
Las casas mueren de calor
En diciembre, en Norilsk, el sol no sale. El bloque diecisiete se ha abierto de arriba abajo, y sus vecinos saben que, si la grieta es cosa del clima, el bloque se declara en ruina y ellos se van por fin al continente. Una reaseguradora de Zúrich manda a un perito suizo que no habla ruso a decir si el suelo cedió o lo hicieron ceder. Esa noche empieza la purga negra y nadie puede salir. A la mañana siguiente, el hombre que iba a enseñarle algo aparece helado en el sótano, abrazado a un tubo que quema.
Las casas mueren de calor
Capítulo 1
I
El avión de Krasnoyarsk tomó tierra en Alýkel a las doce y cuarenta del mediodía, con una luz azul de anochecer. En diciembre, en Norilsk, el sol no sale, y el día es ese rato azul entre dos noches. Zoya Andréyevna Kulik esperaba detrás de la barandilla con un cartón escrito a rotulador en francés. Llevaba doce años enseñando esa lengua a chicos que no la iban a usar nunca, y aquella era la primera vez que la usaba ella.
Salieron treinta pasajeros, casi todos del Combinado, con la cara gris del vuelo y bolsas de plástico del duty free. El último era un hombre bajo y ancho, con un abrigo de paño que no servía para nada y un sombrero que servía todavía menos. Tenía un bigote entrecano muy cuidado. Leyó el cartón dos veces, se quitó el sombrero y le hizo una inclinación pequeña.
—Aristide Valmont, para servirla a usted.
—Zoya Kulik. Soy su intérprete. —Le salió con acento de libro, y lo notó—. Me dijeron que venía un francés.
—Suizo, mademoiselle. De Neuchâtel. Allí hablamos francés, pero en Francia todavía no se han enterado.
Ella se rió antes de decidir si debía, y él pareció contento de que se riera. Le cogió la maleta sin preguntar. Él no la soltó, y la llevaron un rato entre los dos, como una cosa difícil.
Las puertas de fuera se abrieron y el aire le entró a Zoya por la nariz como un clavo. Cruzaron el aparcamiento con la maleta entre los dos, y cuando ella subió a la furgoneta caliente se le pusieron blancas las gafas de golpe. Se quedó sentada con la maleta en las rodillas, sin ver nada, y se echó a reír otra vez.
—No se preocupe usted, monsieur. Aquí no se empañan: se hielan. Cuando una ha estado fuera y entra en caliente, se ponen blancas en un segundo, y tardan un minuto en aclararse. Mientras tanto una va a ciegas.
—Entonces permítame usted el pañuelo.
Ella lo aceptó, aunque no servía de nada. Sacó el teléfono para avisar al Combinado de que ya salían. La pantalla dijo cuarenta por ciento, luego dijo diez, y luego se apagó sola en su mano.
—Tampoco se preocupe por esto. Los teléfonos aquí se mueren de frío en cinco minutos. Hay que llevarlos dentro, pegados al cuerpo.
—Lo tendré en cuenta, mademoiselle. No lo he traído.
La furgoneta del Combinado era blanca, con la calefacción a tope y un conductor que no dijo una palabra en treinta y cinco kilómetros. La carretera iba recta por una llanura de nieve azulada, entre postes con luces naranjas. A la izquierda, muy lejos, ardían las chimeneas del Combinado como velas de una tarta. Delante apareció después la ciudad, una fila de bloques iguales con las ventanas encendidas, verdes y amarillas y alguna rosa. Llevaban el número pintado en el testero, en grande, para que se leyera desde lejos en la ventisca.
—En el informe que me mandaron de Zúrich —dijo él— sale mucho una palabra rusa. Materik.
—El continente. —Zoya se quitó las gafas, ya claras, y las limpió por costumbre—. Aquí no hay carretera que salga a ninguna parte. Al resto de Rusia se va en avión, y a todo lo que no es esto lo llamamos el continente, como si viviéramos en una isla.
—¿Y quiere irse todo el mundo?
—Todo el que puede. El que tiene quince años de norte tiene derecho a un certificado, que es un piso en el continente. Hay una cola de once años, o de doce. Si un bloque se declara en ruina por causa natural, los vecinos de ese bloque pasan delante de la cola.
—¿Y si la causa no es natural?
—Entonces no pasan delante de nadie. La aseguradora no paga, el Combinado lo arregla como puede y los vecinos se vuelven a su casa.
Valmont se alisó el bigote con el dorso del pulgar y miró un rato por la ventanilla.
—Entonces, mademoiselle, en ese bloque me va a querer mucho todo el mundo.
El bloque diecisiete tenía nueve plantas y seis portales, y el diecisiete pintado en el testero en color ladrillo sobre fondo amarillo. La grieta empezaba en la azotea y bajaba entre dos columnas de ventanas hasta el zócalo. Arriba era una raya negra. Abajo, en la planta baja, cabía una mano. A lo largo de la fachada habían tendido ya una cuerda gruesa a la altura del pecho, de portal a portal, sujeta con argollas.
En el portal 2 los esperaba Galina Petróvna Dúbova, con un gorro de visón y una carpeta de plástico contra el pecho. Tenía setenta años y hablaba sin parar, y a Zoya se le volvieron a helar las gafas en cuanto entraron. Fue traduciendo un tercio de lo que decía, y lo eligió cuidadosamente.
—Es la mayor de la casa —explicó—. La que se ocupa de todo. Dice que nos ha preparado un piso aquí mismo, en el portal 2, a usted y a mí. Con la purga que viene no llegamos al hotel ni nosotros ni nadie.
—Dígale que es muy amable. ¿Y a los vecinos de los portales vacíos dónde los ha puesto?
—Por los otros portales. Dice que pisos vacíos sobran, que es lo único que sobra en esta ciudad. Y dice que cenaremos en su casa, en el portal 5. Los portales no se comunican por dentro, así que tendremos que salir por la cuerda. Dice que eso aquí lo hace hasta su nieta.
El piso era de alguien que se había ido al continente hacía dos años y había dejado los muebles. Había un calendario de aquel año en la cocina, una planta de plástico en la ventana y una alfombra en la pared. Galina había reunido allí a los que tenían que conocer al suizo, y los fue nombrando uno por uno sin soltar la carpeta.
Oleg Sávich Rébrov era el ingeniero del servicio de cimentaciones del Combinado. Tenía cuarenta y seis años, una cartera de piel y la chaqueta de la empresa, y le dio a Valmont una mano húmeda. Nastia Grómova era cajera del supermercado y vivía en la planta baja del portal 4 hasta que se abrió la grieta. Traía de la mano a su hijo Tima, de ocho años, que no le quitaba ojo al bigote de Valmont. Rustam Nazárov, el fontanero de la oficina de vivienda, se quedó en la puerta con la gorra en la mano, y no hubo manera de que pasara. Y Vera Ilínichna Sóboleva estaba sentada en el único sillón, con un chal gris y unas gafas de cristal muy grueso, y tosía.
—Vera Ilínichna es la que más sabe de suelos de esta ciudad —dijo Galina—. Treinta y cinco años en la estación de permafrost. Vivía en el tres, justo encima de la grieta, y ahora la tenemos aquí enfrente de ustedes.
—Eso era antes —contestó Vera—. Ahora solo sé de toses. Y de colas, que llevo once años en la del continente, como todos.
Arkadi Fómich Lavrov llegó el último, oliendo a frío y a vodka, con un gorro de orejeras y las rodillas duras. Era el termometrista. Llevaba cuarenta años bajando a los sótanos de cuarenta bloques y no se quitó el abrigo.
