Tres cosas recogidas

Un desprendimiento deja incomunicada una casa en un puerto de montaña con siete personas dentro y doce grados bajo cero. Por la mañana, la dueña aparece muerta en el invernadero, sentada en su butaca, y nadie ha entrado ni ha salido en toda la noche. Aristide Valmont, un perito judicial al que la nieve ha desviado del camino, se queda mirando tres cosas que alguien recogió y que no hacía ninguna falta recoger.

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  • Aristide Valmont
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Contenido
  1. 01I
  2. 02II
  3. 03III

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Tres cosas recogidas

Capítulo 1

I

El automóvil se detuvo a media legua del puerto, delante de una muralla de nieve que le llegaba al automóvil por encima del capó.

—Hasta aquí —dijo el chófer—. Hasta aquí, y no discutimos, que yo tengo mujer.

Aristide Valmont bajó y estuvo un buen rato mirando el camino. La nieve había caído del talud en un solo bloque, limpiamente, como si alguien la hubiera recortado con una pala descomunal. Al otro lado continuaba ascendiendo la carretera entre los pinos, muy blanca y muy quieta.

—¿Cuánto queda hasta la casa?

—Veinte minutos caminando. Menos, si no llevara usted esa maleta.

Llevaba maleta, y la llevó él mismo, cambiándola de mano cada cincuenta pasos. A mitad de la cuesta alcanzó a un hombre corpulento que subía delante con un maletín de médico.

—Le he oído resoplar a usted desde la curva de abajo —comentó el hombre—. Roine. Médico de Betanes, para lo que guste.

—Valmont. Y resoplo desde hace años, no se alarme.

El médico lo miró de lado sin dejar de andar.

—Usted no es de aquí.

—De Neuchâtel. Suiza.

—Pues habla usted mejor que la mitad de Betanes.

—Llevo treinta años practicando. Al principio se me notaba en las erres. —Valmont se cambió la maleta de mano—. Ahora solo se me nota en que soy demasiado educado.

—Eso aquí lo van a tomar por otra cosa.

—Lo sé. Suelo aprovecharlo.

—¿Va usted a la casa Vallongo? No hay otra cosa a la que ir por este camino.

—Iba a Sarnia, a tasar una casa. Ahora, evidentemente, voy a la casa Vallongo.

El doctor se rio brevemente y sin convicción. Tenía el rostro congestionado por la subida y una barba descuidada de varios días.

—No es mal sitio para quedarse encerrado, se lo aseguro. Se come mejor que en el hotel de Sarnia. —Se pasó el pañuelo por la frente—. Yo subo por la señora mayor. Neuralgia. Cuarenta años de neuralgia y ni un día de silencio.

—Hace frío.

—Hará más esta noche. En la terraza de la casa tienen un termómetro, y en enero baja de doce bajo cero sin dificultad. —El doctor señaló el cielo con el maletín—. Y esta noche está despejando, que es lo peor.

Llegaron con la última luz. La casa Vallongo era larga y baja y estaba pegada a la ladera, con las contraventanas pintadas de un verde que alguna vez había sido oscuro. En el extremo derecho, adosado al cuerpo principal, había un invernadero de hierro y cristal, con la estructura enteramente cubierta de escarcha por la parte de dentro.

Abrió la puerta una mujer mayor con el cabello blanco recogido muy tirante.

—Doctor. —Y después, con el mismo tono—: Y usted.

—Este señor venía de paso y se ha encontrado el camino cortado —dijo Roine.

—Ya lo sé, que lo hemos visto desde la ventana esta mañana. Pasen los dos, hagan el favor, que se está enfriando la casa entera.

Se llamaba Ramona Casal y llevaba, según supo Valmont algo más tarde, cuarenta años en aquella casa. Lo instaló en una habitación del primer piso, le entreabrió la ventana un dedo y volvió a cerrarla enseguida, cambió de sitio la jofaina y se llevó una toalla que estaba doblada cuidadosamente.

—La cena se sirve a las ocho —anunció desde la puerta—. La señorita no acostumbra a esperar a nadie.

La señora era Emilia Sarrión y no esperó a nadie. Cuando Valmont bajó, ya estaba sentada a la cabecera de la mesa con un libro de cuentas junto al plato. Era una mujer de cuarenta y tantos años, de cara seca, con las manos muy quietas.

—Usted perdonará la casa —dijo—. Es fría, es vieja y no tiene remedio.

—Es usted muy amable acogiendo a un desconocido.

—No es amabilidad, es simplemente aritmética. No hay otro sitio donde ponerlo a usted.

