
Nadie se equivoca en fila
El reloj de la torre lleva dos días parado y en Ontanaya no hay manera de saber la hora. Durante el baile de la feria, las siete piezas de platería desaparecen de una vitrina cerrada con dos llaves, en un palacio lleno de gente. A Duarte Cabral de Meneses, que estaba allí como adorno de la fiesta, le tocan catorce declaraciones que no encajan entre sí y que, sin embargo, no mienten.
Nadie se equivoca en fila
Capítulo 1
I
El reloj de la torre llevaba parado desde el jueves y en Ontanaya no había manera de saber la hora.
Habían descolgado la esfera para pasar los cables de los faroles. En su sitio quedaba un agujero redondo y negro encima de la plaza. Perpetua Anduaga lo tenía delante cada mañana desde el balcón de su cuarto. Los dos primeros días le pareció gracioso. El sábado ya no.
—Doña Perpetua.
Melquíades Rúa la llamaba desde el patio con la gorra en la mano.
—¿Usted qué hora tiene?
—Las nueve menos algo.
—Eso tengo yo. Menos algo. —El conserje levantó la barbilla hacia la torre—. Dos días llevo dándole cuerda al reloj del salón a ojo de buen cubero, y la gente entra y me pregunta a mí, que soy el único de esta casa que no tiene reloj.
—Pues no conteste.
—Si no contesto se enfadan lo mismo.
—¿Y qué les dice?
—Lo que me parece —contestó Rúa—. Y se van tan contentos. ¿Usted sabe cuánta gente hay hoy en Ontanaya que sepa de verdad qué hora es? Ninguna. Y no ha llegado nadie tarde a ningún sitio.
A media mañana había corro en la plaza. Perpetua bajó porque bajó todo el mundo. Arriba, entre los faroles de papel y las banderitas, se movían dos hombres en el andamio. Uno de ellos era demasiado ancho para andar por allí.
—¡Don Fabián! —gritó el estanquero—. ¡Que se nos mata usted en vísperas!
—¡Si me mato, que toquen algo alegre!
Tardaron media hora larga. Perpetua se quedó porque hacía sol. Cuando don Fabián Losilla bajó por la escalera de mano venía sin chaqueta, con las manos negras y muy contento de sí mismo.
—Ya está —dijo—. Ya tienen ustedes hora.
El reloj de la torre dio las once. La plaza entera se llevó la mano al bolsillo. Perpetua vio a diez o doce hombres sacar el reloj a la vez y ponerlo en hora, obedientemente, uno detrás de otro, como si se lo hubieran mandado. Ella no sacó nada. El suyo lo había vendido en marzo, con la sopera.
—Podía haber subido el maestro Lizana —dijo doña Herminia Zaldúa—, que para eso es el sacristán.
—El maestro Lizana tiene setenta y un años y esa escalera tiene cuarenta peldaños —replicó don Fabián—. Yo tengo cincuenta y tres y me sobra un cuarto de arroba. Uno de los dos tenía que subir y ha subido el que se cae más blando.
Se rieron. Con él se reían siempre.
—¿Y el tasador de la capital? —preguntó el estanquero—. ¿A qué hora llega el lunes?
—En el correo de la mañana. O sea, cuando Dios quiera. Decía mi padre que el día que ese tren sea puntual se acaba el mundo.
El sacristán estaba en la puerta de la iglesia, con las manos cruzadas debajo del delantal.
—Se lo agradezco —dijo—. Yo con las alturas ya no.
—No es nada, hombre.
—Es que a mí me hace falta la hora. —Baldomero Lizana señaló la torre con la barbilla—. Las de la mañana las toco por ese reloj. Las ánimas no. Las ánimas las toco cuando oigo a las monjas.
—¿A las monjas?
—Santa Escolástica tiene su reloj dentro de la clausura y da las horas para ellas solas. No lo oye nadie más que el que esté en la sacristía o en el huerto de esta señora. Cuando dan las diez, yo tiro de la cuerda. Cuarenta y un años llevo así y no he llegado tarde ni una vez.
—Pues siga usted, maestro.
—Las monjas y yo somos los únicos de este pueblo que damos bien la hora —dijo el sacristán muy serio—. Lo demás son opiniones.
Don Fabián sacó el reloj de bolsillo, lo miró y volvió a guardarlo. Lo hacía cada poco, sin darse cuenta, como otros se tocan el bigote.
—Las once y cinco —dijo—. Me faltan cuatrocientas sillas y llegan mañana. Adiós a todos.
El palacio de los Anduaga era de Perpetua y no le servía para nada. Lo había heredado de su marido con las goteras, las cuarenta y dos ventanas y una escalera de piedra por la que ya no subía nadie. La sociedad del Casino le pagaba un alquiler que daba justo para las tejas de poniente. Las ferias de septiembre le daban tres días de ruido y un dinero pequeño por el uso del salón.
Aquel año, además, había la exposición.
Aquilino Barbastro, el platero, la estaba montando en el gabinete verde desde el viernes. Era una habitación estrecha, con una puerta sola y una vitrina de nogal que había sido de la abuela de Perpetua. Cuando ella entró, el platero tenía las siete piezas en fila sobre un paño.
—Mire usted qué escaparate —dijo Aquilino—. Esto junto no se había visto aquí nunca.
Estaban los dos candeleros de don Rufino Cebrián, que eran los más grandes y los más feos. Estaba el copón del taller de Aquilino y una bandeja de bodas que había hecho él mismo. Estaba el rosario de plata y coral de doña Herminia. Estaba la corona de la Virgen del Cascajo, que sale una vez al año y aquel septiembre iba a salir dos. Estaba la naveta de Perpetua.
Y estaba la cruz de esmeraldas de la madre de don Fabián, en el centro, sobre un cojín de terciopelo, porque era la única pieza con piedras.
—¿Y usted trae la naveta? —preguntó Aquilino—. Yo creía que a usted estas cosas no le gustaba enseñarlas.
—Me gusta que se vean.
Era mentira a medias. La naveta era de plata buena, era de su marido y era lo último que le quedaba encima de una mesa. El lunes venía de la capital don Isidro Quevedo, invitado por la comisión. Traía su lupa y su balanza y tasaba las siete piezas para el catálogo, de balde. Perpetua quería un número escrito por un hombre de fuera. Con ese número podía ir a un anticuario sin parecer una viuda vendiendo cosas.
—El lunes a las once —dijo el platero—. Y hasta el lunes esto no se abre más que con dos llaves. La mía y la del conserje, y ninguno entra solo. Es lo que se hace en la capital.
—¿Y por qué no una sola?
—Porque si es una sola y falta algo, el que la tiene es el ladrón. Con dos llaves no hay ladrón. Hay dos señores mirándose.
Doña Sagrario Elizalde estaba en la puerta con el manto de la cofradía en el brazo. Era la camarera mayor y llevaba veinte años vistiendo a la Virgen.
—La corona no se tasa —dijo.
—Doña Sagrario, si es gratis...
—La corona es de la Virgen y no tiene precio. La pongo ahí porque la vea la gente. Pero ese señor de la lupa a la corona no la toca.
Y se fue con el manto. Aquilino miró a Perpetua y se encogió de hombros.
—Beata —murmuró—. El día que se acaben las beatas se acaba la mitad de las discusiones de este pueblo.
El forastero llegó el sábado a las siete de la tarde, en el coche de línea, y en Ontanaya se supo antes de que se apeara.
Era altísimo y flaco, calvo del todo y sin sombrero, con unas cejas blancas que le comían la frente. No llevaba bigote, cosa que en aquella provincia llamaba más la atención que llevarlo. El traje era de hilo claro y de cerca se le veía vuelto.
—Duarte Cabral de Meneses —dijo en el zaguán, y le dio a Perpetua una tarjeta que ella no había pedido—. Las dos cosas, señora. Que me costaron las dos lo suyo.
Perpetua leyó la tarjeta. Estaba impresa en letra inglesa y era bastante mejor que el traje.
—¿Las dos cosas?
—Los dos apellidos. —Lo dijo mirándola a los ojos, muy contento de sí mismo—. Cabral es de mi padre, que vendió pescado en Setúbal cuarenta años y no le sirvió para entrar en ninguna casa. De Meneses me lo puse yo, y le juro que me dio más trabajo que el otro.
—¿Y me lo cuenta usted así, de entrada?
—Si no se lo cuento yo, se lo cuenta otro y peor. —Se guardó el tarjetero, que era de plata y estaba muy gastado—. Además, a usted no le iba a colar. Una casa se conoce desde el zaguán.
Perpetua se metió la tarjeta en el bolsillo del delantal y no contestó a eso.
—¿Y usted a qué viene?
—A que me vean. —Se rió él solo—. Pois es verdad. Vengo contratado para que me vean.
Don Fabián apareció por detrás, secándose las manos. Le puso al portugués una mano en el hombro, familiarmente, como si lo conociera de toda la vida.
—Este señor —dijo— ha resuelto cuatro casos que salieron en los periódicos de Madrid, y los llevo yo recortados en la cartera desde hace dos años. Cuando la comisión aprobó la exposición, yo dije: en esa casa va a haber setecientas personas bailando y siete piezas de plata detrás de un cristal. Y dije: se trae uno de fuera.
—Y yo dije que me pagaran el viaje en primera —añadió Duarte—, y este señor me lo pagó sin discutir, cosa que no me había pasado nunca.
—¿Y qué va a hacer usted aquí? —preguntó Perpetua.
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Se lo explico yo, doña Perpetua. —Don Fabián hablaba deprisa, como siempre—. A este hombre no lo he traído de guardia. Guardias tengo, y tengo dos llaves y una puerta. Lo he traído para que esté en el salón, con su traje claro, hablando alto y saludando a las señoras. Que se sepa que está aquí. En cuarenta años no ha habido un robo en Ontanaya y no lo va a haber ahora. Pero el que lo piense, que lo piense dos veces.
—Un espantapájaros caro —dijo Duarte, encantado—. Ora, me han contratado para cosas peores.
Perpetua los miró a los dos. Uno le sacaba dos cabezas al otro y los dos parecían igual de satisfechos.
—Pues cuesta usted lo que cuesta un tejado —dijo ella.
—Cuesta menos —dijo don Fabián—, y lo pago yo.
El domingo fue el día de los favores. Después, cuando lo pensó despacio, Perpetua no encontró un solo momento raro en toda aquella jornada. Ni ella ni nadie.
A las nueve de la mañana don Fabián entró en el salón con el hijo del relojero. Se subió a una silla y abrió la caja del reloj de pared.