Entonces empezaron a preguntar, y todos preguntaron lo mismo. Galina quería saber cuándo firmaba el señor. Oleg dijo que el Combinado necesitaba el dictamen antes de fin de mes. Nastia se acercó con el niño y le preguntó a Zoya en voz baja si era verdad que, si el suizo decía que era el clima, se iban todos. Zoya lo tradujo todo, y lo último también.
—Dígales que firmaré cuando lo sepa —contestó Valmont—. Y que le diré lo mismo a quien me paga que a ellos.
Lo tradujo, y hubo un silencio. Solo habló Arkadi, desde el recibidor, sin quitarse el gorro.
—Pues para saberlo hay que bajar. Arriba no se entera nadie de nada.
A las tres salieron por la cuerda hacia el portal 3. Iban Valmont, Zoya, Oleg y Arkadi, y detrás, sin que nadie se lo pidiera, Vera Ilínichna con su chal. Rustam iba el último, con una linterna. Ya empezaba a correr la nieve a ras de suelo, fina como harina. El nudo térmico era un cuarto a pie de calle, al lado del porche, con una puerta de hierro propia y un candado. Oleg lo abrió con su llave. Dentro hacía treinta grados y un ruido de agua, y a Zoya se le volvieron a poner blancas las gafas. Esperó en el umbral a que se aclararan, y mientras tanto oyó a Oleg empezar a explicar en ruso, sin ella, cosas que Valmont no podía entender.
Había tubos gruesos forrados de chapa, relojes con agujas y un volante rojo del tamaño de un plato.
—Esta llave la puso Rustam después de la grieta —dijo Oleg, y Zoya tradujo—. Corta los tubos de los portales 3 y 4, nada más. Los demás portales no los toca. Si la grieta parte un tubo, se cierra aquí y no se nos inunda media casa.
—Y los portales 3 y 4 están vacíos —dijo Valmont.
—Vacíos, pero calientes. Es lo primero que ordené cuando se desalojó: una casa vacía se calienta igual. Si se hiela un tubo, revienta la sección en una noche, y entonces sí que no queda nada que peritar.
Sujeta a la pared con una brida había una cajita gris con una pantalla pequeña, y de ella salía un cable que se metía por el borde de la trampilla.
—Eso es un registrador —siguió Oleg—. La sonda está abajo, pegada al tubo de la sección. Guarda la temperatura del tubo cada hora, para saber si la sección se nos hiela. Alarma no tiene. La alarma no la han pagado.
En el suelo, en un rincón, había una trampilla de acero con una argolla y un pasador grueso.
—El pasador se echa por arriba —dijo Oleg, y lo corrió con el pie—. Para que no bajen los chicos.
Bajaron por una escalerilla de hierro, primero Arkadi con la lámpara y después los demás: Valmont, Zoya, Oleg, Vera y Rustam el último, con la linterna encendida. Abajo había un metro cuarenta de alto y había que ir doblado. No hacía viento, pero el frío era el de la calle, quieto y entero. El suelo estaba cubierto de una escarcha dura que crujía. Los pilotes salían de ella en filas, grises y redondos, hasta donde llegaba la luz, y por encima corrían los tubos de la calefacción forrados de chapa.
Arkadi habló, y Zoya tradujo como pudo. No sabía cómo se decía en francés vechnaya merzlota, y fue Vera quien se lo sopló por detrás: permafrost, que es igual en todas las lenguas.
—Aquí las casas no se mueren de frío, monsieur —dijo Arkadi—. Se mueren de calor. El suelo tiene que estar helado. Mientras está helado, agarra los pilotes como un puño. Si se calienta, los suelta. Todo este agujero es para que el suelo esté tan frío como la calle.
—¿Cuántos pilotes tiene el bloque? —preguntó Valmont.
—Ciento ochenta, clavados doce metros en el suelo. Y seis pozos para saber cómo está el suelo alrededor.
—¿Y quién lee los pozos?
—Yo. Desde hace cuarenta años, este y otros treinta y nueve.
Les enseñó tres cosas con la lámpara. La primera fue un tubo de acero clavado en el suelo, con un tapón de rosca. Era el pozo. La segunda fue una cadena con termómetros atados cada metro, que sacó de una funda y dejó caer dentro del pozo. La tercera fue un respiradero del zócalo, un agujero cuadrado con rejilla, por el que entraba la luz naranja de las farolas y alrededor del cual crecía una costra blanca de hielo, como una barba.
—El vaho de los tubos se hiela en la boca —dijo Arkadi—. Un respiradero que respira tiene barba. Uno que no respira no tiene nada.
—¿Cada cuánto baja usted aquí? —preguntó Valmont.
—Cada semana, monsieur. Los lunes por la mañana, que es cuando menos me duelen las rodillas.
Oleg miró al suelo. Arkadi leyó los pozos uno por uno, lentamente, con la lámpara en los dientes. Al llegar al cuarto se quedó callado más de lo que hacía falta.
—Menos cero coma cuatro a tres metros —dijo por fin—. Tendría que dar menos cinco.
Nadie contestó. Valmont se quitó un guante, puso la mano desnuda en un pilote y la tuvo allí un momento. Después se la limpió con el pañuelo, aunque no se la había manchado con nada.
Un poco más allá, debajo de lo que había sido la planta baja del portal 4, dos respiraderos estaban tapados con trapos. Uno era un jersey de niño con un dinosaurio. Arkadi los arrancó con un bufido y los tiró al suelo.
—Siempre hay alguien con frío en los pies.
Detrás, a unos veinte metros, había una cinta de plástico atada de pilote a pilote y un cartel colgado.
—Ahí no se pasa hasta que lo apuntalen —dijo Oleg—. Es la zona del porche del portal 3. Lo peor de la grieta está ahí.
Atornillada a un pilote, junto al primer pozo, había una caja de acero con candado. Valmont preguntó si era donde se guardaba el libro de lecturas. Arkadi dijo que sí, que el libro vivía abajo desde siempre, porque un libro de pozos se escribe al lado de los pozos. Valmont preguntó si podía verlo.
—Mañana se lo enseño limpio —contestó Arkadi.
Oleg lo miró un momento y no dijo nada.
Subieron después al cuarto piso del portal 3 para ver la grieta por dentro. En la cocina de un piso vacío atravesaba la pared de arriba abajo, con escarcha en los bordes, y por ella se veía la cocina del piso de al lado. En la habitación del fondo había una ventana entornada. Vera se fue derecha a ella y la cerró de un golpe.
—¿Quién ha dejado esto así? —le dijo a Rustam, en ruso y muy alto—. En esta ciudad nadie deja que se hiele un tubo.
—Yo no he sido, Vera Ilínichna. Yo las cierro todas cuando paso, ¿no ve usted que las cierro?
—Pues quien haya sido.
Zoya se lo tradujo a Valmont, que miró la ventana cerrada y no dijo nada. Al bajar por la escalera, Arkadi se retrasó para esperar a Vera y a Rustam, que venían los últimos. Zoya iba delante y los oyó.
—Esta noche bajo a leer como es debido —dijo él—. Como usted me enseñó, Vera Ilínichna.
—Con esas rodillas, Arkadi Fómich.
Zoya no lo tradujo. Le pareció cosa de viejos, y Valmont no le preguntó.
A las seis la radio de la cocina dijo que desde las ocho regía la purga negra en todo el municipio. Estaba prohibido salir a la calle, el aeropuerto quedaba cerrado y no habría autobuses ni clases. Oleg ya no llegaría a su casa antes de las ocho, y Galina le puso una manta en el sofá del salón. Con la purga tampoco se podía ir a cenar al portal 5, y a las siete y media apareció ella misma por la cuerda, con una olla de sopa envuelta en una toalla y la cara colorada del viento.
