
Nadie pesa la ida
Chronos45 vende viajes de cuarenta y cinco minutos exactos al pasado, con un registro de entrada, otro de salida y una aduana que pesa a todo el mundo a la vuelta. El viernes salieron nueve hacia el Londres del 12 de octubre de 1934 y volvieron ocho. Edmund Whitmore, que fundó la casa, se apartó del grupo veinte minutos y apareció muerto en el sótano de una casa vacía de Fitzrovia. La media hora en la que pudo ocurrir está cubierta minuto a minuto por siete testigos, y ninguno miente. La inspectora Constance Quayle no investiga coartadas: pesa lo que la gente lleva encima.
Nadie pesa la ida
Capítulo 1
I
A los pasajeros se les pesaba dos veces, y la segunda era la que importaba.
Thomas Avery llevaba cuatro años subiéndose a aquella plancha de acero y todavía le molestaba. Estaba al final del pasillo de embarque, antes de la puerta, y era la última cosa de la casa que uno tocaba antes de irse a otro siglo. A la altura de los ojos tenía una pantalla verde, y al lado un técnico que no miraba a nadie. A la ida uno pesaba lo que quisiera. A la vuelta pesaba lo mismo o tenía que explicarlo.
—Ochenta y uno cuatrocientos —dijo el técnico—. Siguiente.
Avery se apartó con la carpeta debajo del brazo y se puso contra la pared, al lado del carro de los abrigos, en aquella sala de septiembre que olía a café recalentado y a la naftalina de la ropa de época. Habían vestido a los nueve con lana inglesa de los años treinta, cortada por un sastre de Bermondsey que cobraba por temporada y no hacía preguntas. Todos andaban de una manera rara, como si el abrigo les quedara prestado. Era exactamente lo que pasaba.
—Doctor Harcourt, el pie detrás de la raya.
—El pie no me obedece —dijo Harcourt—. Lleva dos años sin obedecerme y no creo que empiece hoy por usted.
Whitmore se rio desde la cola. Estaba el último, con las manos en los bolsillos. Llevaba media hora con Arthur Bellamy pegado al hombro, hablándole en voz baja y deprisa. Avery no oía las palabras. Oía el tono, y era el de un hombre pidiendo algo por tercera vez.
—Edmund, escúchame un momento y acabamos.
—Te he escuchado dos veces esta semana y las dos me has dicho lo mismo.
—No aquí —replicó Bellamy, y se le fue la voz hacia arriba—. Eso es lo único que te estoy pidiendo. Delante de toda esta gente, no.
Sir Malcolm Ashcroft se volvió hacia la periodista. Su cortesía le servía sobre todo para no mirar lo que pasaba al fondo.
—¿Usted no se pesa, señorita Fenn?
—Finch —dijo ella—. Fenn es como firmo. En el registro estoy como Finch.
—Le pido disculpas, hija.
—No hace falta, de verdad. Me pasa en todas partes y ya he dejado de corregirlo.
Se llamaba Clara y era la única del grupo que había traído un cuaderno de papel. Tenía treinta y pocos años y hablaba poco. Escuchaba de esa manera atenta que a la gente le hace hablar de más. Avery la había visto tres veces en el archivo aquella primavera, siempre en el mismo sitio y siempre con la misma chaqueta.
Reeves los puso en fila contra la pared y sacó la tarjeta plastificada que se sabía de memoria. Leía siempre lo mismo y lo leía literalmente, porque la casa le había hecho firmar un papel donde constaba que lo leería.
—Señores, dos minutos y los dejo en paz. Cuarenta y cinco minutos exactos. La ventana se abre a las tres y se cierra a las tres cuarenta y cinco, hora de Londres del doce de octubre de mil novecientos treinta y cuatro. No hay prórroga, no hay aviso de cortesía y no hay un minuto más.
—Eso ya nos lo sabemos, Reeves. Nos lo ha dicho usted por escrito dos veces.
—Se lo digo igual, señora, porque me pagan por decirlo y porque cada año hay alguien que se lo sabe y se le olvida. Segunda cosa: la ventana se gasta. Una vez usada no se vuelve a abrir jamás. Si alguien se queda fuera, no vamos a buscarlo, porque no hay puerta por la que entrar.
—Qué manera tan alegre de empezar una tarde.
—Tercera. Nadie entra dos veces por la misma ventana. La máquina no lo admite y el reglamento tampoco.
Ashcroft levantó un dedo con la lentitud de sus setenta años.
—A ver si lo entiendo, Reeves. ¿Eso quiere decir que el que ha estado en el treinta y cuatro no puede volver al treinta y cuatro?
—No, señor. Quiere decir que no puede volver por esta ventana. El año no tiene nada que ver. Hay dos ventanas de octubre del treinta y cuatro, y son dos puertas distintas, y quien quiera puede pasar por las dos si le alcanza el dinero.
—Entonces está mal explicado en el folleto, porque yo había entendido otra cosa.
—El folleto lo escribió el departamento comercial —replicó Reeves—. Y ahora la cuarta, que es la única por la que se va alguien a la cárcel. A la ida pueden ustedes llevar lo que declaren: cámaras, abrigos, agua, lo que quieran. A la vuelta se les pesa. Traerse algo de allí es delito, y no es delito pequeño. Dejárselo allí es una falta, y se paga con multa. Eso es todo. Buen viaje.
—Muy bonito —dijo Eleanor Pembroke—. Dos horas de coche, ocho firmas y una lección de aritmética para ver una calle que ya no existe.
—Para ver una calle en la que no ha estado usted nunca —dijo Whitmore—. Y no la ha visto nadie de los que viven hoy. Eleanor, haga el favor de disfrutarlo. Cumplimos diez años.
Avery abrió la carpeta porque Clara le había puesto el cuaderno delante.
—¿Me da la lista de Londres, señor Avery? Para el reportaje.
—Ocho ventanas en diez años. Mil ochocientos noventa y cinco, que fue la primera de todas y duró lo que dura una discusión. Mil novecientos doce. Dos del año veintiocho, en junio. Mayo del treinta y uno. Febrero del treinta y tres. Y las dos de este octubre.
—¿Las dos de octubre? ¿Hay dos?
—El nueve y el doce. La del nueve la vendimos hace tres semanas, comercial, catorce plazas, y se llenó en dos días. Turismo puro, señoras con sombrero mirando escaparates.
—¿Y esta de hoy?
—Esta es de la casa, que por una vez no ha vendido el billete. Aniversario.
Clara lo anotó todo en su cuaderno con una letra pequeña y muy derecha. Después preguntó si el nueve de octubre de mil novecientos treinta y cuatro había sido martes, y Avery le dijo que sí, que martes, y que había llovido por la mañana.
A las tres en punto salieron al patio.
Era un patio de carga de un almacén de muebles, en Whitfield Street, y la ventana se abría en el rincón del fondo, donde el almacén guardaba los carros rotos y las ruedas sin llanta. Tenía el suelo de adoquín y una pared de ladrillo negra de hollín. Lo primero no era la vista: era el olor. Carbón, serrín húmedo, estiércol de caballo y algo frito. Lo segundo era el ruido. Venía de todos lados y no se parecía a ningún ruido de 2049, porque estaba hecho de hierro y de voces y no de motores.