—Este va atrasado —dijo—. Va cerca de veinte minutos atrasado respecto de la torre, y esta noche va a haber aquí gente preguntando la hora cada dos minutos. Melquíades, sujeta.
—¿Y no será que la torre va adelantada?
—La torre es la torre.
Movió la aguja, cerró la caja y se bajó de la silla. Estaban delante el conserje, Perpetua y una de las chicas del guardarropa. No duró un minuto.
A las once, en la plaza, le regaló un vestido a Obdulia Rúa. La chica tenía diecinueve años, era hija del conserje y en su vida se había puesto otra cosa que lo que le arreglaba su madre. Don Fabián le había encargado a la modista un vestido igual que el de su hija Amparo: verde de agua, con dos cintas en el talle.
—Dos, señorita —le dijo a la modista delante de media plaza—. Yo no consiento que la hija de Melquíades vaya al baile de mi feria con la falda de un entierro.
Doña Herminia lloró un poco. Doña Sagrario dijo que aquello estaba bien, y doña Sagrario no decía casi nunca que nada estuviera bien.
A las siete de la tarde don Fabián discutió con el director de la banda, porque el programa cerraba con la jota.
—La jota, la primera.
—La jota va al final, don Fabián. La jota se cierra.
—La jota la bailan los viejos, y los viejos a las doce están en la cama. Me la pone usted a las nueve y media y luego toca lo que le dé la gana.
Y así fue. Aquella noche, en Ontanaya, la jota se bailó al principio.
A las ocho Perpetua cruzó el huerto para entrar por la cocina. Estaba oscureciendo y olía a los tilos. Detrás de la tapia, muy lejos y muy claro, el reloj de las monjas dio ocho campanadas para nadie.
El baile empezó a las nueve.
Perpetua lo vio entero desde el tercer escalón de la escalera de piedra. Era su sitio de siempre. Desde allí se veían el patio, la puerta del salón y la boca de la galería. Le habían puesto una silla y no la usó.
A las nueve y veinte don Fabián estaba en el patio con un grupo de hombres, junto a la banda. Perpetua lo vio porque estaba con él don Rufino Cebrián, y don Rufino se ríe con una risa que se oye desde la escalera. A las nueve y media empezó la jota. Salió a bailarla doña Herminia con el maestro Lizana y la gente hizo corro y dio palmas.
A las nueve y cuarenta don Fabián ya no estaba en el patio. Perpetua no le dio ninguna importancia. Aquella noche nadie estaba nunca donde había estado un momento antes.
Los seis mozos iban y venían con las bandejas. Se les distinguía de lejos porque llevaban faja verde. Se las había encargado la comisión a la modista y fue una idea buena: un mozo con faja verde cruza cualquier sitio y nadie lo mira dos veces.
En la galería, delante de la puerta cerrada del gabinete, estaban amontonados los trastos de la feria. Dos docenas de sillas plegadas, las cajas de los faroles y cuatro sacos de serrín que habían sobrado de la pista de baile. Llevaban allí desde el viernes y allí siguieron.
A las diez y cinco pitó el correo. Se oía siempre desde el patio, en el cambio de agujas. Aquella noche se oyó por encima de la música.
—Tarde otra vez —dijo don Rufino Cebrián, que se había sentado en la escalera al lado de Perpetua—. Las diez y cinco. Y ese tren tiene su hora a las diez menos cuarto.
—No ha llegado a su hora en su vida.
—Unas veces cinco minutos y otras media hora. Yo lo cogía para ir a la audiencia y nunca supe a qué hora iba a salir de aquí.
A las diez y veinte tocaron las ánimas.
—Hoy también tarde —comentó don Rufino—. Pobre maestro. Se nos está quedando sordo.
Perpetua no contestó. Estaba mirando el salón por la puerta abierta. Entre las parejas, el portugués altísimo iba de un grupo a otro con una copa que no se bebía. Hablaba, se reía y se dejaba ver, que era justamente lo que le habían pagado por hacer.
A las once menos algo vio a Amparo Losilla bailando de verde al fondo del salón. A las once y cuarto le pareció verla otra vez, entrando desde el patio, de verde también y con el pelo mal puesto. Pensó que las chicas de ahora entran y salen.
A las once y media, Melquíades Rúa no estaba en la portería. Perpetua bajó a buscar una llave y no había nadie. Volvió al rato y ya estaba, colorado y oliendo a tabaco, y le dijo que no se había movido en toda la noche.
A las doce se acabó el baile y la gente empezó a salir a la plaza. Don Fabián cruzó el patio cargado hasta las cejas con las cosas de la comisión. Llevaba las cajas de los faroles encima y un saco debajo de cada brazo. Detrás iban dos hombres con las sillas.
—Deje usted eso, don Fabián, que ya lo recojo yo mañana.
—Mañana tienes tú que fregar todo esto. Abre la cancela.
—Dios se lo pague.
A las doce y diez subieron a la galería Aquilino Barbastro y Melquíades Rúa. Iban a devolver las siete piezas a sus dueños, cada uno con su llave y mirándose el uno al otro como estaba mandado. Perpetua subió detrás, porque quería llevarse la naveta a su cuarto.
El platero abrió con la suya. El conserje abrió con la suya. La puerta se abrió a la primera.
La vitrina de nogal estaba cerrada y sin un arañazo. Dentro no había más que el paño y el cojín. En el terciopelo se veía marcada, todavía, la señal de la cruz.
Duarte Cabral de Meneses llegó a la galería un minuto después, con la copa aún en la mano. Se quedó delante del cristal, muy quieto y muy alto. Por primera vez en dos días no dijo nada.
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Capítulo 2
II
El sargento Berrueta llegó el lunes a las ocho de la mañana con dos números y una carpeta, y a las nueve ya había decidido cómo iba a resolver aquello.
—Aquí lo que hay es una hora —dijo—. Una sola. Encuentro la hora y encuentro al hombre. Doña Perpetua, ¿me deja usted el gabinete de la escalera?
—Le dejo lo que quiera. En esta casa hay veintiséis habitaciones y no se usa ninguna.
—Y usted, señor, se sienta ahí y no habla.
Lo dijo mirando al portugués, que estaba de pie junto a la ventana con el traje de hilo y los brazos cruzados.
—Me siento —contestó Duarte—. Lo de no hablar se lo prometo hasta las diez.
—Yo a usted lo conozco de los periódicos.
—Pois eso es lo que me pagan, sargento.
—A mí los periódicos no me han resuelto un caso en la vida, y llevo veintidós años de servicio.
Berrueta empezó a las nueve y acabó a las siete de la tarde. Catorce declaraciones, escritas por él mismo, despacio y aplicadamente, con la lengua entre los dientes. Perpetua entraba y salía con el café y las oyó casi todas, porque la casa era suya y nadie le decía que se fuera. Era un hombre grande y limpio.
Creía que la verdad se saca preguntando fuerte. Aquel día preguntó fuerte trece veces y no sacó nada.
Don Rufino Cebrián declaró el primero, por notario y por viejo.
—A las nueve y veinte estaba yo en el patio con don Fabián y con el estanquero. A las nueve y media empezó la jota. A las diez y cinco pitó el correo y me acuerdo bien porque se lo dije a doña Perpetua, que estaba a mi lado en la escalera: las diez y cinco, tarde otra vez. A las diez y veinte tocaron las ánimas. Y a las once y media me fui a mi casa.
—¿Está usted seguro de las horas?
—Sargento, yo he levantado cuatro mil escrituras y en todas hay una hora escrita. Las horas son lo único de este mundo que no se discute.
Doña Herminia Zaldúa lo confirmó todo sin haber oído nada.
—El tren pitó a las diez y cinco. Lo sé porque estaba yo en la galería mirando el reloj del salón por la puerta, esperando a mi sobrina, y me tiré allí lo menos un cuarto de hora. Las diez y cinco clavadas.
—¿Y vio usted a alguien en la galería?
—A un mozo. Un poco antes del tren. Pasó por delante de mí con las manos vacías y se metió hacia el fondo, que es donde está la puerta del gabinete.
—¿Qué mozo?
—Uno de los de la faja verde. No le vi la cara, sargento, ni se me ocurrió mirársela. Dígame usted quién le mira la cara a un mozo que va con la faja puesta.
Los seis mozos declararon después, uno detrás de otro. Los seis dijeron lo mismo: que no habían subido a la galería en toda la noche, que arriba no se servía nada, que las bandejas se cogían en la cocina y se repartían en el patio y en el salón. Berrueta los tuvo dos horas y salió del gabinete con la cara colorada.
—Hay un mozo de más —dijo—. Y no hay ningún mozo de más. Las dos cosas a la vez, y las dos con testigos.
Los mozos se quedaron en el patio, muy juntos, hablando bajo. Eran seis chicos del pueblo y la comisión los contrataba todos los septiembres.
En aquel momento los seis entendieron a la vez lo mismo: que uno de ellos iba a ser el ladrón de Ontanaya para el resto de su vida. Perpetua les sacó café. Ninguno lo quiso.
A media tarde se torció lo de la hija de don Fabián.
Tres personas habían visto a Amparo Losilla bailando en el salón entre las diez y media y las once. Otras dos la habían visto salir al patio y no volver. Doña Sagrario, que no se equivoca en nada porque nunca mira nada dos veces, juró que la había visto de verde junto a la puerta de la cocina cuando ya habían tocado las ánimas.
—Yo estuve en el salón toda la noche, bailando —dijo Amparo Losilla.
Tenía veintidós años, lo dijo mirando a la pared y lo repitió sin que nadie se lo pidiera, que es lo que hace la gente cuando quiere convencerse a sí misma.
—Toda la noche, sargento. Se lo pregunte usted a quien se lo pregunte.
—Es que ya se lo he preguntado a cinco. Tres dicen que sí y dos dicen que no —contestó Berrueta—. Váyase usted y no salga del pueblo.
Cuando la muchacha salió, el sargento cerró la carpeta de un manotazo.
—¡Catorce declaraciones! —dijo— y catorce personas que estaban en catorce sitios a la misma hora. ¡Esto es una feria, no es un caso!
Duarte Cabral de Meneses no preguntó por el robo en todo el día.
Ni una vez. Ni de pasada.
Perpetua lo fue viendo. Lo veía sentarse al lado de la gente en el patio, en la escalera, en el poyo de la cocina, y ponerse a hablar de cosas que no importaban nada.
—Doña Herminia, ¿usted qué cenó anoche?
—¿Yo?
—Usted.
—Pues... un caldo en mi casa, temprano, y luego lo del ambigú, como todo el mundo. Croquetas y unas empanadillas que estaban duras.