A las diez, desde la ventana de la cocina, vieron una luz pequeña avanzar por la fachada. Era Galina, con una linterna en la frente, agarrada a la cuerda con una mano. Se paró en el portal 3 y luego en el 4, y en cada uno pasó una cadena por las asas de la puerta y cerró un candado.
—¿Qué hace madame? —preguntó Valmont.
—Cierra los portales vacíos. Desde la grieta roban cobre en los pisos, y ella los cierra todas las noches a las diez. Abre a las ocho.
—¿Por fuera?
—Por fuera. Los de dentro ya no viven dentro. ¿Quién va a querer salir de un portal vacío?
Oleg salió dos veces aquella noche. La primera fue a las nueve y media, a fumar, y volvió a los veinticinco minutos. La segunda fue a las diez y media. Valmont se había ido a su cuarto y Zoya estaba corrigiendo exámenes en la mesa de la cocina cuando le sonó el teléfono, que llevaba dentro del jersey. Eran las once menos veinte.
—Zoya Andréyevna, soy Lavrov. —La voz tenía eco, como dentro de un tubo, y detrás se oía el viento—. Mañana a las nueve tráigame al suizo al nudo. Se han llevado el libro. Pero lo que le quiero enseñar no está en el libro.
—Arkadi Fómich, ¿dónde está usted?
La línea se cortó. Llamó dos veces y no dio señal. Pensó que estaba borracho y seguramente en su casa, y que al día siguiente no se acordaría. No despertó a nadie.
A las once y veinte se abrió la puerta del piso y entró Oleg con nieve hasta los hombros y en las cejas. Se sacudió en el recibidor sin mirarla.
—He salido a fumar al portal.
Zoya estaba sirviéndose té. El vaho del vaso le empañó las gafas un segundo y se le fue enseguida. Cuando volvió a ver, Oleg ya estaba en el sofá con la manta hasta la barbilla.
A las cinco de la mañana seguía despierta. Tampoco dormía Valmont, que apareció en la cocina con una bata de cuadros y el bigote peinado como para ir a misa.
—Mi cuerpo pregunta la hora cada veinte minutos, mademoiselle, y aquí nadie le contesta.
—Es la noche polar. A los de fuera les pasa la primera semana. A nosotros nos pasa toda la vida, pero ya no preguntamos.
Le hizo té. Él se lo bebió despacio, con las dos manos alrededor del vaso. Desde la cocina se veía el salón por la puerta abierta. Oleg roncaba en el sofá boca arriba, con la manta caída por un lado. Valmont se levantó sin decir nada, le subió la manta hasta el pecho y volvió a sentarse.
—¿Por qué se fue usted de Suiza? —preguntó ella.
—Eso se lo cuento a usted el día que me cuente por qué se queda aquí.
—Aquí está enterrada mi madre. Y en el continente tampoco necesita nadie el francés.
—Eso es la mitad, mademoiselle. ¿Y la otra mitad?
—Es la mitad que se cuenta.
Él inclinó la cabeza lentamente, como si le hubieran dado la razón en algo. A las cinco y dos minutos, abajo, la puerta del portal dio un golpe fuerte, y luego otro, y siguió golpeando con el viento, cada poco, mientras hablaban. El viento sonaba en la ventana como una sábana tendida.
A las cinco y catorce la puerta dio un último golpe y se calló. Un minuto después oyeron pasos en la escalera, lentos, y una tos. Valmont fue a abrir la puerta del piso. En el rellano estaba Vera Ilínichna, con el abrigo encima del camisón y nieve en el chal. Tenía las gafas completamente blancas y buscaba la cerradura de su puerta con la mano extendida.
—He bajado al portal —dijo en ruso—. La puerta golpeaba.
Zoya lo tradujo. Valmont le ofreció el brazo y la llevó los cuatro pasos hasta su puerta, y le metió la llave en la cerradura, porque ella no atinaba. Vera le dijo «gracias, francés» y cerró.
Volvieron a la cocina y ya no se acostaron. Hablaron de Neuchâtel, de los lagos y de un profesor de Zoya que había estado una vez en Lausana. A las seis y media Oleg seguía roncando en el sofá, con la manta donde se la había dejado Valmont, y ellos seguían con el té.
A las nueve menos cuarto salieron los tres por la cuerda hacia el nudo: Valmont, Zoya y Oleg, que se había despertado de mal humor y no quería ir. La purga seguía. No se veía el portal de al lado. Arkadi no estaba en la puerta, y la puerta no tenía el candado puesto. Dentro hacía el mismo calor y el mismo ruido que la tarde anterior. La trampilla estaba cerrada y el pasador corrido hacia atrás.
Oleg la levantó con una mano.
Bajaron. La lámpara de Arkadi estaba en el suelo, junto al primer pozo, apagada. La caja de acero estaba abierta. Siguieron la fila de pilotes hasta la cinta de plástico, y la cinta estaba rota. Detrás, debajo del porche del portal 3, Arkadi Fómich estaba sentado en la escarcha, abrazado a un tubo. Le había arrancado la chapa y la lana en un tramo de un metro, y tenía la cara pegada a él.
Zoya le tocó la mano. Estaba helada como una piedra. Tocó el tubo, y lo retiró enseguida, porque quemaba.
Las casas mueren de calor
Capítulo 2
II
La purga no dejó llegar a nadie en toda la mañana. Oleg llamó al Combinado desde el nudo, con el teléfono metido dentro de la chaqueta entre llamada y llamada, y el Combinado dijo que no se tocara nada. Llamó a la policía y la policía dijo que vendría en la primera calma. Después se sentó en un tubo con la cabeza entre las manos y no volvió a hablar.
Valmont no quiso separarse del nudo. Se sentó en el segundo peldaño de la escalerilla, con el sombrero en las rodillas, como quien espera un tren. Zoya se sentó a su lado porque no sabía dónde ponerse. Abajo, a veinte metros, seguía Arkadi abrazado al tubo, y arriba se oía el viento contra la puerta de hierro.
—Anoche me llamó por teléfono —dijo ella de repente—. A las once menos veinte.
Él no se movió.
—Dígame usted lo que le dijo. Con las mismas palabras, si puede.
—Dijo: «Zoya Andréyevna, soy Lavrov. Mañana a las nueve tráigame al suizo al nudo. Se han llevado el libro. Pero lo que le quiero enseñar no está en el libro.» Le pregunté dónde estaba y se cortó. Llamé dos veces más y no dio señal.
—¿Y qué pensó usted?
—Que estaba borracho y en su casa. —Se quitó las gafas y las limpió, aunque no les pasaba nada—. No desperté a nadie.
—Yo tampoco lo habría hecho, mademoiselle.
Era la primera vez que se traducía a sí misma, y le pareció más difícil que traducir a los demás.
A las dos fueron los dos por la cuerda al portal 2 a por un termo de té. Al entrar a Zoya se le pusieron blancas las gafas, como siempre, y esperó a que se aclararan. Después se quedaron un cuarto de hora abajo, junto a los buzones, mirando por el cristal de la puerta si amainaba, y cuando subieron al piso no tuvo que quitárselas.
A las tres paró el viento de golpe, como se cierra una puerta, y a los veinte minutos llegó por la calle un todoterreno con unas ruedas de metro y medio. Bajaron un hombre grueso con uniforme y gorro de piel y una mujer pequeña con una maleta de aluminio. Él era el capitán Beliáyev. Ella era la doctora Inna Kim, forense de guardia, y no se quitó el gorro para saludar.
