Lo que se dice sin miedo

Un fotógrafo escribe a Duarte Cabral de Meneses para contarle algo y le pide que espere al día siguiente. Esa mañana lo encuentran muerto en una cabina del balneario, con el baño que pedía su ficha. Duarte se queda los ocho días que le han pagado por adelantado hablando de tonterías con doce huéspedes, porque nadie miente en los adornos.

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  • Duarte Cabral de Meneses
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Contenido
  1. 01I
  2. 02II
  3. 03III
  4. 04IV

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Lo que se dice sin miedo

Capítulo 1

I

El coche del balneario lo recogió en la estación de Alcorlá a las tres de la tarde, y durante el camino el chófer no consiguió meter una palabra.

—Dieciocho kilómetros —iba diciendo el viajero—. Dieciocho kilómetros de curvas para llegar a un sitio donde el agua huele a huevo. Y sin embargo la gente paga, amigo mío. La gente paga porque le han dicho que el agua que huele mal cura, y en cuanto a una cosa se le pone precio ya nadie discute si sirve. Yo he vivido de eso, pois. No del agua. Del precio.

Se apeó delante de la escalinata un hombre altísimo y muy flaco, con las manos larguísimas, completamente calvo y sin sombrero. Tenía unas cejas blancas enormes y no llevaba bigote, cosa que en aquella provincia llamaba más la atención que llevarlo. El traje era de hilo, de un color crema que no se veía en Sotienza ni en agosto, y en el bolsillo del pecho asomaba un pañuelo de seda. De cerca se le notaba que el traje tenía diez años y que estaba vuelto.

—Duarte Cabral de Meneses —dijo en el mostrador—. Las dos cosas, señora, que me costaron las dos lo suyo.

Purificación Escolano lo miró por encima del libro de registro.

—Tenemos su habitación desde el jueves.

—Y yo tengo su balneario desde el jueves, señora mía, en un recorte de periódico. —Sacó del bolsillo interior una cartera de hule, la abrió encima del mostrador y fue pasando papeles doblados hasta encontrar el que buscaba—. Aquí. El caso del reloj de Lugo. Segunda columna. Sale el nombre de este establecimiento porque yo dije que había venido a descansar aquí, que era mentira, pero quedaba bien.

—Muy amable.

—No, no fue amabilidad. Fue publicidad de los dos. —Guardó la cartera—. ¿Está don Rosendo Vilar?

Vilar estaba en la galería de la planta baja, sentado en un banco de azulejo, con las manos en el bastón. Era un hombre pequeño, de sesenta y tantos, con el pelo blanco muy fino. Tenía la cara de alguien que lleva cuarenta años pidiendo a la gente que se esté quieta y sonría.

Levantó la cabeza y, antes de saludar, miró hacia los dos extremos del pasillo.

—Siéntese usted aquí y hábleme del tiempo.

—Hace un tiempo excelente —dijo Duarte, sentándose—. ¿Y bien?

—Y bien, nada. Hoy nada. —Vilar hablaba sin mover casi los labios—. Hoy usted es un señor que ha venido a tomar las aguas y que no me conoce de nada. Mañana por la mañana, después del baño, subimos a mi habitación y le cuento a usted quién es y por qué le he escrito.

—Don Rosendo, yo he hecho catorce horas de tren.

—Y yo llevo dos meses sin dormir, así que estamos empatados. —Le puso una mano en el brazo, muy brevemente—. Se lo pido por favor. Aquí somos doce y llevamos dieciocho septiembres mirándonos. En cuanto nos vean juntos hablando bajo, lo sabe la casa entera antes de la cena.

Duarte se quedó mirándolo fijamente un momento, con las cejas levantadas.

—Está bem. ¿Y qué hago yo hasta mañana?

—Lo que hace todo el mundo aquí. Aburrirse.

—Yo no sé aburrirme, don Rosendo. Nunca he sabido. —Se levantó y se estiró el chaleco—. Tendré que hablar con la gente.

—Hable usted de lo que quiera menos de mí.

—De usted no pienso hablar. —Duarte le sonrió con toda la cara—. Me han pagado ustedes ocho días por adelantado y llevo uno. Los otros siete hay que rellenarlos con algo.

La galería de baños de Sotienza era una nave larga con el techo de cristal. Tenía doce cabinas de madera a un lado y una hilera de bancos al otro. Olía a cal caliente y a huevo podrido de una manera que a la media hora dejaba de notarse. Nicolás Trigo, el bañero, lo llevó a verla antes de la cena y le fue enseñando las cosas por orden, sin ninguna gana.

—Las cabinas de la uno a la doce. La tres es la del fondo, que está más lejos y por eso la piden los que no quieren oír a nadie. Ahí, la silla mía. Y ahí, el tablero.

El tablero era un cuadro de corcho con dos filas de ganchos, y de cada gancho colgaba un cartón amarillo. Duarte se acercó y leyó unos cuantos.

—¿Esto qué es?

—Las fichas. La firma don Casimiro. Pone la cabina, la hora, los grados y los minutos, y yo lo hago.

—¿Y si un señor le dice a usted que quiere el agua más caliente?

—Le digo que se lo diga a don Casimiro. —Nicolás se encogió de hombros—. Yo hago lo que pone. Ni pregunto ni me lío.

—Enséñeme usted la mía.

Nicolás la descolgó. Cabral, D. — cabina 9 — 8:15 — 36 grados — veinte minutos.

—Treinta y seis grados —leyó Duarte en voz alta, con un horror sincero—. Treinta y seis grados es agua de fregar. Ora, criatura, yo he venido a un balneario, no a un aclarado.

—Es lo que pone.

—Es lo que pone —repitió Duarte, y volvió a colgar el cartón en su gancho él mismo, torcido.

Cenaron a las nueve en el comedor, todos en una mesa larga, porque en la última semana de temporada ya no daba para más. Eran once más él.

A los diez minutos, Duarte sabía que doña Elvira Camargo era viuda y que llevaba dieciséis temporadas. Sabía que su marido había sido tratante de ganado y muy buena persona salvo en lo del dinero. Sabía que la sopa del año pasado era mejor. Y sabía que a don Rosendo Vilar el médico de Zamora le había dicho en marzo que el corazón lo tenía «como una alpargata vieja».