—¿Duras?
—Frías. Las sacaron a las nueve y a las once ya no había quien las comiera.
—¿Y quién se las sirvió?
—El chico de la Quiles, el alto, que sirve todos los años y todos los años se le cae algo.
—¿De qué color iba usted?
—De marrón. Yo voy de marrón desde que enviudé y a estas alturas no me voy a cambiar.
—¿Y la señorita Losilla?
—De verde. Verde de agua, con dos cintas. Un vestido precioso, y otro igual llevaba la hija del conserje, que se lo regaló don Fabián delante de todos. Eso hay que decirlo.
Duarte no apuntó nada.
No apuntaba nunca. Perpetua se fijó en que ni siquiera llevaba lápiz encima.
—¿Usted no escribe? —le preguntó Perpetua desde la puerta.
—No, señora.
—¿Y cómo se acuerda?
—Me acuerdo. —Se levantó y se estiró el chaleco—. Es lo único que tengo, y me ha dado de comer treinta años. Un cuaderno se pierde. Yo no me pierdo casi nunca.
Perpetua se pasó la tarde siguiéndolo por la casa sin reconocerse a sí misma que lo seguía. Le llevaba el café, le abría las puertas y se quedaba de pie en el quicio. Era la primera vez en once años que en aquel palacio pasaba algo, y le daba vergüenza lo mucho que le interesaba.
A doña Sagrario le preguntó por el manto de la Virgen. A los mozos, por las bandejas y por dónde se ponía el hielo. Al maestro Lizana, por la escalera de la torre y por si le dolían las rodillas. Al director de la banda le hizo cantar el orden de las piezas, y el hombre se lo cantó entero y ordenadamente, y encima le sobró una.
—Yo lo que no entiendo —le dijo Berrueta al final de la tarde— es qué está haciendo usted.
—Estoy hablando de nada, sargento.
—Ya lo veo, y llevo todo el día viéndolo.
—Es que de nada, nadie miente. —Duarte se sentó en la escalera y se abrazó las rodillas larguísimas—. La mentira se prepara. Usted le pregunta a un hombre dónde estaba a las diez y ese hombre lleva una noche entera preparando la respuesta. Pero nadie prepara de qué color eran las cintas. Nadie prepara si las empanadillas estaban frías. Los adornos salen solos, y por eso son verdad.
—Y con eso, ¿qué?
—Con eso, nada. Todavía nada. —Se rió—. Los adornos hay que preguntarlos dos veces, sargento, y hoy es lunes. Está bem. Ya volveré el miércoles.
Don Fabián Losilla llegó a las siete, cuando ya se iba el sargento, con la carpeta de las cuentas de la comisión debajo del brazo y un humor de perros.
—He tenido al señor Quevedo cinco horas en la fonda —dijo, y se dejó caer en una silla—. Cinco horas para nada. Le he pagado el billete, la comida y la vuelta, y el hombre se ha ido sin sacar la lupa. Qué vergüenza de pueblo.
—Que no es culpa suya, don Fabián. Bastante ha puesto usted en esta feria.
—Yo lo traje.
Duarte se sentó enfrente y cruzó las piernas.
—Don Fabián, yo hoy de robos no hablo. Hábleme usted de la banda.
—¿De la banda?
—De la banda. Qué tocaron y en qué orden.
—Pues... la jota primero, que la mandé yo. Luego el vals de siempre, dos pasodobles, y el americano ese que les gusta a los jóvenes. Y a las once y media la habanera, que es cuando las madres empiezan a mirar el reloj. —Se pasó la mano por la cara—. Ocho hombres y ochenta duros, y uno de ellos es sordo.
—¿Y usted la oyó toda?
—Yo estuve en el patio hasta las diez largas. Y le digo una cosa: con la música y el gentío, anoche se oyó pitar el correo desde el patio como si entrara por la cancela. Y el correo, por una vez en la vida, pasó a su hora. Me acordé de mi padre, que decía que el día que ese tren sea puntual se acaba el mundo.
—Pois su padre era un filósofo.
—Mi padre era harinero. Como yo.
Sacó el reloj de bolsillo, lo miró y volvió a guardarlo. Después abrió la carpeta y empezó a leer las cuentas en voz alta, porque quería dejarlas cerradas antes del jueves y porque necesitaba hablar de otra cosa.
—Banda de Berrocal, ochenta duros. Faroles, ciento diez pesetas. Serrín para la pista, catorce. Modista, siete fajas verdes a nueve reales...
—¿Siete? —preguntó Perpetua—. Si los mozos eran seis.
—Una de repuesto, mujer. ¿Y si se rompe una a media noche? Nueve reales cuesta no tener que buscar a nadie.
—Ya. Nueve reales.
—Vino, doscientas cuarenta pesetas. Hielo, treinta y dos. Y aparte, que esto no va en la cuenta porque lo pagué yo: el cerrajero, en agosto, once pesetas, por arreglar la cerradura del gabinete verde, que se atrancaba y un día íbamos a tener un disgusto.
—Eso también lo pagó usted.
—Once pesetas, doña Perpetua. No me haga usted un monumento.
Aquilino Barbastro subió con el libro de resguardos a las ocho, cuando ya no quedaba nadie más que ellos tres y el conserje fregando el patio.
—Aquí está lo que había —dijo—. Siete piezas, siete renglones y siete firmas. Lo leo y se acabó.
Y lo leyó.
—Número uno: naveta de plata, trescientos diez gramos, doña Perpetua Anduaga. Número dos: cruz de plata con piedras verdes, sin pesar, a petición del depositante, don Fabián Losilla. Número tres: copón, seiscientos cuarenta gramos, Aquilino Barbastro. Número cuatro: bandeja, mil ciento ochenta gramos, Aquilino Barbastro. Número cinco: corona, ochocientos noventa gramos, cofradía de la Virgen del Cascajo. Número seis: dos candeleros, mil quinientos cinco gramos, don Rufino Cebrián. Número siete: rosario de plata y coral, noventa y cinco gramos, doña Herminia Zaldúa.
—Cinco kilos y medio de plata —dijo Duarte.
—Cinco kilos y medio, y las piedras aparte.
—¿Y cuánto es eso en dinero?
—En plata, poco. Cuatro mil pesetas de metal, y con eso no se compra una casa. Lo que valen esas piezas es lo que son. —El platero cerró el libro despacio, con las dos manos—. Y aquí no hay quien las venda. En esta provincia las conoce todo el mundo, y fundirlas es tirar el noventa por ciento.
Don Fabián se levantó pesadamente, recogió su carpeta y se despidió. Se le oyó cruzar el patio dando las buenas noches al conserje. Se paró a preguntarle por la mujer, que estaba mala del pecho.
Perpetua se quedó de pie junto a la ventana. Había sido un día largo y raro.
Lo más raro era ella misma. Llevaba once años deseando que en aquella casa no pasara nunca nada. Ahora no quería que se acabase. Abajo, en el patio mojado, Rúa arrastraba el cubo de un lado a otro y fregaba malamente.
—Señor Cabral —dijo ella—, ¿usted ha sacado algo hoy?
—He sacado una cosa que no me gusta nada, y llevo desde la merienda dándole vueltas.
—¿Cuál?
Duarte tardó en contestar. Se había quedado mirando el reloj del salón por la puerta abierta, y el reloj del salón daba las ocho y media.
—Doña Perpetua, yo llevo treinta años preguntándole tonterías a la gente. Y la gente no se acuerda. La gente se acuerda mal, se acuerda de otro día, se contradice, se pone nerviosa y me dice «no sé, señor, yo qué sé». Eso es lo normal. Eso es lo que yo cobro por saber leer.
—¿Y anoche?
—Anoche se acordaron todos. Catorce personas. Del color de las cintas, de las empanadillas frías, de quién sirvió el hielo, de a qué hora pitó el tren. Ni uno solo me ha dicho «no me acuerdo». —Se volvió hacia ella y en la cara larga no había nada de la simpatía de todo el día—. Eso no pasa nunca, señora. Cuando catorce personas se acuerdan tan bien, es que alguien las ha ayudado.
Nadie se equivoca en fila
Capítulo 3
III
El martes por la mañana Ontanaya ya tenía su ladrón, y era un hombre que no existía.
Perpetua lo oyó tres veces en el mercado antes de las once. En la primera, el mozo de la faja verde era alto y delgado y no era del pueblo. En la segunda era bajo y llevaba bigote. En la tercera era el hermano de la mujer del carnicero. Ese hermano llevaba en la capital desde marzo, y la mujer del carnicero se encargó de decirlo a gritos delante de todo el mercado.
—¡Que está a doscientos kilómetros, alma de cántaro! ¡Que se lo enseño en las cartas!
—Lo que yo digo —sentenció la panadera— es que la faja la tenía cualquiera. Las hicieron aquí, en casa de la modista, y la modista tiene la puerta abierta desde mayo hasta septiembre.
Era verdad y no servía de nada. En dos días, la faja verde había pasado de ser una señal a ser un disfraz.
En la sacristía la cosa iba por otro camino.
—Yo toqué a las diez —decía el maestro Lizana.
Llevaba diciéndolo desde el lunes y ya no lo decía a nadie en particular. Estaba doblando un alba sobre la mesa y la doblaba torpemente, de puro enfadado.
—Maestro, si no le está acusando nadie.
—Peor. Me están compadeciendo. —Dejó el alba y se volvió—. Don Rufino Cebrián le ha dicho al sargento que las ánimas se tocaron a las diez y veinte. Y luego ha añadido: pobre maestro, que se nos está quedando sordo. Setenta y un años tengo y oigo caer un alfiler en la nave.
—¿Y usted a qué hora las tocó?
—Cuando dieron las diez las monjas. Como llevo tocándolas cuarenta y un años. Yo estoy aquí sentado, oigo el reloj de Santa Escolástica, cuento las diez, cojo la cuerda y toco. No hay más ciencia.
—Pues alguien se ha equivocado.
—Alguien no —dijo el sacristán—. Todos. Todo el pueblo se equivocó el domingo y el equivocado soy yo.
Perpetua se lo contó a Duarte a mediodía, en el patio, mientras el portugués se comía un melocotón con una navaja pequeñísima.
—¿Y las monjas? —preguntó él.
—Las monjas están en clausura y no hablan con nadie.
—Ora, con alguien hablarán.
—Con el capellán, que está sordo de verdad. Y con el torno.
Duarte se rió, tiró el hueso al arriate y no volvió a mencionar el asunto en todo el día. Perpetua ya empezaba a conocerle aquella manera de no insistir. Guardaba las cosas como quien guarda cordeles: sin saber para qué, seguro de que un día servirán.