Cenaron siete personas. Valmont los fue clasificando según intervenían, que era su método y le había dado buenos resultados. A la derecha de Emilia, un hombre de cuarenta y pocos, atractivo de una manera deteriorada, que se llamaba Damián y era primo suyo. Enfrente, Renata Oyón, la administradora de la casa, que había llegado de la ciudad con Emilia y comía sin levantar la mirada del plato. El doctor. Una muchacha jovencísima que servía la mesa y se llamaba Ada. Y Ramona, que no llegaba a sentarse del todo en ningún momento.

—¿Y la señora Adela? —preguntó el doctor.

—Arriba, que ha dormido bastante mal —contestó Ramona—. Le he subido caldo a las seis y se lo ha tomado entero.

—Subiré a verla después de cenar.

Emilia cerró el libro de cuentas y lo dejó encima de la mesa, a un lado del plato, alineado con el borde.

—Ya que estamos todos reunidos —continuó—, y ya que evidentemente nadie puede salir de aquí, esta noche me parece tan buena como cualquier otra. He vendido la casa.

Nadie pronunció una sola palabra durante un rato bastante largo. Ada se quedó paralizada en mitad del comedor, con la salsera todavía en la mano.

—¿La has vendido —preguntó por fin Damián— o estás pensando en venderla?

—La escritura se firma el catorce del mes que viene. Es lo mismo.

—No es lo mismo, Emilia, y lo sabes de sobra.

—Para vosotros es lo mismo el catorce que hoy.

Damián se recostó hacia atrás en la silla y se rio contemplando el techo. Se había servido vino tres veces y la botella estaba bastante más cerca de él que del centro.

—¿Y nosotros, señorita? —preguntó Ramona.

Lo preguntó desde detrás, sin dejar de recoger platos, con una voz completamente normal. A Valmont le pareció que era la única pregunta razonable que se había formulado en aquella mesa.

—Tendréis lo que legalmente os corresponda. Lo he consultado despacio con el notario de Sarnia.

—Yo no le estaba preguntando lo que me corresponde legalmente.

—Ya sé lo que me estabas preguntando, Ramona.

La conversación se rompió por ahí. Renata mencionó el precio de la leña este invierno y el doctor lo agradeció visiblemente y se aferró a ello, y durante veinte minutos hablaron de la leña con un interés que no tenía ninguno de los dos. Valmont comió despacio y aprovechó para estudiar el comedor.

Era una casa donde todo estaba en su sitio de una manera casi molesta. Los cuadros perfectamente derechos. Los cubiertos a la misma distancia del borde. En la repisa de la chimenea, tres candeleros ordenados por altura. En el respaldo del sofá del salón, doblada en tres, una manta escocesa que nadie usaba.

—¿Le gusta a usted la casa? —le preguntó Renata.

—Me interesa más quien la cuida, si le digo la verdad.

—Ah, eso es Ramona. —Rebajó la voz sin necesidad, porque la interesada estaba en la cocina—. Los crió a los dos, ¿sabe usted? A la señorita Emilia y al señor Damián. Uno pensaría razonablemente que eso vale algo en esta casa.

Después de la cena, el doctor Roine extrajo del bolsillo un frasquito de vidrio marrón y lo dejó en la mesita del vestíbulo mientras se ponía la chaqueta.

—Ramona, ¿me consigue usted un vaso de agua, por favor?

—¿Otra vez las gotas, doctor? La última vez estuvo dos días atontada.

—Otra vez. Diez gotas en agua, cuando se acueste, y ni una sola más, que la señora ya no tiene edad para estas cosas.

—Sé de sobra cómo se dan unas gotas.

—Ya sé que lo sabe, mujer. Se lo digo por decir algo.

Valmont presenció la operación completa desde el sillón. El doctor midió la dosis, contó en voz alta hasta diez y tapó el frasco con cuidado. La administradora se lo llevó después, y Valmont oyó girar una llave en el armario del pasillo.

A las once menos cuarto, Emilia se levantó con el libro de cuentas debajo del brazo.

—Buenas noches a todos. Estaré en el invernadero, como siempre.

—Aquello está helado, Emilia —dijo Damián.

—Está tranquilo, que es distinto y me conviene más.

Ramona apareció desde la cocina con una taza en su platillo, sin que nadie se la hubiera pedido.

—La manzanilla —dijo—. Con miel, como todas las noches de los últimos veinte años.

—Gracias, Ramona.

Fue lo último que Valmont le oyó decir a Emilia Sarrión. Cruzó el comedor con la taza en una mano y el libro en la otra, y no se despidió de nadie más.

