
La casa se comió la escalera
El Círculo Mercantil de Sarnia estrena comedor, luz eléctrica y una casa entera comprada al vecino, y la noche de la inauguración sesenta socios ven cruzar una figura blanca por el vidrio del testero, a una altura donde no hay suelo. Antes del café, un médico aparece muerto en el fondo del hueco de una escalera demolida. El juzgado manda a un perito a decir si aquel hombre pudo caerse solo. La puerta apareció cerrada con llave, la llave apareció colgada en su clavo, y en el libro de la conserjería no hay línea de vuelta.
La casa se comió la escalera
Capítulo 1
I
A las siete de la tarde, Victorina Sedano tenía encima de la mesa del ropero veintidós chaquetillas blancas. Una de ellas traía una raya de cal en la manga derecha.
—Otra vez —dijo—. Y estas se lavan los viernes, no los martes. Esta noche tienen que salir veintidós al comedor, y las veintidós limpias.
Natividad se asomó por encima del montón sin soltar la plancha.
—Serán los pintores, señora. El lunes estuvieron dando cal hasta las tantas y dejaron el suelo perdido.
—Los pintores dieron el lunes la última mano y la dieron en el paso, que era lo único que faltaba de toda la obra. El comedor lleva encalado tres semanas. Y del comedor no vuelve nadie marcado.
—Pues por el paso pasan todos.
—Por el paso no pasa nadie más que don Eloy, y don Eloy no se apoya en las paredes. Esta es la de anoche, y es la única, y al dueño de esta manga le voy a decir yo cuatro cosas.
—¿Y no se la puedo lavar yo ahora y secarla en la plancha?
—Se encoge. ¿Tú has visto alguna vez una chaquetilla lavada de prisa?
Las chaquetillas iban numeradas por dentro del cuello con hilo rojo, del uno al veintidós. Cada número tenía su hombre desde hacía cuatro años, y cada hombre dos chaquetillas: la de diario y la de repuesto, que se guardaba planchada en el estante de abajo. Victorina apartó la manchada, anotó el número en su cuaderno, sacó del estante la gemela y mandó bajar las veintidós al comedor, que era lo que hacía todas las noches desde que el Círculo tenía comedor.
En el último estante esperaba el lío de la semana, envuelto en una funda de almohada y atado con una cinta. Eran dos camisones de mujer, una toquilla y cuatro pañuelos, todo marcado con un catorce a tinta y todo de una tela que ya no se compraba en Sarnia.
—¿Y eso de quién es? —preguntó Natividad.
—Del catorce.
—Ya, pero ¿de quién?
—De nadie que tú conozcas. Sube el lío el viernes y baja el sábado, y lleva dos años subiendo y bajando. Yo pregunté una vez.
—¿Y qué le dijeron a usted?
—Que no preguntara. —Victorina ató la cinta con dos vueltas y lo dejó donde estaba—. No he vuelto a preguntar. Y tú tampoco vas a preguntar, que esta noche hay sesenta cubiertos y no está el horno para conversaciones.
El Círculo Mercantil de Sarnia inauguraba aquella noche la reforma. La reforma había durado quince meses. Habían comprado la casa de al lado, la de los Requejo, y las habían juntado por el principal. Dentro estrenaban luz eléctrica, montacargas y una cocina con dos hornos, y un comedor nuevo de veinte metros con el testero cerrado por una mampara de vidrio opalino, que era lo que todo el mundo iba a mirar.
Detrás de aquel vidrio quedaba el pasillo del principal de la casa vieja. Y el pasillo de la casa vieja estaba más alto que el comedor. Victorina lo sabía porque había subido mil veces por aquella escalera cuando servía a los Requejo, y la primera vez que cruzó el paso nuevo estuvo a punto de caerse hacia delante.
En la conserjería, Leandro Cifuentes limpiaba con la manga el cristal de un cuadro. Dentro del cuadro estaban los nombres de las juntas desde el año noventa.
—Señora Sedano. Dígame usted una cosa: ¿a quién se le ocurre poner la campanilla del portal detrás de una puerta forrada?
—Al arquitecto.
—Al arquitecto. Y al arquitecto le pagamos nosotros. —Señaló con la barbilla la tabla de clavos que tenía a la espalda, con las llaves colgadas y los números pintados encima—. Y otra cosa. Ahora tengo un libro. Los señores socios cogen una llave y firman, y la devuelven y firman. Los criados no firman, porque cada uno tiene la suya y no me la enseña nadie.
—¿Y eso no está mejor que antes?
—Está igual que antes con más papel. Mire usted el catorce.
El clavo del catorce tenía una llave sola, grande y nueva.
—Del catorce hay dos —dijo Cifuentes—. Esta y la que lleva don Eloy encima desde hace dos años. Se la dio la junta y no la suelta ni para dormir. Si yo le pido a don Eloy la llave del catorce, don Eloy me contesta que buenas noches.
—¿Y para qué la quiere usted?
—Para nada. Yo lo que quiero es que en mi tabla estén todas las llaves de esta casa, y no lo están.
—¿Y no se lo dice usted a la junta?
—Se lo dije el año pasado por escrito. Seguramente lo leyeron.
A las nueve, la cocina olía a mantequilla quemada y a cebolla. Felisindo Vara cantaba la minuta subido en un cajón para que lo oyeran los ocho. Había venido de Madrid por mil doscientas pesetas y lo decía dos veces al día.
—Consomé a las diez y cuarto, cuando se sienten. Merluza en salsa verde a las diez y media. Sorbete, y el sorbete lo pasa Modesto, que yo quiero a don Eloy en el comedor. Asado a las once en punto. —Golpeó el cajón con el tacón—. A las once en punto, señores. Ni a las once y cinco. Sesenta pulardas no esperan a nadie, y yo no sirvo un asado frío delante del gobernador civil.
—¿Y el postre? —preguntó Bautista, que tenía dieciséis años y las manos negras de carbón.
—El postre a las once y veinte. Y tú a la carbonera a las once y media, que la económica se me queda sin nada a la mitad. Ah, y la bandeja del catorce a las once y media, como todas las noches.
—Esa la subo yo —dijo Eloy Pardiñas desde la puerta.
Estaba allí desde hacía rato, con el paño doblado en el antebrazo. Llevaba la chaquetilla abrochada hasta arriba. Era un hombre seco, de cincuenta y tantos, que hablaba poco y andaba sin hacer ruido, y llevaba once años en el comedor del Círculo.
—Esa la sube usted siempre —contestó el cocinero—. Por eso lo digo.
—¿Y quién cena a las once y media en esta casa? —preguntó Natividad.
—El catorce —dijo Felisindo Vara, y se bajó del cajón—. Y tú, a lo tuyo.
Cuando Eloy se fue, Natividad se acercó a la lumbre y bajó la voz todo lo que se puede bajar en una cocina con ocho personas.
—A mí lo que me da miedo es lo otro.
—¿Qué otro? —dijo Victorina.
—Lo de la casa de al lado. Pregúntele usted a la Ramira, que estuvo el domingo fregando el pasillo y la oyó hablar sola.