—Doña Elvira, por Dios —dijo Vilar desde el otro extremo.

—Si lo ha dicho usted, hombre. Lo dijo usted aquí en junio.

—Lo dije en confianza.

—Pues aquí no hay confianza que dure una tarde —contestó doña Elvira, muy satisfecha, y siguió.

Duarte estaba verdaderamente encantado. Preguntaba y preguntaba, y no preguntaba de nada: preguntaba a qué hora servían el desayuno, si el pan lo traían de Alcorlá, quién se sentaba dónde el año pasado, si el techo de cristal goteaba cuando llovía. Contó dos casos suyos que no venían a cuento y se rio ruidosamente de los dos.

Don Anacleto Ruedas, que tenía gota y una servilleta metida en el cuello, le explicó su tratamiento sin que nadie se lo pidiera.

—Cuarenta y dos grados. Y treinta y cinco minutos. —Levantó dos dedos gordos—. Ahí no aguanta cualquiera, ¿eh? Ahí se metió el año pasado el hijo de la de Béjar y salió a los cuatro minutos blanco como el papel.

—É um homem de ferro, don Anacleto. Un hombre de hierro.

—Es que si no, no cura.

Teodoro Manrique, sentado enfrente, comía deprisa y contestaba antes de que le preguntaran.

—Yo estoy en fincas. Compro y vendo. Estas tres semanas las hago todos los años por el reúma, y luego ya no paro hasta enero. Le digo esto porque en estas mesas siempre acaba uno explicando de qué vive.

—Yo no le había preguntado, amigo mío.

—Ya. Por eso lo digo.

Purificación Escolano entró a media cena a decirle algo al bañero, que estaba sirviendo el agua. De paso le metió el dedo por dentro del cuello del uniforme y se lo estiró.

—Nicolás, ese cuello.

El bañero se apartó inmediatamente, sin decir nada. Duarte lo vio perfectamente y no comentó nada, y se sirvió más vino.

Doña Amalia Sertorio de Terreros estaba a su izquierda y fue, de todos, la única que le preguntó cosas a él. Era una mujer de cuarenta y tantos, muy bien puesta, con una manera de escuchar que hacía sentirse interesante al que hablaba. Su marido, un fabricante de harinas grande y callado, comía a su lado y no intervenía.

—Y usted, señora mía, ¿qué hace en un sitio como este?

—Acompañar. —Se rio—. Ubaldo tiene el estómago hecho una calamidad y yo estoy sana como una manzana. Pero es esto o quedarme sola en casa tres semanas, y sola en casa me pongo insoportable.

—¿Hijos?

—Una. Pilar. —Y ahí se le encendió la cara de otra manera—. Se casa en noviembre. Con un chico de León, muy formal, de una familia de toda la vida. Estamos con los papeles hasta arriba, don Duarte, que para casarse hoy hacen falta más documentos que para cruzar una frontera.

—Es la primera vez en mi vida que oigo a alguien decir eso con alegría.

—Es que a mí esa boda me quita diez años. —Se lo dijo mirándolo de frente—. Cuando la vea salir de la iglesia me siento en el escalón y me pongo a llorar como una tonta, y me da igual quién me vea.

Doña Elvira, desde su sitio, aprovechó el silencio.

—El domingo hay misa de siete en el pueblo, don Duarte, por si le apetece bajar. Va la mitad de la casa.

—¿Y la otra mitad?

—La otra mitad duerme, que es lo que hago yo. Aunque poco. —Doña Elvira se abanicó con la carta—. Yo duermo fatal y me levanto a las seis, y le juro a usted que a esas horas en esta casa no estamos despiertas más que la señora de Terreros y yo.

—Nosotros a misa no vamos —dijo Amalia—. A esa hora mi marido está en el baño y yo lo espero en la galería, que es donde único se está caliente a esas horas.

—Pues bájese usted a la iglesia, mujer, que allí también hay estufa.

—Allí hay corriente, doña Elvira. Yo lo sé porque lo he probado.

Y se habló de otra cosa. Al levantarse de la mesa, Ubaldo Terreros le dijo a Duarte, al pasar, con la voz de quien no dice nada:

—No le haga usted mucho caso a mi mujer con lo de esperarme. Duerme fatal, siempre lo ha hecho. Baja porque no aguanta la cama.

El domingo fue un día perdido.

Duarte buscó a Vilar cuatro veces y las cuatro había alguien delante. En el desayuno, doña Elvira. En el paseo, don Anacleto. En la sala de lectura, Manrique escribiendo cartas, y por la tarde la casa entera en la terraza, porque hacía sol. Vilar lo esquivó limpiamente, con una habilidad que a Duarte le pareció profesional.

Al final, ya de noche, lo alcanzó en el pasillo de las habitaciones.

—Don Rosendo, esto empieza a ser una tontería.

—Mañana. —El viejo tenía la llave en la mano y no abría—. Mañana salgo del baño a las siete y cuarto y subo. A las siete y media estoy en mi cuarto y usted también, y le cuento a usted todo, y le doy tres nombres.

—Tres.

—Tres. —Vilar se quedó un momento con la mano en el picaporte—. Y de los tres, dos me dan pena. Es lo peor que tiene esto, ¿sabe usted? Que uno acaba conociéndolos.

Metió la llave y cerró por dentro.

El lunes a las ocho y diez de la mañana, Duarte estaba en su cabina, la nueve. Llevaba un cuarto de hora metido en veinte centímetros de agua a treinta y seis grados y de un humor pésimo. Oyó al bañero llamar dos veces a una puerta y después empujarla.

Hubo un silencio raro, de esos que se notan a través de la madera.

Salió envuelto en la sábana y recorrió la galería descalzo, dejando huellas en las losas. La puerta de la cabina 3 estaba abierta del todo y Nicolás Trigo estaba parado en el umbral sin entrar.

Rosendo Vilar seguía dentro de la bañera, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, y el agua le llegaba al pecho y humeaba todavía.

Duarte metió dos dedos en el agua y los sacó inmediatamente.

—Nicolás —dijo, con una voz que el bañero no le había oído hasta entonces—. ¿A qué hora ha metido usted a este señor aquí dentro?

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Lo que se dice sin miedo

Capítulo 2

II

El sargento Idoate llegó de Alcorlá a mediodía, y lo primero que hizo, antes incluso de ver el cuerpo, fue mirar detenidamente a Duarte de arriba abajo.