—Cuarenta y cinco minutos —dijo Reeves—. Tres cuarenta y cinco en este patio. El que no esté aquí se queda aquí.
Salieron a Charlotte Street en fila de a dos y Avery se puso delante, que era para lo que le pagaban.
—Estamos en Fitzrovia y esto es un barrio de talleres —dijo—. Ebanistas, tapiceros, dos fundiciones pequeñas y restaurantes italianos baratos. La gente que ven pasar trabaja la madera. Miren las manos antes que las caras.
—¿Y aquello de ahí? —preguntó Pembroke.
—Aquello es lo que queda de la manzana de Colville Place. Tres casas vacías y una tapiada. La compró el ayuntamiento en el treinta y dos y la tiró entera en el treinta y cinco. De todo lo que están ustedes mirando, dentro de un año no va a quedar nada. Por eso está medio desalojada. Aquí ya no vive casi nadie, y el que vive se va en primavera.
Margaret miró la bocacalle con poco interés.
—Muy alegre todo, señor Avery. Primero la cárcel de Reeves y ahora un derribo.
—Le puedo contar algo bastante peor, si le apetece.
—Cuéntemelo, que para eso hemos pagado.
—El otoño que viene, en una de esas casas, van a encontrar a un hombre muerto en el sótano. A finales de octubre, cuando abran para enseñársela a un comprador. Sesenta años, sin documentación, buena ropa y de un corte que allí nadie reconoció. No lo identificaron nunca. En los periódicos salió dos días como el desconocido de Colville Place y después ya no salió más.
—¿Y de qué murió, si se puede saber?
—De estar encerrado. El forense no puso otra cosa y nadie preguntó más.
—¿Nadie lo echó de menos? —dijo Clara.
—Alguien lo echaría de menos en alguna parte, señorita. Pero no en este barrio, y en este barrio es donde estaba.
Whitmore se había parado dos pasos más atrás. Miraba la bocacalle con la cara de un hombre que calcula una distancia. Después sacó el reloj, lo miró y lo cerró.
—Veinte minutos —dijo.
Reeves se giró en redondo.
—Señor Whitmore, no.
—Veinte minutos, Daniel. Tengo hasta las tres treinta y cinco y voy a estar aquí a las tres treinta y cinco.
—Es la tercera vez que hace usted esto. La tercera. En el treinta y uno se fue veinte minutos, en el treinta y tres se fue veinte minutos, y yo firmo un parte cada vez y cada vez me lo devuelven sin leer.
—Pues va usted a firmar otro y en paz.
—Y si le pasa a usted algo ahí dentro, ¿qué pongo yo en el parte?
—Ponga que el presidente no hizo caso, que es lo que ha puesto las otras dos veces —dijo Whitmore—. Nadie se ha quejado nunca y a usted no le ha costado el puesto. Tres y treinta y cinco, Daniel. Lléveme la cuenta si quiere.
Se metió por la bocacalle con las manos en los bolsillos y no volvió la cabeza. Ashcroft soltó una risita corta. Bellamy fue el único que hizo el gesto de seguirlo. Se quedó a medias, con un pie adelantado, y después se puso a mirar un escaparate de sillas.
—Es su empresa y es su tarde —dijo Pembroke—. Si quiere perderse, que se pierda.
Los treinta minutos siguientes fueron los que Avery había vendido en el catálogo, y los vendía bien. Los llevaba metódicamente por el mismo recorrido de todos los viajes, que empezaba por lo bonito y terminaba por lo que iban a tirar. Les enseñó un autobús rojo de dos pisos con la escalera por fuera. Les enseñó un carro de carbón tirado por un percherón y la puerta de un restaurante donde se cenaba por un chelín. Margaret quiso saber cuánto era un chelín en dinero de verdad y nadie supo contestarle deprisa. Harcourt se sentó en el escalón de un taller y dijo que él ya había visto Londres.
—¿Se encuentra bien, doctor? Si quiere, vuelvo con usted al patio.
—Me encuentro con el pie que tengo, que es el mismo de esta mañana. Váyanse ustedes a mirar lo que sea y déjenme aquí sentado, que no me voy a evaporar en media hora.
A las tres y media, Clara los juntó a todos delante de la fundición y los hizo ponerse en dos filas.
—Una sola y no les molesto más en toda la tarde. Señor Ashcroft, ¿le importa quitarse el sombrero? Le hace una sombra en los ojos que no hay manera.
—A mi edad el sombrero es parte de la cara, señorita, y la parte que mejor ha envejecido.
—Entonces écheselo atrás dos dedos y en paz.
—¿Y eso lo revela usted luego en un cuarto oscuro? —dijo Ashcroft.
—Esto lo revelo yo en el hotel, señor Ashcroft, y sin sello.
—En mil novecientos treinta y cuatro le habrían puesto sello —dijo Avery—. Toda copia de retrato salía del estudio con el nombre del fotógrafo estampado al dorso. Era la manera de que volvieras a encargar.
Salieron siete, porque Harcourt seguía sentado en su escalón a veinte metros y Whitmore no estaba. Avery se acordaría después de que la fotografía tardó un minuto largo. Bellamy cerró los ojos en la primera y hubo que repetirla. Y Clara comprobó las dos, una detrás de otra, antes de guardar la cámara.
A las tres treinta y ocho, Reeves dijo que hasta ahí.
—Avery, conmigo. Los demás al patio, y nadie se mueve del patio.
Colville Place era una calle corta, más bien un pasadizo entre dos manzanas, y tenía la clase de silencio que no es tranquilidad sino falta de gente. Casas bajas de ladrillo a un lado y la pared ciega de un almacén al otro. Estaba vacía, y tres de las casas tenían las ventanas de abajo cegadas con tablas. Una tenía un cartel de se alquila colgado de la barandilla, torcido, con la letra corrida por la lluvia de la mañana. Reeves golpeó dos puertas. En la primera no abrió nadie. En la segunda abrió una mujer con delantal, que los miró de arriba abajo con mucha calma.
—Aquí no ha entrado ningún caballero en toda la tarde, y hagan el favor de no dar voces en la calle.
—¿Nos ha oído usted dar voces, señora?
—Le he oído a usted aporrear mi puerta, que no es lo mismo y es peor.
Volvieron por el mismo sitio y deprisa, y Avery pasó por delante del número catorce, que era el del cartel torcido y el único de la calle que tenía la barandilla recién pintada. Al lado había un pasaje lateral, estrecho y en sombra, que no daba ninguna gana de meterse por él. Lo miró dos segundos y naturalmente lo tomó por un patio de servicio, porque en aquel barrio todas las casas tenían uno. Después miró el reloj y apretó el paso, porque quedaban cinco minutos.
En el patio estaban los siete en corro y nadie hablaba.
—Tres cuarenta y cuatro —dijo Reeves—. ¡Señor Whitmore!
Lo gritó tres veces hacia la boca del patio. La tercera se le rompió un poco.