—¿A quién oyó hablar sola?
—Al fantasma, señora. Dice la Ramira que habla toda la noche y que dice cosas. Dice que la casa se comió la escalera. Dice que por debajo de su cama pasa gente y cena. Y dice que le han quitado los cuadros y le han dejado las escarpias.
—Eso son tres disparates seguidos.
—Y el sereno vio la luz la semana pasada, andando sola por la casa cerrada. Y don Filiberto la vio el jueves cruzar por el vidrio del comedor. Alta, a la altura de la cornisa, donde no hay suelo. ¿Y usted no ha visto nunca nada, señora?
Victorina no contestó. La casa de los Requejo llevaba dos años cerrada, con las maderas echadas y la puerta de la calle clavada. La señora se había ido a Viana con una prima antes de la venta. Eso era lo que se decía, y Victorina lo había dicho también. Últimamente le sonaba cada mes un poco más raro.
Aniceto Requejo llegó a las diez menos diez con el gabán puesto y no quiso soltarlo.
—Cifuentes, la llave del catorce.
—Firme usted aquí, don Aniceto.
—Firmo, hombre, firmo. —Firmó de pie y torpemente, y el trazo salió temblando—. Es un momento. Mi tía tiene unos papeles del banco sin firmar y mañana se los llevan.
—Como usted diga.
Subió por el paso y bajó a las diez menos dos, sin el gabán abrochado y con la cara de un hombre que acaba de discutir en voz baja. Devolvió la llave y firmó la línea de la vuelta. Después se metió en el billar y allí se quedó. Victorina pasaba en aquel momento hacia el ropero con dos servilletas manchadas, y lo vio firmar también la segunda vez.
En el pasillo de servicio, delante del paso recién encalado, Onésimo Lecue tenía cogido por la solapa del frac a don Restituto Grijalba. Lo tenía cogido casi amablemente.
—Cinco semanas, don Restituto. Cinco semanas lleva el cerco del montacargas en la estación de Valladolid. Y no sale de allí porque no está pagado.
—Esta noche no, Lecue.
—Esta noche sí, que es cuando está usted contento. Ahí tiene usted la boca de la escalera vieja abierta, con su hueco de cuatro metros. Yo puedo poner un tablón y lo pongo, pero un tablón no es un cerco.
—Ponga usted el tablón.
—Y el dintel del paso lo bajé yo dos palmos por mi cuenta, porque si no, no cuadraban los suelos. De eso no se ha enterado el arquitecto todavía. Todo lo que usted tiene aquí lo he resuelto yo así, y me deben catorce mil pesetas.
—Hable usted con el tesorero el jueves.
—Hablaré con el tesorero el jueves —dijo Lecue.
Le soltó la solapa y le estiró el frac con dos golpes de la mano, como si el frac fuera suyo.
A las diez y cuarto se sentaron sesenta y dos personas. Victorina se quedó en la puerta de servicio con la lista de la ropa en la mano, y miraba el comedor como se mira una cosa que uno ha ayudado a levantar. Las lámparas eléctricas daban una luz fija y blanca que no tenía nada que ver con la de los quinqués, y al fondo el vidrio opalino del testero brillaba como una pared de hielo.
Don Restituto Grijalba brindó con el consomé. Habló del porvenir de Sarnia, y de la juventud, y de los socios fundadores que ya no estaban. No habló de las catorce mil pesetas.
La merluza subió por el montacargas a las diez y media y la sirvió Eloy, plato por plato, empezando por la presidencia.
A las once menos veinte, don Amando Verdial dobló la servilleta, se levantó de su sitio, le dijo algo al oído a Grijalba y salió al vestíbulo. Pidió la llave del catorce, firmó el libro y cogió la palmatoria del mostrador.
—En la casa vieja no hay luz, doctor —dijo Cifuentes—. Lleve usted cerillas también.
—Es cosa de diez minutos.
Verdial tenía sesenta y ocho años y pesaba más de lo que le convenía, y subió los seis escalones del paso agachando la cabeza, con la palmatoria por delante. Victorina lo vio irse y volvió a su lista.
Lo que pasó después lo contaron toda la noche, y lo contaron todos igual. A las once menos veinte y poco, una luz cruzó por detrás del vidrio opalino del testero. Cruzó despacio, de izquierda a derecha, a la altura de la cornisa, y detrás de la luz iba una forma blanca y ancha, movida y sin cara, por encima de donde tenía que estar el suelo.
En la mesa de los jóvenes alguien se rio. Una señora de la presidencia se santiguó con la cuchara en la mano.
—Ahí va —dijo don Filiberto Osuna, bastante alto—. Ahí la tienen ustedes otra vez.
—Es el doctor, que ha subido con una vela —dijo Grijalba—. Sirvan ustedes el sorbete.
Sirvieron el sorbete. La luz no volvió a pasar.
A las once en punto entró el asado por la puerta de servicio, y entró humeando. Victorina se apartó para dejarlo pasar y miró el reloj del comedor. Había apostado con Natividad a que salía a su hora y había ganado dos reales. Eloy trinchó de pie en el aparador, delante de toda la mesa, que era como se hacía en el Círculo desde el año diez.
—Don Eloy —dijo don Filiberto Osuna, que tenía enfrente el aparador y llevaba ya tres copas—, que lleva usted la manga blanca. Esta casa todavía pinta.
Eloy se miró la manga derecha. Tenía una raya de cal desde el codo hasta el puño.
—Es la obra, don Filiberto. Todo el que anda por aquí se lleva algo.
—Pues se la cobra usted a Lecue, que para eso le pagamos.
Hubo risas en las dos mesas de abajo. Eloy siguió trinchando. Al levantar la pieza, la salsa le saltó y le cayó encima de la manga, justo encima de la cal, y él se limpió con el paño sin mirarse y no dijo nada. A Victorina le pareció que aquel hombre trinchaba aquella noche mejor que nunca.
El postre salió a las once y veinte. A las once y media, Eloy cogió en el office la bandeja del catorce: la sopera tapada, el pan, el vaso de agua y la servilleta doblada en cuadro. Subió por el paso. Victorina lo vio pasar como lo había visto pasar setecientas veces, y siguió contando servilletas.
A las doce menos veinticinco, Bautista subió de la carbonera sin el carbón.
Subió por la escalera de servicio sin abrir la boca y se quedó en el marco de la puerta de la cocina, blanco, con el cubo vacío colgando de la mano. Felisindo Vara tuvo que preguntarle dos veces qué le pasaba.
Se lo dijeron a Grijalba al oído, en el mismo sitio en que el doctor le había hablado al oído una hora antes. Grijalba mandó pasar el café al salón y cerró las puertas del comedor. Bajaron cinco hombres a la carbonera con el farol de la cocina.
Don Amando Verdial estaba en el suelo, debajo del hueco de la escalera demolida. Tenía la cabeza contra los ladrillos y una pierna doblada de una manera que no se le dobla a nadie vivo. La palmatoria estaba a un metro, apagada. La vela se había partido en dos.