Poco después Ramona pasó por delante de él con una bayeta y limpió una señal de humedad del mantel, y de camino se llevó la copa de Valmont, que todavía tenía vino.

—Usted perdone —dijo ella, y no la devolvió.

—Faltaría más. Yo también recojo lo que no debo.

—Y esa puerta. —Señaló con la barbilla hacia el fondo del pasillo—. Llevo tres semanas pidiendo que arreglen esa puerta y ahí sigue. No cierra. Entra el aire por debajo y se está quejando la noche entera.

—¿La del invernadero?

—La del invernadero. Aquí las cosas se piden durante tres semanas y luego ya no hace ninguna falta pedirlas.

Valmont subió a acostarse a las once y media, cansado del viaje. En el pasillo se cruzó con Ada, que bajaba con una vela y que le dio las buenas noches dos veces seguidas. Oyó cerrarse una puerta en la planta baja. Oyó el viento, que en efecto se quejaba.

Durmió mal, como dormía invariablemente fuera de su casa.

El grito llegó a las siete y veinte de la mañana.

Fue un grito breve, sin palabras, que se cortó él solo. Valmont estaba ya vestido, porque tenía la costumbre de vestirse enteramente antes de saber para qué. Bajó y siguió a los demás hasta el fondo del pasillo, donde una puerta de cristales daba al invernadero.

Dentro hacía el mismo frío que fuera. La puerta que daba a la terraza estaba abierta de par en par y había entrado la nieve hasta el centro de la sala, en una lengua fina y ondulada, igual que la arena.

Emilia Sarrión estaba sentada en la butaca de mimbre, de espaldas a la puerta.

—No la toquen ustedes —ordenó el doctor.

Nadie la estaba tocando. Ada seguía clavada en el umbral con las dos manos sobre la boca. Damián apareció descalzo, en camisa, y se detuvo en seco a tres pasos de la butaca.

El doctor le levantó la barbilla con dos dedos y volvió a dejársela como estaba.

—Desde hace horas —dijo—. Con este frío no le puedo decir cuántas.

Valmont no se movió del sitio. Desde allí veía tres cosas, y las fue mirando por orden, sin prisa, mientras los demás hablaban a su alrededor.

Observó la lámpara de pie que había junto a la butaca, apagada, con su pantalla de porcelana verdosa y su cordón colgando. Observó el libro de cuentas caído boca abajo en el suelo y un zapato al lado, como si el pie se hubiera desprendido muy despacio. Y advirtió que sobre la falda de la muerta, entre los pliegues, había un polvo de nieve muy fino que nadie había tocado todavía.

Porque encima de la falda, cubriéndola desde los hombros hasta las rodillas, había una manta escocesa.

—Por lo menos no murió destapada —susurró Ada, y se echó a llorar.

Ramona la sacó de allí sin decir una palabra, con una mano firme en la espalda, y se la llevó directamente a la cocina.

El doctor Roine se agachó otra vez junto a la butaca. Aproximó el rostro a la boca de la muerta, se quedó así un segundo más de lo necesario y se levantó con dificultad, apoyándose en la rodilla.

—¿Qué pasa? —preguntó Damián.

—No ocurre nada, Damián.

—Usted ha olido alguna cosa, doctor. Le he visto el semblante.

—Y yo le he contestado a usted que no ocurre nada en absoluto.

Valmont dio entonces el primer paso que había dado desde que entró. Fue hasta la mesita que había al otro lado de la butaca y se inclinó sobre ella con las manos a la espalda.

Encima había un platillo, y encima del platillo una taza.

Estaba limpia. Limpia del todo y seca del todo, y a Valmont, que se había pasado treinta años tasando las cosas de los muertos, aquella taza le pareció el objeto más inexplicable de la habitación.

Cerró él mismo la puerta de la terraza. Le costó bastante, porque en efecto no encajaba.

—Doctor —dijo—. ¿Sería mucha molestia pedirle que subiera usted a buscar su frasco?

Roine tardó once minutos en volver. Cuando volvió traía el frasco marrón en la mano y el semblante de otro color.

—Estaba donde tenía que estar —respondió—. Bajo llave, en el armario del pasillo, exactamente donde lo dejó la señorita Renata.

—¿Y bien?

El doctor levantó el frasco a contraluz y lo giró muy despacio. El líquido se movió allá abajo, casi en el fondo del frasco.

—Y ayer por la noche yo le di diez gotas a una vieja —concluyó—. Aquí falta media botella.

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Tres cosas recogidas

Capítulo 2

II

Trasladaron el cuerpo de Emilia Sarrión a la despensa fría, que era el único sitio razonable, y el doctor Roine cerró la puerta con una llave que después dejó encima de la repisa de la chimenea, a la vista de todo el mundo.