El capitán miró a Valmont de arriba abajo y le preguntó a Zoya quién era el francés. Ella le explicó quién era y quién lo mandaba.
—Zúrich —repitió el capitán—. Pues dígale al señor de Zúrich que esto es un borracho en un sótano. Pasa todos los inviernos. Bajan a leer un termómetro con la botella en el bolsillo y se sientan un momento a descansar.
Zoya lo tradujo entero. Valmont inclinó la cabeza amablemente.
—Dígale al capitán que seguramente tiene razón, y que yo he venido por el suelo y no por el hombre.
El capitán se quedó un poco desarmado y bajó con la doctora. Estuvieron abajo cuarenta minutos. Cuando subieron, la doctora Kim se quitó los guantes junto al volante rojo y habló sin mirar a nadie, en el tono de quien dicta.
—Hipotermia. Muerto entre la una y las cuatro. Alcohol en sangre moderado, un poco más de lo que bebe un hombre de su edad para bajar a un sótano a cuarenta bajo cero, y bastante menos de lo que hace falta para no poder subir. Las uñas de la mano derecha rotas. Y quemaduras en el costado izquierdo y en el brazo, sin reacción vital.
—Se abrazó al tubo y se quemó —dijo el capitán.
Zoya tradujo las dos cosas, la de la doctora y la del capitán, y no sabía cómo se decía «reacción vital» en francés. Lo dijo como pudo. Valmont escuchó con las manos a la espalda.
—Pregúntele usted a la doctora una sola cosa, mademoiselle. Si las quemaduras son de antes o de después.
La doctora Kim miró a Valmont por primera vez.
—De después. Cuando se quemó ya no sentía nada, porque no tenía nada que sentir. Lo que eso signifique no es cosa mía. Yo digo lo que le pasó al cuerpo.
—Dígale que en mi oficio decimos lo mismo de las cosas —contestó Valmont.
Zoya lo tradujo. La doctora cerró la maleta sin contestar, pero antes de salir le dio la mano.
El capitán dejó bajar al francés porque no vio ninguna razón para impedirlo, y bajó detrás. Zoya bajó con Valmont porque sin ella no podía preguntar nada, y Oleg bajó el último. Valmont se paró en la escalerilla antes de llegar al suelo y alumbró la trampilla por debajo con la linterna de Oleg. La chapa tenía arañazos, muchos, finos y paralelos, y en el borde había una mancha oscura y seca.
—Sangre —dijo Zoya, en ruso y en francés.
—La escarcha pega la trampilla —dijo el capitán—. Con el frío se agarra al marco. Él estaba borracho y no pudo empujar.
Valmont no dijo nada. Anotó algo en un cuaderno pequeño con un lápiz aún más pequeño.
Oleg y el conductor del todoterreno habían subido el cuerpo en una lona, y en el tubo quedaba el tramo pelado, con la lana gris en el suelo y la chapa doblada a un lado. La lámpara de Arkadi seguía junto al primer pozo. La caja de acero seguía abierta, y estaba vacía.
—¿Qué se guardaba ahí? —preguntó el capitán.
—El libro de lecturas —dijo Oleg—. Un libro de tapas de hule verde, como todos los de la estación. Lo firmo yo cada mes.
—¿Y dónde está?
—No lo sé. Ayer estaba ahí dentro, y Arkadi no se lo quiso enseñar al señor.
Pasaron la cinta rota. Valmont iba delante, doblado por la cintura, con el sombrero en la mano para no darse con los tubos. Se paró detrás del porche del portal 3, donde había estado sentado Arkadi, y alumbró el zócalo cuidadosamente, de un lado a otro.
Había seis respiraderos seguidos. Por los seis entraba la luz naranja de las farolas, igual que por todos los demás. Pero los demás tenían alrededor su barba blanca de escarcha, y estos seis no tenían nada. Tenían el hormigón limpio, seco, como recién barrido. En la rejilla de uno quedaban unas migas de espuma amarilla, del tamaño de un grano de arroz. Delante, en la escarcha del suelo, estaban las huellas de las rodillas de Arkadi.
Valmont se quedó mirando mucho más de lo que resultaba cómodo. Luego se volvió hacia Zoya.
—Aquí las casas se mueren de calor, mademoiselle. Me lo explicó monsieur Lavrov ayer, aquí abajo. Estos seis llevan mucho tiempo sin respirar.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el capitán.
Zoya se lo tradujo. Oleg se había puesto del color del hormigón.
—Los taparon —siguió Valmont—. Desde fuera, detrás de este porche, donde no los ve nadie. Y alguien los ha destapado hace muy poco, porque todavía no les ha dado tiempo a echar barba.
—¿Y qué tiene que ver eso con un borracho? —dijo el capitán.
—Nada, capitán. Eso es lo mío, que es el suelo. Lo suyo es el hombre, y en eso no me meto.
El capitán lo miró otra vez, con menos desprecio y más cansancio, y dijo que él tomaría declaración arriba a todo el que hubiera visto al muerto la tarde anterior. Que el francés escuchara si quería.
Tomó las declaraciones en la cocina del piso del portal 2, con el gorro encima de la mesa. Zoya se sentó al lado de Valmont y se las fue traduciendo en voz baja, una por una.
Galina Petróvna trajo la carpeta. Dentro estaba la petición de ruina, con las firmas de las diecinueve familias de los dos portales vacíos, y la enseñó antes de que se la pidieran. Dijo que había visto la tele toda la noche, como todas las noches desde que se murió su marido. Dijo que a las diez había cerrado los portales 3 y 4 con la cadena y que a las ocho los había vuelto a abrir. Arkadi Fómich tenía llave del nudo, y el nudo tenía puerta a la calle, así que no le hacía falta ningún portal para bajar.
—¿Quién más tiene llave del nudo? —preguntó el capitán.
—El ingeniero. Rustam, el fontanero. Y Arkadi, que en paz descanse.
Valmont le pidió a Zoya que le preguntara si sabía lo que era la llave de sección.
—¿Qué llave? —dijo Galina—. Yo de tubos no sé nada. Eso pregúnteselo usted al ingeniero, o a Rustam, que es el que las pone.
Oleg declaró el segundo, de pie, con la cartera debajo del brazo. Dijo que no había bajado al sótano en toda la noche. Dijo lo que había dicho la noche anterior, casi con las mismas palabras.
—Salí dos veces a fumar al portal. Nada más.
Zoya lo tradujo. Se acordaba de la nieve en los hombros y en las cejas, y no dijo nada. Valmont la miró un momento, como si le hubiera notado algo en la cara, y tampoco dijo nada.
Vera Ilínichna declaró sentada, con el chal. Explicó al capitán lo de los respiraderos mejor de lo que lo había explicado Valmont, con paciencia de maestra, y le explicó de paso por qué un respiradero tapado no tiene barba. Después dijo que había dormido toda la noche.
—A las cinco bajé al portal, porque golpeaba la puerta. Al subir me encontré al francés en el rellano. Yo tenía las gafas heladas y no veía, y él me acompañó a mi puerta.
—¿Es cierto? —le preguntó el capitán a Valmont.
—Es cierto —contestó Valmont, cuando Zoya se lo tradujo—. Madame no veía nada.
Rustam no apareció. Galina dijo que dormía en una residencia de la otra punta de la ciudad, y que con la purga vaya usted a saber. Nadie lo había visto desde la tarde anterior.