—Hay que subir por arriba —dijo Grijalba—. Hay que ver por dónde ha caído. Cifuentes, la llave del catorce.
Cifuentes fue a la tabla. Se paró delante de ella y no dijo nada durante un rato bastante largo.
La llave del catorce estaba colgada de su clavo.
Subieron. La puerta del paso estaba cerrada con llave. La abrieron, y arriba, en el descansillo, no había nadie. La boca de la escalera vieja seguía abierta en el suelo, como había estado abierta cinco semanas.
Cuando bajaron, Cifuentes tenía el libro de llaves abierto encima del mostrador y el dedo puesto en un renglón. Miraba la página como quien mira una suma que no le sale.
—Aquí está la de don Aniceto, a las diez menos diez. Y aquí la vuelta, a las diez menos dos. Y aquí está la del doctor, a las once menos veinte. —Levantó el dedo—. Y aquí no hay nada. Aquí no hay línea de vuelta.
La casa se comió la escalera
Capítulo 2
II
El miércoles a las nueve y media, don Fulgencio Arriaza esperaba en el vestíbulo del Círculo con una cartera de hule y el sombrero puesto. El hombre que entró por la puerta giratoria era bajo y ancho, con un bigote entrecano muy cuidado, y se descubrió antes de saludar.
—Aristide Valmont, para servirle a usted.
—Fulgencio Arriaza, secretario del juzgado de primera instancia. —Le dio un pliego doblado en tres—. Léalo usted aquí, que es corto.
El nombramiento lo era. El juzgado quería saber dos cosas. Si el hueco de la escalera demolida estaba en condiciones de ser transitado, y si la caída explicaba por sí sola la muerte de don Amando Verdial.
—El Círculo dice que la obra estaba mal cerrada —añadió Arriaza—. El contratista dice que la obra la mandó parar la junta porque no pagaba. Y el sobrino del muerto ha presentado ya un escrito pidiendo daños. Tiene usted a tres señores echándose la culpa y a un hombre en el depósito.
—¿Y la Guardia Civil qué dice?
—La Guardia Civil dice que un señor de sesenta y ocho años subió con una vela a una casa a oscuras. No hace falta ser muy listo para decir eso, y por eso lo dice todo el mundo.
Don Restituto Grijalba bajó a las diez, afeitado y con el luto puesto, y estuvo cortés durante cuatro minutos seguidos.
—¿Valmont? ¿Es usted francés?
—Suizo, monsieur. De Neuchâtel, que es Suiza aunque allí se hable francés. Llevo treinta años fuera.
—Monsieur —repitió Grijalba—. Aquí eso lo van a tomar por presunción.
—Es probable. Es la única palabra que no he conseguido perder en treinta años, y a estas alturas ya no lo intento.
Bajaron a la carbonera con el farol, porque la luz eléctrica no llegaba a los sótanos de la casa vieja. El suelo era de ladrillo sentado de canto. Encima del ladrillo había carbón menudo y una mancha oscura del tamaño de un plato. Valmont se puso en cuclillas y estuvo allí un rato largo sin tocar nada, alumbrándose solamente con el farol.
—¿Le han movido a usted el cuerpo?
—El doctor Melgar lo levantó a la una —dijo Arriaza—. Fractura de la base del cráneo. Dice que con esa altura y ese suelo no hace falta nada más.
—Y tiene razón, monsieur. Con esa altura y ese suelo no hace falta nada más. —Valmont señaló con la barbilla un bulto arrimado a la pared—. ¿Eso es la palmatoria?
—Ahí estaba, a un metro del hombre. La vela se partió en dos.
Valmont la cogió por el pie y la puso derecha encima de una banqueta. La miró desde arriba un buen rato. Después se limpió los dedos con el pañuelo, aunque no se los había manchado con nada. Midió el hueco con una cinta de tela, desde el suelo hasta el canto de arriba.
—Cuatro metros y veinte centímetros —dijo—. Es bastante.
Subieron por la escalera de servicio y entraron en el principal por la puerta del catorce. Estaba abierta desde la noche anterior, porque el juzgado la había mandado dejar así. Valmont se paró en los seis escalones y los midió uno por uno. Midió después el dintel, y el ancho del paso, y la altura del arrimadero de la mampara. Lo fue anotando todo con un lápiz, y de vez en cuando levantaba la cabeza y miraba por el vidrio hacia el comedor vacío, que desde allí quedaba curiosamente bajo.
—Los suelos de las dos casas no están a la misma altura —dijo.
—Un metro y diez —contestó Lecue, que llevaba un rato detrás de ellos sin que nadie lo llamara—. Un metro y diez de diferencia entre el principal de esta casa y el principal de la de al lado, y eso lo arreglé yo con seis escalones y bajando el dintel dos palmos. Dígame usted cómo se arregla si no.
—No se arregla de otra manera, monsieur.
—Eso. Dígalo usted en el papel. —Lecue tenía las manos grandes y se las frotaba sin parar—. Y diga usted otra cosa, que es la que importa. A ese hombre lo mataron.
—¿Por qué dice usted eso?
—Porque a mí me arruina lo contrario. Si aquel hombre se cayó él solo, la boca del hueco es mía y el juez es mío y el pleito es mío. Si lo empujaron, la boca del hueco no le importa a nadie.
—Es usted el primer hombre honrado que me dice por qué le conviene lo que dice.
—Yo soy albañil. Yo lo que sé es que ese tablón lo clavé con cuatro puntas y ahí sigue. Y sé que el martes cené en mi casa y me acosté a las diez, y que aquí no me habían invitado.
Y allí seguía. Valmont lo empujó con las dos manos y el tablón no se movió. Pasó el dedo por las cuatro cabezas de los clavos y anotó cuidadosamente tablón entero, cuatro puntas, sin ceder. La boca de la escalera vieja, en cambio, estaba abierta del todo en el suelo del descansillo. Era un pozo cuadrado esperando un cerco que llevaba cinco semanas en una estación.
—Hay una cosa que no cuadra —dijo Valmont, todavía de rodillas.
—Dígala.
—Todavía no. Cuando la diga, monsieur, la voy a decir delante de todos ustedes.
El despacho de la presidencia tenía una mesa grande, un plano de la reforma enmarcado y un cuadro con una vista del puerto de Vigo. Valmont enderezó el cuadro con dos dedos antes de sentarse y Grijalba fingió no verlo.
—Usted dirá.
—Dígame usted qué fue a hacer arriba el doctor Verdial el martes por la noche.
—Subió a ver una cosa de la casa.
—¿A las once menos veinte, entre el pescado y el asado, en la cena de inauguración de su Círculo?
—Era el momento que había. —Grijalba movió el tintero un centímetro—. Se lo dije yo, si es eso lo que quiere usted saber. Se lo dije yo en la mesa, y de la mesa no me levanté en toda la noche, y eso lo han visto sesenta personas.
—¿Y qué había que ver?