A las cuatro de la tarde vio a las dos chicas juntas en la plaza y se quedó parada en la acera.
Amparo Losilla y Obdulia Rúa habían sacado los dos vestidos verdes a pasear, del brazo, muy contentas de sí mismas. Eran idénticos. La misma tela verde de agua, las mismas dos cintas en el talle, el mismo cuello. De espaldas y a treinta pasos no había manera humana de saber cuál era cuál, y desde el balcón del Casino tampoco.
A Perpetua le pareció bonito. Se acordó de don Fabián delante de la modista diciendo aquello de la falda del entierro, y pensó que hay hombres que hacen las cosas bien y no se lo cuentan a nadie.
Después se acordó de la noche del baile. Había visto a Amparo dos veces con un cuarto de hora de diferencia y en dos sitios distintos. Y le había parecido lo más natural del mundo.
Se quedó allí de pie, con la cesta en el brazo, dándole vueltas a una cosa que no tenía forma.
Y siguió sin entender nada. A las cuatro de la tarde de un martes las cosas no se colocan solas en su sitio.
En dos días, Perpetua había aprendido lo que le importa a la gente cuando le quitan algo.
Doña Herminia subió el lunes y el martes a preguntar por su rosario, que era de su madre y valía noventa pesetas. Don Rufino mandó a su criada tres veces por los candeleros. Doña Sagrario preguntaba por la corona todas las mañanas al salir de misa, con la misma frase y sin saludar. Hasta Aquilino, que era el que menos podía abrir la boca, le preguntó dos veces al sargento si se sabía algo de su bandeja.
El platero se derrumbó a las seis, y no por lo que todos pensaban.
Berrueta le había pedido el libro de resguardos para llevárselo al juzgado. Aquilino Barbastro estuvo un cuarto de hora buscando excusas. Después se sentó en el poyo del patio y se puso a llorar como un chiquillo.
—En junio —dijo—. Fueron dos piezas y en junio.
—¿Qué dos piezas?
—Una custodia de la parroquia de Berrocal, que me la trajeron a limpiar, y un juego de cubiertos de la señora de Elorriaga. Las llevé a la capital y las empeñé, y con eso pagué al aprendiz y el carbón. Las recuperé en agosto, las dos, y las devolví limpias y en su papel, y nadie ha sabido nada nunca.
—¿Y está en el libro?
—Está el hueco. En un libro de resguardos el hueco se ve, señor. Dos meses sin asiento en las piezas de encargo.
Duarte lo escuchó de pie, sin moverse.
—¿Y el domingo por la noche? —preguntó.
—El domingo por la noche estuve en el salón y en la cantina, y me vio media Ontanaya, y no me acerqué a la galería hasta las doce y diez, con el conserje al lado, y usted estaba detrás de mí. —El platero se limpió la cara con la manga—. Yo he empeñado lo ajeno, y eso me lo llevo a la tumba. Pero yo no he robado la corona de la Virgen.
—Pois no, hombre. Usted no. —Duarte se sentó a su lado en el poyo—. Un hombre que pone el hueco en su propio libro y no lo arregla es un hombre que no sabe robar. Está bem. Cálmese y vaya a cenar.
A Melquíades Rúa lo detuvieron el martes a las ocho de la tarde.
Fue rápido y fue feo. El sargento tenía una hora, un hombre y una llave, y no necesitaba más.
—A las once y media usted no estaba en la portería.
—Sí que estaba.
—Doña Perpetua bajó a las once y media a buscar una llave y no había nadie.
El conserje miró a Perpetua desde la silla y ella no supo dónde ponerse.
—Estaría en el retrete.
—Media hora.
—Estaría malo.
—Melquíades. —Berrueta se apoyó en la mesa con los dos puños—. Usted tiene una de las dos llaves del gabinete. Usted es el único hombre de esta casa que se ausentó una media hora larga y el único que ha dicho tres veces que no se ausentó. Y usted es el que abrió la puerta a las doce y diez, delante de testigos, con la cara de un hombre que ya sabía lo que había dentro.
—Eso no es verdad.
—Dígame dónde estuvo.
Rúa se quedó callado un rato muy largo, con la gorra en las rodillas. Perpetua le fue viendo en la cara lo que pasaba: la de un hombre que ha decidido no hablar y se está acomodando dentro de esa decisión.
—No estuve en ningún sitio.
—Pues entonces vamos.
Lo sacaron por la cancela grande, sin esposas, andando delante de los números. En la plaza había gente. Obdulia salió corriendo detrás con el vestido verde puesto todavía, y su padre le dijo desde lejos que se metiera en casa.
Don Fabián Losilla se presentó en el cuartelillo a las nueve y media de la noche. Perpetua bajó con él, porque él se lo pidió y porque hacía falta que alguien de la casa contara lo de la portería sin que sonara a acusación.
—Sargento, yo vengo a responder por Melquíades Rúa.
—Usted no puede responder por nadie.
—Puedo poner el dinero, que es lo único que sé poner. —Dejó el sombrero encima de la mesa—. Ese hombre lleva veintidós años abriendo y cerrando esa cancela. Tiene la mujer mala del pecho y una hija de diecinueve años que esta noche se ha quedado sola en casa. Dígame usted lo que hace falta y lo pongo mañana.
—Hace falta que diga dónde estuvo.
—Pues no lo va a decir, porque es un cabezota y porque su padre era otro cabezota. —Don Fabián sacó el reloj, lo miró y lo guardó—. Sargento, a mí me han robado siete piezas de plata. Entre ellas la cruz de mi madre, que es lo único que tengo de ella. Y le juro que me importa menos que este hombre.
Berrueta no cedió, naturalmente. Los sargentos no ceden delante de una señora y un harinero. Pero Perpetua vio que apuntaba el ofrecimiento en la hoja, despacio, y que al despedirse le daba la mano a don Fabián y no se la daba a ella.
Antes de irse, don Fabián se pasó por casa del conserje y le dejó a Obdulia veinte duros encima de la mesa de la cocina. En Ontanaya se supo antes de medianoche. Al día siguiente no se hablaba de otra cosa, y lo que se decía era siempre lo mismo: que hay señores y señores.
Duarte había visto sacar al conserje desde el tercer escalón de la escalera de piedra, y allí seguía sentado, con los codos en las rodillas, cuando Perpetua volvió del cuartelillo.
—Doña Perpetua —dijo—, hágame usted el favor de escuchar esto y dígame si no es para reírse.
—No tengo ninguna gana de reírme.
—Ni yo. Escuche igual. —Levantó una mano y fue contando con aquellos dedos larguísimos—. Un mozo cruzó la galería, y los seis mozos estaban abajo. La señorita Losilla bailaba en el salón, y la señorita Losilla estaba en el patio. El maestro Lizana tocó las ánimas a las diez, y las tocó a las diez y veinte. El conserje no se movió de la portería, y en la portería no había nadie. Cuatro cosas, señora. Y las cuatro son verdad y mentira al mismo tiempo.
—Alguien miente.
—Todos mienten. Ese es el problema. —Se pasó la mano por la cabeza calva—. Cuando miente uno, se le nota. Cuando mienten catorce, no se nota nada, porque la mentira deja de ser una mancha y se convierte en el color de la pared.
—¿Y entonces?
—Entonces se busca a quien pintó la pared.
Cenaron los dos solos en la cocina, porque en el palacio no había otro sitio caliente y porque a Perpetua le daba pereza fingir.
—Voy a decirle a usted una cosa —dijo ella— y no se la voy a decir al sargento.
—Diga.
—Yo llevo dos años vendiendo esta casa por partes. —Lo dijo mirando el plato—. La sopera en marzo. Los sillones del salón amarillo, en enero del año pasado. Dos espejos, la vajilla de mi suegra y el reloj que tenía en mi cuarto. Voy a Berrocal en el coche de línea, con las cosas en una cesta tapada con un paño, y vuelvo con dinero para las tejas.
Duarte siguió comiendo.
—La naveta era lo último —siguió Perpetua—. Y la llevé a la exposición para que el señor Quevedo le pusiera un número, porque con un número escrito por un hombre de la capital una viuda puede ir a un anticuario y discutir. Sin ese papel, a las viudas les dan lo que quieren. Eso es lo que yo hacía allí, señor Cabral. No era por que se viera.
—Ya lo sabía.
—No sabe usted lo peor. —Perpetua apartó el plato—. El primer año me engañaron dos veces. La segunda fue con un juego de café de mi madre que era de ley y me lo pagaron como si fuera alemán. Lloré en el coche de línea a la vuelta y no he vuelto a llorar por eso. Ahora sé lo que pesa la plata en la mano y conozco una piedra falsa a un palmo, y lo he aprendido de la única manera en que se aprenden estas cosas, que es pagándolas.
—Eso vale dinero, señora.
—No vale nada. Lo que diga yo no vale, porque lo digo yo. Por eso quería el papel del señor Quevedo. —Se encogió de hombros—. Un número escrito por un hombre son doscientas pesetas más. Lo mismo dicho por mí es una viuda poniéndose pesada.
—Le va a servir a usted más de lo que cree —dijo Duarte.
—¿Cómo que ya lo sabía?
—El sábado usted no sacó el reloj. —Duarte partió el pan—. Toda la plaza sacó el reloj a la vez y usted no. Y esta casa tiene cuarenta y dos ventanas y once cortinas. Y en el salón amarillo hay cuatro marcas redondas en la alfombra y no hay sillones. Ora, señora, yo de esto vivo.
Perpetua se quedó un momento sin saber si estaba enfadada.
—¿Y no me lo iba a decir?
—¿Para qué? Usted vende lo suyo. Eso no es un secreto: es una desgracia. —Se limpió la boca con el pañuelo de seda—. Los secretos de esta casa son otros y son seis o siete, y hasta el jueves no me sirven de nada. Coitada, y encima le han robado.
Ella se levantó a por el vino y se quedó de espaldas más tiempo del necesario.
—Doña Perpetua.
—Diga.
—El jefe de la estación, ¿es hombre de fiar?
—Es un hombre que lleva veinte años apuntando cosas en un libro. Si le pide usted la hora, se la da por escrito.
—Perfecto. —Duarte se echó hacia atrás en la silla y estiró las piernas larguísimas debajo de la mesa—. Mañana temprano voy a bajar a la estación a pedirle el horario del correo, y de paso el libro de circulación del domingo.
—¿El horario del tren? —Perpetua se volvió con la botella en la mano—. ¿Para qué quiere usted el horario del tren?