—Alguien tendrá que avisar a la Guardia Civil —comentó.

—Alguien tendrá que llegar primero a Betanes —contestó Damián—. Yo no pienso intentarlo con esta nieve.

—Nadie va a intentarlo —intervino Valmont—. Y como nadie va a intentarlo, tenemos por delante dos días bastante largos. Si les parece razonable, yo hablaré con ustedes individualmente.

—¿Y usted quién es exactamente? —preguntó Renata.

—Aristide Valmont, perito judicial. Treinta años en las listas de tres audiencias. Cuando un juzgado necesita que alguien de fuera diga qué le ha pasado a una casa, o a un fuego, o a lo que deja un muerto, me llaman a mí.

—Eso aquí no le da a usted ninguna autoridad.

—Ninguna, mademoiselle. Soy un señor que llegó ayer y que no conocía a la difunta. En esta casa, eso es casi una virtud.

Nadie discutió. Valmont se instaló en la biblioteca, que era la habitación más templada de la planta baja, y fue recibiéndolos por el orden que se le antojó, que no era el alfabético ni el de la escalera.

La biblioteca tenía las paredes forradas de libros que nadie había abierto en veinte años, ordenados por tamaño y olía a humedad y a ceniza vieja. Valmont acercó dos sillones a la ventana. Quien se sentara enfrente recibiría la claridad blanquísima de la nieve directamente en la cara. Era un procedimiento viejo y bastante desleal, y le había resultado útil durante treinta años.

Damián Sarrión entró el primero y se sentó sin que se lo indicaran.

—Anoche se acostó usted ¿a qué hora?

—A la una, más o menos. Quizá a la una y cuarto, no sabría precisarlo.

—¿Y qué estuvo haciendo entre las once y la una?

—Bebiendo, monsieur Valmont, como todo el mundo sabe. Es lo que hago siempre entre las once y la una.

—¿Solo?

—Completamente solo. Es también una costumbre bastante arraigada.

Valmont se limpió las manos con el pañuelo, cuidadosamente, aunque las tenía perfectamente limpias desde el desayuno.

—Su prima había vendido la casa —dijo—. Usted vive aquí.

—Vivía aquí. Ya no vivo en ninguna parte.

—¿Y eso le parecía a usted equitativo?

—Me parecía muy propio de ella. Emilia tenía razón siempre, ¿comprende usted? Tenía razón de una manera insoportable y minuciosa, y la tuvo también anoche, y ahora está en la despensa, muy fría y muy callada.

—Le tenía usted afecto.

Damián lo miró un momento muy largo y después se rio, sin alegría.

—Le tenía terror —respondió—. Que dura más.

Cuando salió, Valmont se quedó inmóvil un buen rato. Por el pasillo se alejaban unos pasos que no llevaban prisa.

Renata Oyón entró después y se quedó de pie hasta que Valmont le señaló la silla.

—Usted lleva las cuentas de la casa.

—Las llevo desde hace cuatro años, y las llevo bien.

—Anoche la señorita Emilia tenía el libro de cuentas encima de la mesa durante la cena entera, y se lo llevó al invernadero. ¿Es habitual?

—Todas las noches, sin faltar una. Lo repasaba antes de acostarse. —Renata alisó una arruga inexistente de su falda—. Y sí, monsieur, iba a auditarlas. Ya que va usted a averiguarlo de todas maneras, se lo ahorro.

—Se lo agradezco mucho. ¿Qué encontraría?

—Doscientas cuarenta pesetas al mes durante catorce meses. Mi hermana está en un sanatorio en Vielsa y cuesta exactamente eso.

Lo dijo con la barbilla muy alta y sin ningún temblor, y Valmont pensó que aquella mujer llevaba meses ensayando la frase delante del espejo.

—Una última cosa. El frasco del doctor.

—En el armario del pasillo, bajo llave. Yo guardo todos los medicamentos desde que la señorita Emilia me lo pidió.

—¿Por qué se lo pidió?

—Porque no se fiaba del señor Damián con una botella de nada. —Se levantó sin que la despidieran—. La llave la tengo yo, monsieur, y el armario estaba cerrado esta mañana. Sáquele usted el partido que quiera.

La administradora cerró la puerta detrás de sí con una delicadeza exagerada, que en aquella casa equivalía a un portazo.

El doctor Roine se sentó pesadamente, con las rodillas separadas, y estuvo un buen rato mirándose las manos abiertas antes de decir nada.

—Usted olió algo esta mañana —dijo Valmont.