A las tres cuarenta y cinco el patio de Whitfield Street se cerró y la sala de embarque estaba otra vez a su alrededor, con su luz y su café y su técnico que no miraba a nadie. Los ocho se quedaron quietos donde habían aparecido. Nadie dijo nada durante un rato bastante largo.
Fue la báscula la que habló primero, porque era una máquina y no sabía hacer otra cosa.
Los fue pasando uno a uno y cantando los números en la pantalla verde. Al final del pasillo hizo la resta que hacía siempre entre lo que había salido y lo que había vuelto.
Setenta y ocho coma cuatro kilogramos.
Nadie pesa la ida
Capítulo 2
II
La inspectora llegó a las siete de la tarde y lo primero que hizo fue coger un vaso de la mesa y sopesarlo.
—Constance Quayle, Oficina de Tránsito Temporal. Quiero a los ocho en esta sala y quiero el registro de embarque. Esta noche no sale nadie del edificio.
—Los ocho están arriba, en la sala de dirección —dijo Reeves—. Y el edificio está cerrado desde las cuatro y diez de la tarde, con las salidas registradas.
—¿Quién dio la orden de cerrarlo?
—La di yo, y la di antes de avisarles a ustedes.
—Entonces ha hecho usted una cosa bien esta tarde.
Era una mujer alta y desgarbada, con ropa de trabajo y una cinta métrica en el bolsillo del pecho. No saludó a nadie y no preguntó cómo se encontraban, porque llevaba veinte años entrando en sitios donde acababa de pasar algo y sabía que la cortesía se cobra al final. Avery estaba en la puerta con la carpeta debajo del brazo, esperando que le dijeran que se fuera a su casa. Fue el único al que retuvo.
—Usted es el historiador.
—Thomas Avery. Me contratan por viaje y no estoy en plantilla, si eso le sirve de algo.
—Usted se queda. Necesito a alguien que sepa leer papeles de mil novecientos treinta y cuatro y aquí no lo hay.
—Soy sospechoso, supongo. Estaba dentro como los demás.
—Todos ustedes son sospechosos, señor Avery, y todos me van a servir para algo distinto. Siéntese ahí y dibújeme la calle.
Estuvieron con el plano hasta las once de la noche, con la sala vacía y con el café de la máquina, que era lo único que seguía abierto en todo el edificio. Avery lo dibujó a lápiz en una hoja grande. Puso Charlotte Street a lo largo, la fundición, el escaparate de las sillas, la bocacalle de Colville Place y el patio del almacén. Quayle fue poniendo encima las horas de cada uno con una letra pequeña y fea.
—A las tres y doce el señor Whitmore se mete por ahí. ¿Quién lo ve?
—Todos —dijo Avery—. Estábamos los nueve juntos y discutió con Reeves delante de nosotros.
—¿Y de las tres y doce a las tres treinta y ocho?
—De las tres y media tenemos la fotografía. Salimos siete.
—En esa fotografía me faltan dos.
—El doctor Harcourt, que estaba sentado en su escalón a veinte metros y a la vista de todo el mundo. Y el señor Whitmore, que ya se había ido.
Quayle marcó los dos huecos con un aspa y siguió preguntando, siempre lo mismo y siempre en el mismo orden, que era como le habían enseñado a levantar un siniestro. A las diez y media tenía las tres cuartas partes de aquella media hora cubiertas por dos personas o más. Lo que quedaba suelto era tan poco que no daba ni para cruzar la calle. Bellamy había estado con Margaret ocho minutos, según Bellamy. Pembroke y Ashcroft no se habían separado ni un metro, según los dos. Clara Finch los había ido siguiendo a todos con la cámara y podía decir quién estaba dónde en cada minuto. Lo dijo, y coincidía, y Avery lo dio por bueno automáticamente, porque era la única de los nueve que se había pasado la media hora mirando a los demás.
—Todo cuadra —dijo Quayle—. Llevo veinte años en esto y no me gusta que todo cuadre.
—¿Y eso qué significa, inspectora?
—Que o son ustedes ocho santos o lo que yo estoy buscando no está dentro de esa media hora.
A la mañana siguiente empezó por lo único que a todos les parecía urgente y a ella no.
—Vamos a dejar zanjado lo del rescate —dijo—. Doctor Harcourt, explíqueme por qué no van a buscarlo.
Harcourt tardó en contestar. Estaba sentado al fondo, con el bastón entre las rodillas, y se había pasado la reunión entera mirando la mesa.
—Porque no hay puerta. Nosotros no elegimos las fechas, inspectora, nos las encontramos. El cálculo detecta una ventana cuando le da la gana y con meses de aviso. No se fuerza ni teóricamente. Y una ventana usada no se vuelve a abrir jamás. Las dos de octubre del treinta y cuatro están gastadas.
—¿Y cuál es la siguiente ventana de Londres que tienen ustedes?
—Mil ochocientos noventa y cinco, y no está ni confirmada.
—¿Y después de esa?
—Después de esa, de Londres no hay nada en todo el cálculo.
—¿Cuántas quedan en total? —preguntó Quayle.
Harcourt levantó la cabeza medio segundo y la volvió a bajar.
—Ese dato no se lo puedo dar sin autorización del consejo, y la autorización no la tengo.
—Se la voy a pedir por escrito esta misma tarde, doctor.
—Pídamelo por escrito y tendrá usted una respuesta por escrito.
Pembroke soltó el bolígrafo encima de la mesa y dijo en voz alta lo que llevaba desde el día anterior sin decir.
—Lo que hay que preguntarse es otra cosa. Si se quedó allí a las tres cuarenta y cinco, ese hombre vivió en mil novecientos treinta y cuatro. Un día, un mes o veinte años. Y si vivió, está en algún papel.
—Está, si vivió lo suficiente —dijo Quayle—. Señor Avery, eso es trabajo suyo y lo quiero para esta tarde.
El archivo les dio el nombre a las dos de la tarde, y no era un nombre.
La ficha venía de un expediente de la comisaría de Tottenham Court Road, que era la que cubría Fitzrovia y la que se quedaba con todo lo que pasaba en aquellas calles. Un ayuntamiento lo había digitalizado en dos mil once junto con otras ochenta mil páginas. Avery la puso en la pantalla grande de la sala. Estaba escrita a máquina, con la tinta saltada en las oes.
Varón de unos sesenta años, sin documentación, hallado el lunes veintinueve de octubre de mil novecientos treinta y cuatro en el sótano de una casa desalquilada en el número catorce de Colville Place, al abrir la finca el gestor para enseñársela a un comprador. Ropa de buen paño y de un corte que no se reconoció. Muerte por privación, sin señales de violencia. Sin identificar.
Nadie habló durante un rato. Margaret Whitmore se llevó una mano a la boca y la dejó ahí.
—Eso lo contó usted —dijo Ashcroft—. Ayer. En la calle. Antes de que pasara.
—Lo conté ayer —dijo Avery—, y pasó hace ciento quince años.
—¿Usted lo sabía?