—A usted lo he visto yo en el periódico.

—Pois claro que sí, sargento.

—En el periódico y en dos. —Idoate se quitó el tricornio y lo dejó encima del mostrador—. Y en los dos salía usted diciendo lo que había que hacer. Aquí lo que hay que hacer lo digo yo, y usted es un huésped.

—Soy un huésped —confirmó Duarte, muy contento—. Un huésped con la habitación pagada hasta el sábado, que es más de lo que puede decir la mitad de esta casa. Y le voy a ahorrar a usted el trabajo de averiguarlo: don Rosendo Vilar me escribió en agosto, me pagó ocho días por adelantado y me pidió que viniera. Llegué el sábado y no me contó nada, porque quería contármelo el lunes. Ya ve usted qué manera de organizarse.

Sacaron el cuerpo de la cabina tres a las nueve y lo tendieron en la sala de curas. Don Casimiro Bayo lo examinó durante veinte minutos con la puerta abierta y media casa asomada al pasillo, y después salió secándose las manos.

—El corazón —anunció—. Se lo llevo diciendo a este hombre desde marzo, y me consta que se lo dijeron también en Zamora. Un baño caliente y un corazón así son dos cosas que no deben estar en la misma habitación.

—Doctor, ¿ha visto usted la piel?

Bayo se paró.

—¿Qué le pasa a la piel?

—Que está roja hasta el pecho y no está roja de la cara —dijo Duarte—. Y que yo he metido dos dedos en esa agua a las ocho y diez, hora y cuarto después de que la echaran, y todavía quemaba. Ande usted, dígalo. Le va a costar menos ahora que dentro de tres días.

El médico tardó visiblemente en contestar.

—Estaba más caliente de lo que yo mandé. Y estuvo dentro bastante más tiempo del que yo mandé. Eso es cierto y lo pondré por escrito si hace falta, pero no cambia el fondo: a este hombre lo mató el corazón que tenía.

—¿Cuánto mandó usted?

—Treinta y ocho grados. Quince minutos. Está escrito en su ficha y la firmé yo.

Idoate fue derecho al tablero, descolgó el cartón amarillo de don Rosendo Vilar y lo leyó dos veces en voz alta delante de todos.

Vilar, R. — cabina 3 — 7:00 — 38 grados — quince minutos.

—Treinta y ocho y quince —repitió—. Firmado. ¿Y quién echa el agua?

Nicolás Trigo estaba en la puerta de la galería con las manos colgando.

—Yo.

—¿Y qué agua le echó usted?

—La que pone.

—La que pone. —Idoate se guardó el cartón en la carpeta—. Pues la que pone no era.

Nadie dijo nada. Purificación Escolano se puso delante del bañero, con las dos manos por delante del delantal, y habló con la voz de mostrador.

—Nicolás lleva veinte años en esta casa, sargento.

—Veinte años echando agua es mucho tiempo para no equivocarse nunca, señora. Yo diría que le tocaba, y que le ha tocado con el peor cliente de la casa.

El desayuno de aquella mañana se sirvió tarde y en silencio, salvo por don Anacleto Ruedas, que llevaba desde las ocho protestando y no encontró a nadie que le hiciera caso.

—Templada —decía—. Templada como el caldo de un enfermo. Y a los diez minutos ya estaba el hombre ahí venga a llamar a la puerta para que saliera. ¡Diez minutos! Yo pago treinta y cinco.

—Don Anacleto, que ha muerto un señor —dijo doña Elvira.

—Ya lo sé que ha muerto un señor, y lo siento mucho, y era buena persona. Pero una cosa no quita la otra, doña Elvira. Yo mañana quiero mis cuarenta y dos grados y mis treinta y cinco minutos, y lo digo aquí delante para que conste y no se me olvide.

Duarte, que estaba untando pan al otro lado de la mesa, no levantó la cabeza y no dijo una palabra. Siguió untando, muy despacio, hasta que el pan se le rompió por la mitad.

Después buscó a doña Elvira Camargo en la sala de lectura, se sentó a su lado sin que lo invitaran y estuvo hora y media escuchándola.

—Cuarenta años de estudio, en Astorga primero y luego en Zamora —contaba ella—. Bodas, comuniones, quintos, orlas de colegio. Y difuntos, don Duarte, que eso ahora ya no se estila pero entonces sí. Lo llamaban a las casas y retrataba al muerto vestido y peinado, con la familia detrás, y aquello se enmarcaba y se ponía en el pasillo.

—Coitado. Qué oficio.

—Él decía que era el único fotógrafo del mundo cuyos clientes no se movían. —Doña Elvira se rio y en seguida se puso seria—. Y guardaba las placas. Todas. Me lo enseñó una vez: tiene una habitación en Zamora llena de cajones, y en cada cajón un pueblo entero muerto.

—¿Y no tiraba nada?

—Nunca tiró nada ese hombre. Ni las placas ni un céntimo.

A media mañana bajó otra vez a la galería y se sentó en el banco de azulejo, en el mismo sitio en que se había sentado Vilar el sábado. Nicolás fregaba las losas con un cepillo de raíces.

—Nicolás, hágame usted un favor y déjeme el cepillo un momento. No, no lo suelte, siga usted fregando, que a mí las conversaciones me salen mejor cuando el otro tiene las manos ocupadas. ¿Usted me tiene por tonto?

—No, señor.

—Pues entonces míreme cuando le hablo, que va a hacer falta. —Duarte cruzó las piernas larguísimas—. ¿A qué hora abre usted esta galería?

—A las seis y media. Enciendo las luces y voy abriendo los grifos de las doce cabinas, una por una, y en eso se me van veinte minutos largos. Con el agua cayendo ahí dentro no se oye ni el tren. Y luego salgo y espero.

—¿Y quién baja a esa hora?

Nicolás siguió fregando tranquilamente un rato antes de contestar.

—Por la mañana temprano no baja nadie más que la señora.

—¿Qué señora?

—La de Terreros. Se sienta ahí en el banco y espera a su marido, que entra a las siete y cuarto. —El bañero encogió un hombro—. Todos los días. Dieciocho septiembres.

—¿Y esta mañana?