—Hidrato de cloral. En el aliento, inconfundible. Es un olor dulzón, parecido al de la pera pasada, y no se confunde con nada.

—¿Y por qué se lo calló usted delante de todos?

—Porque el frasco era mío, naturalmente. —Levantó la vista—. Y porque no es la primera vez que firmo algo en esta casa sin mirarlo demasiado.

—Cuénteme eso, se lo ruego.

Roine tardó bastante en empezar. Cuando empezó, habló atropelladamente, igual que quien desciende una cuesta.

—Hace once años se quemó el pabellón del jardín. Dentro estaba el padre de la señorita Emilia, don Marcial, que dormía allí cuando había bebido. Yo firmé el certificado de defunción sin examinar el cuerpo debidamente. Escribí asfixia por humo y me marché a mi casa.

—¿Y era asfixia por humo?

—Con toda probabilidad lo era. Pero yo no lo comprobé, y eso es distinto.

—¿Qué le dieron a cambio?

—Me perdonaron una deuda de dos mil pesetas, íntegramente. —El doctor se pasó la mano por la barba—. Anoche, antes de cenar, la señorita Emilia me preguntó por aquel certificado. Once años sin nombrarlo, y anoche me preguntó.

Fuera, la nevada había disminuido hasta convertirse en un polvo suspendido que no terminaba de caer. Valmont estuvo mirándola mientras el doctor recogía su maletín. Aquella casa llevaba once años conservándolo todo, igual que la nieve conserva las huellas.

Ada Mun se sentó en el borde de la silla, incomodísima y contestó que sí a todo durante cinco minutos seguidos.

—¿A qué hora se acostó usted?

—A las once, señor. En cuanto recogí.

—¿Y no volvió a levantarse en toda la noche?

—No, señor. Yo duermo de un tirón, siempre.

—Es usted afortunada —observó Valmont con amabilidad, y no le preguntó nada más.

La muchacha salió muy aliviada, con esa alegría desproporcionada de quien ha mentido y cree que le ha salido bien.

Ramona Casal fue la última, y entró secándose todavía las manos en el delantal.

—Siéntese, madame.

—Prefiero quedarme de pie, si no le importa. Llevo cuarenta años de pie en esta casa.

—Como usted prefiera. ¿Le llevó usted la manzanilla anoche?

—Todas las noches desde hace veinte años. Manzanilla con miel, en cuanto se retiraba.

—¿Y hablaron ustedes?

Ramona se quedó mirando la ventana un buen rato. Fuera seguía nevando muy despacio.

—Hablamos —contestó—. Y ya que vamos a estar aquí encerrados, prefiero contárselo yo antes de que se lo cuente cualquier otro y salga peor.

—Se lo agradeceré mucho.

—El pabellón lo quemó el señor Damián. —Lo dijo con el mismo tono con que había anunciado que la cena era a las ocho—. Tenía treinta años y estaba borracho perdido y se durmió con un cigarro. Cuando yo llegué, él estaba sentado en la hierba, mirando cómo ardía y no recordaba ni cómo se llamaba.

—¿Y qué hizo usted?

—Lo metí en la casa, lo lavé, le cambié la ropa y quemé la que llevaba. Y por la mañana dije que había estado conmigo en la cocina desde las diez. —Se alisó el delantal con las dos manos—. Y eso he sostenido durante once años delante de todo el que ha preguntado.

—¿Y anoche?

—Anoche la señorita Emilia me dijo que lo sabía. No sé cómo lo averiguó, y ya no se lo puedo preguntar. Me dijo que en cuanto se abriera el camino iría a Betanes a contarlo todo.

—¿Y usted qué le contestó?

—Le contesté que hiciera lo que tuviera que hacer. —Ramona lo miró de frente por primera vez—. Y luego le di las buenas noches y me fui a la cama, señor, que es lo que hago todas las noches de mi vida.

Cuando terminó, se quedó bastante más tranquila. Valmont lo notó enseguida: se le habían soltado los hombros y respiraba de otra manera, igual que quien deja en el suelo un fardo que llevaba cargando demasiado tiempo.

—Una cosa más, madame. ¿Usted crió al señor Damián?

—Yo los crié a los dos. A ella desde los seis años y a él desde los siete.

—Ya.

—No, si usted no ha entendido nada. —Recogió del brazo del sillón la taza vacía de Valmont, que llevaba media hora allí, y se la llevó sin darle importancia—. Es que a los dos, señor. A los dos exactamente igual.

Valmont almorzó solo y muy despacio, pensando en otra cosa, y después se quedó largo rato de pie delante de la chimenea del salón, enderezando un candelero que no estaba torcido.

