la vista.

La tronera medía un palmo y medio de lado. Alrededor del hueco, clavados en el marco de madera, había cuatro agujeros. Los cuatro estaban vacíos y en los cuatro la madera del fondo era clara y limpia, del color que tiene la madera recién partida.

De uno de ellos colgaba una hebra de arpillera.

Valmont se levantó, se sacudió las rodillas y se limpió las manos con el pañuelo durante mucho más rato del que hacía falta. Después volvió a entrar en la cocina, donde el sargento ya tenía a Higinio de pie.

—Sargento, hágame usted un último favor antes de llevárselo.

—Diga.

—Baje conmigo a la bodega. —Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar—. Y que alguien me traiga una vela y una caña de las de vareo.

↑ Inicio del relato

Primero baja el candil

Capítulo 4

IV

Bajaron todos hasta la puerta de la bodega, y a nadie le pareció que hiciera falta preguntar por qué.

Delante iba Valmont con una caña de vareo de tres metros. Detrás, el sargento Olarra y sus dos números, y detrás Higinio sin esposas, y Sabina pegada a su marido, y Bruna, y Efrén, y al final doña Práxedes agarrada del brazo de la niña. El doctor Loza llegó cuando ya estaban todos y se quedó en el último escalón de la escalera exterior, con el maletín en la mano, sin saber para qué lo había traído.

Valmont ató una vela a la punta de la caña con dos vueltas de bramante. La encendió, y la llama subió recta y amarilla en el aire quieto del patio.

—Sargento, ¿me hace usted el favor de descorrer la tranca?

Olarra la descorrió. La puerta se abrió sobre la escalera negra y salió de allí abajo el olor dulce y el ruido menudo del mosto, que aquella noche se oía más que nunca.

Valmont metió la caña por el hueco y fue bajando la vela escalón por escalón, muy despacio, contándolos en voz alta para que todo el mundo los contara con él.

—Uno. Dos. Tres.

La llama seguía recta.

—Cuatro.

La llama se encogió, se puso azul por abajo, se estiró una vez y se apagó.

No la apagó ninguna corriente de aire, porque no había ninguna corriente de aire. Se apagó sola, del mismo modo que se apaga una vela debajo de un vaso.

Nadie dijo nada. El sargento Olarra retrocedió medio paso instintivamente, sin darse cuenta.

Valmont subió la caña, encendió otra vez la vela en el patio y la llama prendió a la primera y se quedó recta y quieta. Volvió a bajarla. Al cuarto escalón se apagó exactamente igual.

—El mosto se come el aire —dijo, y sacó la caña—. Se lo come mientras hierve y devuelve otro que no sirve. Ese otro pesa más que el nuestro y no sube: se queda abajo, tumbado en el suelo, como el agua en una alberca. Ahora mismo, en esa bodega, hay metro y medio de algo que no se ve, no hace ruido y no huele a nada, porque encima huele a fruta.

—El sábado bajé yo hasta abajo del todo —dijo Valmont—, con la puerta abierta desde el mediodía, y estuve medio minuto y subí con el corazón desbocado. Hoy la puerta lleva cerrada desde ayer. Por eso hoy se apaga en el cuarto escalón y el sábado no se habría apagado hasta el sexto.

—A un hombre eso lo mata —dijo Efrén, muy bajo.

—A un hombre eso lo mata en tres minutos, y no se entera. Primero se le apaga la luz y después se le apaga él. Por eso baja primero el candil y después el hombre, madame —añadió, y se volvió hacia doña Práxedes—. Y por eso en octubre no se baja. Su hermano de usted lo sabía perfectamente. Lo que no hizo nunca fue decir por qué.

—Y el gato tampoco baja —dijo Nieves, muy bajito.

—El gato tampoco baja, mademoiselle. El gato es el único de esta casa que no necesita que se lo expliquen.

La anciana tenía las dos manos en el puño de su bastón y no contestó.

—Vamos a la cocina —dijo Valmont—. Esto se cuenta sentados.

Se sentaron todos alrededor de la mesa, menos Valmont, que se quedó de pie con la espalda a la lumbre y con las tres cosas delante: el candil, la cuerda y la caja de hojalata abierta.

—La señorita Mercedes bajó a esa bodega la noche del viernes, sola, a la una y media o las dos. Bajó a sacar esto —dijo, y puso un dedo en la caja—. Lo enterró ella con veintiún años y vino a buscarlo con cuarenta y cuatro, y no tenía más que una noche, porque el sábado por la mañana bajaba yo a medir las cubas y a ver el suelo. Eso lo dije yo en esta mesa, delante de ella y delante de todos ustedes.

Se limpió las manos con el pañuelo y siguió.

—Cogió el candil de la alcayata de la cocina y el escoplo del banco del carpintero, y descorrió la tranca, y bajó. En el quinto escalón se le apagó el candil. Ahí está, lleno de aceite hasta el gollete y con la mecha nueva.

Levantó el candil por el asa y lo dejó otra vez.