Faltaba Nastia Grómova, que no tenía por qué declarar, porque no había visto a Arkadi desde la reunión. Llegó sola, sin el niño, cuando el capitán ya se estaba abrochando el abrigo. Venía por la cuerda desde el portal 1, con nieve en el pelo y los ojos rojos, y se quedó en la puerta de la cocina sin atreverse a entrar.
Valmont se levantó. Fue a su cuarto y volvió con un jersey de niño doblado encima del brazo, el del dinosaurio, que había recogido del suelo del sótano. Zoya no le había visto recogerlo, y no supo cuándo lo hizo.
—Creo que esto es de su hijo, madame.
Nastia cogió el jersey y se echó a llorar de pie, con el jersey contra la cara. Lo dijo todo seguido y sin que nadie le preguntara nada. Desde el invierno pasado tapaba con trapos los dos agujeros de debajo del cuarto del niño, porque el suelo estaba helado y el niño tosía de noche. Lo hacía desde fuera, en otoño, y los quitaba en primavera. Nadie se lo había dicho, pero ella sabía que no se podía. Y cuando se abrió la grieta supo que había sido ella, que había roto la casa ella sola por el frío en los pies de un niño, y que por su culpa diecinueve familias se iban a quedar sin continente.
Zoya lo tradujo entero, despacio, porque a ella también se le hacía un nudo.
—Dígale a madame que se siente —dijo Valmont.
Nastia se sentó.
—Dígale que unos trapos debajo de una cama son frío en los pies, y que eso lo ha hecho media ciudad. Que monsieur Lavrov se los quitó ayer delante de mí y dijo que siempre hay alguien con frío en los pies. Y dígale que los agujeros que mataron el suelo no están debajo de ningún cuarto. Están debajo de un porche, detrás de una escalera, donde no duerme nadie. Y no los taparon con trapos.
Nastia miró a Zoya mientras se lo decía, y después miró a Valmont, y dejó de llorar de golpe, como un niño al que se le olvida por qué lloraba.
—¿No fui yo?
—No, madame. Usted tenía frío, y en esta ciudad eso no es ningún delito.
El capitán había escuchado todo con el abrigo abrochado. Dijo que las casas no eran asunto de la policía y que los borrachos sí. Que el termometrista había bajado solo y de noche, en plena purga, con una petaca, y que se había muerto de frío. Y que por el libro no se preocupara nadie, que ya aparecería.
—¿Cómo es ese libro? —preguntó todavía, desde la puerta.
—Ya se lo he dicho —contestó Oleg—. Tapas de hule verde.
Se fueron a las seis, en el todoterreno, antes de que se acabara la calma. A las seis y cuarto volvió el viento.
Por la noche vino Nastia a traer unos pasteles de col, y esta vez traía al niño, envuelto en tres bufandas. Tima se sentó delante de Valmont y le miró el bigote un rato largo, con el inhalador en la mano.
—¿En Suiza sale el sol? —preguntó.
Zoya lo tradujo.
—Todos los días, monsieur —contestó Valmont—. Hasta los domingos, que allí es cuando más falta hace.
Tima lo pensó muy seriamente y dijo que eso no se lo creía.
—¿Y aquí cuándo vuelve? —preguntó Valmont.
—En enero —dijo Tima—. Un ratito, y luego ya más.
Se fueron a las nueve, por la cuerda, y a las diez pasó Galina con la linterna en la frente a echar las cadenas.
A las diez y media Oleg abrió la cartera encima de la mesa de la cocina para sacar el cargador del teléfono. Tenía prisa y la abrió mucho. Zoya estaba enfrente, fregando los vasos, y se le fue la vista sin querer. Entre los papeles del Combinado asomaba la esquina de un libro con tapas de hule verde.
Las casas mueren de calor
Capítulo 3
III
Se lo dijo a Valmont a la mañana siguiente, en francés, mientras Oleg estaba en el baño con el grifo abierto. No lo había decidido, y le salió al servirle el té, entero y de corrido: la cartera abierta encima de la mesa, los papeles del Combinado y la esquina verde entre ellos. Y ya puesta, le contó también lo de la nieve en los hombros y en las cejas de Oleg el jueves a las once y veinte, cuando dijo que venía de fumar en el portal.
—Gracias, mademoiselle. Le habrá costado a usted decírmelo, y no se me va a olvidar —dijo él.
Nada más. Se bebió el té, se secó el bigote con el pañuelo y esperó a que Oleg saliera del baño peinado y con la chaqueta del Combinado puesta. Entonces se levantó.
—Monsieur Rébrov, ¿me permite usted el libro que lleva en la cartera?
Zoya lo tradujo. Oleg se quedó quieto en medio de la cocina con la toalla en la mano. Luego abrió la cartera, sacó el libro y lo dejó encima de la mesa sin soltarlo del todo.
—Bajé a las nueve y media —dijo—. Por el nudo, con mi llave. Lo cogí de la caja y subí. Arkadi no había bajado todavía.
—¿Por qué lo cogió usted?
—Porque ayer, cuando usted se lo pidió, dijo que mañana se lo enseñaba limpio. Y yo lo firmo cada mes desde hace nueve años. Quería saber qué había firmado.
Zoya pensó en la llamada de las once menos veinte. Se han llevado el libro, había dicho Arkadi, y estaba vivo para decirlo. No lo dijo en voz alta.
Valmont se sentó y abrió el libro. Eran columnas de números escritas a mano con bolígrafo azul, una página por semana, los seis pozos en seis columnas y las cuatro profundidades de cada pozo. Le pidió a Zoya que le leyera el pozo 4, a tres metros, el primer lunes de diciembre de cada año. Ella fue pasando las hojas hacia atrás.
—Este invierno, menos cinco coma tres. El pasado, menos cinco coma tres. El anterior, menos cinco coma tres.
—Ahora el segundo lunes.
—Menos cinco coma uno. Menos cinco coma uno. Menos cinco coma uno.
—¿Y el invierno de antes de esos tres?
Ella buscó hacia atrás, hoja por hoja, con la punta del dedo.
—Menos cinco coma cuatro. Y el segundo lunes, menos cinco coma dos.
Valmont siguió pidiendo números un rato, pozo por pozo, y ella siguió leyendo. Los decimales de este invierno eran los del anterior, y los del anterior eran los del otro. Hacia atrás, a partir de ahí, cada año era distinto.
—Monsieur Lavrov no bajaba —dijo Valmont—. Hace dos inviernos que copia el mismo.
Oleg se sentó enfrente, pesadamente, con la toalla todavía en la mano.
—Arkadi copiaba y yo firmaba, sí. Yo firmo cuarenta libros al mes, de cuarenta bloques. ¿Usted sabe lo que es eso? Nadie los lee. —Se pasó la mano por la cara—. Y él decía que Vera Ilínichna le había enseñado que en diciembre la tierra no se mueve. Que con sus rodillas no bajara. Que copiara el año pasado, que era lo mismo.
Zoya lo tradujo. Valmont escribió algo en el cuaderno pequeño y lo subrayó dos veces con el lápiz.
—¿Y a las diez y media, monsieur, cuando salió usted por segunda vez?
—Al portal, ya se lo he dicho. A fumar, igual que la primera vez.
Zoya lo tradujo también, y esta vez lo tradujo mirándolo a la cara. Oleg no la miró a ella.
—Y esto ya pasó una vez —siguió, más alto, como si alguien le hubiera acusado de algo—. No es la primera vez que se abre un bloque en este barrio. Pasó en el once, hace veintisiete años. Y aquella vez fueron los vecinos.
Sacó el teléfono y buscó en el archivo del Combinado, que estaba escaneado entero desde hacía tres años. Tardó un rato. Luego le pasó el teléfono a Zoya con un documento abierto, y ella leyó en voz alta, primero en ruso y después en francés.