—Esta mañana no me he fijado, señor. Esta mañana yo estaba con don Rosendo y luego con doña Elvira, que se marea.

—Ya. —Duarte se quedó un momento mirando el tablero de corcho, con las dos filas de ganchos y los cartones amarillos colgando muy derechos—. ¿Ese tablero está siempre ahí?

—Siempre.

—¿Y quién pasa por delante de ese tablero?

—Todo el mundo, señor. Es el pasillo. Por ahí pasan para los baños, para la sala de curas y para salir a la terraza.

El cuarto de Rosendo Vilar era el número siete y estaba en la planta primera, y Purificación Escolano abrió la puerta con dos dedos y se quedó fuera.

—Yo aquí no entro, y le agradeceré que no me lo pida. He tenido cuatro muertos en esta casa en veintiséis años y no he entrado en el cuarto de ninguno hasta que se lo llevaba la familia.

Duarte entró solo. Había una maleta de cartón, una cámara de fuelle metida en su funda, un frasco de gotas y, encima de la mesilla, un sobre abierto sin remite.

Sacó la cuartilla. Estaba escrita a lápiz y en mayúsculas, con una letra que se había esforzado en no ser de nadie.

SI ME VUELVE USTED A ESCRIBIR OTRA CARTA LO CUENTO TODO Y ME LO LLEVO A USTED POR DELANTE.

Duarte la leyó tres veces, la dejó donde estaba y se sentó en la cama a mirar la habitación. La letra de imprenta era torpe y muy apretada, de alguien que había escrito despacio para no reconocerse a sí mismo, y el papel era del que hay en la sala de lectura de aquella misma casa.

Después abrió la maleta.

Debajo de dos camisas dobladas había un cuaderno de hule negro, de los de contabilidad, con una goma alrededor. En la tapa, escrito con buena letra de comercio, decía: Encargos.

Lo abrió y encontró exactamente lo que dice ser. Ampliaciones, retoques, copias, marcos. Fechas, nombres y cantidades, todo en columnas, cuarenta años de un fotógrafo de estudio que apuntaba lo que le encargaban.

Tardó veinte minutos en verlo, y lo vio porque leía despacio y en voz alta, que es como lee la gente que no escribe nada.

Abril. Escolano, ampliación, doscientas. —Pasó una hoja—. Octubre. Escolano, ampliación, doscientas. —Pasó otra—. Abril. Escolano, ampliación, doscientas.

Fue hacia atrás. Nueve años seguidos, dos veces al año, abril y octubre, doscientas pesetas. La misma cantidad, el mismo mes, la misma persona. Ningún fotógrafo del mundo hace la misma ampliación al mismo cliente dieciocho veces seguidas por el mismo precio, y menos con la puntualidad de un recibo de la luz.

Y en las mismas hojas, en los mismos meses, había otros dos nombres.

Terreros, ampliación, doscientas. Nueve años.

Manrique, ampliación, doscientas. Once años.

Duarte se quedó con el dedo puesto en la última página escrita. Allí, en abril del año en curso, había un apunte de Terreros y, cuatro renglones más abajo, en el mismo mes, otro apunte de Terreros.

—Vaya —dijo en voz alta—. Le ha subido usted el precio a alguien.

Cerró el cuaderno, le puso la goma y se lo metió en el bolsillo interior de la americana, donde llevaba la cartera de los recortes.

Purificación seguía en el pasillo cuando salió.

—¿Ha encontrado usted algo?

—Un frasco de gotas y una cámara. —Duarte cerró la puerta con mucho cuidado—. Señora mía, ¿le puedo hacer una pregunta indiscreta?

—Puede usted hacerla.

—¿Por qué a don Rosendo no se le subía la habitación?

Purificación no movió absolutamente un músculo de la cara.

—Porque llevaba dieciocho años viniendo.

—Doña Elvira lleva dieciséis y a ella se la ha subido usted dos veces. Me lo ha contado ella con detalle, y con la cifra.

—Doña Elvira habla mucho.

—Doña Elvira habla mucho —repitió Duarte, encantado— y por eso la gente cree que no dice nada. Es el error más caro que se comete en las casas como esta, señora mía, y lo he visto pagar tres veces. Los que hablan mucho lo cuentan todo y no se enteran de nada. Los peligrosos son los que contestan corto.

Aquella noche cenaron nueve, porque don Casimiro se quedó en el pueblo y Manrique dijo que le dolía la cabeza. Nadie habló del muerto y todo el mundo habló del muerto.

Al levantarse, el sargento Idoate se le puso al lado en el pasillo.

—Mañana me llevo al bañero a Alcorlá.

—Todavía no lo ha llevado usted.

—Mañana. Quiero el informe del médico por escrito y lo tendré a mediodía. —Idoate se caló el tricornio—. Y usted, ¿qué pinta aquí exactamente? Su hombre está muerto. ¿Quién le paga a usted ahora?

Duarte se lo pensó seriamente un momento.

—Nadie, sargento. Nadie me paga y nadie me ha pedido que me quede, y le aseguro que es una situación que no le deseo a usted.

—Pues váyase usted a su casa.

—Es que cobré ocho días por adelantado. —Se sacudió una mota del hilo del hombro y le sonrió con toda la cara—. Llevo tres. Me quedan cinco pagados, y yo el dinero de un muerto no lo devuelvo a medias.

Subió a su habitación, se sentó en la cama sin encender la luz y estuvo un rato largo repasando de memoria la conversación de la cena del sábado, entera, desde el principio, como quien vuelve a pasar las hojas de un libro que ya ha leído.

Había once personas hablando de tonterías durante dos horas y media, y ninguna de las once tenía todavía nada que ocultar.

Era, con mucho, el mejor material que había tenido en su vida.

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Lo que se dice sin miedo

Capítulo 3

III

El miércoles por la mañana, Duarte Cabral de Meneses se dedicó a hacer preguntas idiotas.

Empezó en el desayuno y siguió en la terraza y en la sala de lectura. A la hora de comer ya había en la casa un acuerdo tácito de que el portugués aquel se había vuelto tonto de golpe. Preguntaba quién se había sentado dónde el sábado. Preguntaba si el pan del sábado era el mismo pan que el del domingo. Preguntaba a qué hora se apagaban las luces del pasillo y si el techo de cristal goteaba.