—Y entonces hizo lo que habría hecho cualquiera de nosotros. Encendió una cerilla. Se le apagó. Encendió otra. Se le apagó. Encendió la tercera. Las tres están ahí abajo, en el mismo escalón, quemadas hasta la mitad del palo. —Valmont miró uno por uno a los que estaban sentados—. Ustedes habrían subido. Ella no subió, porque ella no sabía. Esta mujer se fue de aquí una semana antes de que se dijera en esta casa que en octubre no se baja. Es la única persona del mundo a la que esa regla no le llegó nunca.

Bruna se tapó la cara con las dos manos.

—Bajó a oscuras los tres escalones que le faltaban, contando de memoria, y llegó al suelo. Y en el suelo, señores, el aire malo le llegaba por encima de la cabeza. Tuvo tiempo de arrodillarse, de meter el escoplo por la junta y de levantar la losa con las manos, y por eso tiene tierra en las ocho uñas. Se cayó de bruces al lado. Yo calculo que no llegó a saber que se estaba muriendo.

—¿Y quién la mató? —preguntó Olarra.

—No la mató nadie, sargento. Llevo dos días queriendo decírselo a usted y no podía, porque hasta esta tarde no tenía una vela.

El sargento abrió la carpeta de hule y la volvió a cerrar.

—Todo lo que a usted le parecía un crimen se hizo después de que esa mujer estuviera muerta —continuó Valmont—. Y no lo hizo una persona. Lo hicieron cuatro, y ninguna de las cuatro sabía lo que hacían las otras tres. Eso es lo que me ha tenido a mí dos días de pie delante de esa puerta.

Se apoyó en el respaldo de una silla vacía.

—Yo no me pregunto nunca quién pudo hacerlo. Me pregunto qué clase de persona hizo esto precisamente de esta manera. Y aquí no me salía la cuenta, porque aquí hay cuatro maneras y no se parecen en nada.

Levantó un dedo.

—Alguien sube un cuerpo a rastras por ocho escalones tirando de los sobacos, que es una brutalidad, y después lo tiende boca arriba en la losa limpia y le pone las manos a los lados. El que hace la brutalidad y el que coloca las manos son la misma persona y son dos personas distintas. Eso es un hermano. Y ese hermano lleva dos días con la cara gris y vomitando en el corral, sargento, y usted y yo lo hemos estado leyendo como arrepentimiento. No es arrepentimiento. Es el mismo aire, en pequeño.

Higinio tenía los ojos clavados en la mesa.

—Alguien, veinte minutos después, le vuelve un bolsillo del revés y no le toca el anillo ni el reloj ni el dinero que llevaba encima. Eso no es un ladrón. Eso es alguien que sabía qué papel buscaba, porque se lo habían enseñado la noche antes.

—Fui yo —dijo Bruna, sin destaparse la cara.

—Alguien, a las seis y cuarto, ve la puerta abierta, no mira dentro, echa la tranca y se va a por los vendimiadores para ganar una mañana. Ese hombre no está pensando en un cadáver. Está pensando en ciento treinta cántaros de vino y en el lunes.

—Y ese soy yo —dijo Efrén.

—Ese es usted, y de eso responderá usted en Solmena, que es donde toca. —Valmont levantó el cuarto dedo—. Y falta la cuarta. La cuarta no tocó el cuerpo, ni el bolsillo, ni la puerta. La cuarta salió una noche al corral con una tenaza a arrancar una tabla de la pared.

Sabina Ozcoz se levantó de la silla tan deprisa que la volcó.

—Señora, hágame usted el favor de sentarse.

—Yo no he arrancado nada.

—La tabla está entre los sarmientos, con la arpillera todavía clavada y los cuatro clavos torcidos —dijo Valmont, y no levantó la voz en ningún momento—. En el marco de la tronera hay cuatro agujeros y la madera del fondo está clara. Esa tabla se puso hace tres o cuatro meses y se quitó anteanoche.

La mujer se quedó de pie, con las manos colgando.

—El año pasado su hija estuvo ocho días vomitando, con jaqueca, y don Fermín le dijo a usted que era del olor del mosto y que la sacara al campo —siguió Valmont—. La niña duerme encima del corral. Y la tronera de la bodega da al corral, debajo de su ventana.

—Yo la tapé en julio —dijo Sabina.

—Con una tabla y un saco.

—Con una tabla y un saco. —Le empezaron a caer las lágrimas, y ella siguió de pie y sin limpiárselas—. Para que la niña no volviera a ponerse mala. Eso es todo lo que hice. Un agujero de un palmo y medio en una pared de mi casa.

—Y por ese agujero de un palmo y medio respiraba la bodega —dijo Valmont—. Siéntese usted, se lo ruego. Nadie de los que estamos aquí habría hecho otra cosa.

Sabina se sentó y se echó a llorar encima de la mesa, y su marido le puso una mano en la espalda y la dejó allí.

—Falta la última cosa —dijo Valmont— y es de hace veintitrés años.

Doña Práxedes levantó la cabeza.

—El catorce de octubre, un chico de veinticuatro años que se iba a marchar a América bajó a esa bodega a recoger una caja de hojalata que estaba enterrada bajo una losa. Era octubre y el mosto hervía, y entonces no había ninguna regla y nadie se lo había dicho a él tampoco.