—Yo sé lo que sabe cualquiera que haya trabajado ese archivo. Que en el otoño del treinta y cuatro apareció un desconocido en un sótano de esa manzana y que no lo identificó nadie. Lo cuento en todos los viajes a Fitzrovia, desde hace cuatro años. Es la única historia que tiene ese barrio.
Clara Finch llevaba desde el viernes por la noche en la tercera silla de la izquierda y no se había levantado de ella más que para el café. Avery la había mirado varias veces aquella tarde, porque era lo único de la sala que estaba trabajando. Mientras la ficha estuvo en la pantalla no escribió nada. Tenía el lápiz cogido y la mano quieta encima del cuaderno, y a Avery le pareció bien: de los nueve del viaje, era la única con un motivo profesional para tomar notas y la única que había tenido la delicadeza de no tomarlas.
—¿Puedo preguntar una cosa? —dijo.
—Pregunte usted —dijo Quayle.
—Esa hoja no dice cómo estaba la puerta. Dice dónde lo encontraron, dice de qué murió y dice que no llevaba documentación, pero no dice si la puerta del sótano estaba con llave, con cerrojo o simplemente atrancada. —Se volvió hacia Avery—. ¿Eso lo pone en algún sitio?
—En la hoja de resumen, no —dijo Avery—. En el expediente completo suele venir, y vienen además los efectos que se recogieron, las declaraciones de los vecinos y los partes de los agentes de ronda de aquellos días.
—¿Y se puede pedir?
—Se puede pedir a Londres. Tarda dos días.
—Pídalo usted esta misma tarde, señor Avery —dijo Quayle—. Y gracias, señorita. Llevo desde ayer oyendo preguntas por las personas y esta es la primera que oigo por una cosa.
Clara escribió esas dos líneas y ninguna más, y volvió a dejar el lápiz encima del cuaderno.
La ficha dental llegó a las cinco, y la comparación la hizo un médico que no había oído hablar de Chronos45 en su vida. Era Edmund Whitmore. Lo dijeron con dos frases y sin ceremonia, y la sala se quedó otra vez en silencio.
—Entonces estaba escrito —dijo Pembroke—. Desde el principio. Estaba en un archivo antes de que ninguno de nosotros naciera, y nosotros hemos ido esta tarde a meterlo ahí.
—Eso no lo sé, señora, y no soy la persona a la que hay que preguntárselo —dijo Quayle.
—¿Cómo que no lo sabe? Es la pregunta. Es la única pregunta que hay encima de esta mesa.
—Es una pregunta, y no es la mía. A mí me pagan por saber quién puso a ese hombre en ese sótano. Y le aseguro a usted que lo puso alguien.
Aquella noche registraron el despacho del muerto, y Avery estuvo delante porque Quayle no dejó salir a nadie de la habitación mientras abría cajones.
En el de arriba había un pasaporte, tres cajas de pastillas y un cargador. En el de abajo, debajo de una caja de puros, había una carpeta de cartón azul con una goma. Dentro había recortes de periódicos ingleses de mil novecientos treinta, fotocopiados en papel moderno. Anuncios por palabras. Uno estaba marcado con lápiz rojo: clases de piano, precios módicos, señora formal, Fitzrovia.
Debajo de los recortes había dos partes de viaje con el membrete de la casa. Uno era de la ventana de mayo del treinta y uno y el otro de la de febrero del treinta y tres. Los dos llevaban en la esquina una anotación a mano, con la letra grande de Whitmore.
En el del treinta y uno decía la vi.
En el del treinta y tres decía otra vez.
Quayle leyó las dos hojas, las volvió a meter en la carpeta y puso la carpeta encima de la mesa, a un lado, sin decir nada de lo que ponía.
—¿Eso es del reportaje? —preguntó Reeves desde la puerta.
—No lo sé todavía. ¿Qué reportaje?
—El del aniversario. El presidente le abrió el archivo entero a la periodista en marzo. Partes de viaje incluidos. Yo me opuse por escrito y se me contestó por escrito que la transparencia era el valor de la casa.
—¿Usted se opone a todo lo que se hace en esta casa, señor Reeves?
—Yo me opongo por escrito, que es distinto y es lo único que me deja dormir.
El domingo por la mañana empezaron a caer los secretos, y ninguno era el que hacía falta.
Bellamy entró en la sala con la cara de un hombre que ha dormido tres horas y confesó antes de que le preguntaran.
—Le estaba pidiendo dinero. En la sala de embarque, delante de todos ustedes. Cuarenta mil, y no era la primera vez que se los pedía este año. Eso es lo que oyeron y por eso no lo conté ayer.
—¿Se los dio? —dijo Quayle.
—Me dijo que lo habláramos a la vuelta, y que no era el sitio ni el día. Fíjese usted qué gracia le ha hecho a la vuelta.
—¿Y por qué le hacían falta?
—Porque llevo seis años viviendo de una pensión que fijaron ellos y de la venta de un piso que ya no tengo. Puede usted mirarlo. Es feo, pero se mira en diez minutos.
Lo miraron en menos, y Pembroke duró todavía menos que él. La venta de sus acciones del uno de septiembre estaba autorizada por escrito desde marzo, y el dinero había ido íntegro a una residencia de Hampstead. Allí llevaba su padre dos años sin reconocerla.
—¿Quiere usted la factura? —dijo, y la dejó encima de la mesa sin esperar respuesta—. Se la traigo todos los meses si hace falta.
A Avery le tocó el turno después de comer, y fue más corto y más incómodo.
—Usted llevaba encima el plano del catastro de esa manzana.
—Llevo el catastro de todas las manzanas del recorrido, y llevo cuatro recorridos preparados. Es mi trabajo, inspectora. Lo llevo impreso porque en mil novecientos treinta y cuatro no hay manera de consultar nada.
—¿Y lo que vende usted a los coleccionistas?
Avery notó el calor en la cara antes de encontrar la respuesta.
—Copias de archivo. Cosas que están en dominio público y que la gente no sabe buscar. No es ilegal.
—No, no lo es. Es lo que usted hace con la casa a la que le cobra por horas. Gracias.
A las seis de la tarde pidió las incidencias de aduana del trimestre, y Reeves le llevó un taco de hojas de dos dedos de grueso con un gesto de fastidio.
—Aquí no va a encontrar usted nada, inspectora. Esto es lo más aburrido de todo el negocio y se lo firmo yo.
Eran catorce en tres meses, y todas decían casi lo mismo, con la misma fórmula y en el mismo orden, y las catorce se habían archivado rutinariamente sin que ninguna diera nunca un problema. Abandono de material en destino. Multa fijada, multa pagada, expediente cerrado. Un paraguas en la Viena de mil ochocientos noventa. Un abrigo en Nueva York. Un pasajero que volvió de Roma con doscientos gramos menos y declaró que se le había caído una cámara en una fuente.
Quayle las fue pasando una a una y sin leerlas del todo. Miraba solamente la columna de la derecha.
—Esta —dijo.
Era la del viaje del catorce de agosto. Londres, nueve de octubre de mil novecientos treinta y cuatro, catorce plazas.
Pasajera n.º 11. Diferencia a la salida: menos 1.974 gramos. Material fotográfico. Multa fijada, multa pagada.