—Pero hombre de Dios —le dijo don Anacleto—, ¿a usted qué más le da el pan?

—A mí el pan me da muchísimo, don Anacleto. Yo soy de un país donde el pan es una religión y aquí es una cosa que traen de Alcorlá.

Lo hacía todo en desorden y a propósito. Le preguntaba a uno la tercera cosa y luego la primera, y a otro la primera y la quinta, y a un tercero le preguntaba lo que ya le había preguntado al primero. Y no apuntaba nada.

No apuntaba nada nunca. Era la única coquetería suya que no le costaba dinero, y la explicaba a la menor ocasión.

—Un cuaderno es una cosa peligrosísima, doña Elvira. El que apunta se fía de lo que ha apuntado, y lo que uno apunta es lo que le pareció importante aquel día. Y le aseguro a usted que lo importante nunca es lo que a uno le pareció importante aquel día.

A doña Elvira Camargo la dejó para después de comer, porque doña Elvira era el patrón con el que había que medir a los demás. Doña Elvira contaba las cosas dos veces y las contaba iguales, y eso, en una casa donde todo el mundo estaba empezando a recordar de otra manera, valía su peso en oro.

—Cuénteme usted otra vez lo del sueño.

—¿Lo de que duermo mal?

—Eso.

—Pues que duermo fatal, hijo. —Doña Elvira se acomodó en la butaca de mimbre—. Yo duermo fatal y me levanto a las seis, y le juro a usted que a esas horas en esta casa no estamos despiertas más que la señora de Terreros y yo. Se lo dije a usted el sábado y se lo digo hoy.

—Me lo dijo usted el sábado con esas mismas palabras.

—Pues claro. Es que es lo que hay.

Duarte le cogió la mano y se la besó, cosa que a doña Elvira le pareció excesiva y estupenda.

A don Ubaldo Terreros lo encontró en la terraza, solo, con el periódico del lunes en las rodillas y sin leerlo.

—Don Ubaldo, una tontería. ¿Usted a qué hora entra al baño?

—A las siete y cuarto. Todos los días de mi vida desde hace dieciocho años.

—¿Y baja usted solo?

El fabricante de harinas tardó en contestar más de lo que tarda un hombre en decir que sí o que no.

—Bajo solo.

—El sábado me dijo usted otra cosa, si no recuerdo mal. Me dijo usted que su señora baja porque no aguanta la cama.

—Mi señora hace lo que quiere y no le da cuentas a nadie. —Ubaldo dobló el periódico por la mitad, muy despacio, y lo volvió a doblar—. Mire usted, don Duarte. Yo soy un hombre torpe y no sé decir las cosas. Pero le voy a decir una y le ruego que la entienda. Esta semana en esta casa se está hablando mucho, y a mi mujer, que no ha hecho nada en su vida, la va a salpicar todo esto por el solo hecho de estar aquí. Yo eso no lo consiento.

—No lo consiente usted.

—No lo consiento. —Se levantó con el periódico debajo del brazo—. Y si hace falta pagar algo para que se acabe, dígame usted cuánto y a quién, que no sería la primera vez.

Se fue hacia el comedor sin esperar respuesta, y Duarte se quedó en la terraza con las cejas levantadas hasta que se le enfrió el café.

Después subió a buscar a Teodoro Manrique y Teodoro Manrique no estaba.

Lo bajaron del coche de línea en el kilómetro nueve, entre Sotienza y Alcorlá, sentado al lado de la ventanilla con una maleta en las rodillas y el billete pagado hasta León. Los dos números lo trajeron de vuelta antes de las cinco y lo metieron en la sala de curas, que era la única habitación con llave.

Idoate le hizo tres preguntas y Manrique se derrumbó en la segunda.

—Yo no lo he matado.

—Los que no han matado a nadie no cogen el coche de las once.

—Yo he cogido el coche de las once porque en cuanto ustedes empiecen a mirar papeles se me acaba la vida, y eso no tiene nada que ver con ese pobre hombre. —Manrique tenía las manos encima de la mesa y le temblaban las dos—. Escúcheme usted. Yo tengo un hermano. Tenía.

Duarte estaba apoyado en el marco de la puerta y no había abierto la boca.

—Bruno Manrique —siguió—. Se murió hace once años en una casa de huéspedes de Palencia, de una pulmonía, en tres días. Y era jubilado del ferrocarril y cobraba ochenta y una pesetas al mes.

—Y usted no dio parte —dijo Idoate.

—Yo pagué el entierro y no di parte. —Se pasó la lengua por los labios—. Once años. Ochenta y una pesetas al mes durante once años, sargento, y no sabe usted lo poco que es y lo imposible que es vivir sin ello.

—¿Y Vilar qué tenía que ver?

—La patrona llamó a un fotógrafo. Se hacía entonces. —Manrique cerró los ojos—. Al muerto lo vistieron, lo sentaron y le hicieron el retrato, y detrás salgo yo de pie con la mano en el respaldo. Once años después me lo encuentro aquí desayunando y me dice: «Usted es el de Palencia». Así, con una sonrisa, pasándome el azúcar.

—¿Y la carta anónima? —preguntó Duarte desde la puerta.

Manrique tardó en contestar.

—La escribí yo en agosto, en la sala de lectura de esta casa, con papel de esta casa. Y me arrepentí a los dos días y ya estaba echada. —Levantó la cara—. Le juro a usted por mi hermano que lo único que he hecho en mi vida es no dar un parte.

—Le creo —dijo Duarte—. Y le voy a decir por qué le creo, que es más útil. Un hombre que lleva once años cobrando la pensión de un muerto es un hombre que lleva once años sin hacer ruido. El que no hace ruido en once años no empieza un lunes por la mañana con un asesinato.

—Yo no le creo —dijo Idoate—. Y el que ha cogido el coche de las once ha sido él y no usted.

A doña Purificación Escolano la encontró a las siete, en el patio de atrás, quemando papeles en un bidón.

—Boa tarde, señora mía. ¿Se le acumula la contabilidad?

—Se me acumulan las facturas de la temporada.

—En septiembre.

—En septiembre, sí.

Duarte se acercó al bidón, miró dentro sin ninguna prisa y se apartó lentamente.