—Dictamen sobre las deformaciones del bloque número once. Causa: obturación de los respiraderos del podpolie por los ocupantes de la planta baja, con el fin de elevar la temperatura de los suelos. Deshielo provocado. No procede la declaración de ruina por causa natural. —Pasó a la última página—. Firma: V. I. Sóboleva, técnica jefe de la estación de permafrost. Ayudante: A. F. Lavrov.
Nadie dijo nada durante un rato. En el rellano se abrió una puerta, y la tos de Vera se acercó por el pasillo. La pared era de papel.
Entró sin llamar. Se sentó en la silla que le dejó Valmont y se colocó el chal. No pidió el teléfono.
—Eso lo firmé yo —dijo—. Tenía treinta y nueve años. Arkadi me llevaba la lámpara.
Lo contó con la voz tranquila y sin que nadie se lo pidiera dos veces, y Zoya lo tradujo frase por frase. Los vecinos de la planta baja del once tenían frío en los pies y taparon los respiraderos con trapos, igual que la chica del portal 4. Dos inviernos. El suelo se calentó y el bloque se abrió. Ella bajó, vio los trapos y escribió lo que vio. Escribió «provocado», porque era la verdad. La aseguradora no pagó, el bloque no se declaró en ruina y a las cuarenta familias no las mandaron al continente: las repartieron por Kayerkán, que es esto mismo con otro nombre y con más humo.
—Escribí lo que había —terminó—. Y después viví aquí veintisiete años viéndolos por la calle.
Valmont la escuchó sin moverse, con las manos cruzadas encima del libro. Cuando ella terminó, se alisó el bigote con el dorso del pulgar y se quedó callado más de lo que resultaba cómodo. Zoya esperó a que dijera algo para traducirlo.
—¿Lo volvería usted a firmar, madame?
—Uno firma lo que es verdad, francés —contestó Vera—. Y después vive con ello.
Él inclinó la cabeza muy despacio, como si aquello no fuera una respuesta para él solo. No lo explicó, y Zoya no le preguntó.
A las doce le pidió a Oleg que le leyera el registrador. Salieron los tres por la cuerda hasta el nudo, con el viento de lado y la nieve metida en los ojos. Al entrar en el calor, a Zoya se le pusieron blancas las gafas, y se quedó quieta junto a la puerta hasta que se aclararon. Oleg acercó el teléfono a la cajita gris del tubo y el teléfono se la leyó sola.
—Léamelo usted, mademoiselle. Hora por hora, desde el jueves a las diez de la noche.
Zoya cogió el teléfono, que todavía estaba caliente del bolsillo de Oleg, y buscó la tabla.
—Jueves, a las diez de la noche, ochenta y ocho grados. A las once, ochenta. A las doce, cuarenta. A la una, veintidós. A las dos, catorce. A las tres, siete. A las cuatro, uno. A las cinco, cero. —Se paró, y siguió—. A las seis, ochenta y seis. A las siete, ochenta y ocho.
—Otra vez la de las once.
—Ochenta. A las diez, ochenta y ocho, y a las once, ochenta.
—Alguien cerró esa llave un poco antes de las once —dijo Valmont, y señaló el volante rojo sin tocarlo—. Y alguien la volvió a abrir entre las cinco y las seis de la mañana. Mientras estuvo cerrada, el tubo de abajo se enfrió hasta cero, y un hombre estuvo abrazado a él.
Oleg se había apoyado en la pared, entre dos relojes de agujas, y tenía la frente mojada de sudor.
—Yo tengo llave del nudo —dijo en voz baja, a nadie—. Y a las once estaba en la calle.
Zoya lo tradujo. Valmont no contestó.
En la calma de la tarde volvió el todoterreno de las ruedas grandes. El capitán Beliáyev venía de mejor humor que el día anterior, porque traía algo. En la calma corta de la mañana había mandado a dos hombres a buscar el libro, y habían abierto los pisos vacíos de los portales 3 y 4. En el cuarto de trastos de la planta baja del portal 4 habían encontrado una manta, un colchón de espuma, un hervidor eléctrico, una foto de dos niños y un pasaporte de Tayikistán caducado en julio. El cuarto tenía un radiador grande, y el colchón estaba pegado a él.
Rustam venía en el asiento de atrás, esposado y con la gorra en la mano, igual que el jueves en la puerta del piso. Lo habían encontrado en la oficina de vivienda del bloque de al lado, dormido encima de una mesa.
—Tiene llave del nudo —dijo el capitán, contándolo con los dedos—. Puso él la llave de sección, eso me lo ha dicho el ingeniero. Dormía en el portal de al lado. El viernes por la mañana se largó sin decir nada. Y no tiene papeles.
Lo sentaron en la cocina del piso del portal 2. Rustam hablaba un ruso cuidadoso y lento, con las manos esposadas encima de las rodillas, y Zoya se lo fue pasando a Valmont al francés.
Dijo que desde el verano no le dejaban entrar en la residencia sin papeles, y que desde que se desalojó el portal dormía allí. Se metía a las nueve y salía pasadas las ocho, cuando ya había gente en la calle. Que el jueves por la noche, a eso de las once, había empezado a oír golpes en el radiador. Golpes con algo de hierro, como una llave inglesa contra un tubo, cada poco rato. Que el radiador se fue quedando frío. Que a las once y media se levantó para ir a ver, y que la puerta del portal no abría, que estaría helada. Que no llamó a nadie, porque quién llama a la policía sin papeles. Que los golpes pararon a la una y media o poco más. Y que a las cinco y diez el radiador dio un golpe muy fuerte, como cuando vuelve el agua, y se puso caliente, y él se durmió.
—Las puertas de los portales no se hielan —dijo el capitán—. Cuentos.
—¿Dónde encontraron la manta, capitán? —preguntó Valmont.
—Ya lo he dicho. En el cuarto de trastos del portal 4.
Valmont lo anotó minuciosamente en el cuaderno pequeño y cerró el cuaderno.
El capitán se puso en pie y cogió a Rustam por el codo. Rustam no se resistió, y se dejó llevar mansamente hasta la puerta. Al pasar junto a Valmont lo miró con cara de no saber quién era aquel señor ni por qué le había preguntado lo de la manta.
Entonces Valmont dijo algo en francés. No se lo dijo a Zoya. Se lo dijo al capitán, en voz baja y muy clara, y no le pidió que lo tradujera.
—C'est trop facile.
Fue la única frase que dijo en su idioma a alguien que no era ella, y la única que no le pidió que tradujera. El capitán se paró en la puerta y se volvió hacia Zoya.
—¿Qué ha dicho?
—Dice que hace frío —contestó Zoya.
—Pues que se abrigue, que esto no es Suiza.
Se fueron con Rustam antes de que se acabara la calma. Valmont se quedó en la ventana mirando las luces rojas del todoterreno hasta que las tapó la nieve.
—¿Por qué no me ha pedido usted que lo tradujera? —preguntó ella.
—¿Lo habría traducido usted, mademoiselle?
—No.
—Por eso no se lo he pedido.
A las diez menos cuarto bajaron al portal a esperar a Galina. Llegó por la cuerda, con la linterna en la frente y las cadenas al hombro, como todas las noches. Valmont le pidió tres cosas.
Zoya tradujo la primera: que esa noche cerrara los portales a las diez, como siempre.
Tradujo la segunda: que el domingo a las cinco de la mañana estuvieran todos en el portal 2, con el abrigo puesto. Todos los que habían estado en el piso el jueves, y el capitán, y la doctora, y Rustam. Y que se lo dijera primero a la doctora Kim, porque el capitán vendría si venía ella.