—Dos kilos —dijo Quayle—. Aquí hay una señora que se dejó dos kilos en mil novecientos treinta y cuatro y pagó la multa sin rechistar. Tráigame el expediente completo de ese viaje.
Reeves miró la hoja un momento más de la cuenta.
—Se lo busco esta noche.
A las diez de la noche todavía no lo había traído.
Nadie pesa la ida
Capítulo 3
III
Reeves trajo el expediente el lunes a las ocho de la mañana y lo dejó encima de la mesa sin soltarlo del todo.
—Aquí está. Y antes de que lo abra usted, inspectora, le voy a decir yo por qué ha tardado dos días en aparecer.
—Dígamelo —dijo Quayle.
—Porque lo firmé yo, como firmo todos. Y porque el que yo firmé antes que este, hace cuatro años, es el que me va a costar el puesto. Prefiero contarlo yo, con mis palabras, a que lo cuente el papel.
—Siéntese.
Reeves no se sentó. Se quedó de pie al lado de la mesa, con las manos en la espalda y la barbilla un poco levantada, declarando como se declaraba en los juicios de antes, cuando todavía se iba a los juzgados con el abrigo bueno.
—En mayo de dos mil cuarenta y cinco hicimos un viaje científico a Londres, junio de mil novecientos veintiocho. Doce pasajeros. Volvieron once.
Avery levantó la cabeza del cuaderno. Se había preparado aquel viaje con el archivo de la casa abierto delante durante tres semanas, y aquello no estaba en el archivo de la casa.
—Eso no ha salido nunca.
Reeves no bajó la barbilla.
—Salió en su momento y se enterró en su momento. La pasajera se llamaba Sylvia Finch. Cincuenta y dos años, física, trabajaba con el doctor Harcourt en el cálculo de ventanas. Se separó del grupo a los quince minutos y no volvió al punto. Yo firmé el informe de extravío aquella misma tarde.
—¿En cuánto tiempo? —preguntó Quayle.
—En cuarenta minutos, de reloj. No bajé al archivo, no pedí el plano de la zona y no pregunté a los once que volvieron más que lo justo. Lo firmé como se firma un parte de accidente laboral, y me fui a casa a cenar. Eso es lo que hice.
Quayle abrió la carpeta, pasó cuatro hojas sin leerlas, se detuvo en la quinta y la puso del derecho encima de la mesa para que la vieran todos los que estaban sentados alrededor.
—Aquí hay otra cosa —dijo—. Aquí hay una ventana más.
—Hay una ventana más.
—Léamela usted.
—Chronos Veintiocho B. Londres, miércoles veinte de junio de mil novecientos veintiocho. Tres días después de la otra, dentro del mismo año, a doscientos metros del mismo patio.
—¿Y qué se hizo con ella?
—Se vendió. Catorce billetes, viaje comercial de lanzamiento, con prensa, con fotógrafos y con dos ministros. Salió en todos los periódicos y fue la que nos puso en el mapa. La autorización de venta la firmó el presidente el día quince por la mañana, o sea cuarenta y ocho horas después de que aquella mujer se quedara allí.
Nadie dijo nada. Ashcroft se quitó las gafas y se puso a limpiarlas con el pañuelo. Lo hacía siempre que algo le parecía mal y no pensaba decirlo.
—¿Se podía haber traído? —preguntó Quayle.
—Nadie lo sabe. No se ha hecho nunca. Hay un informe interno de aquel mes que dice que no consta que sea posible.
—¿Quién escribió esa frase?
—No lleva firma. Solo lleva sello.
Clara Finch dejó el cuaderno encima de la mesa, cerrado y con el lápiz dentro, y habló por fin con la tranquilidad de quien lleva dos días sentado en una sala esperando a que le toque.
—Era mi madre —dijo.
La sala se volvió entera hacia ella. No levantó la voz. Lo dijo con la misma calma con la que le había pedido a Ashcroft que se echara el sombrero atrás.
—Me llamo Clara Finch. Firmo Fenn porque en el periódico había otra Finch y porque me venía bien que no me relacionaran. En dos mil cuarenta y siete publiqué lo del extravío de mi madre en cuatro columnas. Esta casa lo demandó, el periódico se retractó a los nueve días y yo firmé un acuerdo por el que no puedo volver sobre el asunto. Por eso estoy escribiendo el reportaje del décimo aniversario en vez de otra cosa.
Avery se acordó de la primavera, de las tres veces, del mismo sitio y de la misma chaqueta. Aquella mujer no había ido al archivo a documentar ningún aniversario.
—¿Y el señor Whitmore lo sabía? —preguntó Quayle.
—El señor Whitmore me abrió el archivo entero en marzo y me dio la mano, delante de dos fotógrafos y de media plantilla. Sabía perfectamente quién soy. Nunca hemos hablado de ello y nunca me lo ha impedido.
Margaret Whitmore la miraba con una cara nueva.
—¿Y usted ha estado cuatro días sentada aquí callándose eso?
—Me lo he callado porque en cuanto lo diga se acaba mi reportaje y empieza esto otro. Que es exactamente lo que está pasando ahora mismo en esta sala, señora.
Quayle no se movió del sitio.
—Señorita Finch, ¿usted ha viajado antes a mil novecientos treinta y cuatro?
—Sí. En el comercial del catorce de agosto, al nueve de octubre. Pagué el billete yo y está en el registro con mi nombre. Fui a ver el barrio con tiempo, con calma y con luz, porque a este veníamos cuarenta y cinco minutos y no quería llegar sin saber por dónde andaba.
—Se dejó usted material allí.
—Se me cayó el equipo de fotografía en el patio y no me dio tiempo a recogerlo bien. Pagué la multa el mismo día. Fueron trescientas libras y también está en el registro.
—¿Y el viernes, a las tres y media?
—El viernes a las tres y media estaba haciéndoles a ustedes una fotografía en Charlotte Street. Salen siete. La tiene usted en su mesa desde el sábado.
—La tengo —dijo Quayle, y pasó a otra cosa.
Aquella mañana cayeron los demás, uno detrás de otro, y ninguno cayó por donde esperaba Avery.
Margaret Whitmore reconoció los ocho minutos y dijo con quién había estado. Bellamy lo confirmó desde su silla, mirando la mesa. Llevaban catorce meses. No lo habían dicho por el consejo y por los abogados del divorcio. Y también porque a los dos les daba un poco de vergüenza a su edad.
—Nos apartamos hasta el escaparate de las sillas, que está a treinta pasos de la fundición —dijo Margaret—. Puede usted medirlo si le apetece.
—Lo medí el sábado por la mañana —dijo Quayle—. Son treinta y uno.
Ashcroft tardó más. Cuando se decidió lo contó de corrido, como quien paga una factura.
—Hay un preacuerdo de venta, firmado en julio, con un consorcio que fabrica, entre otras cosas, material de defensa. Lo firmé yo solo, en mi despacho, un martes. Edmund se oponía y se iba a seguir oponiendo, y el consejo no lo sabe. Ahora ya lo sabe.