—Voy a decirle a usted una cosa y luego me voy a callar y usted hará lo que quiera. —Se metió las manos en los bolsillos—. Esta mañana he puesto un telegrama a la inclusa de Zamora. Me contestan mañana a mediodía.

Purificación Escolano se quedó con el atizador en la mano y el brazo a media altura.

Duarte no había puesto ningún telegrama. No sabía si en Zamora había inclusa, y si la había no tenía el menor derecho a preguntarle nada. Se quedó mirándola con las cejas blancas levantadas y la cara de un hombre que ya lo sabe todo.

—Es mío —dijo ella.

—Ya.

—Nicolás es mío. —Soltó el atizador dentro del bidón—. Yo tenía diecinueve años y lo dejé allí un martes de febrero, y a los veinte años lo saqué y lo metí aquí de mozo de cuadra, y aquí sigue. Y no lo sabe él, ni lo sabe nadie, ni lo va a saber.

—Lo supo don Rosendo.

—Se lo conté yo. —Se le puso una voz muy plana—. Una noche de cierre de temporada, hace veinte años, de las que se bebe. Se lo conté yo con estas dos manos, señor, y él no me lo echó en cara jamás. Nunca me dijo una palabra. Solo dejaba de pagarme la habitación y yo se lo apuntaba en el libro como si nada, y así dieciocho septiembres.

—¿Y las doscientas pesetas de abril y de octubre?

—Esas también. —Levantó los ojos—. Ese hombre no me amenazó nunca. Ni una sola vez, ni con una palabra, ni con una cara. Es lo que ustedes no van a entender: era amabilísimo. Venía en septiembre, se sentaba en ese banco, me preguntaba por el chico con verdadero interés, y yo pagaba.

—¿Y esta primavera?

—Esta primavera igual que las otras veinte. —Removió las cenizas del bidón con la punta del atizador—. A mí no me ha subido nunca. A mí me tenía en doscientas desde el principio, como una renta. Yo creo que en el fondo le gustaba venir aquí y que le preguntaran por su salud, y para eso necesitaba que esta casa siguiera de pie.

A doña Amalia Sertorio de Terreros la dejó para el final, y le preguntó las tonterías por el orden más raro de todos.

Estaban en la galería, sentados en el banco de azulejo, con la casa entera arriba cenando.

—El pan del sábado.

—¿Cómo?

—El pan del sábado, señora mía. ¿Era el mismo que el del domingo?

Amalia se rio, con menos gana de la que tenía el sábado.

—Yo el pan no lo distingo, don Duarte. Lo siento.

—Nadie lo distingue. Es una pregunta idiota, se lo concedo. —Duarte estiró las piernas—. Otra idiota: ¿usted a misa va?

—A misa no.

—¿Y qué hace usted a las siete de la mañana en un sitio donde no hay nada que hacer?

Y ahí, por primera vez desde que Duarte había llegado a Sotienza, doña Amalia Sertorio contestó corto.

—¿Yo? Yo por las mañanas no me levanto hasta las nueve. Ubaldo baja solo, siempre.

Duarte asintió despacio, dos veces, y no dijo nada durante un rato bastante largo. Después se levantó, se estiró el chaleco con las dos manos y miró un momento hacia el fondo de la galería, donde el tablero de corcho colgaba de la pared con sus doce cartones amarillos perfectamente derechos.

—Qué envidia. Yo no he dormido hasta las nueve en treinta años.

Subió detrás de ella y se quedó al final del pasillo, mirando la puerta hasta que se cerró.

A las diez de la noche, el sargento Idoate se llevó detenido a Nicolás Trigo.

Lo sacaron por el vestíbulo con la casa entera asomada al hueco de la escalera. El bañero iba sin esposas, con la chaqueta del uniforme puesta y el cuello mal abrochado. Se paró un momento delante del mostrador y dejó encima el manojo de llaves de la galería, porque le pareció que era lo que había que hacer.

Purificación Escolano cogió las llaves y no lo miró a la cara.

—Sargento —dijo Duarte—, ese hombre echó el agua que ponía en el cartón.

—Ese hombre echó agua a cuarenta y dos grados en una bañera cuyo cartón decía treinta y ocho, y hay un muerto. —Idoate se caló el tricornio—. A usted le habrán pagado por buscar historias. A mí me pagan por cerrarlas.

—Deme usted hasta mañana.

—No.

—Deme usted esta noche. —Duarte bajó los tres escalones del vestíbulo y se le puso delante, y por una vez no sonreía—. Dos horas, sargento. Después de la cena, en el salón, con todos sentados. Si dentro de dos horas no le he enseñado a usted otra cosa, se lleva usted a ese hombre y yo cojo el tren de las siete y no me vuelve a ver en su provincia.

Idoate lo miró largamente, sin decidirse.

—Usted sale mucho en los periódicos.

—Salgo, sí. Y no me da de comer, se lo aseguro.

El sargento se lo pensó, miró al bañero, que esperaba en la puerta sin entender nada, y volvió a mirar a Duarte.

—Dos horas.

—Que no falte nadie —dijo Duarte—. Y hágame usted un último favor: que traigan el tablero de las fichas y lo pongan encima de la mesa del salón.

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Lo que se dice sin miedo

Capítulo 4

IV

Pusieron el tablero de corcho encima de la mesa del salón, apoyado contra un jarrón, con los doce cartones amarillos colgando de sus ganchos.

Se sentaron todos. Doña Elvira en el sofá, con don Anacleto al lado. Purificación Escolano de pie junto a la puerta, como siempre. Don Casimiro Bayo en el sillón de orejas. Manrique en una silla, entre dos números. Los Terreros juntos, él con las manos en las rodillas y ella muy derecha. El sargento Idoate se quedó al fondo, mirando el reloj de la repisa.

Duarte se puso delante de la chimenea apagada, se estiró el chaleco y empezó por donde nadie esperaba.

Aquella noche no dijo «pois» ni una sola vez, y doña Elvira Camargo, que era la única persona de aquella casa que se fijaba en esas cosas, se dio cuenta en seguida y no supo qué pensar.

—Llevo tres días preguntándoles a ustedes por el pan.

Nadie se rio.

—Y por quién se sentaba dónde, y por si el techo gotea, y por la hora en que apagan las luces del pasillo. Ustedes han pensado, con toda la razón del mundo, que yo era tonto o que era muy raro. —Levantó un dedo larguísimo—. Ahora les explico por qué lo hago, y después no hará falta que se lo explique nunca más.