La tercera la tradujo dos veces, porque la primera vez Galina creyó que la había entendido mal.
—Y que traigan las gafas todos los que llevan gafas.
Las casas mueren de calor
Capítulo 4
IV
A las cinco menos veinte del domingo la purga empezaba a aflojar. Todavía se oía el viento, pero ya no se llevaba la voz. Valmont, Zoya, Oleg y el capitán Beliáyev fueron por la cuerda hasta el nudo del portal 3, y el capitán iba de mal humor porque lo habían sacado de la cama para ver una trampilla.
—Monsieur Rébrov, tenga usted la bondad de bajar —dijo Valmont.
Oleg bajó por la escalerilla hasta el suelo helado y se quedó abajo, doblado, con la cabeza casi tocando la chapa. Valmont cerró la trampilla sobre él y le pidió al capitán que corriera el pasador con su propia mano. El capitán lo corrió con el pie, como lo había hecho Oleg el jueves.
—Ahora empuje usted, monsieur.
Se oyó a Oleg empujar desde abajo, primero con una mano y luego con las dos, y luego con la espalda. La trampilla no se movió, y después Oleg dio con el puño en la chapa y el golpe sonó en todos los tubos del cuarto.
—Quite usted el pasador, capitán.
El capitán lo quitó. Abajo, Oleg levantó la trampilla con una mano y asomó la cabeza, colorado y con escarcha en el pelo.
—La escarcha no pega nada —murmuró el capitán, mirando la chapa, y no lo dijo para nadie.
A las cinco estaban todos en el piso del portal 2, con los abrigos puestos, porque Valmont lo había pedido así. Galina se había sentado en el sillón con la carpeta. Nastia tenía a Tima dormido en brazos, envuelto en una manta. Vera estaba en la silla de la cocina con el chal. Rustam estaba de pie junto a la ventana, entre dos policías jóvenes, sin esposas. La doctora Kim se había quedado en el recibidor con su maleta, como quien no piensa quedarse. Oleg se secaba el pelo con la mano, y Valmont se quedó de pie en medio del salón, con Zoya a su lado. El capitán había venido porque venía la doctora, y la doctora porque quería saber qué iba a hacer con sus quemaduras un suizo que preguntaba bien.
—Madame Galina, ¿ha traído usted las gafas?
Zoya lo tradujo. Galina sacó de la carpeta unas gafas de leer con cordón y dijo que eran las únicas que tenía. Valmont las cogió, les dio las gracias y se volvió hacia Vera.
—¿Me permite usted las suyas, madame?
Vera se las quitó lentamente y se las dio, y sin ellas tenía los ojos pequeños y desnudos, como de otra persona. Valmont le dio las gafas de Vera a uno de los policías jóvenes.
—Déjelas usted abajo, en el portal, encima de los buzones, y vuelva a por ellas dentro de diez minutos. No las toque nadie.
El policía miró al capitán, y el capitán le dijo que hiciera lo que decía el francés.
Entonces Valmont empezó, y Zoya tradujo cada frase al ruso en cuanto él la terminaba. Lo hizo en voz alta, delante de todos a la vez, por primera vez en cuatro días.
—Empiezo por lo que no discute nadie. Monsieur Lavrov bajó al sótano el jueves por la noche, por el nudo, con su llave. Cuando subió monsieur Rébrov con el libro, pasadas las nueve y media, todavía no había bajado. A las once menos veinte estaba vivo, porque llamó a mademoiselle Kulik desde abajo. Murió entre la una y las cuatro. Y la trampilla no se abre desde abajo con el pasador echado. Se abre con una mano cuando no lo está. Esta mañana lo ha visto el capitán.
—Eso ya lo sabemos todos —dijo Galina.
—Sí, madame. Por eso empiezo por ahí.
Nadie dijo nada más, y Zoya esperó un momento antes de seguir traduciendo.
—Ahora lo que no encaja. Un hombre que ha vivido cuarenta años en esta ciudad no se muere de frío abrazado a un tubo de calefacción. Y sin embargo lo encontramos así. La doctora dice que las quemaduras las tiene después de muerto. ¿Es así, doctora?
—Es así —dijo la doctora Kim desde el recibidor.
—Mademoiselle, léales usted las horas del tubo.
Zoya las leyó otra vez del teléfono de Oleg, en ruso, despacio. Ochenta y ocho a las diez. Ochenta a las once. Uno a las cuatro. Cero a las cinco. Ochenta y seis a las seis.
—El tubo se enfrió con él vivo y se calentó con él muerto —dijo Valmont—. Alguien cerró la llave un poco antes de las once y alguien la abrió entre las cinco y las seis. En la sección no vive nadie, así que nadie pudo notar el frío y abrirla por casualidad. Y quien la abrió quitó también el pasador de la trampilla, así que sabía que estaba echado. Nadie abre una llave que no sabe que está cerrada. Es la misma mano.
—¿Y quién es? —preguntó el capitán.
—Todavía no, capitán. Primero le digo a usted qué clase de persona busco.
Se sacó el pañuelo y se limpió las manos, aunque no las tenía sucias. Galina lo miró con impaciencia, y él siguió limpiándoselas.
—Esa persona no le puso la mano encima a monsieur Lavrov. No bajó. No le pegó. No lo empujó. Echó un pasador y giró un volante, y dejó que el trabajo lo hiciera el norte. Y después volvió a abrir la llave. A las cinco de la mañana. Con un hombre muerto debajo.
—¿Y eso qué tiene de raro? —preguntó el capitán.
—Todo, capitán. Si la hubiera dejado cerrada, los tubos de los portales 3 y 4 se habrían helado y reventado antes de las siete. La sección no la habría arreglado nadie. Habría habido ruina segura. Y un hombre muerto de frío junto a un tubo reventado no le habría extrañado a nadie. Dejar que se helaran los tubos le daba todo lo que quería. —Hizo una pausa—. No pudo. Busco a una persona que llevaba dos inviernos matando esta casa con calor, que mató a un hombre con frío sin tocarlo, y que a las cinco de la mañana no fue capaz de dejar que se le helara un tubo.
Zoya lo tradujo entero, sin cambiar una palabra, y al terminar se le quedó la boca seca.
—En esta casa hay tres personas así —siguió él—. Monsieur Rébrov, que el jueves me dijo que una casa vacía se calienta igual.
—Yo no he… —empezó Oleg.
—No le acuso a usted de nada todavía, monsieur. Monsieur Nazárov, que puso esa llave y duerme pegado a un radiador. Y madame Sóboleva, que el jueves riñó a monsieur Nazárov por una ventana entornada y le dijo que en esta ciudad nadie deja que se hiele un tubo. Los tres sabían además que la llave existía, porque los tres estaban en el nudo cuando la enseñó monsieur Rébrov. Madame Galina no estaba, y no sabía lo que era. Madame Grómova tampoco estaba.
Nastia apretó al niño contra el pecho.
—Monsieur Lavrov bajó a leer como es debido, por primera vez en dos inviernos, y vio seis respiraderos tapados detrás del porche del portal 3. Por eso murió. Quien los tapó quería lo mismo que quieren todos ustedes, que es irse. Pero lo quería de manera que pareciera el clima, porque si parece provocado no se va nadie. Eso lo sabe muy bien quien ha visto una vez lo que les pasa a los vecinos cuando no parece el clima.
Vera no se movió, y sin gafas miraba a un punto de la pared donde no había nada.