—Para nada, señora.
—Dígamelo.
—Para dormir bien —dijo Duarte—. Llevo dos noches sin dormir y es por una tontería, y las tonterías de noche crecen. Cuando la haya mirado y no sea nada, duermo.
Nadie se equivoca en fila
Capítulo 4
IV
El saco apareció el miércoles a las seis y media de la mañana, en el pilón de la fuente del Cascajo, delante de tres mujeres que iban a por agua.
Estaba metido en el agua hasta la mitad y era un saco de serrín de los de la comisión. Dentro, envueltas en un trapo de cocina, había seis piezas de plata.
Aquilino Barbastro las fue sacando una a una encima de la mesa del cuartelillo, con las manos temblándole.
—Naveta. Copón. Bandeja. Corona. Los dos candeleros. El rosario.
—¿Están todas? —preguntó Berrueta.
—Están seis.
—Le he preguntado si están todas.
—Y le he contestado que están seis, sargento. —El platero fue tocando las piezas una por una, con dos dedos, como se toca a un enfermo—. No falta ni una abolladura. No las han limpiado, no las han raspado, no les han quitado una piedra. Esto no ha estado en manos de un chatarrero. Esto ha estado en un sitio seco y envuelto.
—Falta la cruz.
—Falta la cruz.
Para el mediodía, Ontanaya había decidido lo que había pasado y estaba muy satisfecha de su decisión. El ladrón, evidentemente, se había arrepentido. El ladrón había visto a un pobre hombre metido en el calabozo por su culpa y no había podido dormir. El ladrón se había quedado con la cruz porque era la única pieza con piedras y porque de algo hay que vivir. En la puerta de la iglesia hubo quien dijo que había sido la Virgen.
—¡Un ladrón que devuelve! —repetía doña Herminia—. Cuarenta años llevo yo detrás de un mostrador en este pueblo y una cosa así no la había visto nunca.
—Ni lo verá —dijo Duarte.
Estaba detrás de ella, muy encorvado, mirando las seis piezas encima de la mesa.
—¿Usted no lo cree?
—Yo creo lo que hay, señora. Y lo que hay es un hombre que se llevó siete cosas y ha devuelto seis. —Se agachó hasta poner los ojos a la altura de la mesa—. Ora, un ladrón arrepentido devuelve todo. Un ladrón con hambre no devuelve nada. El que devuelve seis y se queda una no se ha arrepentido de nada, doña Herminia. Ese ha terminado el trabajo.
Aquel miércoles Duarte volvió a preguntarlo todo, y lo preguntó otra vez al revés.
Empezó por el final. A doña Herminia le preguntó primero por el color de su vestido y después por las empanadillas. A los mozos les preguntó por el hielo antes que por las bandejas. Al director de la banda le hizo empezar por la habanera y subir hacia atrás hasta la jota. A doña Sagrario le preguntó por el manto y luego por la cena. Doña Sagrario le contestó lo mismo que el lunes y con las mismas palabras. Llevaba sesenta y seis años diciendo lo mismo con las mismas palabras y no iba a estrenar otras a estas alturas.
Perpetua lo siguió otra vez, calladamente. Ya sabía que aquello no era charla.
—Don Fabián, otra vez las tonterías —dijo Duarte en el patio, a media tarde—. Y hoy además al revés, que es como se saben.
—Usted verá. Yo hoy no tengo nada mejor que hacer que contestarle.
—¿De qué color iba su hija el domingo?
—De verde. Verde de agua, con dos cintas. Se lo hizo la modista de aquí.
—¿Cenó usted algo?
—Yo en la feria no como. Un caldo a las siete y hasta el lunes.
—¿Qué tocaba la banda cuando usted se fue del patio?
—El vals. El largo ese, que dura media hora y no se acaba nunca.
—¿Y a qué hora pitó el correo?
—¿El correo? Con retraso, como siempre. Veinte minutos lo menos. Aquí no ha llegado a su hora en cuarenta años.
—Ah, ¿sí?
—Pregúntele usted a cualquiera de este pueblo y verá lo que le dicen.
—Ya se lo he preguntado a nueve —dijo Duarte, y sonrió con toda la cara—. Y los nueve me dicen palabra por palabra lo mismo que usted.
Don Fabián sacó el reloj, lo miró y lo guardó. Perpetua, que estaba dos pasos más allá con una jarra en la mano, no notó nada de particular. Aquel día no.
Lo del conserje se arregló solo y por donde nadie miraba.
Duarte bajó a la estación a primera hora, volvió a las once con una cartera prestada debajo del brazo y se metió en la carbonera, que era el sitio más sucio del palacio. Salió de allí con la cara negra y muy contento. En el suelo, detrás de los cestos, había dos cajones puestos de canto, una vela consumida, once colillas y una baraja a la que le faltaba el as de oros.
—Once colillas de tres marcas distintas —dijo—. Y tres hombres no fuman tres marcas si son los tres pobres.
Berrueta bajó a mirarlo y no dijo nada.
—Sargento, ¿sus números fuman de la petaca o del paquete?
El sargento subió las escaleras sin contestar. Por la tarde tenía la confesión de los dos guardias. Habían pasado la noche del baile jugando a la brisca con el conserje, en la carbonera, en vez de estar donde tenían que estar. Melquíades Rúa salió del calabozo a las cinco, sin decir palabra. No le dio las gracias a nadie y se fue derecho a fregar el patio, que llevaba dos días sin fregar.
—¿Por qué no lo dijo? —le preguntó Perpetua.
—Porque me quitan la llave —contestó él—. Y con la llave, la casa. Prefiero que me llamen ladrón dos días que quedarme en la calle a los cincuenta y ocho.
La corona volvió del pilón con una mancha verde de fondo de fuente en los picos, y por poco no hay otra detención.
Aquilino quería llevársela al taller para revisarle los engarces antes de devolverla a la cofradía. Doña Sagrario Elizalde se plantó en medio del cuartelillo con el manto en el brazo.
—La corona se va a la iglesia.
—Doña Sagrario, es media hora —dijo el platero—, y se la devuelvo limpia y con los engarces apretados.
—Ni media hora ni medio minuto. Esa corona la ha llevado la Virgen cuarenta y un septiembres y no ha entrado en un taller en su vida.
—Señora —dijo Duarte—, ¿me deja usted a mí que le explique...?
—A usted menos.
Y se llevó la corona envuelta en el manto, andando muy derecha, con los sesenta y seis años puestos como una advertencia.
—Está verde —dijo Perpetua desde la puerta—. Habrá que limpiarla igual. Yo la ayudo.
Lo dijo sin pensarlo y le salió bien. Doña Sagrario se paró en mitad de la calle, se volvió, la miró de arriba abajo con aquellos ojos que no perdonan nada, y dijo que a las nueve, en la sacristía, y que llevara paño de hilo, que los de algodón sueltan pelusa.
Cuando la vieja desapareció por la esquina, Duarte se estaba riendo solo.
—¿De qué se ríe?
—De mí, señora. De mí, que llevo treinta años cobrando por hacer hablar a la gente. —Se pasó la mano por la cabeza—. A esa mujer no le saco yo una palabra ni en un mes.
A las ocho de la tarde lo intentó con Amparo Losilla, en la cocina del palacio, y le pasó lo mismo.
Estaba Perpetua de carabina y no estaba el sargento; Duarte le había pedido media hora a Berrueta y Berrueta se la había dado de mala gana. Gastó veinte minutos y no necesitó más para saber que allí no había nada que hacer.
—Menina, yo de usted no quiero saber nada malo.
—Yo estuve en el salón toda la noche.
—Tres personas dicen que sí y dos dicen que no.
—Pues que digan lo que les parezca.
Le preguntó por el vestido y por la modista, por el vals y por si hacía frío en el patio, y la chica le contestó a todo con cuatro palabras y las manos metidas entre las rodillas. Cuando llegó al huerto se quedó mirando la pared y no volvió a contestar a nada.
—¿Sabe usted lo que pasa cuando nadie quiere decir dónde estaba?
—Ya salió el conserje esta tarde.
—Ora, es verdad. Salió. —Duarte se levantó despacio—. Y entrará otro.
Amparo se echó a llorar y siguió sin decir nada. Estuvo llorando un rato largo, muy quieta y sin taparse la cara. Después se limpió con la manga, dio las buenas noches como se las da a una visita y se fue.
Duarte se quedó de pie junto al fogón.
—A esa muchacha no le saco yo nada nunca —dijo—. Y no es por listo ni por tonto. Es porque soy un hombre, y soy de fuera, y llevo un traje que ella no ha visto en su vida. Lo que tiene que contarme es que estuvo a oscuras en un huerto con el chico que sirve las bandejas, y su padre es el hombre más respetado de este pueblo. Antes se deja detener.
—¿Y entonces?
—Entonces se pierde. —Miró el fuego—. En treinta años se me han perdido cosas más grandes, doña Perpetua. Uno se acostumbra mal.
Perpetua fregó el mismo plato tres veces y no dijo nada.
La sacristía olía a cera y a armario cerrado.
Doña Sagrario había puesto la corona encima de un cojín de la cofradía, entre dos velas. Trabajaron una hora casi sin hablar, la vieja los aros y Perpetua los picos, que era donde estaban las piedras. Alcohol, paño de hilo y paciencia.
A los diez minutos Perpetua supo lo que tenía en la mano.
Lo supo por el peso, que es lo primero que se aprende. Después por la temperatura: una piedra de verdad tarda en calentarse y el vidrio coge el calor de la mano en un momento, y eso se lo había enseñado un hombre de Berrocal que primero la engañó y luego, de pura vergüenza, le explicó cómo la había engañado. Y por último lo vio. Puso el pico contra la vela y allí estaba, dentro de la piedra grande del frente: una burbuja. Pequeña, redonda y quieta, como la que se queda dentro de una canica.
No dijo nada. Siguió limpiando.
—Ya lo ha visto usted —dijo doña Sagrario.
Perpetua dejó el paño encima de la mesa.
—Sí.
—Veinte años llevo yo esperando a que lo viera alguien. —La vieja no levantó la cabeza de los aros—. Y tenía que ser usted, claro. La única de este pueblo que ha tenido que aprender de eso.
—¿La única que ha tenido que aprender de qué?
—Hija, si medio Ontanaya lo sabe.
Perpetua se sentó en el banco porque las piernas se le fueron solas.
Dos años. Dos años bajándose del coche de línea dos paradas antes de Berrocal, con la cesta tapada con un paño, dando el rodeo por detrás del mercado para que no la vieran entrar.
—¿Y por qué no me lo ha dicho nadie?