—Un reconocimiento. Hay arriba una señora incapacitada, y el viernes viene el coche del sanatorio de Berruguete a llevársela, y para el traslado hace falta un certificado de fecha reciente. Verdial era el médico que firmó el expediente hace dos años. Era cosa de diez minutos.
Valmont no dijo nada durante bastante tiempo. Se alisó el bigote con el dorso del pulgar y miró el plano enmarcado de la pared.
—Explíquemelo despacio, monsieur. Yo soy perito de una cosa, no de dos, y me acabo de enterar de que en esta casa vive una persona.
Se lo explicó en once minutos y con la voz que se usa para leer un acta. La casa de al lado era de doña Sinforosa Requejo, viuda y sin hijos. Hacía dos años el consejo de familia la declaró incapaz, el sobrino vendió y el Círculo compró. El precio fue bajo y todo el mundo estuvo conforme. En la escritura había una cláusula: la señora conservaba el derecho de habitación en las dos piezas del piso alto mientras viviera. Los socios no la conocían.
—¿Por qué no la conocen los socios?
—Porque un club con un comedor de sesenta cubiertos no anuncia que tiene arriba una señora que habla sola de noche. Y ahora, además, la ven los socios por el vidrio y dicen que es un fantasma, y de eso se ríe media provincia.
—Y el viernes se acaba el fantasma.
—El viernes se acaba el fantasma y quedan libres dos piezas que la junta quiere para los reservados. No me mire usted así, que todo está hecho con papeles y firmado por un juez.
—No le miro a usted de ninguna manera, monsieur. Es la cara que tengo.
Cuando salió del despacho, Valmont se paró en el pasillo delante del plano enmarcado, porque era el único sitio de la casa donde estaban dibujadas las dos casas juntas. El dibujante había puesto los seis escalones del paso y no había puesto la boca del hueco, que en el plano seguía siendo una escalera entera.
Las declaraciones ocuparon la tarde y se tomaron en el salón chico. El cabo Arteche se sentó a un lado con las piernas estiradas y Arriaza escribió en pliegos de oficio. Valmont preguntaba poco y siempre lo mismo, y a la cuarta declaración el cabo ya no disimulaba el aburrimiento. Era un hombre de cuarenta años que tenía su idea desde la primera noche y no pensaba cambiarla por un perito bajo y extranjero.
A Modesto Rey le preguntó quién sirvió el sorbete y Modesto contestó que él, y que don Eloy estaba en el office con el asado.
A Bautista le preguntó por qué bajó a la carbonera a las once y media. El chico contestó que se lo había mandado el cocinero a las nueve, delante de todos.
A siete socios les preguntó lo mismo y los siete contestaron igual. Habían salido al vestíbulo entre el pescado y el asado, a fumar o al teléfono, y monsieur Cifuentes estaba en su mostrador con el libro delante, como todas las noches de su vida.
A Eloy Pardiñas le preguntó por el paso.
—¿Cuántas veces cruzó usted el paso el martes por la noche?
—Una, señor. A las once y media, con la cena de la señora. Como todas las noches.
—¿Y no subió usted antes?
—Antes no. Antes estaba yo en el comedor y en el office, y a las once trinché el asado delante de toda la mesa. Eso lo vieron sesenta personas.
—Lo vieron sesenta personas —repitió Valmont—. Gracias, monsieur.
Eloy salió y cerró la puerta sin ruido. El cabo Arteche bostezó abiertamente y dijo que aquello era perder la tarde, y que el sobrino tenía deudas y era el único que ganaba algo con la muerte del médico.
El libro de llaves estaba encima del mostrador de la conserjería, abierto por el martes, y Valmont lo leyó dos veces con el dedo. Las dos líneas de Aniceto Requejo, con su hora de ida y su hora de vuelta. La línea de don Amando Verdial, a las once menos veinte. Y debajo, el renglón siguiente, que era ya del miércoles y de otra mano.
—Dígame una cosa, monsieur Cifuentes. ¿Cuántas llaves vuelven a esa tabla en un día sin que nadie escriba nada?
—Todas las de los criados. Los criados no firman.
—¿Y cuántos criados entran en la conserjería?
—Todos. Aquí se pasa para el patio.
—¿Y cuántos de ellos cuelgan la llave en su clavo, con su número, sin que nadie se lo diga?
Cifuentes se quedó pensando más de lo que esperaba Valmont.
—Don Eloy —dijo al fin—. Don Eloy y yo. Los demás la dejan encima del mostrador, y yo les grito, y al día siguiente lo mismo.
Aniceto Requejo llegó a las siete con un abogado joven que no abrió la boca. Empezó negando que hubiera subido el martes y lo admitió antes de cinco minutos. Su firma estaba dos veces en el libro y el libro estaba encima de la mesa.
—Subí a las diez menos diez. Bajé a las diez menos dos. Ocho minutos.
—¿Y a las once menos veinte, monsieur?
—A las once menos veinte estaba yo en el billar, con siete señores, y de allí no me moví hasta que nos llamaron a todos. Pregúnteselo usted a cualquiera de ellos.
—¿A qué subió usted?
—A que mi tía firmara un papel del banco.
—¿Y su tía está en condiciones de firmar un papel del banco?
Aniceto tardó lo suyo en contestar y contestó mal.
—Mi tía está en Viana, con una prima. Lo del papel era un decir.
—Monsieur, su tía está a doce metros de esta silla, y usted subió a verla el martes con la llave del catorce, y lo firmó dos veces de su puño. Escoja usted una de las dos cosas y quédese con ella.
El abogado joven le puso la mano en el brazo. Aniceto se levantó y se fue sin escoger ninguna.
La señora Sedano subió del ropero con el lío atado en una funda de almohada y lo puso en la mesa sin que se lo pidieran dos veces.
—Dos camisones, una toquilla y cuatro pañuelos. Sube los viernes y baja los sábados, y esto lleva dos años igual.
—¿De quién es esta ropa, madame?
—Del catorce.
—El catorce es una puerta.
—El catorce es lo que pone en la tinta y es lo que me dijeron a mí. Yo pregunté una vez, hace dos años, y me contestaron que no preguntara. —Se puso muy derecha—. Y no he vuelto a preguntar, y eso es todo lo que he hecho yo, y llevo desde anoche sin dormir por eso mismo.
—Madame, usted ha lavado y planchado durante dos años la ropa de una persona que está viva. Es más de lo que ha hecho el resto de esta casa.
Cifuentes le dio la llave a las once de la noche. Se la dio de mala gana y por escrito, después de leer despacio el nombramiento del juzgado.
—La cerradura del catorce la puse yo hace dos años, por orden de la junta. Cerradura nueva, de llave por los dos lados, y dos llaves, y de eso en esta casa no se habla.
—¿Quién sube la bandeja?
—Don Eloy. Todas las noches a las once y media, y se la lleva la bandeja del día anterior, y no ha faltado ni el día que enterró a su madre.