—¿Se lo dijo usted a él?
—Nunca. Pensaba decírselo este otoño, cuando ya no pudiera pararlo.
—Entonces le convenía a usted vivo hasta el otoño.
—Me convenía vivo hasta noviembre, ni un día menos. Y ya ve usted.
Por la tarde llegó de Londres el expediente completo de mil novecientos treinta y cuatro, el que había pedido la periodista el sábado, y lo que faltaba estaba en tres de sus documentos.
El primero era el libro de la finca del número catorce, que llevaba un gestor de apellido Deakin con una letra apretada, una tinta que se había vuelto marrón y la costumbre de no gastar más de una línea en nada.
20 julio. Desalquilada la casa al fallecer la inquilina del principal. Cortada el agua. Retiradas dos llaves. 10 octubre. Puerta del sótano cerrada y sin llave. Avisar al carpintero. 29 octubre. Enseñada la casa al Sr. Lomax. Hallazgo en el sótano. Dado aviso a la comisaría.
El segundo era el parte del agente de ronda de aquel viernes.
17.40. Voces en el número 14 de Colville Place. Casa desalquilada. Se inspeccionó la planta baja y no se halló a nadie. Sin novedad. Ag. Willis.
Willis había entrado en la planta baja, la había encontrado vacía y había dado el aviso por resuelto, seguramente sin salir al patio de atrás y sin asomarse a la escalera del sótano.
Con el parte venían dos pliegos de declaraciones de los vecinos, tomadas a la semana del hallazgo, y no decían gran cosa. La del dieciséis era la más larga, porque la mujer era habladora y se quejaba de las visitas. En octubre le habían preguntado dos veces por la casa: un matrimonio joven que quería alquilarla y una señorita extranjera que preguntó por la señora del piano y se fue sin decir nada cuando le contaron que había muerto en julio.
El tercero era el inventario de los efectos hallados en el sótano el veintinueve de octubre. Quayle hizo que Avery lo leyera en voz alta delante de los ocho, entero y sin comentarios.
Una manta de lana, doblada sobre un cajón. Una jarra de loza blanca, vacía. Un candil de aceite con caja de cerillas, consumido hasta el fondo. Un retrato de dama joven, en papel desconocido, sin marca de fotógrafo al dorso. Un destornillador de mango de madera, nuevo. Una cuña de madera, en el suelo, junto a la puerta.
—Léalo otra vez —dijo Quayle.
Avery lo leyó otra vez, más despacio, y en la segunda vuelta la lista dejó de parecerle una lista. Alguien había bajado todo aquello por una escalera.
Pembroke dio dos golpes con el bolígrafo en el borde de la mesa.
—¿Y qué es lo que tenemos que estar oyendo? Porque yo oigo la lista de un hombre que se murió en un sótano.
—Todavía no lo sé del todo —dijo Quayle—. Por eso se lo he hecho leer dos veces.
—Un hombre encerrado en un sótano —dijo Margaret—. Con una manta y un candil. ¿De dónde saca uno una manta en una casa vacía?
—De la casa misma —dijo Reeves—. Estaba desalquilada, pero las casas desalquiladas tienen cosas en los rincones.
—La casa se desalquiló en julio y se retiraron dos llaves —dijo Avery—. En el libro no dice que se retirara nada más.
Quayle no dijo ni que sí ni que no. Dobló la hoja del inventario en cuatro y se la guardó en el bolsillo del pecho, junto a la cinta métrica.
Lo de Harcourt pasó al final de la tarde y pasó deprisa.
El consejo se reunió sin él en la sala de al lado y tardó cuarenta minutos. Era lo mismo que había tardado Reeves en firmar el informe de Sylvia Finch. Cuando abrieron la puerta, Ashcroft traía el papel en la mano y no miraba a nadie.
—Doctor Harcourt, queda usted apartado de sus funciones con efecto inmediato. Se le retiran las credenciales y el consejo pone los hechos en conocimiento de la autoridad esta misma noche.
—¿Qué hechos? —preguntó Harcourt.
—Doce minutos sin testigo en el lugar donde murió el presidente. Y una ocultación grave y sostenida de información técnica a este consejo.
—¿Cuál?
—Díganos usted cuántas ventanas quedan.
Harcourt se apoyó en el bastón con las dos manos. Estuvo callado el tiempo justo para que Avery lo entendiera antes de oírlo.
—Diecinueve —dijo—. En todo el cálculo, en todo el mundo y para siempre. Diecinueve, y después se acabó. Lo sé desde hace dos años y lo sabía Edmund desde julio, y los dos decidimos que esta casa no podía decirlo el año que sale a bolsa. Si quieren ustedes llamar a eso un móvil, llámenlo. Yo a esa calle no fui.
—Se sentó usted en un escalón.
—Me senté en un escalón porque no puedo andar doscientos metros seguidos, señor Ashcroft. Lleva usted cuatro años viéndomelo hacer en todas las reuniones.
Se lo llevaron a las nueve. Bajó por el pasillo de embarque, que era el camino más corto a la calle, y al pasar por la báscula apoyado en el bastón el técnico de guardia apartó la vista y se puso a mirar la pantalla verde.
Quayle se quedó en la sala con la hoja del inventario desdoblada otra vez encima de la mesa. En el margen había empezado una lista, del derecho y con aquella letra fea. Eran cinco cosas.
—Señor Avery, mañana a las diez necesito estas cinco cosas en esta mesa. Una manta de lana doblada. Una jarra de loza. Un candil de aceite con su caja de cerillas. Un destornillador pequeño, de los de antes.
—Eso son cuatro cosas, inspectora.
—Y la quinta es la báscula de aduana. La de verdad, la del pasillo, y no una de cocina.
—¿La báscula? —dijo Avery—. Inspectora, esa cosa está empotrada en el suelo.
—Pues que la desempotren esta noche, señor Avery, que para eso hay tres hombres de mantenimiento cobrando.
Nadie pesa la ida
Capítulo 4
IV
La báscula la subieron en un carro de mantenimiento y la dejaron en el suelo de la sala del consejo, torcida, con los cuatro tornillos de anclaje todavía puestos y la pantalla verde encendida. Al lado, encima de la mesa larga, había un paño y debajo del paño había cuatro cosas.
Quayle hizo traer también a Harcourt, que llegó a las diez y diez con un abogado que tomó notas continuamente y no abrió la boca ni una vez.
—Señores, esto no es un juicio y yo no detengo a nadie. Voy a contarles lo que pasó y después se lo voy a enseñar, que es distinto.
Ashcroft tenía el sombrero encima de la mesa y le dio media vuelta con un dedo.
—Enséñelo y acabamos.
—Primero los hechos, señor Ashcroft, y son tres. Nueve personas entraron en Londres el doce de octubre de mil novecientos treinta y cuatro y volvieron ocho. El señor Whitmore se separó del grupo a las tres y doce, por su cuenta y por tercera vez en su vida. Y apareció muerto en el sótano del número catorce de Colville Place, encerrado, sin señales de violencia y sin que lo identificara nadie.
Pembroke no levantó la vista de la mesa.
—Eso ya lo sabemos.