Se apoyó en la repisa.

—Nadie miente en los adornos. La mentira se prepara: uno se aprende la hora, el sitio y el nombre, y los repite igual toda la semana. Pero alrededor de la mentira hay que poner algo, porque una hora sola no se sostiene, y eso que se pone alrededor no se prepara. Se coge de lo que uno tiene a mano. Y lo que uno tiene a mano, señores, es lo que ha visto.

—Muy bonito —dijo Idoate—. Le quedan noventa minutos.

—Y hay una cosa mejor todavía. —Duarte no le hizo el menor caso—. Un adorno no se corrige. Nadie vuelve tres días después sobre una tontería que dijo, para decirla de otra manera. No merece la pena. Nadie corrige el pan.

Miró a la sala entera, uno por uno, sin prisa.

—Salvo que en esos tres días la tontería se le haya vuelto peligrosa.

Cogió una silla, la puso del revés y se sentó a caballo, que era una cosa que en aquel salón no había hecho nadie en veintiséis años.

—Vamos con lo que sobra, que es casi todo. Don Teodoro.

Manrique levantó la cabeza.

—Este señor lleva once años cobrando la pensión de un hermano al que no enterró como es debido. Don Rosendo Vilar le retrató el cadáver en Palencia y se acordaba de su cara. Le costaba a usted doscientas pesetas en abril y doscientas en octubre.

—Sí.

—Escribió usted una carta anónima en agosto, en papel de esta casa, y se arrepintió a los dos días. Y el miércoles cogió el coche de línea porque en cuanto la Guardia Civil abre una carpeta en un sitio, la abre entera. —Duarte se volvió hacia el sargento—. Eso es un delito y es suyo, sargento, y le felicito. No es este.

—Eso lo decidiré yo.

—Naturalmente. Doña Purificación.

La dueña del balneario no se movió de la puerta.

—Esta señora paga desde hace veinte años, y no paga por dinero, paga por una noche de septiembre en la que habló de más. —Duarte lo dijo sin ninguna dulzura y sin ninguna crueldad—. Lo que le contó a don Rosendo aquella noche es de ella y se queda con ella, y a esta habitación no le importa. Yo lo sé porque le mentí a esta señora esta tarde, delante del bidón donde estaba quemando papeles. Le dije que había puesto un telegrama y no había puesto ningún telegrama. Le pido a usted perdón, señora, delante de todos, y volvería a hacerlo mañana.

Purificación Escolano tenía las dos manos por delante del delantal y no dijo nada.

—Y don Ubaldo Terreros. —Duarte se volvió hacia el matrimonio—. Este señor paga desde hace nueve años, dos veces al año, doscientas pesetas. Está en el cuaderno de encargos de don Rosendo, en abril y en octubre, con una puntualidad que da gusto.

Amalia Sertorio volvió la cara hacia su marido muy despacio.

—¿Ubaldo?

—Espere usted, señora mía, que ahora llegamos. —Duarte levantó la mano—. Antes de eso hay que hablar de este tablero, que es lo único que ha matado a alguien en esta casa.

Se levantó, dio la vuelta a la silla y descolgó dos cartones amarillos.

—Ficha de don Rosendo Vilar. Cabina tres, siete en punto, treinta y ocho grados, quince minutos. —Levantó el otro—. Ficha de don Anacleto Ruedas. Cabina cinco, siete y media, cuarenta y dos grados, treinta y cinco minutos.

—Y ni uno menos —dijo don Anacleto.

—Ni uno menos. Usted lleva tres días diciéndolo y no le ha escuchado nadie, y es usted el único testigo serio que hay en esta casa.

Don Anacleto se irguió en el sofá.

—El lunes por la mañana, a usted le dieron un baño templado y lo sacaron a los diez minutos. Usted lo dijo en el desayuno, delante de once personas, y todo el mundo le contestó que había muerto un señor.

—Se lo dije yo mismo —murmuró doña Elvira.

—Se lo dijo usted. —Duarte levantó los dos cartones, uno en cada mano—. Aquella mañana, en esta casa, hubo dos errores. A un hombre le dieron el baño de otro, y al otro le dieron el baño del primero. Eso no es una equivocación, señores. Una equivocación es un error. Dos errores que encajan es un cambio.

Colgó los dos cartones, cada uno en el gancho del otro, y se apartó para que se vieran.

—A las seis y cuarenta de la mañana, alguien pasó por delante de este tablero y cambió estos dos cartones de sitio. No falsificó nada. No escribió nada. No rompió nada, y no tocó a don Rosendo Vilar ni un solo minuto de su vida. Cambió dos cartones de gancho y se fue a desayunar.

Don Casimiro Bayo se había puesto muy pálido.

—Y a las siete —siguió Duarte—, Nicolás Trigo hizo lo que hace todos los días de los últimos veinte años: leyó el cartón y echó el agua que ponía. Cuarenta y dos grados. Treinta y cinco minutos. Y metió a un hombre de sesenta y seis años con el corazón, y cito a doña Elvira, como una alpargata vieja.

—Yo eso lo dije en junio —protestó doña Elvira, con un hilo de voz.

—Lo dijo usted en junio, lo repitió el sábado en la cena delante de once personas y lo volverá a decir. Usted es la única persona de esta casa que cuenta las cosas siempre igual, y por eso me ha servido usted de reloj.

Nadie hablaba. El sargento Idoate se había separado de la pared.

—Falta lo mejor —dijo Duarte—. A las nueve de la mañana, con el cuerpo ya fuera, la galería llena de gente y la casa entera bajando y subiendo, esa misma persona volvió a pasar por delante del tablero y volvió a cambiar los cartones.

Devolvió los dos cartones a su gancho correcto y dio un paso atrás.

—Y por eso, cuando el sargento llegó a mediodía y descolgó la ficha de don Rosendo, decía treinta y ocho grados y quince minutos, y estaba firmada por el médico, y todo estaba en su sitio. Y por eso hay un hombre de treinta y nueve años saliendo esta noche de aquí entre dos números.

Idoate no dijo nada, que en él era mucho decir.

—Ahora déjenme ustedes que les describa a la persona que hizo esto, antes de decir el nombre. Es lo único que hago bien.