Esperó en el pasillo de servicio a que subiera la bandeja y a que bajara el hombre que la subía. A las doce menos veinte cruzó el paso con una palmatoria en la mano. Subió la escalera vieja de la casa Requejo, que crujía en el cuarto peldaño y no crujía en ningún otro. Arriba había un pasillo con tres puertas. Dos estaban condenadas con tablas. Por debajo de la tercera salía una línea de luz, y de dentro llegaba una voz de mujer que hablaba tranquilamente y sola.
Llamó con dos golpes y esperó.
—Pase usted, hombre, que está abierto.
Era un cuarto pequeño con una cama de hierro, una cómoda, un quinqué encendido y un brasero apagado. En la mesa camilla había una bandeja con la sopera destapada, el pan y el vaso de agua. Detrás de la bandeja había una señora muy pequeña, con una toquilla sobre los hombros y la servilleta puesta. Tenía setenta y ocho años y comía despacio, como come la gente que no tiene ninguna prisa.
Lo miró de arriba abajo, despacio, y dejó la cuchara.
—Usted no es el de la bandeja —dijo—. ¿Viene usted de parte del juzgado?
La casa se comió la escalera
Capítulo 3
III
—Vengo de parte del juzgado, madame.
El cuarto tenía dos metros y medio de ancho y olía a brasero apagado. Valmont se sentó donde ella le dijo, en la silla de enea que había al otro lado de la camilla, y estuvo diez minutos sin preguntar nada.
Doña Sinforosa Requejo comía despacio y hablaba entre cucharada y cucharada. Tenía las manos pequeñas y limpias y las uñas cortadas al ras. La toquilla era la misma que Victorina Sedano lavaba los viernes.
El cuarto estaba limpio y ordenado y no tenía ni una mota de polvo en la cómoda. La cama estaba hecha con dos mantas y una colcha de ganchillo. Había un costurero encima de la silla, una palangana con su jarro y un almanaque de pared del año anterior, clavado con una chincheta. En el alféizar de la ventana había tres tiestos con geranios secos, y la ventana tenía echada la madera por fuera y no se abría desde hacía dos años.
—Usted me dirá si le aburro. Yo hablo mucho porque solo hablo con uno.
—No me aburre usted, madame.
—Madame. —Se rio con la boca cerrada—. A mi marido le decían eso los de la fábrica de Bilbao y le daba una rabia horrible.
En la pared de enfrente, encima de la cómoda, el papel estaba más oscuro en cuatro sitios. Eran cuatro rectángulos limpios del tamaño de una bandeja, y en medio de cada uno había una escarpia con el gancho hacia arriba.
—¿Y esos cuatro? —preguntó Valmont.
—Cuatro láminas de los meses del año. Faltan diciembre y enero, que están en el pasillo, y esos dos no se los han llevado porque están negros de humo y no valen nada. —Se limpió la boca—. Usted es la primera persona que me lo pregunta. Se lo digo a todo el mundo y nadie me lo pregunta.
—¿Y a quién se lo dice usted?
—Al de la bandeja. Y antes a los albañiles, cuando estaban los albañiles, que entraban y salían quince meses y por aquí ha pasado media provincia. Yo no digo quién. Yo digo lo que había y lo que hay.
Se puso a contarlo tranquilamente, como quien canta una lista, y no había rencor en la voz. La sopera de plata con el asa de hojas. Los doce cubiertos del estuche. Los dos candelabros del comedor de abajo, que subieron cuando la obra. El reloj de sobremesa que daba las horas dos veces. Los encajes de su madre, que estaban en el arcón envueltos en papel de seda.
—Y luego dicen que lo digo por decir. Dígame usted una cosa: si a usted le quitan un reloj, ¿usted no lo dice?
—Yo lo diría, madame.
—Pues yo lo dije. Y lo pusieron en un papel.
Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar y se quedó callado más tiempo del que resultaba cómodo. En el suelo, debajo de la cómoda, había un cerco de polvo con la forma de un pie de reloj.
—Madame, ¿usted sabe qué día es hoy?
—Jueves, desde hace un rato. San Julián ha dado las doce con usted ya sentado en esa silla, y la bandeja subió a su hora, a las once y media. —Levantó un dedo—. El martes también me lo preguntaron, ¿sabe usted? Vino un señor gordo con una palmatoria y me hizo sacar la lengua. Me preguntó qué día era, y le dije que martes. Me preguntó el año y se lo dije. Me preguntó quién gobernaba y se lo dije, y además le dije lo que pienso yo de eso, que él no me lo había preguntado.
—¿Y qué hizo el señor?
—Se puso muy serio. Le enseñé las escarpias y se quedó mirándolas mucho rato, y después me dijo que el viernes volvía con un escribano. Y se fue por la escalera con su vela.
—¿A qué hora fue eso?
—Antes de la cena mía. Un rato antes. En esta casa las horas las sé yo por la bandeja y por las campanas de San Julián, y esa noche las campanas dieron las once cuando el señor ya se había ido.
Valmont sacó el pañuelo y se limpió las manos, aunque no se las había manchado con nada.
—Y la cena de aquella noche, madame. ¿Se la subieron a usted a la hora?
—A la hora. Pero no entró.
—¿Quién no entró?
—El de la bandeja. En dos años no ha dejado de entrar ni una noche. Me pone la bandeja en la camilla, me enciende el quinqué, me dice «aquí tiene usted, señora» y se lleva la de la víspera. El martes dejó la bandeja en la cómoda, desde la puerta, y no dijo nada, y no traía luz. —Se pasó la servilleta por la boca—. Yo pensé que estaría la casa muy ocupada con la fiesta.
El expediente lo sacó Arriaza el jueves a las diez de la mañana, encima de una mesa del juzgado. Era un legajo de cuarenta y un folios cosidos con bramante, con las esquinas rozadas y el sello de entrada torcido. Nadie lo había pedido en dos años.
Estaba el auto del consejo de familia, con seis firmas. Estaba la solicitud del sobrino. Estaba el testimonio de dos vecinas y el de una criada que ya no servía en la casa. Estaba la escritura de venta, con la cláusula del derecho de habitación en las dos piezas del piso alto mientras viviera la incapacitada. Y estaba el inventario de los bienes muebles de la señora, hecho por el mismo juzgado dos años antes, con noventa y cuatro asientos numerados.
Y estaba el dictamen de don Amando Verdial, que ocupaba tres folios.
Valmont lo leyó dos veces. El médico describía a una enferma con delirio de perjuicio, hostilidad hacia sus parientes y pérdida del juicio para administrar sus cosas. Decía que la paciente sostenía que le sustraían objetos de la casa. Decía que la paciente afirmaba que se oían pasos y voces por debajo de sus habitaciones. Decía que la paciente hablaba de una escalera que no existía. Decía, por último, que se negaba obstinadamente a recibir a su sobrino.
—Monsieur Arriaza. ¿Aquí consta el día en que el doctor Verdial subió a reconocerla?
—Consta lo que ponga. —Arriaza pasó el dedo por el margen—. Aquí dice «visitada en su domicilio». No dice el día.
—¿Y la señora no compareció ante el juez?
—No compareció. Hay una diligencia que dice que por su estado no procedía.