—¿Para qué? ¿Para que lo pasara usted peor? —Doña Sagrario siguió frotando—. Un pueblo puede saber una cosa y no decirla. Es lo único decente que sabemos hacer aquí, y no siempre nos sale.
Estuvieron calladas un rato largo. Fuera empezó a llover despacio, de esa lluvia de septiembre que no moja.
—Las piedras las vendió don Emeterio —dijo la vieja al cabo—. Hace veinte años, en la capital. Puso vidrio de Praga, bien montado, que no lo conoce un platero si no lo saca del engarce. Con aquel dinero pagó el tejado de esta iglesia, que se venía abajo, y sacó de la cárcel a un hombre de aquí con una fianza. El hombre vive, tiene tienda y no lo sabe.
—¿Y usted cómo se enteró?
—Porque yo la visto. La vestía antes de que él viniera y la he seguido vistiendo después. A los dos meses le cambié la toca, la levanté al sol y la vi igual que la ha visto usted esta noche. —Dejó el paño—. Se lo dije a la cara, en este mismo cuarto, de pie donde está usted sentada. Y él me contestó: doña Sagrario, ¿qué prefiere usted, una corona o un tejado?
—¿Y qué le dijo usted a él?
—Nada. Todavía no le he contestado. Llevo veinte años.
Se quedaron las dos mirando la corona, que ya estaba limpia y brillaba muchísimo a la luz de las velas.
—Doña Sagrario, yo esto se lo tengo que contar al señor Cabral.
—Ya lo sé.
—¿Y no le importa?
—Me importa muchísimo. —La vieja se levantó y empezó a doblar los paños, uno por uno, en cuadrados iguales—. Pero llevo desde el sábado diciendo que a esta corona no la toca nadie de fuera, y el pueblo se está preguntando por qué. Si no lo cuenta usted, lo cuenta la gente, y la gente lo cuenta peor. Cuéntelo usted, hija, que usted sabe lo que pesa.
Perpetua salió de la iglesia a las diez y media y no se fue a su casa.
En Ontanaya, a las once de la noche, no se visita a nadie.
Le abrió la criada con cara de susto y le dijo que don Fabián estaba en la fábrica. Perpetua contestó que venía a ver a la señorita y subió sin que la acompañaran, porque en aquella casa había entrado ella de novia y sabía dónde estaba cada puerta.
Amparo estaba sentada en el borde de la cama, vestida todavía.
—No vengo a preguntarle nada —dijo Perpetua, y cerró la puerta detrás de sí—. Vengo a contarle una cosa.
—Doña Perpetua...
—Cállese y escuche, que esto me cuesta y si me interrumpe no lo digo.
Se quedó de pie, porque sentada no habría podido.
—La sopera de plata de mi suegra la vendí en marzo, en Berrocal, en una tienda que hay detrás del mercado. Los sillones del salón amarillo los vendí el invierno pasado. Los dos espejos del pasillo, la vajilla entera y el reloj de mi cuarto. Voy en el coche de línea con las cosas en una cesta tapada con un paño, como quien lleva ropa, y me bajo dos paradas antes para que no me vean bajar allí. Llevo dos años haciéndolo. Hay semanas en que en ese palacio no se enciende la cocina.
Amparo se había quedado con la boca abierta.
—Eso no lo sabe nadie en este pueblo —dijo Perpetua, y al oírse le tembló la voz, porque venía de enterarse de que no era verdad—. O eso creía yo hasta esta noche. Ahora lo sabe usted de mi boca, que es otra cosa. Puede contarlo mañana en la plaza si le parece. Yo no lo voy a negar.
—Yo eso no lo contaría nunca.
—Ya lo sé. —Se sentó por fin, de lado, en la silla del tocador—. No se lo he dicho para eso. Se lo he dicho para que estemos iguales. Hasta hace un momento usted tenía una cosa suya y yo no tenía ninguna mía, y así no se puede hablar con nadie. Ahora cuénteme lo del huerto o no me lo cuente, pero decídalo sabiendo que ya le he pagado por delante.
Amparo Losilla tardó en contestar lo que tarda una chica de veintidós años en darse cuenta de que la están tratando como a una mujer hecha.
—Servando salió por la despensa —dijo— y yo por la puerta del salón. Detrás de los tilos.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé. Un rato.
—Amparo, un rato no vale. —Perpetua se inclinó hacia delante—. Piense despacio. ¿Oyó usted algo desde allí?
—El baile. Y a las monjas.
—¿A las monjas?
—El reloj de Santa Escolástica. Desde el huerto de usted se oye clarísimo. —La chica se limpió la cara con el dorso de la mano—. Las conté yo, porque me dio miedo que fuera más tarde de lo que era. Nueve y media.
—¿Y cuando volvieron ustedes a entrar, qué estaba tocando la banda?
—El vals. El largo, el que no se acaba nunca. La jota se había terminado hacía un buen rato.
—¿Y la jota a qué hora fue?
—A las nueve y media. Eso lo mandó mi padre delante del director: a las nueve y media, y luego lo que usted quiera.
Perpetua se quedó quieta en la silla del tocador de una muchacha de veintidós años, en una casa que no era la suya, a las once y media de la noche. Sintió un frío que no venía de la ventana.
Duarte estaba sentado en el tercer escalón de la escalera de piedra, a oscuras, con el gabán echado por los hombros. No le preguntó de dónde venía.
Perpetua se sentó dos escalones más abajo y se lo contó todo, las dos horas, sin ordenarlo y empezando por el final, que es como se cuentan las cosas cuando importan.
Cuando acabó, el portugués estuvo callado tanto rato que ella llegó a pensar que se había dormido.
—¿No dice usted nada?
—Estoy diciendo mucho. Por dentro. —Se le oía la respiración—. Señora, ¿usted sabe lo que acaba de traer a esta casa?
—Una hora.
—Dos. —Levantó dos dedos en la oscuridad, y se le vieron porque había luna—. Las nueve y media de las monjas y las nueve y media de la jota, y entre las dos hay veinte minutos. Eso no lo saco yo. Eso no lo saca nadie de fuera.
—Me ha costado lo suyo.
—Se le nota en la voz.
Se levantó y se sacudió el gabán, y tardó en hacerlo más de lo necesario.
—Y lo otro. Lo de la corona. —Se paró en el escalón—. Coitada la señora Elizalde. Esa mujer no tiene miedo a Dios: tiene miedo a que le quiten la Virgen.
—Señor Cabral, ¿usted se da cuenta de lo que significa?
—Dígamelo usted, que es suyo.
—Que en aquella vitrina había una pieza falsa —dijo Perpetua— y no lo sabía nadie más que una vieja.
Duarte no contestó enseguida. Subió dos escalones y se volvió desde arriba.
—Eso mismo llevo yo pensando desde el lunes por la noche, cuando el platero leyó siete renglones y uno decía sin pesar.
El jueves por la mañana se aclaró lo del vestido, y no hizo falta ninguna astucia.
Obdulia Rúa lo contó ella sola, muerta de vergüenza. Había estado en el salón desde las diez y media hasta las once y media. Bailó todo el rato con el hijo del veterinario, con su vestido verde de agua y sus dos cintas. Tres personas la vieron de espaldas y las tres escribieron tranquilamente el nombre de Amparo en la declaración del sargento.
—Yo no quería que se creyeran nada, señor, se lo juro —dijo la chica—. Yo estaba bailando y no había hecho nada malo.
—Usted estaba bailando —le dijo Duarte—, y estaba usted preciosa, y el que le regaló ese vestido tiene mejor ojo que la modista. No llore más.
Servando Quiles, en cuanto supo que Amparo había hablado, confirmó lo del huerto en dos minutos y delante del sargento, campanadas de las monjas incluidas. Las había contado él también. Lo único que le preocupaba era que no se lo dijeran a su madre.
Buscó a don Fabián el jueves por la mañana, en el almacén de la fábrica, donde el harinero estaba haciendo cuentas de pie encima de un saco.
Perpetua fue con él y se quedó en la puerta.
—Le traigo una mala noticia —dijo Duarte, muy alegre—. El maestro Lizana subió detrás de usted a la torre el sábado por la mañana. Iba a por unos cordeles y lo vio a usted trabajando en la máquina del reloj.
Perpetua abrió la boca y no dijo nada. El maestro Lizana tenía setenta y un años. Le había dicho a don Fabián en la puerta de la iglesia, delante de ella y de media plaza, que él con las alturas ya no.
Don Fabián dejó el lápiz.
—Pues claro que me vio, si me vio. Yo estuve allí arriba media hora y me vio todo el pueblo desde abajo, y el hijo del relojero estuvo conmigo, y bajé negro de grasa. Lo que no sé es qué me está contando usted.
—Nada. Que se lo digo.
—Señor Cabral. —Don Fabián se levantó y le puso una mano en el brazo, sin ninguna violencia—. Yo lo he traído a usted y yo le pago. Si tiene algo que preguntarme, pregúnteme de frente, que llevo cincuenta y tres años contestando de frente.
—Está bem. Le pregunto una cosa de frente. ¿Puede usted reunirme esta noche a las diez, en el salón del Casino, a toda la gente que estuvo en el baile?
—Puedo.
—Pues eso.
Volvieron andando por la carretera. Perpetua tardó doscientos metros en soltarlo.
—Usted le ha mentido.
—Sí.
—El maestro Lizana no subió a esa torre. Se lo oí decir yo el sábado.
—Ya lo sé, señora. Estaba usted delante y yo también. —Duarte iba mirando el suelo—. Le he mentido para verle la cara, y me ha contestado con la verdad, y con toda la verdad, y sin quitarme la mano del brazo. Ora, eso lo hacen dos clases de hombres: el que no tiene nada que esconder y el que lo escondió a la vista de todos.
—¿Y usted cuál cree que es?
Duarte no contestó a eso. Andaba deprisa y con las manos en la espalda, y a Perpetua le costaba seguirle.
—Doña Perpetua, esta noche necesito tres cosas de usted. El salón, sillas para setenta y que nadie se siente antes que yo.
—¿Y la tercera?
—Que de aquí a las diez le diga usted a todo el que se cruce lo mismo. Que no toquen su reloj. Ni lo adelanten, ni lo atrasen, ni lo pongan por la torre, ni lo pongan por el mío. Que lo dejen tal y como lo tienen desde el domingo.
Nadie se equivoca en fila
Capítulo 5
V
Setenta sillas en el salón, y el reloj de pared encima de todas.