—Ahora vienen las anomalías, que son cinco y ninguna es una persona. Todas son cosas. Yo no sé mirar personas.
Se puso al lado de la mesa larga y fue contando con los dedos de la mano izquierda.
—Una. En ese sótano había una jarra de loza. El libro de la finca dice que el agua de esa casa se cortó el veinte de julio. Dos. Había un retrato de mujer en papel sin marca de fotógrafo, y en mil novecientos treinta y cuatro todas las copias llevaban al dorso el sello del estudio, porque el estudio quería que volvieras. Tres. Había una cuña de madera en el suelo, al lado de la puerta.
Reeves se levantó de la silla sin que nadie se lo pidiera.
—Inspectora, con todo respeto. Lleva usted cinco días en esta casa y se ha pasado tres sopesando vasos. Yo le he puesto encima de esa mesa nueve nombres, un registro de entrada, otro de salida y media hora contada minuto a minuto y corroborada independientemente por siete testigos. Y usted me contesta con un retrato sin sello.
—Le contesto con un retrato sin sello.
—Eso no es una investigación.
—Es la única que sé hacer, señor Reeves. Siéntese, que todavía quedan tres.
—¿Y qué tiene de raro una cuña? —preguntó Margaret.
—Nada, señora. Las cuñas de madera sirven para que una puerta no se cierre. Lo raro es que estuviera en el suelo y no metida debajo, y que a un palmo de ella hubiera un destornillador nuevo en una casa donde no vivía nadie. Cuatro. El diez de octubre, el gestor de la finca escribió en su libro que la puerta del sótano estaba cerrada y sin llave, y avisó a un carpintero que no fue. Esa puerta llevaba seis años sin cerrarse, porque para eso estaba la cuña.
Nadie dijo nada. Reeves se había puesto muy derecho en la silla.
—Y cinco. El catorce de agosto de este año, una pasajera de un viaje comercial a ese mismo barrio volvió con mil novecientos setenta y cuatro gramos de menos, declaró material fotográfico, pagó la multa y el expediente se cerró.
—Eso está explicado —dijo Ashcroft.
—Está explicado. También estaba explicada la cuña. Déjenme seguir.
Quayle dio dos pasos y se quedó quieta delante de la pantalla apagada.
—Ahora la persona, y todavía no le voy a poner nombre. Miren lo que hizo. No rompió nada. No forzó una cerradura, no descerrajó una puerta, no rompió un cristal. Al revés: arregló. Engrasó un cerrojo que llevaba seis años atascado y lo dejó mejor de lo que estaba. Eso primero.
Bellamy tenía las dos manos abiertas encima de la mesa y no las movió.
—Siga.
—Segundo. Llevó allí una manta y un candil con cerillas. Y llevó agua en una jarra, porque en esa casa no había agua desde julio. Calculó cuánta hacía falta y llevó la que le cabía en las manos. Y tercero, que es lo que a mí me dice quién es. Dejó un retrato apoyado en el escalón del sótano. Un retrato no mata a nadie, señores. No sirve para nada de lo que estamos hablando.
—Entonces, ¿para qué está?
—Para que el hombre que bajara a cogerlo supiera por qué se quedaba allí abajo —dijo Quayle—. La persona que estoy buscando no quería solamente que el señor Whitmore muriera. Quería que entendiera la cuenta. Y eso no lo hace nadie por dinero, ni por un puesto, ni por unas acciones.
Avery apuntó las tres cosas en su cuaderno sin levantar la vista y le salió la letra torcida. No estaba apuntando para nadie. Estaba apuntando para no tener que mirar la mesa mientras lo decían.
—Ahora las horas —dijo Quayle—. Y aquí es donde se han equivocado ustedes y me he equivocado yo hasta el domingo por la noche. En esta casa hay dos calendarios y llevamos cinco días mirando solo uno.
Puso dos hojas en la pantalla, una al lado de la otra.
—En el nuestro, el señor Whitmore murió el viernes pasado a las tres cuarenta y cinco de la tarde, y todos ustedes estaban a la vista de alguien. En el de Londres, el señor Whitmore quedó encerrado el doce de octubre de mil novecientos treinta y cuatro y murió cuatro o cinco días después, cuando se le acabó el agua.
—Eso ya lo hemos dicho —dijo Pembroke.
—Lo hemos dicho, pero no lo hemos usado. Si el crimen ocurre en mil novecientos treinta y cuatro, la pregunta no es dónde estaban ustedes el viernes. La pregunta es quién estuvo en esa calle antes del doce de octubre de mil novecientos treinta y cuatro.
—Nadie —dijo Reeves—. Lo comprobé el sábado, uno por uno. Ninguno de los ocho había entrado nunca por esa ventana. Eso está comprobado y lo firmo.
—Lo comprobó usted bien, señor Reeves, y está bien firmado. Léame el artículo cuarto de su propio reglamento.
Reeves lo buscó, tardó un poco y lo leyó en voz alta.
Ningún pasajero podrá acceder dos veces a una misma ventana.
—Otra vez, despacio.
—A una misma ventana.
—Ventana —dijo Quayle—. No pone año. No pone ciudad. No pone mes. Hubo dos ventanas al Londres de octubre de mil novecientos treinta y cuatro, el nueve y el doce, y son dos puertas distintas, y su reglamento permite pasar por las dos. Usted mismo se lo explicó a sir Malcolm en la sala de embarque, delante de todos, y a los cuatro días se le había olvidado. Y a mí también.
Se hizo un silencio bastante largo. Ashcroft fue el primero en hablar y lo hizo muy despacio.
—El nueve de octubre es tres días antes del doce.
—Tres días antes en Londres —dijo Quayle—. Y tres semanas antes aquí. Y esto es lo único difícil que voy a decir en toda la mañana, señores, así que lo voy a decir despacio y una sola vez. El catorce de agosto de dos mil cuarenta y nueve y el nueve de octubre de mil novecientos treinta y cuatro no son dos fechas. Son la misma. Es un viaje, uno solo, contado en los dos calendarios de esta casa. Alguien salió de este edificio un sábado de agosto por la mañana, estuvo cuarenta y cinco minutos en Londres y volvió a cenar aquí. Aquellos cuarenta y cinco minutos, allí, fueron un martes de octubre. Y desde ese martes hasta que el señor Whitmore bajó al sótano pasaron tres días.
Ashcroft miraba las dos hojas de la pantalla y no había vuelto a tocar el sombrero.
—O sea que cuando nosotros embarcamos, aquello ya estaba puesto.
—Aquello llevaba tres días puesto, señor Ashcroft. El doce de octubre no pasó nada que no estuviera preparado desde el martes. Lo único que hizo el señor Whitmore aquella tarde fue bajar una escalera. Hay dos calendarios en esta casa y hay que elegir uno, y yo he elegido el de la puerta.
Margaret Whitmore habló sin quitarse la mano de la boca.
—¿Y a las tres cuarenta y cinco?
—A las tres cuarenta y cinco su marido estaba vivo, señora.
Nadie se movió en toda la mesa. Quayle dejó que la pregunta acabara de caer y después la contestó entera.