—De modo que hace dos años un médico firmó tres folios sobre una mujer, y la primera vez que subió a verla fue anteanoche, entre el pescado y el asado.
Arriaza no contestó. Valmont dejó el legajo encima de la mesa y lo alineó con el canto. Después dijo una cosa en francés, en voz muy baja. Fue lo único que dijo en su idioma en todos los días que estuvo en Sarnia.
—Quelle honte.
—¿Cómo dice usted?
—Nada. Una palabra de mi tierra, monsieur, que aquí no hace ninguna falta.
Grijalba los recibió a mediodía y estuvo quince minutos explicando que todo estaba hecho conforme a derecho. Después se le acabaron las maneras.
—¿Qué quiere usted que le diga? ¿Que aquello fue bonito? No fue bonito. La señora no tenía con quién vivir y la casa se caía, y el sobrino necesitaba vender, y esta casa necesitaba crecer, y todo eso se juntó en el mismo mes.
—Y usted estaba en el consejo de familia y compraba la casa.
—Yo estaba en el consejo de familia porque su marido fue tesorero de este Círculo veinte años. Eso no lo pongo yo en un cartel, pero tampoco lo escondo.
—Lo esconde usted de los socios.
—Los socios no quieren saber. Los socios quieren un comedor bonito. —Se aflojó el cuello de la camisa—. Y el viernes a las nueve viene el coche de Berruguete, con dos enfermeros y una hermana, y esto se acaba. Y yo no voy a perder el sueño.
El cabo Arteche detuvo a Aniceto Requejo el jueves a las cuatro de la tarde, en el billar del Círculo y delante de once socios. Lo hizo muy educadamente y sin ninguna duda.
—Tiene deudas. Mintió dos veces. Subió el martes y firmó dos veces el libro. Y si la tía sale cuerda del sanatorio, la venta se cae y él responde con lo que no tiene. —El cabo se puso el tricornio—. Y ahora me dicen que del piso alto faltan cosas. Pues ya está: el que subía era él.
—El que subía era él ocho minutos, monsieur, hace dos días.
—Algo se llevaría en dos años.
Aniceto Requejo salió del billar entre dos números y con el gabán al brazo. No miró a nadie. En la puerta giratoria se paró un momento, como si se hubiera olvidado una cosa. Los once socios volvieron a sus mesas enseguida. A las cinco ya lo sabía toda la calle Mayor, y a las seis había en la acera de enfrente veinte personas mirando la fachada del Círculo.
—Usted es perito de la cosa —dijo el cabo, con paciencia—. Y la cosa es un agujero en un suelo, y ahí está el agujero. Escriba usted su papel y déjeme a mí lo demás.
—¿Y si el papel dice que aquel hombre no se cayó solo?
—Entonces tengo al sobrino, y sigo teniéndolo. Y si no, tengo a la señora de arriba, que estaba a diez pasos y no hay quien sepa lo que hace una mujer así. —Arteche se encogió de hombros—. Pero eso ya me lo resuelve el viernes el coche del sanatorio.
Valmont subió por última vez aquella tarde con el inventario del juzgado en la mano y una vela de la conserjería. Tardó dos horas y media. Fue leyendo los noventa y cuatro asientos por su número. Buscaba cada uno en las dos piezas, en el pasillo y en el arcón, pacientemente y sin saltarse ninguno. Marcaba con una raya de lápiz lo que encontraba y con un círculo lo que no.
Al final había treinta y un círculos.
Eran la sopera, los doce cubiertos, los dos candelabros, el reloj de sobremesa, las cuatro láminas, los encajes y nueve piezas más de poco valor. Todo lo que faltaba era plata, metal o tela. Nada de lo que faltaba pesaba mucho ni abultaba, y todo cabía debajo de un paño o dentro de una bandeja.
Doña Sinforosa lo miraba desde la cama, con la toquilla puesta y los pies encima de una banqueta.
—¿Lo ve usted? —dijo—. Y yo no sé contar, dicen.
—Cuenta usted mejor que el juzgado, madame. Dígame una cosa más, y después la dejo dormir. Cuando se llevaron sus cosas, ¿alguna vez oyó usted ruido de noche?
—Nunca. En esta casa no hay ruido de noche. —Se subió la toquilla—. Aquí lo único que se oye de noche es el comedor de abajo, que está debajo de mi cama y cena hasta las tantas.
Bajó a las nueve. En el salón chico estaban Grijalba, Lecue, Arriaza y el cabo, y el Círculo entero tenía las luces dadas y ni un socio dentro.
—Señores, mañana no voy a poder firmar el dictamen —dijo Valmont—. Me faltan tres cosas y las tres las tienen ustedes.
—Pida usted —dijo Grijalba.
—La primera. Mañana por la noche quiero que se sirva en este comedor la cena del martes. La misma minuta, las mismas horas y las mismas manos. El consomé a las diez y cuarto, el pescado a las diez y media, el asado a las once en punto y la bandeja del catorce a las once y media.
—¿Con sesenta socios?
—Con ustedes cinco basta. Lo que necesito son los que sirven, no los que comen.
—¿Y la segunda?
—Que hasta mañana por la noche nadie encale, nadie friegue y nadie lave nada en esta casa. Ni un suelo, ni una pared, ni un trapo. Y que la señora Sedano cierre el ropero con llave y se la quede.
—Mañana es viernes —dijo Grijalba—. Los viernes se lava la ropa del comedor.
—Ya lo sé, monsieur. Por eso se lo pido hoy y no mañana.
El cabo Arteche se rio por primera vez en tres días.
—¿Y la tercera?
—Que el coche del sanatorio de Berruguete venga el sábado y no el viernes. Un día, monsieur. Se lo pido a usted por escrito si hace falta.
La casa se comió la escalera
Capítulo 4
IV
El coche del sanatorio de Berruguete quedó aplazado al sábado. Lo firmó el juzgado el viernes por la mañana, de mala gana, y el cabo Arteche lo llevó al Círculo en el bolsillo sin decir una palabra.
El viernes a las nueve de la noche había once personas en el comedor del Círculo y cincuenta y siete sillas vacías.
En la mesa de la presidencia se sentaron cinco. Grijalba, don Filiberto Osuna, que era el tesorero, Onésimo Lecue, el cabo Arteche y don Fulgencio Arriaza con sus pliegos.
De pie, junto a la puerta de servicio, estaban Eloy Pardiñas con la chaquetilla puesta, Modesto Rey, el pinche Bautista y Leandro Cifuentes. Victorina Sedano se quedó en el quicio con la llave del ropero en el puño.
En la cabecera había una silla más, con su cubierto puesto, y nadie preguntó para quién era.
—Señores, esto no es un juicio —dijo Valmont—. Yo no juzgo a nadie. Yo tengo que decirle al juzgado si aquel hombre pudo caerse solo, y para eso necesito la noche del martes entera, con sus horas. Empecemos por las nueve, si les parece.
La cena se sirvió como se había servido el martes.