—Ahora las horas. Un poco antes de las once, cuando se cerró la llave, monsieur Rébrov estaba en la calle. Salió a las diez y media y volvió a las once y veinte con nieve hasta las cejas, y dijo que había salido a fumar al portal. En el portal no nieva. —Valmont se volvió hacia él—. ¿Dónde estaba usted, monsieur?
Oleg miró a Galina, y Galina miró la carpeta que tenía en las rodillas, como si allí estuviera escrita la respuesta.
—En mi casa —dijo Galina, antes de que él abriera la boca—. En el portal 5. Vino a recoger el sobre.
—¿Qué sobre, madame?
Galina lo contó con la cara colorada y sin levantar la vista. Cuarenta mil rublos por familia, de las diecinueve, para que el ingeniero moviera el papel de la ruina y lo pusiera el primero. Se lo había dado el jueves a las once menos veinte, en su cocina, y él se había quedado a contarlo hasta las once y cuarto. Ella lo había visto contar los billetes dos veces, con la tele puesta.
—Es verdad —contestó Oleg, muy bajo—. Y es lo único que he hecho.
—Lo creo, monsieur. Y entre las cinco y las seis de la mañana, cuando se abrió la llave, usted roncaba en ese sofá. Mademoiselle Kulik y yo estábamos en la cocina con la puerta abierta, y le vimos. Le subí la manta, que se le había caído.
El capitán miró a Oleg y luego miró el sofá, largamente, como si el sofá pudiera declarar.
—Monsieur Nazárov dice que a las once y media quiso salir del portal 4 y que la puerta no abría. —Valmont se volvió hacia el otro policía joven—. ¿Quiere usted salir a mirar la puerta del portal 4, monsieur? Son las cinco y cuarto.
El policía miró al capitán y salió, y tardó cuatro minutos en volver. Volvió con escarcha en las cejas y le dijo al capitán una cosa al oído, pero la dijo lo bastante alto.
—Cadena y candado, por fuera.
Galina se llevó la mano a la boca, porque lo entendió antes de que Zoya terminara de traducirlo. Lo había hecho a las diez, como todas las noches, delante de todo el que quisiera verlo, y no sabía que dentro dormía un hombre.
—¿A qué hora las quita usted, madame? —preguntó Valmont.
—A las ocho —dijo Galina—. Siempre a las ocho.
—De diez a ocho, entonces. Monsieur Nazárov no pudo salir a cerrar nada ni a abrir nada. Oyó los golpes de monsieur Lavrov en el radiador y no pudo ir. Lo único que no hizo fue llamar, y eso no es asunto de este salón.
Rustam bajó la cabeza despacio, y uno de los policías, sin que se lo dijera nadie, se apartó un paso de él.
El primer policía volvió en ese momento con las gafas de Vera en la mano. Las traía por las patillas, delicadamente, como una cosa que se puede romper con mirarla, y estaban limpias. Valmont se las acercó a la luz y se las enseñó a todos.
—Diez minutos en el portal, y ni vaho. ¿Lo ven ustedes bien desde ahí?
Se las dio a Zoya con las dos manos.
—Ahora, mademoiselle, tenga usted la bondad de sacarlas a la calle tres minutos.
Zoya fue hacia la puerta del piso con las gafas en la mano. Entonces habló Vera, desde la silla, sin volverse.
—Por la funda, niña, que a cuarenta se rajan.
Sacó una funda del bolsillo del abrigo y la tendió al aire, a ciegas, hacia donde creía que estaba Zoya. Zoya la cogió. Valmont no dijo nada, pero se alisó el bigote con el dorso del pulgar.
Zoya bajó las escaleras, salió al portal y abrió la puerta de la calle. Afuera ya no había purga, sino un viento cortado y bajo y una luz naranja de farola sobre la nieve. Sacó las gafas de la funda y las tuvo en la mano abierta tres minutos, contados en el reloj del teléfono, hasta que el teléfono se apagó. Después contó ella, con los dedos doloridos, las guardó en la funda y subió.
En el salón, delante de todos, las sacó de la funda, y las gafas se pusieron blancas en su mano como si les hubieran echado harina.
—El viernes a las cinco y cuarto de la mañana madame Sóboleva subió esa escalera con las gafas así —dijo Valmont—. Le ofrecí el brazo porque no veía la cerradura. Nos dijo que había bajado al portal porque golpeaba la puerta. Pero en el portal las gafas no se hielan: mademoiselle Kulik estuvo el viernes un cuarto de hora junto a los buzones y subió sin quitárselas. Se hielan en la calle. A las cinco y dos la puerta del portal empezó a golpear porque alguien salió y no la dejó encajada, y golpeó doce minutos. Quien baja a cerrar una puerta que golpea la cierra en cuanto llega. Esta dejó de golpear a las cinco y catorce, un minuto antes de que madame subiera la escalera: la cerró al volver, no al bajar. Y a las cinco y diez volvió el agua a los tubos. Madame Sóboleva estuvo en la calle el tiempo de ir al nudo, que monsieur Lavrov había dejado sin candado, abrir la llave, quitar el pasador y arrancar seis tapones de espuma detrás del porche del portal 3, de rodillas en la nieve.
Nadie se movió, y Zoya tenía las gafas en la mano y no sabía qué hacer con ellas. Se acercó a Vera y se las dio, ya claras. Vera se las puso, y durante un momento miró a Valmont a través de los cristales todavía mojados.
—Es usted muy educado, francés —murmuró.
—Suizo, madame.
—Lo que sea. A mi edad ya me da lo mismo de dónde es cada uno.
No negó nada. Dijo que su hija vivía en Anapa, y que desde la ventana de la cocina se veía el mar. Dijo que tenía dos nietos y que los había visto dos veces. Y ahí se calló, como si lo demás no le correspondiera contarlo a ella. El capitán le preguntó por los tapones y ella le dijo que se los había llevado la purga.
La doctora Kim cogió su maleta y se fue la primera, sin despedirse de nadie.
El domingo a las dos salió de Alýkel el primer avión en tres días. Zoya acompañó a Valmont hasta la puerta de embarque en la furgoneta del Combinado. Valmont había firmado el dictamen a las siete de la mañana, en la mesa de la cocina y con su pluma, y decía «provocado». No habría ruina por causa natural, la aseguradora no pagaría y el Combinado pondría en el suelo del diecisiete unos tubos de refrigeración y lo remendaría como pudiera. Las diecinueve familias no irían al continente. Galina había recogido la petición de firmas de la mesa sin decir una palabra. Oleg le había devuelto el sobre en el rellano, delante de todos, y ella lo había cogido sin contarlo. A Rustam lo soltaron a mediodía, sin papeles y sin cama.
En la puerta, Valmont se quitó el sombrero.
—Mademoiselle, le debo a usted una cosa.
—¿Qué cosa, monsieur?
—La otra mitad. Usted me contó por qué se queda aquí, y yo no le he contado por qué me fui. Algún día se la cuento.
Le enderezó las gafas en la nariz, que se le habían torcido con el gorro, y salió a la pista. Zoya lo acompañó hasta el pie de la escalerilla y volvió corriendo a la terminal. Al entrar se le pusieron blancas las gafas y se quedó quieta junto al cristal, ciega, esperando.
Cuando se le aclararon, él ya estaba arriba de la escalerilla y se volvía hacia el cristal para saludarla con el sombrero. Detrás de él subían dos pasajeros del Combinado con sus bolsas de plástico, y detrás de ellos, entre dos policías, subía Vera Ilínichna con el chal gris, camino de Krasnoyarsk. Fue la única vecina del diecisiete que llegó al continente.
Fin
Las casas mueren de calor
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