—Estaba a la vuelta de la esquina de donde se hicieron ustedes la fotografía, debajo de la calle, con una manta, una jarra de agua y un candil. Esa puerta lleva el cerrojo por fuera y no tiene tirador por dentro. Llevaba media hora encerrado y lo sabía.
—¿Y no pudo forzarla? —dijo Ashcroft.
—Lo intentó, digo yo. Allí abajo había un destornillador nuevo y una puerta con el cerrojo por el otro lado. Con eso no se abre nada.
Quayle dio un paso hacia la mesa y puso la mano encima de las dos hojas, como si hiciera falta sujetarlas.
—A las tres cuarenta y cinco no se cerró la puerta del sótano. Se cerró la ventana. Y una ventana usada no se vuelve a abrir, así que desde ese minuto ya no había manera de ir a buscarlo. Ni aquella tarde, ni al día siguiente, ni dentro de un año. La puerta más próxima a ese sótano es de mil ochocientos noventa y cinco.
—¿Gritó? —dijo Margaret.
—Gritó. A las cinco y cuarenta de aquella tarde pasó un agente de ronda, oyó voces en el catorce, entró en la planta baja, no encontró a nadie y lo dio por resuelto. Está en el parte que leímos el lunes. Es la última vez que alguien lo oyó.
Fue eliminando uno por uno y no tardó mucho, porque lo llevaba escrito.
—Señor Bellamy, usted le pedía dinero y no lo consiguió. Señora Pembroke, usted vendió unas acciones para pagar una residencia en Hampstead. Señora Whitmore, usted estuvo ocho minutos a treinta y un pasos con el señor Bellamy y lleva catorce meses con él. Sir Malcolm, usted firmó una venta a espaldas de este consejo y necesitaba al presidente vivo hasta noviembre. Señor Reeves, usted firmó en cuarenta minutos un informe que debió costarle una semana, y lleva cuatro años sabiéndolo. Señor Avery, usted vende copias de archivo. Ninguno de los siete es santo y ninguno de los siete viajó a Londres el nueve de octubre.
—¿Y yo? —preguntó Harcourt desde el fondo.
—Usted ocultó a este consejo que quedan diecinueve ventanas en todo el cálculo, doctor, y el consejo lo ha denunciado a usted por eso y por doce minutos sentado en un escalón. Yo no lo puedo denunciar por nada, y le voy a decir por qué.
Quayle se acercó a la báscula y quitó el paño de la mesa.
Debajo había una manta de lana doblada, una jarra de loza blanca llena de agua hasta el borde, un candil de aceite con su caja de cerillas y un destornillador pequeño de mango de madera.
—Esto lo compré ayer en una tienda de Camden. Es lo que dice el inventario de la policía de mil novecientos treinta y cuatro que había en ese sótano, y está pesado en la única báscula que a mí me sirve, que es la de ustedes.
Fue subiendo las cuatro cosas a la plataforma, una por una, sin prisa. La manta, la jarra, el candil con las cerillas, el destornillador. La pantalla verde fue cambiando de número y se paró.
Mil novecientos setenta gramos.
—Faltan cuatro —dijo Quayle.
Sacó del bolsillo del pecho una hoja de papel y la puso encima de la manta. Era la copia de un retrato de mujer joven, sacada del expediente de extravío de dos mil cuarenta y cinco.
La pantalla subió a mil novecientos setenta y cuatro.
Nadie se movió durante un rato. Después, Clara Finch alargó la mano por encima de la mesa y enderezó la jarra, que había quedado torcida en el borde de la plataforma y goteaba un poco.
Fue lo único que hizo.
—Señorita Finch —dijo Quayle.
—Sí.
—El nueve de octubre de mil novecientos treinta y cuatro usted bajó a ese sótano con dos kilos de cosas. Quitó la cuña que sujetaba el cerrojo, lo engrasó y lo probó dos veces. Dejó la manta, el candil y el agua. Apoyó el retrato de su madre en el escalón, donde se veía desde el patio. Y volvió al punto con cuatro minutos de sobra, porque usted llega siempre pronto a todos los sitios.
—Sí.
—La cuña no se la pudo llevar, porque traerse algo de allí es delito y a la vuelta la pesaban a usted. La dejó en el suelo.
—La dejé en el suelo. La había puesto ella.
Margaret Whitmore hizo un ruido pequeño con la garganta y se tapó la boca con la mano otra vez.
—Su madre vivió seis años en esa casa —dijo Quayle—. Daba clases de piano y ponía cuñas de madera en todas las puertas que cerraban mal. Murió el catorce de julio de mil novecientos treinta y cuatro, tres meses antes de que usted pudiera llegar. Y en aquel cajón hay dos partes de viaje en los que el señor Whitmore escribió de su puño que la había visto.
—Dos veces —dijo Clara—. En el treinta y uno y en el treinta y tres. Se quedaba en el patio de atrás veinte minutos, oyéndola tocar, y se volvía a la calle y se venía a casa a cenar. Nadie sabe si se la podía haber traído. Nadie lo intentó. Eso es lo único que he querido que supiera mientras estaba allí abajo.
—Podía no haber bajado —dijo Quayle—. Podía haber mirado el patio desde el pasaje, como las dos veces anteriores, y volverse al punto con quince minutos de sobra. Lo que usted montó allí no era seguro. Era barato.
—No era seguro, no. Si no baja, pierdo una manta y una tarde.
—¿Y lo supo?
—Bajó a por el retrato, inspectora. Claro que lo supo.
Se levantó y se puso el abrigo ella sola, sin que nadie se lo dijera y sin mirar a ninguno de los siete.
—Tenía cincuenta y ocho años cuando se murió —dijo—. Yo tengo treinta y cuatro. Es la única cosa de todo esto que no me cabe en la cabeza.
Quayle no la detuvo, porque legalmente no podía detenerla. El delito se había cometido en Londres en mil novecientos treinta y cuatro, la víctima había muerto en Londres en mil novecientos treinta y cuatro, y no había en el código un artículo que supiera qué hacer con eso. Se la llevaron de todas formas, a las doce y media, por el pasillo de embarque, que seguía siendo el camino más corto a la calle. Al pasar por el hueco de la báscula tuvo que rodear el agujero de los cuatro tornillos.
Avery bajó al archivo por la tarde, cuando ya se habían ido todos.
Buscó la ficha del desconocido de Colville Place, que se sabía de memoria y que llevaba cuatro años contando en aquella calle a señores con abrigo prestado. Estaba escrita a máquina, con la tinta saltada en las oes, y decía lo mismo que había dicho siempre. Varón de unos sesenta años. Sin documentación. Ropa de buen paño y de un corte que no se reconoció. Sin identificar.
La leyó dos veces y la cerró. Aquella ficha iba a decir lo mismo el año siguiente y dentro de cien años, porque no había manera de escribir nada en ella. Lo único que había cambiado en toda la semana era que ahora él sabía el nombre.
Después subió a por su carpeta y se fue a la calle, que a aquella hora olía a lluvia y no olía a carbón.
Fin
Nadie pesa la ida
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