Perpetua las había puesto ella misma con las chicas de la cocina, en cuatro filas, mirando hacia la chimenea. A las diez menos veinte no cabía nadie más, y eso que se había citado a las diez. Delante de la chimenea, Aquilino Barbastro había puesto una mesa camilla con algo encima tapado con un paño verde, y nadie sabía qué era. Estaban los seis mozos de pie contra la pared del fondo, y el sargento Berrueta y sus dos números junto a la puerta, y don Isidro Quevedo, que había vuelto de la capital sin que nadie supiera quién lo había llamado, sentado en la primera fila con el sombrero en las rodillas.
En la última silla del extremo, muy tieso y con el uniforme de los domingos, estaba don Eleuterio Naval, jefe de la estación de Ontanaya, con una cartera de cuero encima de las piernas.
Duarte Cabral de Meneses entró el último, se puso delante de la chimenea y no dijo buenas noches.
—Levanten ustedes la mano los que hayan tocado su reloj desde el domingo.
Nadie levantó la mano.
—¿Nadie? Miren bien. Ni para adelantarlo, ni para atrasarlo, ni para ponerlo por la torre.
—Nadie toca su reloj sin motivo —dijo don Rufino Cebrián.
—Está bem. —Duarte se volvió hacia el rincón—. Señor Naval, ¿qué hora tiene usted?
El jefe de estación sacó un reloj de plata del tamaño de un huevo y lo miró de cerca.
—Las nueve y veinte.
Hubo una risa corta en la tercera fila y se apagó sola.
—Perdone. ¿Las nueve y veinte?
—Hora del ferrocarril. Este reloj se pone todos los lunes con el telégrafo y llevo veinte años poniéndolo. Si este reloj se equivoca, señor, se equivocan cuarenta trenes.
—Don Rufino, ¿usted qué hora tiene?
—Las diez menos veinte.
—Doña Herminia.
—Las diez menos diecinueve.
—Aquilino.
—Las diez menos veintiuno.
Duarte fue por toda la primera fila y luego por la segunda, y no apuntó ni una. En el salón se había levantado un ruido de cadenas y de tapas, y cada vez que alguien decía su hora la decía más bajo. Cuando llegó a la cuarta fila ya no hacía falta que contestara nadie.
—Veinte minutos —dijo—. Ustedes van veinte minutos por delante de este señor. Y este señor va con el mundo.
—Eso será que el reloj de ese señor está mal —dijo Berrueta.
—Puede. —Duarte se metió las manos en los bolsillos—. Y también puede que estén mal los setenta de esta sala. No se lo voy a discutir, sargento, porque no hace falta. Dentro de veinte minutos esa torre va a dar las diez y el reloj del señor Naval va a marcar las nueve y cuarenta. Entonces lo hablamos. Hasta entonces siéntese y escúcheme, que tengo mucho que contar y no llego.
Berrueta se quedó donde estaba, de pie, y se cruzó de brazos. Pero se calló.
La sala entera se removió. Doña Sagrario se santiguó rápidamente y no se supo por qué.
—El jueves de la feria se paró ese reloj para colgar los faroles. Dos días estuvo Ontanaya sin hora, y el sábado a las once alguien lo puso en marcha. Y esa mañana, en esta plaza, diez o doce hombres sacaron el reloj del bolsillo a la vez y lo pusieron por la torre, uno detrás de otro. Yo no estaba y me lo han contado once personas. Es lo único en lo que están todos de acuerdo.
—¿Y los que no lo pusieron? —preguntó Quevedo desde la primera fila.
—Buena pregunta. Contéstemela usted: cuando su reloj no coincide con el de la torre, ¿qué hace?
Quevedo abrió la boca y no dijo nada.
—Se lo pone a la torre —dijo Duarte—. Lo hacen todos y todos creen que hacen bien, porque la torre es de todo el mundo y el reloj es de uno. El hombre que ve las diez arriba y las nueve y cuarenta en su bolsillo no piensa que se equivoca la torre. Piensa que se le atrasa el suyo, lo adelanta y se queda tranquilo. Para engañar a un pueblo entero no hacen falta setecientos relojes: hacen falta dos, el de la torre y el del salón de baile.
—El del salón lo adelantó don Fabián el domingo por la mañana —dijo Perpetua, y se oyó su propia voz como si fuera de otra.
—Delante de tres personas y en menos de un minuto. Se lo agradecieron ustedes, además, que es lo bonito.
Berrueta se había separado de la puerta.
—Un momento. Aunque todos los relojes de este pueblo estuvieran mal, ¿a mí eso qué me arregla? Si todo el mundo se equivoca lo mismo, todo el mundo sigue estando donde dijo que estaba.
—Ahí quería yo llegar, sargento. Siéntese, que esto es largo.
Duarte se puso a andar de un lado a otro delante de la chimenea, con las manos en la espalda.
—El domingo por la noche, en esta casa, había tres relojes que nadie pudo tocar.
»El primero es el correo. El correo tiene su hora a las diez menos cuarto y esa noche pasó a las diez menos cuarto. Está escrito en el libro de circulación y el señor Naval lo trae en esa cartera, con la firma del jefe de Berrocal. Ustedes lo oyeron pitar, y en las catorce declaraciones que tomó el sargento pone las diez y cinco. Y como en este pueblo hace cuarenta años que ese tren llega cuando le parece, nadie se extrañó de nada.
Don Eleuterio Naval se removió en la silla.
—Con permiso. Ese correo sale de Berrocal a su hora y pasa por ese cambio de agujas a su hora, y lleva haciéndolo desde antes de que yo entrara en el cuerpo. Lo que pasa es que en este pueblo no se lo ha querido creer nunca nadie.
—Ahí lo tienen —dijo Duarte.
»El segundo son las monjas de Santa Escolástica, que dan las horas dentro de la clausura para ellas solas y a las que no oye nadie más que el que esté en la sacristía o en el huerto de esta casa. Aquella noche había dos personas en el huerto y no voy a decir qué hacían, porque no le importa a nadie y porque una de las dos es hija de un padre que está sentado ahí. Oyeron a las monjas dar las nueve y media. Cuando volvieron a entrar, la banda tocaba el vals, y la jota se había acabado hacía un rato largo. Y la jota se tocó a las nueve y media.
Amparo Losilla se tapó la boca con la mano.
—Dos veces las nueve y media —dijo Duarte—, con veinte minutos entre una y otra.
Y añadió, mirando al suelo:
—Y esto no lo he sacado yo. A mí esa muchacha no me habría contestado nunca, y hacía bien. Se lo sacó la dueña de esta casa, ella sola, el miércoles a las once de la noche, y le costó lo suyo.
Setenta cabezas se volvieron a la vez. Perpetua Anduaga estaba de pie al fondo del salón, junto a la puerta, con las manos cogidas por delante, y entendió que si esperaba un segundo más ya no iba a poder.
—Le conté a la señorita Losilla que llevo dos años vendiendo esta casa por partes —dijo.
Se le oyó bien, porque no respiraba nadie.
—La sopera de mi suegra, los sillones del salón amarillo, los espejos del pasillo, la vajilla y mi reloj. En Berrocal, en una tienda de detrás del mercado. Me bajo del coche dos paradas antes para que no me vean bajar allí. Se lo conté para que ella pudiera contarme lo suyo sin quedar por debajo de mí, y lo digo aquí porque prefiero decirlo yo esta noche que oírlo el domingo a la salida de misa.
Doña Sagrario Elizalde, desde la tercera fila, dijo que muy bien dicho. Lo dijo en voz alta y sin que nadie le hubiera preguntado nada, y hubo dos o tres que dijeron lo mismo por lo bajo.
Duarte esperó a que se acabara el ruido.
—Ora —dijo—. Sigo.
»Y el tercero es el maestro Lizana.
El sacristán se enderezó en la silla como si le hubieran dado con una vara.
—Este señor toca las ánimas cuando oye a las monjas dar las diez, y lleva cuarenta y un años haciéndolo, y desde el lunes lleva este pueblo diciéndole que se ha quedado sordo. Maestro, póngase usted de pie, que se lo digan a la cara.
—No hace falta —dijo Lizana, y se puso de pie.
—El domingo tocó usted a su hora.
—A las diez.
—A las diez. Y desde el domingo, todas las noches, a las diez. Y todas las noches este pueblo dice que va tarde. —Duarte se volvió hacia las sillas—. El único hombre de Ontanaya que ha dado bien la hora durante cinco días seguidos es el único al que le han quitado la razón. Siéntese, maestro, y perdone.
—Y ahora lo importante, que no son los relojes.
Duarte se paró en el centro y se quedó un momento callado, que era una cosa que no hacía nunca.
—La gente se equivoca. Se equivoca siempre, y de eso como yo. Pero la gente se equivoca cada uno por su lado. Uno le pone diez minutos de más, otro un cuarto de hora de menos, otro se acuerda del año pasado, y a otro se le olvida y dice «no sé, señor, yo qué sé». Eso es un pueblo acordándose de una noche. Eso es lo normal y eso es lo que yo espero encontrar cuando entro por una puerta.
»El domingo no pasó eso. El domingo se equivocaron catorce personas. Los catorce lo mismo, los catorce veinte minutos, y los catorce hacia el mismo lado.
Se volvió despacio hacia la primera fila.
—Señores, nadie se equivoca en fila. Cuando catorce personas se equivocan igual, no se han equivocado: las han formado. Y el que forma a catorce personas no es un ladrón que pasaba por aquí. Es alguien de esta casa que se pasó una semana colocándolas.
—Eso es una manera de hablar —dijo Berrueta.
Duarte no le contestó. Abrió una mano en el aire, pidiendo silencio, y en el silencio se oyó lo que llevaba veinte minutos esperando.
La torre de Ontanaya dio las diez.
Se oyeron las diez campanadas enteras porque no se movió nadie. Cuando se apagó la última, don Eleuterio Naval habló desde su rincón sin que le preguntaran, con el reloj de plata abierto en la palma de la mano.
—Las nueve y cuarenta.
El sargento Berrueta se sentó en la silla que tenía al lado, que era la de uno de los mozos, y el mozo se quedó de pie.
—Llevan ustedes cinco días viviendo veinte minutos por delante del mundo —dijo Duarte—, y no se ha muerto nadie.
Esperó a que la gente terminara de mirarse unos a otros.
—Es una manera de trabajar, sargento, y se lo enseño en cuatro renglones.
Levantó la mano y fue contando con los dedos.
—Un mozo cruzó la galería poco antes de las diez y cinco, y ninguno de los seis mozos subió. La comisión encargó siete fajas verdes para seis hombres. Está en la cuenta de la modista, la leí yo el lunes en voz alta y aquí estaba doña Perpetua. Nueve reales por que una faja verde dejara de ser una persona.