El consomé entró a las diez y cuarto. La merluza subió por el montacargas a las diez y media. A las once menos veinte, Arriaza leyó en voz alta la línea del libro de llaves, con la hora y la firma del difunto. Valmont cogió la palmatoria del mostrador y la puso encima del mantel, apagada.
—Hasta aquí, monsieur Arteche, estamos todos de acuerdo. A las once menos veinte, don Amando Verdial cruza esa puerta con una llave y una vela. Ahora empieza lo que nadie miró.
—Nadie miró nada porque no había nada que mirar —dijo el cabo.
—¿No había nada que mirar, o no había nadie mirando? —Valmont abrió su cuaderno—. Había media hora. El pescado se sirvió a las diez y media. El asado salió a las once en punto. Entre las dos cosas se pasó el sorbete, y el sorbete lo pasó monsieur Rey. Dígalo usted otra vez, se lo ruego.
—El sorbete lo pasé yo —dijo Modesto—. Don Eloy estaba en el office con el asado.
—Estaba en el office. Nadie lo vio en el comedor en esa media hora, y nadie lo echó en falta, porque su sitio a esa hora es justamente el office. —Valmont cerró el cuaderno—. Señores, esta casa tiene un reloj magnífico y no es el de la pared. Es la minuta. Todo el mundo sabe dónde tiene que estar cada uno a cada hora, y por eso nadie mira a nadie.
Mandó servir el asado a las once en punto y lo trinchó Eloy, de pie en el aparador, delante de la mesa presidencial y de todas las sillas vacías. Nadie comió.
—Ahora la bandeja —dijo Valmont—. Madame Sedano, ¿quiere usted decirles a estos señores cuándo se encaló el paso?
—El lunes, y solo el paso. La jamba y el dintel. El comedor lleva tres semanas encalado y del comedor no vuelve nadie marcado.
—¿Y qué le pasa a la ropa que cruza por ahí?
—Que vuelve con la manga derecha blanca. El lunes se me manchó una y lo dije en esta casa antes de que muriera nadie.
Valmont pidió cinco bandejas iguales con el mismo peso encima: la sopera tapada, el pan, el vaso y la servilleta. Subieron los cinco de uno en uno, con una palmatoria en la mano libre. Iban por el paso y por la escalera vieja y bajaban por el mismo sitio. Subió Modesto. Subió Bautista. Subió Cifuentes. Subió Lecue, que protestó, y subió por último el propio cabo Arteche, que protestó más.
—Usted no, monsieur Pardiñas —dijo Valmont, sin volverse—. Usted quédese donde está.
Los cinco volvieron con una raya blanca en la manga derecha, desde el codo hasta el puño.
—¿Y esto qué prueba? —dijo Grijalba—. Esto le pasa a cualquiera que suba.
—Esto prueba que no le puede pasar a nadie que no suba, monsieur. Es lo contrario, y es lo único que necesito.
—Es el dintel —dijo Lecue, mirándose el brazo—. Es el dintel, que lo bajé yo dos palmos. Hay que agachar la cabeza, y al agacharse, con las dos manos ocupadas, la mano de la bandeja se va a la jamba. No hay otra manera de pasar por ahí.
—No hay otra manera, monsieur. Y quien pasa se marca, y esto lo sabía toda la servidumbre desde el lunes.
El cabo Arteche se frotaba la manga con el pañuelo, inútilmente, y no miraba a nadie.
—Y ahora, señores, apaguen ustedes las luces del comedor.
Las apagaron. El comedor se quedó en una oscuridad gris. El vidrio opalino del testero empezó a brillar despacio, como si amaneciera detrás. Después cruzó una luz, de izquierda a derecha, a la altura de la cornisa. Detrás de la luz iba una forma blanca y ancha, movida y sin cara, flotando por encima de donde tenía que estar el suelo.
Don Filiberto Osuna se levantó de la silla sin darse cuenta.
—Ahí está otra vez.
—Ahí está —dijo Valmont—. Den ustedes la luz.
La dieron. Valmont cruzó el paso, y tardó cuatro minutos, y volvió trayendo del brazo a una señora muy pequeña con una toquilla sobre los hombros. La sentó en la silla de la cabecera, que era justamente para lo que estaba puesta. Le acercó él mismo el vaso.
—Señores, doña Sinforosa Requejo, que vive a doce metros de esta mesa y a la que ninguno de ustedes había visto nunca. El pasillo por donde ella pasa está un metro y diez más alto que este suelo, y por eso, desde aquí, cualquiera que cruce con una vela pasa por el aire. Eso es todo el fantasma. Lo demás lo han puesto ustedes.
Doña Sinforosa miró el comedor entero, muy despacio, empezando por las lámparas.
—Pues ha quedado bonito —dijo—. ¿Y todo esto se hizo con mi casa? Aquí estaba antes el patio.
Valmont se limpió las manos con el pañuelo y se quedó de pie, detrás de su silla, sin tocarla.
—Los hechos, monsieur Arriaza, y tómelos usted como se los diga. Don Amando Verdial subió a las once menos veinte a reconocer a esta señora para firmar un traslado. La reconoció. Le preguntó el día, el año y quién gobernaba, y ella contestó bien las tres cosas, y de eso hay un testigo, que es ella. Antes de irse le enseñaron cuatro escarpias vacías en una pared, y él dijo que el viernes volvería con un escribano.
—Eso lo dice ella —dijo el cabo.
—Eso lo dice ella, y las campanas de San Julián dieron las once cuando él ya había salido del cuarto. De modo que don Amando Verdial estaba vivo y en pie unos minutos antes de las once, y a las doce menos veinticinco estaba en el fondo del hueco con la vela partida en dos. La vela se apagó al caer, señores. Eso quiere decir que cayó andando, con la luz encendida, y no después de estar mucho rato a oscuras.
—O sea, que se cayó. ¿Es eso lo que va usted a escribir? —dijo Grijalba.
—Ahora las anomalías. Son tres y ninguna es de la obra. Mi dictamen sobre el hueco va a ser muy corto, porque es lo único que a mí me han preguntado. Ese hueco está mal cerrado y monsieur Lecue responderá de ello ante quien corresponda. Y ese hueco no mató a nadie.
Lecue se puso muy derecho en la silla y no dijo nada.
—La primera anomalía. La puerta del catorce apareció cerrada con llave. Un hombre que se cae por un agujero no cierra después la puerta.
—¿Y no se cerraría sola? —dijo el cabo—. Hay puertas que quedan de golpe.
—Tiene cerradura de llave por los dos lados y ustedes la han abierto y cerrado catorce veces en tres días. No se cierra sola.
—Entonces, ¿me está usted diciendo que lo encerró alguien?
—La segunda anomalía es mejor. La llave apareció colgada en su clavo, con su número, en la conserjería, al otro lado de esa puerta. Y en el libro no hay línea de vuelta. —Valmont puso el libro abierto encima del mantel—. Piénsenlo ustedes despacio, señores, porque es toda la cuestión. Alguien salió de ahí dentro, cerró con llave y colgó la llave donde tenía que estar, y no escribió nada. ¿Qué clase de persona hace eso?