Nadie respiraba en la cocina.

—La señorita Mercedes lo encontró abajo. Lo subió a rastras, igual que su hermano la subió a ella el sábado, y salió al patio con él en los brazos dando voces. Y su padre de ustedes bajó a ese patio y vio lo que había: un muerto, una hija con la maleta hecha y una bodega que acababa de matar a un hombre.

—Y lo metió en el pilón —dijo Bruna.

—Lo metió en el pilón. Por eso don Anselmo dijo delante de esta señora que aquel chico no tenía agua en el pecho, y por eso lo escribió y no insistió. —Valmont hizo una pausa muy corta—. Y a su hija le dijo que la Guardia Civil diría que había sido ella, y que no había manera de probar lo contrario, y que cogiera el coche de las cinco.

—¿Y por qué? —preguntó Bruna—. ¿Por qué le dijo eso a su hija?

—Porque una bodega que mata a un hombre no vale nada, mademoiselle, y todo lo que esta casa tenía estaba metido en esa bodega. —Valmont miró el cuaderno de tasación, que seguía abierto encima de la mesa—. Su padre eligió. Y después, para que no volviera a pasar, prohibió bajar en octubre, y no explicó nunca por qué, y así lo cumplieron ustedes veintitrés años. Le funcionó, señores. Le funcionó con todos menos con la única que no estaba.

Doña Práxedes se pasó el pañuelo por debajo de los ojos, una sola vez, y volvió a guardárselo.

—Sargento —dijo Valmont—, escriba usted muerte accidental y duerma bien.

Olarra tardó bastante en contestar. Después sacó el lápiz y anotó tres palabras.

La casa se fue vaciando lentamente. Se llevaron a Sabina a acostar, y Bruna salió detrás de su tía, y los números apagaron la lámpara del patio.

Valmont se quedó solo en la cocina con Higinio Reinares, que no se había movido de la silla.

—Monsieur, me queda una pregunta y no tiene nada que ver con el sargento.

—Pregunte.

—Usted bajó a esa bodega con una vela y con una cuerda atada al poste. —Valmont se sentó enfrente de él, por primera vez desde que había llegado a la casa—. Un hombre que se despierta y echa en falta a su hermana baja corriendo y a oscuras y llamándola a gritos. No se ata una cuerda a la cintura. El que se ata una cuerda ya sabe lo que va a encontrar, y lleva un rato sabiéndolo.

Higinio miraba el candil de latón encima de la mesa.

—Vi la luz por debajo de la puerta desde mi ventana —dijo.

—¿A qué hora?

—A las dos menos algo.

—¿Y bajó usted a las cinco y diez?

—A las cinco y diez.

Valmont no dijo nada. Fuera se oía el mosto.

—Tres horas —dijo Higinio—. Estuve sentado en el borde de la cama tres horas, con las botas puestas. Y le voy a decir la verdad, monsieur, porque ya da lo mismo. Yo no pensé ni una vez en el aire. Yo pensé que estaba abajo revolviendo y que se iba a llevar lo que fuera, y que cuando lo tuviera se iría, y que si yo no bajaba a lo mejor se iba de esta casa y no volvía nunca.

—Ya.

—Y bajé cuando amanecía porque no aguantaba más. —Se le movió la cara una sola vez y se le quedó quieta—. Tres horas. ¿Usted cuánto cree que aguanta una persona ahí abajo?

—Tres minutos —dijo Valmont.

Y no añadió nada, porque no había nada que añadir y porque le pareció que aquel hombre iba a tener que vivir con esa cuenta hasta el final, y que no le hacía falta ninguna ayuda para hacerla.

Se marchó al día siguiente en el coche de línea de las once.

Dejó encima de la mesa del comedor las nueve hojas de la tasación, con las cubas, la era, el tejado, las dos yuntas y la bodega, todo con su precio al lado. Le devolvió a Bruna Reinares media cuartilla de cuaderno doblada en cuatro y le dijo que era suya. Y a doña Práxedes, que lo acompañó hasta la cancela apoyada en su bastón, le dijo una sola cosa más, que no venía a cuento de nada.

—Yo anuncié en esa mesa que el sábado bajaría a ver el suelo, madame. Su sobrina tenía una noche.

—Usted no sabía.

—No, madame. Yo no sabía. —Se puso el sombrero—. Es lo que se dice siempre en esta casa.

Desde el cruce, mientras esperaba el coche, se veía el patio del lagar de Anzuela por encima de la tapia.

La puerta de la bodega estaba abierta de par en par, y llevaba abierta desde el amanecer, y en la pared del corral el hueco de la tronera estaba limpio de sarmientos. Higinio Reinares apareció en el patio con una vela encendida en la mano. Se paró en lo alto de la escalera, la puso por delante, y bajó el primer escalón muy despacio, mirándola.

Valmont lo estuvo viendo bajar hasta que llegó el coche.

Fin

Primero baja el candil

Miss Cordial

Tres cosas recogidas

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