»La señorita Losilla estaba en el salón y estaba en el patio, y tres personas juraron su nombre mirándole la espalda a otra. La comisión pagó dos vestidos iguales. Uno se regaló delante de media plaza, y estuvo muy bien regalado, y la chica lloró y su padre también, y a mí no me quita eso de la cabeza que lo que se compró aquel día fueron dos vestidos verdes en un baile de setecientas personas.
»Aquella noche la banda tocó al revés de como estaba escrito, porque alguien lo mandó cambiar para que los viejos oyeran la jota temprano. De manera que quien contaba las horas por la música también contó mal.
»Y la puerta del gabinete se abrió con llave y no la forzó nadie. Había dos llaves y dos hombres que no entraban solos. Y hay un renglón en las cuentas de la comisión, aparte, que no va en la cuenta porque lo pagó un particular de su bolsillo: el cerrajero, en agosto, once pesetas, por arreglar la cerradura del gabinete verde, que se atrancaba y un día íbamos a tener un disgusto.
El salón se había quedado sin ruido.
—Cinco cosas —dijo Duarte—. El reloj de la torre, el reloj del salón, la faja de más, el vestido de más y la cerradura de agosto. Y las cinco, señores, se hicieron delante de todo el pueblo, en voz alta, y las cinco se agradecieron.
—Yo no busco a un hombre astuto —dijo—. Los astutos son fáciles, porque hacen las cosas a escondidas y a escondidas se hace mucho ruido.
»Yo busco a un hombre que aquella semana no engañó a nadie, no compró a nadie y no amenazó a nadie. Busco a un hombre que le hizo un favor a cada persona de este pueblo.
»Subió a la torre para que no subiera un viejo de setenta y un años. Arregló el reloj del salón para que ustedes no tuvieran que preguntar la hora. Pagó una faja de repuesto por si se rompía una a media noche. Le regaló un vestido a una chica pobre para que no fuera al baile de luto. Le cambió el orden a la banda para que los viejos se acostaran a tiempo. Pagó de su bolsillo la cerradura de una puerta que no era suya. Y a las doce de la noche, cuando se acabó el baile y el conserje estaba muerto de cansancio, cargó él mismo con todos los trastos de la comisión y los sacó por la cancela, y el conserje le dijo Dios se lo pague.
Duarte se paró.
—Y a mí me trajo en primera y me pagó el viaje sin discutir. No para vigilar nada: me lo dijo a la cara el sábado, delante de doña Perpetua, y me pareció simpático. Para que me vieran en el salón, con el traje claro, saludando a las señoras. —Se pasó la mano por la solapa—. Yo fui la faja verde más cara de esta feria, señores. Y me la puse yo solo.
Nadie se movió.
—Y hay una última cosa, y es la que me tuvo dos noches sin dormir.
Se acercó a la mesa camilla y quitó el paño verde.
Debajo estaban las seis piezas, en fila y en el mismo orden que habían tenido en la vitrina. Los candeleros, el copón, la bandeja, la corona, el rosario y la naveta. Y en medio, en el sitio que le tocaba, el cojín de terciopelo. Solo. Con la señal de la cruz marcada todavía en el terciopelo.
—Media hora me las ha prestado el señor Barbastro —dijo Duarte—. Siete sitios y seis piezas. Mírenlo bien, que es todo el caso.
»Este hombre se llevó siete piezas y ha devuelto seis. Sin una abolladura, sin una raspadura, sin quitarles una piedra, envueltas en un trapo de cocina. Un ladrón arrepentido devuelve las siete. Un ladrón con hambre no devuelve ninguna. El que devuelve seis y se queda una no estaba robando, señores.
Miró hacia la primera fila.
—Estaba escondiendo una.
»Y el libro de resguardos dice cuál. Siete renglones y siete firmas. Seis dicen el peso en gramos, apuntado por el señor Barbastro con su balanza. Y el número dos dice: cruz de plata con piedras verdes, sin pesar, a petición del depositante.
»El lunes por la mañana venía de la capital el señor Quevedo, con su lupa, a tasar las siete piezas para el catálogo. De balde y por invitación de la comisión.
Duarte se volvió del todo.
—Y hay en esta sala una persona que pasó toda aquella noche sentada en el tercer escalón de la escalera de piedra, que es el único sitio de esta casa desde donde se ven a la vez el patio, la puerta del salón y la boca de la galería.
»Doña Perpetua, ¿a qué hora dejó usted de ver a don Fabián en el patio?
—A las diez menos veinte —contestó ella.
—¿Y volvió a verlo?
—Más tarde. No sabría decirle cuándo.
—A las diez menos veinte del reloj de esta casa. —Duarte se volvió hacia el rincón del jefe de estación—. Que en ese reloj de ahí eran las nueve y veinte.
»Don Fabián, en cinco días usted no me ha preguntado ni una vez por su cruz. Doña Herminia me ha preguntado nueve veces por un rosario de noventa pesetas.
Don Fabián Losilla estaba en la segunda fila, con las manos en las rodillas. Perpetua lo estaba mirando y por eso lo vio: no se puso rojo ni se levantó ni dijo nada. Sacó el reloj de bolsillo, lo abrió y miró la hora.
Lo hacía cada poco. Llevaba haciéndolo toda la semana.
—Eso —dijo Duarte, muy bajo—. Eso es lo que llevo cinco días esperando. Enséñeselo al sargento.
—Es un reloj —respondió él.
—Es el único reloj de esta sala que va bien. —Duarte no se acercó ni levantó la voz—. Toda Ontanaya lleva cinco días veinte minutos por delante, y usted no, porque usted vende harina y la harina va en tren, y un hombre que trabaja con el ferrocarril no puede permitirse un reloj que mienta. Usted es el único de este pueblo que ha sabido qué hora era en todo momento. Aquella noche, saber la hora era imposible.
Berrueta dio dos pasos y no llegó a tocarlo.
—Y una cosa más, que es de mi oficio y no del suyo, sargento. Yo a este señor le pregunté dos veces la misma tontería, con dos días de por medio, y le pido a esta sala que oiga las dos, porque las dos las oyó doña Perpetua.
»El lunes por la tarde, hablando de la banda, sin que yo le preguntara nada:
Duarte cerró los ojos.
—«Y el correo, por una vez en la vida, pasó a su hora. Me acordé de mi padre, que decía que el día que ese tren sea puntual se acaba el mundo.»
»Y el miércoles, cuando ya se lo pregunté yo:
—«¿El correo? Con retraso, como siempre. Veinte minutos lo menos. Aquí no ha llegado a su hora en cuarenta años.»
Abrió los ojos.
—La segunda me la contestó usted pensando. La primera se le escapó, hablando de su padre, y era verdad. Aquel tren pasó puntual, don Fabián, y de todos los que estaban en esta casa el único que lo supo fue usted.
Don Fabián Losilla se levantó despacio y se guardó el reloj.
Miró a su hija, que lloraba sin ruido en la fila de atrás, y luego miró a Perpetua, y luego miró el suelo.
—La empeñé hace seis años —dijo—. En la capital. Vino un mal año de trigo y luego otro peor, y creí que la recuperaba en la primavera. La copia me costó ochenta pesetas y está bien hecha. Mi madre está enterrada con un rosario de a real y con esa cruz en el retrato de la sala.
—Don Fabián...
—Déjeme acabar, doña Perpetua, que no lo voy a decir dos veces. —No levantó la voz—. Cuando la comisión aprobó lo del catálogo, la aprobé yo. Yo mismo escribí la carta al señor Quevedo. Y una semana después me di cuenta de lo que había hecho, y ya no podía retirar la cruz sin que alguien preguntara por qué.
—Podía haber dicho la verdad —observó Berrueta.
—Sí, señor. Podía. —Se puso el sombrero y se lo volvió a quitar, porque estaba dentro—. En este pueblo yo soy el que pone el dinero. Llevo veintidós años siendo el que pone el dinero. El día que aquí se sepa que la cruz de mi madre es de vidrio, esto se acaba, y no vuelve a haber feria, ni banda, ni exposición, ni vestidos para nadie.
Se quedó parado un momento, buscando algo más que decir, y lo encontró.
—Las seis las devolví el martes por la noche. Eso también lo hice yo.
—Ya lo sé —dijo Duarte—. Nadie lo dudó nunca.
Salió entre los dos números, sin esposas, y a la puerta se paró y le dijo al conserje que lo del dinero seguía en pie, que fuera a la fábrica a cobrarlo. Melquíades Rúa se echó a llorar contra la jamba y no fue el único.
La cruz no apareció nunca. Don Fabián no dijo dónde estaba y nadie insistió mucho, porque una cruz de vidrio y plata baja no le interesa a un juzgado.
Duarte se fue el sábado en el coche de línea, con su maleta y su traje vuelto, después de cobrar la mitad de sus honorarios a la comisión de fiestas y de renunciar en voz alta a la otra mitad, que era la que había puesto el cliente.
—Doña Perpetua, la naveta.
—¿Qué le pasa a la naveta? —preguntó ella.
—Que el señor Quevedo se ha ido a la capital, y que un papel firmado por él vale doscientas pesetas más en un anticuario. —Se subió el cuello del gabán—. Le he dejado la nota encima de la chimenea. Trescientos diez gramos y una fecha. Regatee usted con eso en la mano y no se disculpe de nada.
—Señor Cabral. —Perpetua se agarró las manos—. Lo de la corona.
—Yo de la corona no sé nada.
—Se lo conté yo el miércoles.
—Y yo lo he olvidado esta mañana, que es una cosa que se me da muy bien y que no cobro aparte. —Duarte subió al estribo y se agachó para no darse con el techo—. Yo he venido a buscar siete piezas de plata, señora, y he encontrado seis. Lo demás es de una mujer de sesenta y seis años que lleva veinte callándolo, y desde el miércoles es también de usted, y ustedes dos sabrán qué hacer con ello mejor que yo. Si quiere un consejo: cuando saquen a esa Virgen en septiembre, mírele la cara y no la corona.
El coche arrancó y Perpetua se quedó en la plaza.
Encima de ella, la esfera del reloj de la torre estaba otra vez descolgada, porque el hijo del relojero había subido aquella mañana a ponerlo en hora de una vez y para siempre. Ontanaya volvía a no saber qué hora era, y a nadie parecía importarle demasiado.
Cuando lo pusieron, tres días después, el pueblo estuvo una semana entera quejándose de que el reloj de la torre iba atrasado.
Fin
Nadie se equivoca en fila
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