Duarte volvió a la chimenea.

—No es una persona violenta. No tocó a nadie, no gritó, no forzó nada y no corrió ningún riesgo físico. Es una persona que resuelve las cosas moviendo un objeto pequeño quince centímetros a la izquierda.

Se le fue apagando la voz de comedia, que era la que había traído desde el sábado.

—No robó el cartón, fíjense ustedes bien. Podía haberlo robado. Habría sido más rápido y más fácil. Pero un gancho vacío se ve desde el otro extremo de la galería, y dos cartones cambiados no se ven aunque los mires. Esta es una persona que sabe, con una precisión que a mí me da frío, qué es lo que la gente nota y qué es lo que la gente no nota. Eso no se aprende en una semana. Eso se aprende viviendo muchos años pendiente de que no se te note algo.

Doña Elvira se llevó rápidamente la mano a la boca.

—Y hay una última cosa, y es la que me tuvo a mí parado dos días. Esa persona estuvo en la galería a las seis y cuarenta de la mañana, sola, delante de ese tablero, en una casa de doce huéspedes. Y no la vio nadie.

Se volvió hacia la puerta, donde ya no estaba el bañero.

—A esa hora, Nicolás Trigo lleva veinte minutos metido en las cabinas abriendo grifos, y con doce grifos abiertos ahí dentro no se oye ni el tren. Me lo explicó él mismo el lunes, fregando el suelo, y no le di ninguna importancia.

Duarte esperó.

—Y no la vio nadie porque la ven todas las mañanas.

En el salón de Sotienza se oyó el reloj de la repisa, que era un reloj que nadie había oído hasta entonces.

Y entonces, mientras todos los demás miraban a Duarte Cabral de Meneses, doña Amalia Sertorio de Terreros volvió la cabeza y miró el tablero.

Fue un movimiento pequeñísimo y duró escasamente un segundo. Fue la única persona de aquella habitación que, en aquel momento, quiso comprobar el objeto.

—Señora mía —dijo Duarte, muy suavemente—. El sábado por la tarde, en la cena, hablando de la misa del domingo, me dijo usted esto. Y no se lo había preguntado nadie.

Cerró los ojos un momento, como quien busca una página.

—«Nosotros a misa no vamos. A esa hora mi marido está en el baño y yo lo espero en la galería, que es donde único se está caliente a esas horas.»

Amalia no se movió.

—Y ayer por la tarde, sentados usted y yo en esa galería, le pregunté qué hacía a las siete de la mañana, y me dijo usted esto.

»«¿Yo? Yo por las mañanas no me levanto hasta las nueve. Ubaldo baja solo, siempre.»

Duarte abrió los ojos.

—Una de las dos cosas la dijo usted sin miedo.

Ubaldo Terreros se había puesto de pie sin que nadie se diera cuenta.

—Amalia —dijo—. Yo lo sé desde hace nueve años.

Su mujer se volvió hacia él por primera vez.

—¿Qué sabes?

—Lo de Astorga. Lo del primer marido. —Al fabricante de harinas le costaba mucho hablar y siguió hablando—. Vino ese hombre a la fábrica hace nueve años, con una fotografía dentro de un sobre, y le pagué. Y le he pagado en abril y en octubre desde entonces, y pensaba pagarle hasta que se muriera. —Se le quebró la voz una sola vez—. Y no te lo dije para que no pasaras el mal rato. Nueve años sin decírtelo, mujer.

Amalia Sertorio se quedó mirándolo con la boca un poco abierta.

—Yo le pago desde hace cuatro —dijo.

—Ya lo sé. Lo he sabido esta noche, ahí sentado.

Nadie en aquel salón se atrevió a mirar a nadie.

—En julio me pidió tres mil pesetas —siguió ella, con una voz completamente normal, que fue lo peor de todo—. De una vez. Por lo de la boda de Pilar, que hay que llevar la partida de matrimonio de los padres, y la mía no vale, y mi hija se queda en la calle delante de la familia del chico. —Se alisó la falda con las dos manos—. Y yo tres mil pesetas no las tengo sin pedírselas a mi marido.

—Amalia.

—Y no se las iba a pedir a mi marido. —Levantó la cara y miró a Duarte—. Eso es todo, señor. Yo no quería matar a nadie. Yo cambié dos cartones y me fui a desayunar, y me tomé un café con leche, y a las nueve volví y los puse otra vez donde estaban.

Se puso de pie ella sola, sin que nadie se lo pidiera.

—Y a mi hija que no se lo digan hasta después de la boda.

El sargento Idoate se la llevó a Alcorlá aquella misma noche.

A Nicolás Trigo lo soltaron en el vestíbulo a las doce menos cuarto, y el hombre se quedó allí parado sin saber adónde ir, con la chaqueta del uniforme puesta y el cuello mal abrochado. Purificación Escolano salió de detrás del mostrador con el manojo de llaves de la galería, se lo puso en la mano y le metió el dedo por dentro del cuello.

—Ese cuello, Nicolás.

—Sí, señora.

Y no se dijeron nada más, porque no hacía falta y porque de todas formas no habrían sabido.

Sotienza cerró la temporada el sábado, como cierra todos los años.

Duarte Cabral de Meneses bajó el último, con la maleta en la mano y el traje de hilo demasiado claro para el frío que hacía ya en el valle. En el mostrador no pagó nada, porque tenía la habitación cubierta hasta ese día por un muerto, y no cobró nada, porque el muerto no había llegado a contarle lo que le pagaba por saber.

En la terraza, esperando el coche, estaba doña Elvira Camargo con un señor bajito que había llegado el jueves para tres días y que tenía cara de no poder escapar.

—…y entonces el portugués se levanta, coge los dos cartones y dice: «aquí falta uno». Y era verdad. Faltaba uno. Y el bañero se echó a llorar como una criatura, ahí mismo, delante de todos.

Duarte se paró dos pasos detrás de ella, con la maleta en la mano.

No faltaba ninguno. El bañero no lloró. Y él no había dicho aquello ni nada que se le pareciera.

Se quedó un momento escuchando, con las cejas blancas levantadas, y después subió al coche sin decir una palabra.

Fin

Lo que se dice sin miedo

Miss Cordial

Primero baja el candil

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