Nadie contestó.
—Un socio no lo hace, porque un socio firma y además se lleva la llave en el bolsillo sin pensarlo. Un ladrón tampoco, porque un ladrón tira la llave al hueco y se acabó.
—Entonces, ¿quién?
—Alguien para quien esa tabla es una obligación de todos los días y ese libro no es asunto suyo. Monsieur Cifuentes, ¿cuántas personas de esta casa cuelgan una llave en su clavo sin que nadie se lo mande?
—Dos —dijo el conserje, con la voz rara—. Don Eloy y yo.
—Y usted no se movió del mostrador en toda la noche, porque entre las once menos veinte y las once pasaron por delante de usted siete señores, y los siete lo han declarado.
—¿Y ella? —dijo el cabo, y señaló con la barbilla la cabecera de la mesa—. Ella estaba a diez pasos.
—Esta señora no tiene llave, monsieur. Y aunque la tuviera: para colgarla en ese clavo tendría que haber bajado los seis escalones a oscuras y cruzado el pasillo de servicio en plena cena, entre los camareros y las fuentes, hasta una conserjería que no ha pisado en su vida y una tabla que no sabe que existe. Por ese pasillo, a esa hora, nadie mira a una chaquetilla blanca. A una señora en camisón la habría mirado todo el mundo. Y monsieur Requejo estaba en el billar con siete señores desde las diez menos dos, que es la única cosa que ha hecho bien en dos años.
—¿Y yo? —dijo Grijalba—. Dígalo usted también, ya que estamos.
—Usted no se levantó de esa silla en toda la noche y lo vieron sesenta personas. Lo de usted no es un crimen, monsieur: es una cláusula escondida a sus socios y un coche pedido para un viernes. De eso responderá usted en otro sitio.
Grijalba se volvió en la silla muy despacio. Eloy Pardiñas seguía de pie junto a la puerta de servicio, con el paño doblado en el antebrazo.
—La tercera anomalía es la cal. —Valmont levantó la mano hacia la señora Sedano—. Madame, la llave del ropero, si es tan amable.
Victorina abrió el ropero del pasillo y volvió con una chaquetilla blanca doblada. La desdobló encima de la mesa de la presidencia, delante de todos, con el número del cuello hacia arriba.
—El once —dijo—. La de don Eloy, que cada número tiene su hombre desde hace cuatro años. Esta es la del martes. La del lunes la aparté yo a las siete por la cal, y esta es la de repuesto, que salió de mi estante limpia y planchada. Las chaquetillas se lavan los viernes, y hoy es viernes, y esta no se ha lavado porque este señor mandó cerrar el ropero.
La manga derecha tenía una raya de cal desde el codo hasta el puño, y encima de la cal, seca y oscura, una salpicadura de salsa.
—La cal, debajo. La salsa del asado, encima. —Valmont no levantó la voz—. El asado se trinchó a las once en punto delante de sesenta personas. Y don Filiberto le dijo entonces a este hombre, en voz alta y con la mejor intención del mundo, que llevaba la manga blanca. De modo que la cal estaba antes de las once. Y a las once y media, cuando subió la bandeja, ya la llevaba puesta desde hacía media hora.
—Yo dije eso, sí —murmuró Osuna—. ¿Y de qué le sirve a usted ahora que yo lo dijera? Lo dije por decir.
—Monsieur Pardiñas, el miércoles, delante del cabo y del secretario, contestó usted a una pregunta mía. Le pregunté cuántas veces había cruzado el paso el martes por la noche. ¿Quiere usted repetir lo que dijo?
Eloy tardó un poco.
—Dije que una. A las once y media, con la cena de la señora.
—Como todas las noches —dijo Valmont—. Y eso último era verdad.
Se apartó de la silla y se puso delante de la mesa, con las manos quietas.
—Señores, yo no me pregunto nunca quién pudo hacer una cosa. Eso lo pudo hacer media casa. Yo me pregunto qué clase de persona la hizo exactamente así. Y esta la hizo un hombre que mató a las once menos cuarto y sirvió el asado a las once en punto. Caliente y a su hora, delante de sesenta socios, y aguantando una broma sobre su manga.
—Un hombre que no huyó, que no gritó, que no movió el cuerpo, que no tocó nada de abajo y que no le plantó una prueba a nadie. Y que después, a las once y media, con un muerto en el fondo del hueco, subió una cena caliente porque a las once y media esta señora cena.
Doña Sinforosa se llevó la mano a la boca.
—Ese hombre no supo dejar una llave fuera de su clavo, y ahí está. No mató por odio, señores; mató porque el viernes venía un escribano a contar noventa y cuatro asientos de un inventario, y arriba faltan treinta y uno.
Eloy Pardiñas adelantó dos dedos y enderezó un cubierto de la mesa de la presidencia, que estaba torcido. Lo hizo antes de que dijeran su nombre y sin mirar la mano.
—Don Eloy —dijo Grijalba, y no supo seguir.
—Don Restituto se lo mandó en la mesa, cuando yo servía la merluza: que subiera ahora, que era el momento. Y yo subí detrás —dijo Eloy, muy tranquilo, como si continuara una conversación de la cocina—. Me lo dijo en el descansillo. Me dijo que la señora estaba más cuerda que yo y que aquella pared daba vergüenza. Y me dijo lo del escribano. —Se quedó callado un momento—. Yo no pensé nada, señor. Le puse la mano en el pecho y ya estaba abajo.
—¿Y después, monsieur?
—Después había que sacar el asado.
Nadie dijo nada durante un rato bastante largo. El cabo Arteche se levantó con el tricornio en la mano y lo hizo sin ninguna prisa, casi con cuidado.
—La plata la tiene un chamarilero de la calle de la Sal —añadió Eloy—. Los encajes no. Los encajes los vendí en Valladolid, y de esos no queda nada.
El sábado por la mañana, a las nueve, el coche del sanatorio de Berruguete llegó a la puerta del Círculo con dos enfermeros y una hermana. Volvió a marcharse vacío a las nueve y veinte. Arriaza se llevó el expediente cosido con bramante para que lo viera otro juez, y no le prometió nada a nadie, porque un secretario de juzgado no promete. Aniceto Requejo salió del cuartillo a las once y no subió a ver a su tía.
Valmont se quedó un día más en Sarnia y escribió el dictamen en el cuarto de la fonda. Eran nueve folios sobre un hueco de cuatro metros y veinte centímetros, un tablón con cuatro puntas y un dintel bajado dos palmos.
Aquella noche, a las once y media, subió él mismo la bandeja. La sopera tapada, el pan, el vaso de agua y la servilleta doblada en cuadro. Entró, la puso en la camilla, encendió el quinqué y estuvo tres minutos hablando de Neuchâtel, que está en Suiza y donde también hace mucho frío en noviembre.
Después se despidió hasta el día siguiente. Y al salir, sin darse cuenta de que lo hacía, enderezó con dos dedos una escarpia vacía.
Fin
La casa se comió la escalera
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