A media tarde, Ada le buscó por el pasillo y le habló muy deprisa y muy bajo.

—Yo no quería decirlo delante de todos, señor.

—Diga usted.

—El señor Damián estuvo levantado hasta tardísimo. Yo vi la luz de la biblioteca por debajo de la puerta a las dos de la mañana, y le oí abrir la chimenea de la biblioteca.

—¿Está usted segura de la hora?

—Segurísima, señor.

—Es curioso —dijo Valmont con mucha amabilidad—. Porque usted esta mañana me ha explicado que durmió toda la noche de un tirón.

Ada enrojeció hasta el nacimiento del pelo y se fue por donde había venido, sin contestar.

Valmont fue entonces a la biblioteca y se agachó delante de la chimenea. Removió las cenizas con el atizador y sacó tres trozos de papel que no habían ardido del todo. En uno se distinguía media fecha. En otro, la mitad de una firma reconocible.

Llamó a Damián y se los enseñó sin decir nada.

—Cartas —dijo Damián al cabo de un momento—. De hace once años. Ramona se las escribió al administrador antiguo cuando lo del pabellón, y el hombre se murió, y volvieron aquí dentro de una caja de zapatos. Yo no sabía que existían hasta el mes pasado.

—Y las quemó usted anoche.

—Las quemé anoche, sí. A las dos de la madrugada. —Se le movía un músculo debajo del párpado—. Emilia me lo dijo después de cenar. Que lo sabía. Que iría a Betanes. Y yo bajé y quemé lo único que quedaba escrito, y le juro a usted que eso es todo lo que hice.

—Usted me dijo que se acostó a la una.

—Le mentí, naturalmente. ¿Qué habría hecho usted?

Antes de que oscureciera del todo, Valmont se abrigó y salió a la terraza del invernadero por la puerta que no cerraba bien.

La nieve de la terraza estaba intacta, salvo en una franja pegada a la pared, donde el alero la había resguardado del viento. Allí, marcadas y muy claras, había unas huellas pequeñas que avanzaban hacia la esquina de la casa y regresaban.

Las estuvo mirando un buen rato, con las manos a la espalda. Después midió una con el pie, se enderezó y volvió adentro.

La casa entera se había vuelto silenciosa de una manera antinatural. Nadie encendía las lámparas antes de necesitarlas. Nadie subía las escaleras deprisa. Y las conversaciones se interrumpían invariablemente en cuanto Valmont aparecía por una puerta.

Aquella noche cenaron cinco personas y no habló prácticamente ninguna. Al levantarse de la mesa, el doctor le cerró el paso en el pasillo.

—Es el sobrino —murmuró—. Motivo, mentira y la chimenea encendida a las dos de la madrugada. Yo he visto ahorcar por bastante menos.

—Mon Dieu.

Lo dijo muy bajo y en su idioma, y fue lo único que dijo en su idioma en toda la semana. El doctor se quedó parado con la mano en el picaporte.

—¿Cómo dice?

—Nada. Se me escapa cuando algo me molesta de verdad, y cada año me molestan menos cosas. —Valmont se guardó el pañuelo—. Es muy posible que tenga usted toda la razón, doctor.

—¿Pero?

Valmont se detuvo debajo de la lámpara del pasillo y se alisó el bigote despacio con el dorso del pulgar. Tardó lo suyo en contestar.

—Pero yo no estoy buscando a quien la mató, doctor, porque eso pudo hacerlo casi cualquiera de esta casa —dijo—. Estoy buscando a alguien que volvió después, cuando ella ya se estaba muriendo, y la arropó con una manta.

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Tres cosas recogidas

Capítulo 3

III

Los reunió a todos en el salón después de la cena, porque le pareció que era el único sitio con sillas suficientes.

Ramona encendió la chimenea sin que nadie se lo pidiera y se quedó de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas por delante del delantal. Ada se sentó en el escabel, muy cerca de ella, encogida. El doctor ocupó el sillón grande. Damián se quedó apoyado en la repisa, y Renata eligió la silla más apartada de todas, que era la que Valmont habría elegido.

—Voy a explicarles lo que ocurrió anoche —empezó—. Y voy a contarlo por orden, porque el orden es lo único que tengo.

—Cuéntelo usted deprisa —murmuró Damián.

—Lo contaré despacio, monsieur, que es distinto y le conviene más.

Se puso de espaldas al fuego y sacó el pañuelo.

—¿Va usted a limpiarse las manos ahora? —dijo Renata.

—Sí, mademoiselle.

—Lleva usted dos días con eso. Cada vez que alguien se calla, sale el pañuelo.

—Lo sé. —Se las fue limpiando despacio, dedo por dedo, sin mirarla—. Y no le gusta a nadie de esta casa, y a mí me sirve para dos cosas a la vez. Siéntese, mademoiselle, que esto va a ser largo.

—Primero, los hechos establecidos. La señorita Emilia se retiró al invernadero a las once menos cuarto con su libro de cuentas. Ramona le llevó la manzanilla inmediatamente después, igual que durante veinte años. A las siete y veinte de la mañana Ada la encontró muerta en la butaca de mimbre. El doctor calcula que llevaba fallecida dos horas, quizá tres.

—Congelada —precisó Roine—. Murió de frío, no del cloral, y murió de madrugada. El cloral únicamente le impidió despertarse.

—Eso es. Alguien vertió en la manzanilla cuatro veces la dosis y después abrió de par en par la puerta de la terraza. El termómetro de esa misma terraza marcaba anoche doce grados bajo cero. Eso fue todo lo que hizo falta.

Nadie dijo nada. Renata tenía la mirada clavada en sus propias manos.

—Segundo, las anomalías —continuó Valmont—. En aquella habitación había cuatro cosas que no debían estar así, y llevo desde ayer mirándolas.

Levantó un dedo.

—La lámpara estaba apagada. La señorita Emilia trabajaba siempre con luz. Nadie repasa cuentas a oscuras y nadie apaga la lámpara para dormirse en una butaca.

Levantó el segundo.

—La taza estaba limpia. Limpia y seca del todo, encima de su platillo. Una taza de manzanilla con miel bebida a las once no aparece así a las siete de la mañana. Está pegajosa y tiene un cerco. Aquella taza había sido fregada y devuelta a su sitio.

Ada levantó el rostro despacio.

—Tercero, la manta.

—¿Qué tiene la manta? —preguntó Damián.

—La manta lo tiene todo, monsieur. La manta es este asunto entero. —Valmont se guardó el pañuelo—. Y esa manta no estaba en el invernadero. Estaba doblada en tres en el respaldo del sofá de esta habitación, donde lleva años sin moverse. Alguien vino hasta aquí a buscarla, atravesó la casa a oscuras con ella en el brazo y la llevó al invernadero. La estaba tapando. A una mujer que se estaba muriendo de frío, alguien la arropó.

—Pudo taparse ella misma, digo yo.

—No pudo. Y esa es la cuarta cosa. Debajo de la manta, encima de la falda, había un polvo de nieve intacto. La nieve entró por la puerta abierta y se le fue posando encima durante un par de horas. Y después, sobre esa nieve, alguien extendió la manta.

El doctor se removió pesadamente en su sillón.

—Dios santo —murmuró.

—Sí. Alguien estuvo en aquel invernadero mientras ella agonizaba. No la despertó, no cerró la puerta, no pidió ayuda. La arropó y se marchó.

Ramona seguía junto a la puerta, sin moverse.

—Tercero, la psicología —dijo Valmont—. Pero antes voy a quitarles a ustedes de encima lo que llevan cargando todo el día, porque no me sirve para nada y les está estropeando la cara.

Se volvió hacia Renata.

—Usted desviaba doscientas cuarenta pesetas mensuales para el sanatorio de su hermana.

—Ya se lo he dicho yo misma.

—Y la señorita Emilia lo sabía desde hacía por lo menos un año. —Valmont sacó del bolsillo una hoja doblada del libro de cuentas—. Lo tenía anotado aquí, de su puño y letra, con la cantidad exacta y una palabra al lado: «dejar». No pensaba denunciarla a usted, mademoiselle. Pensaba seguir dejándolo.

Renata se quedó mirándolo con la boca un poco abierta y no consiguió decir nada.

—Usted, doctor, firmó hace once años un certificado que no debía firmar. Es una vergüenza y no es un asesinato, y además usted no tenía manera de saber que ella se lo iba a preguntar.

—No la tenía —confirmó Roine.

—Usted, Ada, no se acostó a las once. Salió usted a la terraza a medianoche.

La muchacha se puso de pie de golpe y volvió a sentarse.

—Sus huellas están todavía junto a la pared, debajo del alero. Miden lo mismo que su zapato y van hasta la esquina de la casa y vuelven. —Valmont la miró con verdadera amabilidad—. Al otro lado de esa esquina está la casa del guarda. No tengo el menor interés en el nombre del muchacho.

Ada se echó a llorar por segunda vez en dos días.

—Y usted, monsieur Damián, quemó a las dos de la madrugada unas cartas comprometedoras de hace once años porque su prima había descubierto que el pabellón lo incendió usted. Eso le convierte a usted en un hombre que quema pruebas. No en un hombre que abriga a sus víctimas.

—¿Y eso qué significa exactamente? —preguntó Damián.

—Significa que ya podemos hablar de la única pregunta que importa.

Valmont dio dos pasos hasta el centro de la alfombra. Enderezó, sin darse cuenta, un candelero de la repisa.

—Yo no me pregunto nunca quién pudo hacerlo, porque anoche pudo hacerlo casi cualquiera de ustedes. Me pregunto qué clase de persona lo hizo precisamente de esta manera.

Se quedó callado el tiempo suficiente para que resultara incómodo.

—Piensen ustedes en lo que hizo esa persona. Envenenó una taza de manzanilla y abrió de par en par una puerta al hielo. Hasta ahí se comporta como un asesino cualquiera. Pero apagó la lámpara al salir, porque llevaba media vida apagando lámparas en esta casa y no supo evitarlo. Volvió a las dos de la madrugada, vio a la mujer que estaba matando cubierta de nieve, no fue capaz de dejarla así y la arropó. Luego se llevó la taza a la cocina y la fregó, porque en esta casa las tazas sucias se friegan. Y cuando ya la había fregado comprendió que la taza tenía que estar allí, y volvió otra vez, y la puso limpia sobre su platillo.

Nadie se movía.

—Tres cosas —dijo Valmont—. Apagar una lámpara, extender una manta, fregar una taza. Ninguna de las tres hacía falta. Ninguna de las tres se le ocurriría jamás a un asesino. Son las tres cosas que recoge quien lleva media vida recogiendo esta casa.

Se guardó otra vez el pañuelo.

—Y fíjense ustedes en la ironía. Fregar esa taza destruyó la prueba del veneno, y convirtió la taza en la prueba de quien lo puso.

Damián se separó despacio de la repisa.

—Busco a una persona que decidió matar y que no fue capaz de dejar de cuidar mientras lo hacía. Alguien que no huyó, que no forzó nada, que no acusó a ninguno de ustedes ni preparó ninguna coartada, porque nada de eso se le pasó por la cabeza. Alguien que apaga, recoge y arropa sin pensarlo. Alguien que lleva cuarenta años haciendo eso mismo en esta casa.

Fue entonces cuando Ramona Casal se separó de la puerta.

Atravesó el salón sin mirar a nadie, con los pasos cortos de quien tiene mucho que hacer todavía, recogió la taza de café que el doctor había dejado en el suelo junto al sillón y la puso derecha en el platillo. Después alisó el tapete de la mesa, que estaba torcido.

Cuando levantó la cabeza, los cinco la estaban mirando.

—Está frío el café —dijo—. Nadie se lo ha tomado.

—Madame —dijo Valmont muy suavemente—. Siéntese, se lo ruego.

Y Ramona Casal se sentó, por primera vez desde que él había llegado a aquella casa, despacio.

—Ella iba a llevarlo a Betanes —dijo—. Iban a colgarlo, señor, a mi criatura. Yo lo lavé cuando tenía siete años y le enseñé a comer con tenedor, y ella iba a bajar al pueblo y a decirlo.

—Lo sé.

—A ella también la lavé yo. —Se le movían las manos encima del delantal, buscando algo que recoger—. Eso es lo que ustedes no entienden. A los dos, igual. Anoche me dijo lo que iba a hacer y le contesté que hiciera lo que tuviera que hacer, y le llevé la manzanilla, y ya la había preparado.

—¿Y volvió usted a las dos?

—Volví a las dos. —Ramona lo miró de frente—. Estaba con nieve encima, señor. Como si estuviera fuera de su casa.

No dijo nada más, y Valmont no le preguntó nada más.

La nieve del puerto tardó dos días en ceder. La Guardia Civil subió el domingo por la mañana con dos mulas y se llevó a Ramona Casal antes del mediodía, y ella pidió permiso para recoger la cocina primero, y se lo dieron.

Valmont bajó a pie hasta el automóvil, que seguía donde lo había dejado el chófer.

Antes de irse subió al primer piso, porque le pareció que era lo correcto. En la habitación del fondo, Adela Sarrión estaba incorporada sobre tres almohadones bordados, mirando la ventana. Tenía las manos encima de la colcha y no se había enterado de nada en tres días, porque nadie había conseguido explicárselo suficientemente a gritos.

—Me marcho, madame —dijo Valmont desde el umbral.

La anciana se volvió hacia el sonido y sonrió con mucha educación.

—¿Y quién me sube mañana el desayuno? —preguntó.

Fin

Tres cosas recogidas

Miss Cordial

Nadie se equivoca en fila

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